jueves, 31 de julio de 2014

Por si acaso.

Estoy de vacaciones. Volveré.

Jon Barcam

jueves, 24 de julio de 2014

El hombre protón 15

     Pedro decidió abandonar el mundo el día en que yo dejé a su hermana. No había vuelto a saber de él desde que recibí la amenaza. Sabía cómo era, hubiera matado a mi padre, sólo por hacerme ver su extremo concepto de la justicia. Le he dado muchas vueltas todos estos años y una cosa he tenido siempre clara, nunca tendré un amigo como Pedro, ninguno de nosotros tendrá un amigo como Pedro, mis colegas también lo saben y, especialmente, Bote.
    Unas fiestas del pueblo de hace más de veinte años, Bote se acercó al corrillo donde estaba nuestra pandilla, tendríamos alrededor de quince años. Bote venía con la ropa de faena, eso era raro, las jornadas en la ferretería eran maratonianas pero le gustaba ponerse guapo como al que más. Lo que no era tan extraño es que su camisa venía teñida de sangre. Pedro se levantó como un resorte del banco donde estamos todos sentados, y con una voz amarga y venenosa preguntó a Bote con el más absoluto cariño.
      –Bote, por favor, no me digas que te ha vuelto a pegar. –Había chicas delante, agachó su cabeza, ya no le quedaban ánimos para sonrojarse. –Bote, por favor..., por favor amigo mío.
     –Pedro... –Quería hablar, la garganta estaba trenzada, los ojos llenos de lágrimas, la boca desfigurada y lo que era peor, el silencio culpable de todos los que estábamos presentes asistiendo durante años a la tortura del niño que nunca sería hombre.
      Pedro lo abrazó fuertemente, –tranquilo compañerito, tranquilo. –Trataba de susurrarle pero todos los presentes oíamos al padre que siempre debió tener ese niño, –no te preocupes yo te ayudaré, esto se acabó.
      Durante el otoño del mismo año, en la hora de la siesta, un incendio asoló todo el edificio donde estaban la vivienda y la ferretería de Serafín, él estaba dentro, falleció debido a la inhalación de humos según un informe oficial. Bote tuvo suerte, no estaba en el pueblo ese día.

    Jon Barcam


miércoles, 23 de julio de 2014

Paco Popov 5

Día 5
Nunca pensé que íbamos a tardar tanto tiempo en llegar a la Luna. Resulta que hay un gobernador que personalmente comprueba las credenciales de todos los que van a llegar a la estación del Emir Julay Admun Sufur, señor de la Estación Universal Coca-cola, (las cosas habían cambiado en los últimos años de tal manera que todo estaba irreconocible, el tema religioso se quedó sin dogma, sólo prevalecían algunos caprichos de hombres ricos que se apoyaban en una fe que había perdido todo su contenido original, quiero decir, la religión se convirtió en excusa para someter a hombres y mujeres).
El gobernador era un tal Federico Smith, más conocido como Fede Guan Quenobi, el extremo por el que se dio este sobrenombre para mi es completamente desconocido. Lo cierto, es que llevaba una vieja capa desgastada, con capucha y una especia de linterna de acción dirigida que usaba a modo de espada láser, (una espada creo que es un instrumento de los hombres de otras eras en la que no existía ni la fusión nuclear)
Nada más llegar a la Luna, nos hicieron pasar por una sala a Comodoro y a mí. Nos hicieron quitarnos la ropa y quedarnos peloteritos. (Yo encantado) Apareció Fede Guan, cómo no, con su linterna espada. Nos apuntó a la cara, los pies y el pene. Después se acercó a mi oreja, y entre risas, soltó una frase incomprensible para mí, -bonito puñalito nena.

Corto y cierro
Paco Popov


Jon Barcam

Paco Popov 4

Día 4

¡Estamos eufóricos! Me refiero a Comodoro y a mi mismo. Nos han dado la gran noticia, el gran cosmonauta Anatoli Wendelson Ramires se unirá a nosotros en la Luna. Según parece también padece una enfermedad terminal y, gracias a los servicios prestados, le han concedido el honor de unirse la expedición (aunque Comodoro y yo pensamos que el honor es para nosotros)
Lo cierto es que llevamos una jornada agotadora de trabajo, el habitáculo es pequeño, me refiero al del pilotaje de la nave, apenas quepo y además Comodoro se ha empeñado en estar todo el rato a mi lado, – no hay mal que por bien no venga – así es que lo he reprogramado para quitarle ese instinto de chupar la zona testicular de los humanos. No quiero que el gran Anatoli piense que mi perro es un degenerado (un poco si que le gusta, pero es mi perro).

Corto y Cierro
Paco Popov


Jon Barcam

martes, 22 de julio de 2014

El hombre protón 14

        Salí a la calle, se presentó otro momento para haber fumado. No me atreví a ir más allá de las dos escaleras de acceso de la oficina de mi padre. Un muro invisible me impedía ir más allá. No podía ir más allá. Me vinieron a la cabeza las últimas palabras de mi padre, – por favor … dame mi última oportunidad--. Qué era todo aquello, mi padre poco más que suplicándome. El hombre que no me había dado un beso en su vida. Me estaba volviendo loco, sólo quería ser una persona normal.
          Decidí darme la vuelta y volver, no podía dejar escapar su última oportunidad y quizás la mía.
         Al entrar vi como mi padre miraba hacia su mesa. Con un lápiz garabateaba de manera compulsiva. Era como una de esas impresoras que van a toda velocidad. Al principio, rayas, círculos, más rayas. Se adivinaba algo majestuoso, precioso en todos sus matices. A medida que iba pasando el tiempo, la compulsión se tornó en suavidad, en ternura con aquel dibujo, como si tratase con pura seda.
       Finalmente, mi padre levantó su cabeza, me miró a los ojos. Con su mano derecha, manchada de carbón, me arrojó la cuartilla.
    Hijo, busca a esta mujer, necesito que le entregues esta carta.


