lunes, 29 de enero de 2018

La carretera

Antes de acabar el día un hombre cruzó la carretera que partía en dos el pueblo. Nada hacía sospechar que la desgracia ocuparía tres días oficiales para los conciudadanos del Negro Porchal. Alfonso, que así se llama el peatón, cruzó por la única curva sin visibilidad del trayecto mencionado. Un grupo de ciclistas, asustados al encontrarselo de sopetón, tomaron la peor de las opciones. Todos a la izquierda y frente a ellos un camión mastodóntico se los llevó por delante. A los cuatro deportistas. Todos de la comarca. Todos muertos. Pero como la desgracia se hizo perezosa, siguió haciendo su trabajo. Una de las bicicletas salió despedida y se cruzó delante de la cara de doña Filomena que venía de recoger el bebé de su hija recien parida. Uno de esos hierros acabó en el cesto del bebé, atravesando el cráneo del niñito. Murió.
Ese niño era el primer nieto de Filomena, pero también de su concuñado Sebastian, hombre dedicado a la política desde los tiempos de Indalecio Prieto. La amargura fue tan grande que, tras días de inhibirse de comer, beber, o cualquier cosa que lo mantuviese con vida, murió. Muchos dijeron de pena, otros, los realmente perversos, relataban que una pena así solo se tiene por un hijo.
Alfonso apareció un año mas tarde ahogado en el río del pueblo. Según parece la conciencia lo atormentaba de tal manera que le impedía tragarse su propia saliva.
Fin