sábado, 12 de septiembre de 2015

Vergüenzas que matan.

La cabeza sumergida en los hombros, hacía pensar al resto del vagón que no era una persona normal. Era verdad, no era una persona normal. Pero lo de la cabeza y los hombros solo le pasaba cuando estaba tan avergonzado de si mismo que no le apetecía seguir viviendo.
Hasta ahora lo había superado, o mejor, había conseguido arrinconar el miedo al ridículo. Esta vez no se podía librar.
Un hombre  tumbado en la estación de Cuatro Caminos, posiblemente durmiendo la mona, y con  los pies descalzos, debió, con toda probabilidad, haberse cortado las uñas recientemente y dejar uno de esos picos molestos. Su bufanda, que colgaba del cuello hasta los pies, debió de engancharse con la dichosa protuberancia. El maldito hilo parecía aferrado a la uña como si la vida le fuese en ello. No se soltó, a pesar de los tímidos intentos de su legítimo dueño. Incapaz, como siempre, de solucionar las más simples situaciones vitales, se montó en el metro.
Todos en el vagón lo miraban con cara incrédula. La bufanda  iba perdiendo tamaño a medida que avanzaban en el trayecto, hasta que a la altura de Callao, desapareció.
Un niño soltó lo único que resultaba adecuado para tan angustioso momento:
-Realmente, era larga.
 

Juan Antonio Barroso

jueves, 10 de septiembre de 2015

16:00 de la tarde

Señor, la empatía es un asco. No me puedo poner en su lugar. Porque yo no sé coser. A mi me gusta que un médico cirujano haga esas cosas. Pero claro, como me iba yo a imaginar que iba usted a vomitar en el hueco que me había dejado tras extraer el pulmón. Imagino que no sería la primera vez que hacía todo esto.
Yo, que soy transexual, cómo iba a saber que después de la operación para ponerme pito, perdón, pene, me iban a empezar a gustar los chicos. ¡Joder, que no me gustaban ni cuando era chica!
La semana que viene mi padre vendrá a quitarse juanetes. Sé que lo sabe. Por favor, no le diga nada de lo mi hermana. No tiene que enterarse. Es tan sensible, que todo esto lo destrozaría.
 
- Paco, ya ha colgado el de Jazztel.
 
Juan Antonio Barroso

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Un día de locos

Y esperando en la entrada de la clase, estaba seguro que un dragón, desde el otro lado, se abriría paso hasta la puerta. La quemaría con un solo bufido. Los niños serían devorados en su punto, crujientes por fuera y tiernos por dentro. Mamá, que había metido en la cesta todo lo necesario para una jornada maratoniana, se olvidó, a pesar de los azotes que se afligía cada día, de que hoy, en colegio, la carne era totalmente gratis.
Y el director habló con papá. Su hijo tiene una cabeza prodigiosa. Mentiras para consolar a un progenitor que estaba harto de un púber zurumbático. ¡Para qué demonios quieres una llaves sino hay puertas que abrir!
Y yo, sentado, pensando. Ya es hora de entrar.
-Felipe, pasa y siéntate junto al gordo de bigote.
El apestoso tipo que tiene una pollería en la calle del Corte Inglés. Viene directamente a las nocturnas, sin pasar por su casa. Huele a muerte. Eso dice Lucilda.
Al terminar, una vaso de leche desnatada. Paco ata las ubres de la vaca con una goma para que no salga la grasa de la leche. Parece que funciona, el gordo, ya no engorda y Lucilda aplaca sus ánimos de tirarse a Luis.
Luis, médico psiquiatra, dice que algún día saldremos de este sitio. Yo, que no soy hombre crédulo, lo miro con pena.
De aquí, a pesar de las martingalas del loquero,  no saldremos jamás.
 
Juan Antonio Barroso