Jon Barcam

Popov 3

Día 3
Tengo un perro. Se llama Comodoro, ahora que lo pienso no sé si los nombres de los animales se han de escribir con mayúsculas. No lo sé. Quiero a Comodoro, con eso basta para escribir su nombre con todas las mayúsculas posibles. Es mitad perro de carne y hueso y mitad perro robot. Lo bueno es que la parte que ensucia es robótica con lo cual no hay que recoger nada; la parte del morro es perruna, con lo que el cariño es verdadero o más verdadero que los perros que son solo de metal y plástico. No quería que viniese conmigo, pero he llegado a la conclusión que somos dos productos defectuosos a los que nadie querrá ni tan siquiera como héroes interplanetarios.
Hoy salimos para la Luna. En 2020 montaron una estación gigantesca. El problema es que el dueño es un fundamentalista musulmán y todos deben llevar la cara cubierta, incluido los varones. Es extraño como una creencia puede coartar la libertad de las personas, pero en realidad, el dinero manda y el proyecto que presentó la Agencia Norteafricana sólo lo pudo subvencionar este elemento. No lo conozco, pero según hablan de él en el centro es un gran experto en sodomía. Llevo un trozo de patatera, dicen que le vuelve loco, y así, pues tendremos la posibilidad de probar sus encantos.

Jon Barcam


domingo, 20 de julio de 2014

Paco Popov, misión a Saturno

Días dos
Estoy agotado, anoche salí por el bulevar de la Estación Espacial Catalana (primer punto de control de la ruta)(también conocida como Estación Pep Guardiola, no tengo ni idea de quién es, pero para ponerle el nombre a una subestación espacial… ya puede ser)
Al principio me costó entenderme con la gente, casi todas eran mujeres y estaban a lo suyo. Finalmente conocí a un tal Santiago Fernández, ingeniero jefe de la subestación. Bebimos un montón de copas de absenta y a las dos horas pasó el coche recogedor y nos dejó en nuestros habitáculos. No recuerdo gran cosa, salvo que Santiago me invitó a quedarme en su habitación para beber y hablar de nuestras cosas. Me pareció una chorrada perder el tiempo hablando, yo hubiese preferido sexo.
Esta mañana acudiré el médico para que me vea una herida que tengo en el hombro derecho, me la hice en el despegue, un vendito se le olvidó ponerme bien los anclajes y salí despedido hacía la consola superior. No ha pasado nada para lo que podía haber pasado. Con el golpe perdí una cápsula de oxígeno. Informé a central y me comentan que no me preocupe, que todo está bajo control.
Corto y cierro
Paco Popov.


Jon Barcam

El hombre protón 13

Seguía apoyado sobre la pared del Ayuntamiento. Pensaba en lo que le había dicho a Paqui. Hubiera sido capaz de irme con ella a cualquier lugar, dejaría plantada a mi novia. Soy un desgraciado. A pesar de mis años no tenía ni idea qué hacer con mi vida. Me daba asco a mí mismo, me estaban entrando ganas de vomitar. Apoyé mis manos sobre la pared del edificio y traté de provocarme las arcadas. Mi cuerpo se retorcía tratando de que mi estómago rebotase sobre mi boca. ¡Joder! Ni para eso valía.
-Hola Andrés, necesito tu ayuda.
 Teresa. Hacía seis años que no la veía. Después de nuestra ruptura, Pedro le prohibió no volver a verme. Pedro tenía malas pulgas y era capaz de cualquier cosa. En eso salía a su padre. Llevaban el veneno en la sangre.
Teresa es la segunda novia que he tenido en mi vida. Entre ella y yo sólo hubo sexo. Ni una pizca de cariño, sólo sexo. Los dos lo teníamos claro desde el principio, sabíamos que nuestra relación se basaba en puro instinto animal. Por eso, el día en que se nos acabó el deseo, mi mejor amigo, Pedro Cifuentes, no entendió que finiquitásemos nuestra relación. Teresa era su hermana.

-Hola Teresa.
Estaba preciosa. Le gustaba pintarse los labios de un rosa brillante. Labios carnosos, insinuantes. Sus enormes pechos  y sus anchas caderas, te invitaban a soñar con la mujer perfecta en la cama.
- Pedro ha desaparecido.
-Teresa, sabes que mi padre ha muerto y… que tu hermano me odia-. Trataba de justificarme, no estaba para ayudar a nadie.
-Eres la única persona en la que confío. Necesito tu ayuda.- Parece que la cosa iba en serio.  Teresa empezó a llorar, ella nunca lo hacía, ni siquiera cuando era una niña.

