martes, 8 de marzo de 2016

La caja del miedo

No pensar. No juzgar. Solo escuchar.
Así repasaba el sargento Asunsolo la herencia de su padre.
Cada día era más difícil cumplir con las tres reglas de oro del Capitán.
Ahora los chicos eran diferentes. No se les podía tocar. Y ellos lo sabían.
A pesar de todo, Mario Asunsolo sabía qué hacer con esos idiotas.
-Tienes media hora. Después vendrá el abogado, tu padre estará ahí delante y a tu madre se la oirá llorar desde el otro lado de la calle.-La mayoría se echaban a llorar antes de que Mario soltase la segunda de las charlas.
-Que te den.- Estos eran los menos, pero a Mario le gustaban los desafíos.
-Esperaremos. Vienen tus padres de camino, ¿quieres verlos antes de hablar con el abogado?
-Que les den.- Ahora se encontraba ante el uno por ciento de los chicos que interrogaba.
Mario salía de la sala de interrogatorio y después de unos minutos fumando un cigarrillo en la puerta del cuartel, volvía para adentro.
-No voy a pegarte. No voy a insultarte. Nada, no voy a hacer nada. He analizado las pruebas y no hay nada  que te delate.- El bobo sonreía dándoselas de listo. Todos levantaban sus barbillas y apretaban los labios-, te soltaremos y podrás volver a casa , con tus padres y con tu hermana. Has ganado chaval.
El pipiolo le quemaba tanto su victoria que se meneaba como un boliche entre sus nalgas endurecidas.
El último acto.
-Esto es para ti.- Una pequeña caja de madera con bisagras doradas y una cerradura para poder ser abierta con una llave que solo poseía el sargento.- Eres libre.
Según dicen, no pasaron ni ocho horas y el culpable volvió al cuartel confesando el robo.

Juan Antonio Barroso