-¿Qué ha pasado Teresa?- Me acerqué a ella. Al llegar a su altura, me vino a la memoria los olores de la lujuria sagrada de aquella diosa, y las palabras de Pedro,- si la vuelves a tocar mato a tu padre. La filosofía de mi mejor amigo era muy clara,- el daño se hace en vida.

Jon Barcam

jueves, 17 de julio de 2014

El hombre protón 12

La verdad es que estaba intrigadísimo, mi padre no era sentimental, sólo me dio un consejo en mi vida- hijo tienes que ser honrado con todo el mundo, pero sobre todo, contigo mismo-. Nunca lo entendí, quizá ahora sea el momento. Entre tanto, mi padre se levantó de su silla, iba despacio, arrastrando los pies hacia la puerta del local. Hasta ahora no me había fijado en su forma de andar, ¿estaba realmente enfermo? Dio la vuelta al cartel y cerró la puerta con llave. ¡Madre que raro! Mi padre jamás había cerrado la oficina antes de las siete de la tarde. En ocasiones no aparecía por casa ni tan si quiera para comer, siempre había algún cliente con el que tomar chatos de vino para engancharle con algún seguro o para solucionar los papeles del paro de algún pipiolo primerizo. Bajó las persianas de los grandes ventanales, casi estábamos a oscuras. Volvió arrastrando sus enormes pies, y se dejó  caer sobre la silla. Enseguida se dio cuenta de la falta de luz y me mandó encender la del local. Volvió a sacar otro cigarrillo Ducados del primer cajón de la mesa, me ofreció uno, sabía perfectamente que yo no fumaba. Me arrepentí de no haber fumado nunca, otra oportunidad perdida. Cayó en la cuenta y en seguida  me pidió disculpas. Sacó el mechero, hizo girar la rueda que raspaba la piedra, prendió el gas. Muy despacio, muy sonoro. La primera calada, honda, muy honda, una fuerte respiración acompañaba; los ojos cerrados, después, el humo, siempre bien dirigido. Todo un ritual de deleite para mi padre. Cruzó sus manos sobre la mesa, los codos apoyados, la cabeza parecía que colgaba de sus hombros. Finalmente, se rearmó y me miró. Me pareció percibir una leve sonrisa, quizá era solo deseo. Mi padre. Ese par de segundos de silencio me hubieran bastado para abrazarlo fuerte, tocarle su pelo, besarle la cara, agarrarlo como al compañero herido. De nuevo, ganó la parte de mi mente cobarde.
-Hijo, ¿cómo definirías mi profesión?, quiero decir, ¿tú cuál crees que es mi profesión?- Andrés pensó que la enfermedad está muy avanzada y que su padre empezaba  a delirar.
-No sé padre, supongo…- Me quede pensando unos instantes, no quería herir sus sentimientos, dada la situación. Empecé a pensar en su pregunta e imagine que era ese tipo de profesional oscuro que arregla los problemas de los demás, del que nadie se acuerda a la hora elogiarlo, que es necesario para la vida cotidiana, pero una vez muerto nadie hablaría bien de él y, lo que es peor, tampoco mal.- Padre usted es un empresario de los seguros y además se dedica a la gestión de los diferentes problemas administrativos que tienen los paisanos del pueblo-. Una vez que me oí pronunciar estas palabras me parecieron más horribles todavía que la primera opción. Mi padre era tan oscuro, tan triste, como la definición de su trabajo.
Suspiró profundamente, volvió a recostarse sobre la silla y me miró, esta vez sí que sonrió. Se reincorporó y dobló el espinazo hacia la derecha. Sin dejar de mirarme abrió uno de los cajones de su mesa, creo que era último por el esfuerzo y sobre todo porque su mejilla tocaba el borde de la mesa. Se iba incorporando con dificultad. Todo parecía tan lento, hacía años que no estaba tanto tiempo junto a mi padre, tenía la necesidad de disfrutar cada momento. En su mano, una vieja carpeta, de esas de cartón, sujetada con pequeños lazos. Dejó de mirarme y se quedó mirando la vieja carpeta. ¿Qué podría contener? Su mirada era inexpresiva. Con su dedo pulgar acariciaba las viejas solapas. Se acercó la carpeta a su cara y se dio pequeños golpecitos sobre su frente. No pude ver su cara, sólo oí su respiración, parecía que tratase de captar la esencia, pero ¿de qué? Volvió a recostarse sobre la silla y con los ojos cerrados agarró la carpeta con fuerza, pegada a su pecho. No le importó que yo estuviese allí, no  le importaba el resto del mundo.
Finalmente, volvió a enseñarme sus ojos azules, y me sonrió,  esta vez era real. Me ofreció la carpeta. No dijo nada más. Yo no dije nada. Me quedé mirando a mi padre y la abrí.
Mi primera impresión me hizo pensar que aquel hombre se había vuelto loco, me había dado una vieja carpeta llena de dibujos desgastados por el paso del tiempo. Traté de centrarme en la situación, todo aquello obedecería a un propósito, pero se me escapaba. Como siempre, no quería defraudarle. De las primeras cuartillas apenas quedaba nada, todo estaba demasiado borroso. Miré a mi padre, intentando que me diese algún tipo de explicación, pero él estaba en otro lugar, en otro tiempo. Pensé que aquellos folios guardaban algo extremadamente importante para mi padre y yo, todavía, no lo había conseguido ver. Puse la carpeta sobre  la mesa. Tomé el foco de la lámpara para tener toda la luz posible
Al principio, manos, en diferentes posiciones; bocas grandes, pequeñas, abiertas; pies, muchos pies; narices en forma de gancho, narices perfectas. Seguí pasando las páginas y pude descubrir como los dibujos iban ganando en riqueza y calidad, primero un paisaje, después unos niños riendo, flores, muchas flores. Se notaba que aquellos dibujos habían sido creados por manos expertas. Ya no podía parar, quería ver más. Llegué al primero que me hizo temblar en mi silla. Era  el rostro de una mujer. Una mujer bellísima. Miré a mi padre, el sentía lo mismo que yo. La era  mujer joven, su pelo negro, no lo tenía muy largo, rizado, algunos de los rizos le tapaban  la mejilla izquierda. Sus pómulos sobresalían lo justo. No era una cara plana, no era de esas caras chinas de porcelana, era la cara perfecta, la cara de la mujer que todo hombre desea. Nariz pequeña, respingona, sin pretensiones. Sus labios carnosos, grandes, sin ser excesivos, pero delataban erotismo por todas partes, labios para ser besados toda una vida. Sus ojos. No paraba de mirarme, me intimidaba, el dibujante supo atrapar el instante, el preciso instante en el que aquella mujer iba a decir o hacer algo. Era justo el momento que sólo los grandes pintores saben captar.
Mi cuerpo se estremeció de nuevo cuando mis ojos vieron la firma, al principio no entendí su significado. Las iniciales L.H., Leopoldo Hurtado. ¡Mi padre! No podía ser un artista. Mi padre era el ser más carente de sentimientos que había conocido jamás. Levanté la vista, le miré, ansiaba preguntarle qué era todo aquello. Quería saber porque un hombre que había sido capaz de dibujar aquellas maravillas, no había sido capaz de mostrar su amor por mí. Él se percató enseguida y agarró con fuerza una de mis manos. Yo la retiré enseguida. Ya no valía, ya estaba endurecido, encallado como él. Furioso, arrojé la carpeta sobre la mesa y me levanté.
-Pero, ¿qué esto padre?, ¿qué quiere usted de mí? Quería largarme de allí, todo aquello no estaba ocurriendo. Mi padre se levantó.

-Hijo, por favor, siéntate, dame sólo mi última oportunidad.

Jon Barcam

miércoles, 16 de julio de 2014

El hombre protón 11

-Ya han pasado muchos años, pero creo que era de justicia que te lo contase. Si te queda alguna duda, no sé quién es tu padre biológico. Pero quiero que te quede muy claro que tu padre soy yo, así es como me siento, por eso, he hecho algo que puede que no entiendas, espero que  con el paso del tiempo me lo agradezcas-. Mi padre se quitó las gafas y se enjugó el sudor de su cara con su pañuelo. Se notaba a la legua que todo aquello era doloroso para él.
-Padre me está asustando, de qué se trata.
-Hijo, lo que te voy a contar debe permanecer en el más absoluto secreto entre tú y yo, al menos hasta el día en que me muera, que no ha de tardar mucho-. Miré horrorizado a mi padre, no me podía imaginar que hablaba en serio.- Todo lo que he hecho en esta vida ha sido pensando en tu bienestar y, en su momento, en el de tu madre. Tengo cosas que he de contarte y que me tienen martirizado desde hace mucho tiempo. Sé que soy una persona oscura, poco cariñoso y lo he pagado toda mi vida. Ahora que moriré en pocas semanas, me he dado cuenta del gigantesco error que he cometido.
Parecía como si mi padre tuviese sentimientos, o algo así, no supe asimilar en ese momento.
-Tengo sesenta y cuatro años, tú tienes treinta y dos, más o menos tienes la misma edad que yo tenía cuando eché a perder mi vida-. No pude aguantarlo más.
-¡Padre, por favor, cuénteme de una vez qué es lo que pasa!- Mi padre abrió sus grandes ojos, en parte extrañado por mi forma de hablarle y en parte por mi ansia de conocimiento.

-Hijo sólo te pido no me juzgues-. Hizo una pequeña pausa, volvió a  sacar su pañuelo blanco de su bolsillo derecho, pareció limpiarse los ojos con él, no estaba llorando.

Jon Barcam

martes, 15 de julio de 2014

Historia del cosmonauta Paco Popov

Día 1
Mi nombre es Francisco Popov. Soy español, de Oviedo (capital de Asturias). Año de 2037, julio, a pocas horas del despegue de la nave Seat Pontevedra (sin duda la más avanzada de su generación).
Tengo 31 años, soy especialista en ciencia médica a distancia tetradimensional y ficción de átomos andróginos, fundamental ambas disciplina para una misión tan complicada como la que ahora nos toca al Centro de Investigación del Sur de Europa.
Antes me llamaba Teresa, pero mi madre me cambio de sexo porque ella quería un chico, desde el RD de 234/2025, esta situación es legal (a veces tengo dolores menstruales o algo parecido. El psiquiatra conductual del centro, el doctor Benito, dice que es psicosomático, muy inusual desde el punto de vista físico, yo le contesto que no tengo claro que es psicosomático)
Mi padre se llama Andrés, bueno, en realidad se llama Lola. Él no estaba a gusto con su cuerpo e hizo la operación inversa a la mía, con la salvedad que en su caso fue consentida. Trabaja en el centro de control del Estado de Amazon, en el antiguo continente asiático, es la Jefa de Purgas (según me llegan algunos mensajes de la SANTA RED, los chinos la conocen como la Puta Lola. No me sienta mal, porque a Lola siempre la he visto como a mi padre. Es complicado).
Mañana parto para Saturno. Soy el primero. Nadie más quería ir. La verdad es que me muero, me quedan seis meses de vida. La vida es una mierda, tengo cáncer de testículos. Si a mi madre no se le hubiese metido en la cabeza cambiarme de sexo, nada de esto hubiera sido posible.
Mi madre se llama Anatolia Popov es hija de un antiguo jefe de la mafia rusa. La quiero, bueno, ahora la odio, pero siempre la he querido. Y sí, lo sé, llevo el apellido de mi madre, ¡joder, mi padre se llamaba Andrés Culo!


Jon Barcam

lunes, 14 de julio de 2014

El amor, el amor, el amor

Tendremos que fingir, ¿no te parece?
No sé, pienso que no es necesario
¡¿Pero tú en qué mundo vives?!
No te enfades, por favor.
¡Cómo no me voy a enfadar!
Estamos enamorados, ¿verdad?
...
¿Verdad?
Si, creo que sí.
Yo estoy enamorado de ti.


En ese instante Sor Teresa irrumpe en el despacho con un sobre en el que se podía ver adherida una pegatina roja en la que se podía leer URGENTE.- Señor Obispo, es para usted, es la carta que estaba esperando desde Roma.
Gracias Sor Teresa, le presento a la Madre Superiora Sor Olvido.

Jon Barcam

domingo, 13 de julio de 2014

El hombre protón 10

-Antes de nada tengo que confesarte algo. No sé si eres realmente mi hijo-. ¡Joder! mi padre me estaba poniendo realmente nervioso.- Perdóname Andrés, no me he explicado bien, a todos los efectos legales eres mi hijo y yo te considero como tal-. Era la mayor muestra de cariño que había recibido por su parte desde que tengo uso de razón.- Todo empezó en el momento en que  tu madre y yo hicimos… un trato, llamémoslo así-. Titubeo, que extraño.  La cosa se pone interesante.- Al principio, cuando tu madre y yo empezamos a relacionarnos,- sólo un hombre como mi padre era capaz de hablar así del amor,- todo iba perfecto, parecía que  todo era estupendo, pero a las dos semanas, ya me di cuenta cómo era tu madre. Supe que no me quería, eso estaba claro, pero ella necesitaba algo que no se atrevió a pedirme, no me preguntes qué era,  jamás lo descubrí. Al cabo de tres semanas dejamos de salir, en realidad  me dejó, no sé si fue un arrebato, un momento de locura, yo sabía que tarde o temprano pasaría, aunque nunca podía imaginarme que ocurriese tan pronto. 
Mi padre me estaba contando todo aquello como el viejo profesor cuenta a sus alumnos por infinita vez la historia de la Restauración española, no había sentimiento, ni buenos, ni malos, estaba completamente vacío. Mi padre prosiguió.
 -Dos meses después tu madre vino a verme. Me confesó que estaba embarazada, no pregunté de quién. Hicimos el trato y me casé con ella. A los nueve meses naciste tú y nadie sospechó nada. Al final, como mal menor, la gente del pueblo pensó que tu madre y yo nos habíamos casado de penalti.
-¿En qué consistió el trato? , perdóneme padre por preguntar.
-Fue sencillo, ella estaría siempre a mi lado y a ti y a ella no os faltaría de nada, ahí iban incluidas tus tías y tu abuela. Siento decírtelo así, pero una de mis grandes equivocaciones fue enamorarme de ella. Después se presentó la mala suerte; llegó  cuando tú tenías apenas cinco años, y ella murió. No pude disfrutar mucho de ella y,  por si fuera poca la desgracia, tú perdiste a tu madre.

- No importa padre, sé que mi madre nunca me quiso, me pegaba constantemente, me maldecía, me decía que era lo peor que le había pasado en la vida, era cruel, pero no me importaba, con el tiempo aprendí a ignorarla, aprendí a que no me hiciese daño-. Nunca antes había hablado así de mi madre, pero era el momento. En la cara de mi padre no me pareció ver signo alguno de sorpresa o de lástima, nada. A mí me daba igual, nunca pensé en echarle la culpa por aquellos malditos años.

Jon Barcam

viernes, 11 de julio de 2014

La fuente

En medio de la plaza del pueblo hay una fuente,  fuente que está vacía desde hace dos años. Años atrás un General trató de llenar la fuente con cerveza. Cerveza fue lo único que no encontró en el pueblo. Pueblo que se dedica al cultivo de la uva desde hace seis siglos.
Siglos atrás un alcalde trató levantar un monolito después de beber todo el vino de la comarca. Comarca famosa por la tozudez de sus vecinos. Vecinos que, tras una decisión de última hora, echaron al alcalde del pueblo. Pueblo que, desde entonces, conmemora este hecho en la fuente que está en medio de la plaza del pueblo.

Jon Barcam

jueves, 10 de julio de 2014

El Hombre protón 9

La semana antes de morir mi padre me llamó al despacho. Está en la avenida principal del pueblo. Sin lujos. Tiene una mesa, dos sillas, una para los clientes y otra para él. En las paredes, nada, salvo un reloj, siempre con diez minutos de adelanto. Sobre su mesa un lapicero, muchos bolígrafos, un par de cuadernos de espiral, una lámpara y, por supuesto, el teléfono, siempre el maldito teléfono, de día y de noche, en la oficina y en casa. La gente no tiene piedad.
Mi padre estaba sentado. Miraba por encima de sus grandes gafas de pasta negra. Vestía una camisa blanca, corbata y pantalones de tergal negros. Siempre igual, no lo recuerdo vestido de otra manera. En la mano derecha el Bic, de punta fina, en la izquierda el Ducados humeante. Odiaba el olor del tabaco, salvo el de mi padre.
 Hacía meses que no pasaba por la oficina, no le gustaba que merodease  por allí. Nunca quiso enseñarme el oficio. Mi padre se dedicaba a los seguros, además maneja el papeleo de medio pueblo. Era un hombre muy preparado, no se sabía muy bien en qué, pero sabía defenderse de la administración y de los paisanos, y eso era muy apreciado por la gente del pueblo. Los más viejos le llamaban Don Leopoldo, a mí, me hacía gracia.
-Siéntate Andrés-. Nunca me llamó hijo. Andrés fue lo más próximo que estuvo de algo cariñoso. No sé si mi padre me quería, yo sí lo quería, demasiado, por eso me dolía tanto que no me mostrase su cariño. Obedecí, siempre lo hacía. Yo no dije nada, siempre esperaba que él tomase la palabra.
-Hijo, no me andaré con rodeos, ya sabes como soy. Me muero-. No entendí muy bien que quería decir aquello. Él no era amigo del llanto o de la risa, decía las cosas como eran.
-No le entiendo padre-. Dejo su bolígrafo y se subió las gafas. Dio una honda calada a su cigarrillo y se recostó sobre la silla. Se me quedó mirando.
-Tengo que contarte algunas cosas antes de que llegue el momento de que te quedes solo-. Parecía que mi padre iba en serio.  Es cierto que las últimas semanas había perdido peso, pero no me pareció algo anormal. Supuse que con la crisis querría aprovechar la ropa de cuando era más joven.

-Dígame padre-. Así eran las cosas entre nosotros, sin dramatismos.

miércoles, 9 de julio de 2014

El hombre protón 8

               -Hola Andrés-. Giré mi cabeza y allí estaba. Preciosa como siempre, sus caderas anchas me hacían lamentar no haberle metido mano más a fondo.
                -Hola Paqui-. Parece ser que seguía igual de torpón en mi forma de expresarme cuando la veía.
                -Me ha dicho Maco que estabas aquí detrás y venido a darte el pésame-. Se abalanzó sobre mí. Enseguida noté como sus pechos me rozaban ligeramente las solapas de mi chaqueta. Me dio el primer beso. Siempre era ella la que besaba, no ponía la cara, sólo besaba. Que bien olía, agua de colonia fresquita, en su piel, se tornaba dulce. Me empezaron a temblar las manos. Una gota de sudor instantánea surgió de mi nuca y resbaló por todo mi espinazo. Cuando cruzó su boca con la mía no me pude resistir. La besé. Ella, se dejó besar. Era Lo más excitante que me había pasado en mi vida. Mis piernas estuvieron a punto de doblarse y caer allí mismo. Por un momento pensé que me había orinado. No. Era el calentón.
                -Lo siento Paqui, no quería hacerlo, deben de ser los nervios-. Ella me sonrió y con su mano derecha sacó un pañuelo de su bolso barato y me limpio la boca.
                -Nunca supiste besar bien, te manchas todos los morros de carmín-. No sabía que decir.
                -¿Sabes qué me voy a casar?, si todavía me quieres puedo dejarla y mañana mismo nos vamos de esta mierda de sitio-. ¡¡¡Dios mío pero qué estoy diciendo!!! Pensé que me había vuelto loco. Para mi sorpresa Paqui no dijo nada. Solo me miro, sonrió y se fue. Antes de doblar la esquina se giró y me dijo las últimas palabras que cruce con ella en mi vida.

                -Tú te mereces algo mejor.

Jon Barcam


martes, 8 de julio de 2014

Un hombre

Siete hombres cruzando una carretera en busca de alimento para sus hijos. Al llegar a la mediada uno de ellos decide volverse a casa.
Seis hombres en la puerta de un supermercado deciden robar comida para sus hijos. Al cruzar la puerta, uno de ellos decide volverse a casa
Cinco hombres llevan carros de comida, todos menos unos. Sale cruzando la puerta.
Cuatro hombre salen a la calle y llenan sus coches. Un policía dispara.
Tres hombre huyen. van a casa para dar de comer a sus hijos. Uno de ellos pierde el control, pierde la vida.
Dos hombres se miran en la puerta de sus casas. Un niño espera y sonríe al padre teñido de rojo.
Un sólo hombre puede explicar, pero no lo hace.

Jon Barcam

El hombre protón 7


                -Tienes que hablar con el de la funeraria, me ha dicho que necesita la firma del familiar más cercano al difunto. El muy desgraciado no me ha dejado firmar a mí y eso que soy su hermana. En los momentos de dar la cara frente a los demás mi ti era la más llorona, la más querida, la más falsa. Cuanto la odiaba. Pronto se acabaría la promesa de mi padre para con ella, pensé que, al menos, que debía hacerlo mientras mi padre estuviese de cuerpo presente, después, se acabó.
                Salí del ayuntamiento, tenía ganas de fumar un cigarrillo, de estar solo. A cada paso que daba, me cruzaba con alguien que me daba el pésame. Ya no sabía si era buena idea. Me fui a la parte de atrás del edificio, allí estaría tranquilo, no tenía ganas de aparentar nada. Apoyado sobre la pared, cerré los ojos y recosté mi cabeza sobre el frío muro. Me acordé de mi madre. Teresa Beltrán. No la echaba de menos, apenas tengo recuerdos agradables, se murió cuando yo tenía doce años. Seguramente sufrí un trauma o algo así. No la quería. Mi madre solo quería a su madre y a sus hermanas. No sé por qué se casó con mi padre; supongo que al final se quedó embarazada, o algo así, y tuvo que aguantarse conmigo. Me pegaba a menudo, siempre estaba nerviosa, todo le hacía saltar y perder los estribos. Supongo que no era feliz con la vida que le había tocado.
                Yo creo que tampoco soy feliz. Pero lo peor es que no sé por qué. Imagino que la vida es así. No hay nada más. A veces veo la televisión, esos anuncios donde salen familias felices con los niños y los abuelos, y me pregunto si eso es real o sólo es algo que el gobierno nos quiere vender para que no les demos problemas y seamos más dóciles. No lo sé. Llegados a este punto, siempre me pregunto qué hago en este mundo y aquí es donde siempre me digo lo mismo, no valgo para morir, sólo quiero vivir, pero no sé cómo hacerlo.

Jon Barcam

domingo, 6 de julio de 2014

Vista

La vista es el más complicado de los siete sentidos. Nos engaña, te engaña, me engaña. Pienso en cuantas formas tengo de ver las cosas. Descubro que sin incontables. Pienso en por qué a veces miro y no veo o no recuerdo lo que vi. Pienso que es le sentido más valorado pero el más defectuoso. Siempre nos engaña. Siempre.

Jon Barcam

El hombre protón 6

Felipe y Maco tenían a Serafín sujeto contra la pared del Ayuntamiento, Serafín no se enteraba de nada, solo se reía. Pobre idiota. Bote, estaba a mi lado. Era el hijo de Eusebio el ferretero. Cuando era chico, me pasaba horas con Bote en la trastienda de la ferretería, le hacíamos el inventario a su padre, lo colocábamos todo de forma meticulosa- el secreto de un buen ferretero es saber dónde está hasta el último clavo- el padre de Bote tenía muy malas pulgas, cuando no encontraba algo, lo pagaba con Bote. Un día me lo encontré con un brazo escayolado. Se había caído de la escalera de la ferretería al intentar coger una caja demasiado pesada.- Ya sabes Andrés. -Ya sé Bote.
                Bote se abalanzó sobre Serafín; le apretaba el cuello contra la pared. Todos nos reíamos. Serafín empezó a llorar, pero no se le oía. Sus lágrimas se vertían sobre la cara, no paraban. Todos nos reíamos. Maco le dio una patada en la entrepierna. Serafín cayó al suelo, encogido. Todos miramos a Maco.
                -¡Joder Maco, te has pasado!. La cara de Maco era como la se esos soldados en combate a los que se les va la cabeza. Felipe ayudó a levantarse a Serafín. Le limpiaba el traje, sacudía los pantalones. Agarré a Serafín por los hombros y lo apoyé contra la pared.
                -Tranquilo Serafín, sólo ha sido una broma. El muy tonto, paró de llorar y empezó a reírse.

                -Agmigo, agmigo miog. Fue la primera vez que entendí lo que decía aquel pobre desgraciado, después de tantos entierros y una patada en la entrepierna. 

Jon Barcam.

sábado, 5 de julio de 2014

El hombre protón 5

Me llamó Andrés Hurtado y dentro de una semana me caso con mi tercera novia de toda la vida. Se llama Dolores Ariza, es vasca. No estoy seguro, creo que la quiero. En realidad, después de la Paqui, todas las mujeres con las que he estado, no tienen nada que ofrecerme. Las mujeres me aburren después de los tres primeros meses, el sexo empieza a ser algo cotidiano y después sólo queda el cariño, y el cariño es algo asqueroso. Los amigos son algo mejor, sobre todo después de la primera traición, a partir de ese momento ya sabes quienes son tus amigos de verdad. Padre me decía que tenía que casarme, que no podía quedarme solo, y menos depender de la bruja de mi tía Encarna. Encarna era la hermana mayor de mi padre. Padre la odiaba, pero nunca se atrevió a decírselo. Su padre, mi abuelo, le hizo prometer en el lecho de muerte que debía cuidar de toda su familia, y sobre todo de la tía Encarna. Padre decía que una promesa en el lecho de muerte era sagrada, y si es a un padre, te ataba en mayor medida. Así fue como padre tuvo que tragar con aquel demonio toda su vida. Padre quería al abuelo demasiado. El abuelo sólo quería a la tía Encarna.

                La señora Miguela era mi vecina, de esas de siempre, tenía tres hijos, todos marcharon fuera en los años sesenta, todos marcharon al País Vasco. Los veranos del pueblo los recuerdo por la cantidad de coches que llegaban, todos venían del norte o de Madrid. Pedro, el hijo mayor de la señora Miguela tenía un R12, era blanco, olía a plástico del bueno. En la parte de atrás del coche venían dos niños y una niña. La niña era Dolores, mi prometida. Hace tres años volvió al pueblo, su padre había muerto y en sus últimas voluntades estaba lo de enterrarse junto a su madre. En el entierro nos saludamos. Hacía casi veinte años que no nos veíamos. Estaba muy guapa. Después, pasaron unos días y acabamos en la cama de su abuela, todavía olía a la señora Miguela.

Prototipo

Cuántas probabilidades hay de encontrar un hombre, de derechas (republicano en EEUU) católico, con buen trabajo, heterosexual, fiel a su mujer, padre perfecto. 0. Quiero decir cero, por si no se entiende.
Cada cual es cada cual. Por eso, cuando nos encontramos a un hombre de izquierdas, gay, homosexual, infiel a su marido, sin hijos, pero, pero, pero va a misa todos los domingos y fiestas de guardar, tampoco nos lo creemos.  

Jon Barcam

jueves, 3 de julio de 2014

El hombre protón 4

Serafín es el más tonto del pueblo. Lleva toda la noche al lado del cristal que le separa de mi padre. Quería a mi padre. ¡No, es mentira!, Serafín lo hace en todos los entierros, se queda horas y horas velando a los difuntos. Lo mejor de todo es que no llora ni hace ruido. Se levanta de vez en cuando y con voz gangosa me dice al oído,- ¡Gijo leg vamog a gechar de menog! Mis colegas y yo tardamos más de una docena de entierros en comprender qué era lo que decía. Me acuerdo que fue en el entierro de Paco el Mosquete. Mi amigo Maco nos echó un órdago- ¡Alguien podría de una vez saber qué es lo que dice Serafín en los entierros! No hacía falta más. Maco se puso manos a la obra. Empezó a vigilar a Serafín, lo estuvo cronometrando más de tres horas seguidas y llegó a la conclusión de que cada diecisiete minutos se levantaba a ver a la viuda, le daba un abrazo y le soltaba la famosa frase. Después del estudio, Maco nos reunió a todos. 
¡Presentes! Maco, Felipe, Bote y yo.
                - Chicos, esta misión es importante para este pueblo, ¡nadie!, repito, ¡NADIE! sabe qué narices dice Serafín, y nosotros después de tantos entierros, vamos a descubrirlo esta misma tarde-. Maco era así. Le gustaban las películas de Vietnam y trataba de imitar a los sargentos que trataban de inculcar valor, honor y todas esas chorradas de los militares. En el fondo, nos gustaba cuando hablaba así; tengo que confesar que algunos discursos me ponían la piel de gallina.

                -Felipe tú ofrécele un cigarrillo a Serafín, esa es una oferta que nunca rechaza. Era verdad, a Serafín le gustaba fumar, aunque no sabía; hacía gestos extraños cada vez que daba una calada, parecía como si diese a luz un ratón por la boca.- Y tú Andrés, estarás esperando en la parte de atrás del ayuntamiento. Luego ya veremos...

Jon Barcam

miércoles, 2 de julio de 2014

El hombre protón 3

Esta tarde enterraremos a padre, su última voluntad fue que lo incinerasen, pero mi tía Encarna ha dicho- ¡de eso nada!- Sus voces se oían por todo el ayuntamiento. Al final, el  del seguro ha accedido a enterrarlo, aunque eso de enterrarlo es un decir, porque a los últimos funerales que he asistido, o más bien, a todos los funerales que he asistido en mi vida, nunca se entierra a nadie. El destino final, una concavidad cuadrada mural, también llamada nicho. Es horrible, nunca sabes quién te va a tocar al lado, y no lo digo por el muerto, lo digo por los familiares que vamos a limpiar la lápida el día de Todos los Santos. Seguro que me toca al lado del padre de la Paqui y tendré que hablar con ella y no quiero.  Acabamos tan mal nuestra relación. Su padre se presentó en casa con una escopeta para pegarme dos tiros y eso que fue ella quien me dejó por un recluta que venía a pasar el verano después de hacer el campamento en la ciudad. Estaba claro lo que pasó. La Paqui se quedó preñada y su padre vino a ver si se la colaba al segundo más tonto del pueblo.

Jon Barcam

Vino de Acehuchal

Las hormigas azules son peligrosas porque siempre que pueden te dejan una marca en la parte posterior del muslo derecho que ayuda a que la policía de la ciudad de Cho te pueda detener por tráfico de sustancias sabrosas.
Uno de cada diez hombres se acuesta vestido a diario. El diseñador Manolo Perternizaronke ha encontrado el modelo perfecto para lucir sus modelos.
Un niño del colegio San Nicolás de Advento ha tratado de comerse toda la comida de la línea fría. Según sus propias palabras- estaba demasiado caliente para mi gusto.
Esto es una prueba caligráfica que no consigo que diga nada congruente, por tanto, si no he ofendido a nadie, me ha salido mal.

Jon Barcam