lunes, 30 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 17


 

17

Telmo miró tan asustado a Don Benito que su cara reflejó un terror propio de una situación que ninguno de los dos se podía imaginar. ¡Le habían sacado un cable a su madre de ahíiiiii!
-¿Alguien puede explicarme qué demonios está pasando?- parecía que Telmo mostraba algo de carácter, acto seguido, el hombre negro puso la mano sobre  su frente y le siseo durante unos segundos.
-Tranquilo, tranquilo, todo acabará en unos instantes.- Sorprendentemente, Telmo se calló.
-¿Dónde tienen estos prototipos el puerto USB?- Raúl, el chico de la funeraria, era el más inexperto de los tres, en realidad era su primera reanimación y grabación de órdenes, no quería que nada de aquello saliese mal y así condicionar su vida profesional.
-Este modelo lo tiene en la nuca, hay que taladrar.- Contestó el hombre negro.
-¡Un momento, un momento!, ¿qué demonios van a taladrar?- El cura no pudo contenerse, no veía a Telmo como ellos lo veían. Él tenía delante  a la persona que había formado parte, no con mucha intensidad, de su vida los últimos treinta años. No estaban seguros, pero ambos sintieron un sentimiento paterno-filial desconocido hasta entonces.
-¡No podemos retrasarnos más con toda esta mierda!¡tenemos que proceder!- El italiano se empezó a poner nervioso. Ya eran una cuantas reanimaciones y transferencias a las que había asistido a lo lardo de su vida, y era verdad que todos se ponían nerviosos, era un choque vital para el que ninguno de los prototipos estaba preparado, pero las cosas eran así, y este tal Telmo le estaba empezando a tocar las narices, por no hablar del cura con complejo de padre.-Mira hijo, esta es tu nueva vida, en lo que te vas a convertir, es para lo que has sido creado. Es tu destino.- Que palabras tan bonitas, pensaron todos. La emoción los podía desbordar en cualquier momento.
Telmo, que no estaba preparado para nada de aquello, se imaginó que eran una panda de chiflados pertenecientes a algún tipo de secta sexual (era lógico pensarlo después de ver la afición por meter aparatos por los orificios con mayor contenido sexual)
El italiano miró a Raúl y le hizo una indicación con la cabeza a la vez que miraba hacia el instrumental que tenía que utilizar. El negro, sabedor de cual era unos de sus cometidos se espanzurró encima del cuerpo de Telmo.
-¡Vamos chicos, acabemos con esto de una vez!- Telmo se resistía, vociferaba como un cochino en el momento de pasarlo a cuchillo. Raúl,  muy predispuesto, se fue directo a por la broca del ocho para taladrar la nuca lo antes posible. Y el cura, Benito, que no estaba acostumbrado a luchar físicamente por nada, empezó a vomitar allí mismo.
-¡El hijoputa del cura, como lo está poniendo todo!.- El italiano, prácticamente había perdido el acento de Nápoles  y le salió un acento de Utrera inconfundible.
El cura seguía vomitando sin intención de dejarlo a las primeras de cambio. El negro, encima de Telmo, sonreía y se estaba empezando a poner cariñoso. Raúl, muy callado hasta entonces, empezó a cantar, sí, empezó a cantar:
-“Sabes mejor que nadie que me fallaste, que lo que prometiste se te olvidó. Sabes a ciencia cierta que me engañaste aunque nadie te amaba igual que yo. Lleno estoy de razones pa´ despreciarte y sin embargo quiero que seas feliz. Y allá en el otro mundo en vez de infierno encuentres gloria, y que una nube de tu memoria me borre a mí. – La locura se había hecho presa de todos ellos. El negro se levantó de encima del desgraciado de Telmo y el italiano empezó a menear sus caderas al son de la melodía que entonaba Raúl-. Y allá en el otro mundo en vez de infierno encuentres gloria, y que una nube de tu memoria me borre a mí.- Ambos, el negro y el italiano, entraron en un profundo éxtasis del que no eran capaces de salir. Cómo hipnotizados cantaban y bailaban la famosa canción interpretada por Albert Hammond. Y allí, los otros dos, el cura y Telmo, mirando sin saber si salir corriendo o ponerse a cantar.
Una mirada incisiva y unas palabras muy certeras les sacaron de su asombro-. ¡Corran, corran, yo me encargo de estos dos!¡Este es el lugar dónde tienen que ir si quieren saber de qué va todo esto!- Y Raúl, después de ofrecerles un trozo de papel garabateado, siguió entonando la vieja letra. Una pareja salió corriendo de aquel lugar y la otra siguió bailando y cantando, como si fuera el momento más feliz de sus vidas.
-…dile al que te pregunte que no te quise, dile que te engañaba, que fui lo peor. Échame a mí la culpa de lo que pase, cúbrete tú la espalda con mi dolor. Y allá en el otro mundo en vez de infierno…

domingo, 29 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 16


16

 

 

Por extraño que pueda parecer padre e hija no recogieron nada. Allí quedaron, enfriándose,  el caldo de gallina y la Relojera
En Concha se  había manifestado la tan esperada metamorfosis, empezó a tomar el mando de la situación.
-Papá, debemos recoger todo esto. No te preocupes. Todo saldrá bien.- Aquellas palabras no consiguieron desbloquear la mente de Federico, poco a poco se iba hundiendo en la cordura de una noche de locura.
-Hija, ¿qué he hecho? ¿qué te he hecho?
-¡Papá, me has salvado la vida!- Federico miraba a su hija, no entendía qué estaba pasando, acababa de asesinar a su madre, allí mismo, delante de ella y la niña estaba radiante, ¿es que la había hecho partícipe de la locura?
-Hija…- Una gran losa se apoderó de Federico, no había marcha atrás. No sabía que era lo que tocaba en aquel instante.
-¡Papá por favor, mírame!- Así lo hizo, sus ojos estaban encharcados en lágrimas -.Tienes que ser fuerte, no quiero que te preocupes por nada. Yo lo solucionaré todo. Quiero que vayas al baño y te duches, a conciencia, frótate bien los brazos, las manos y la cara.- Federico recogió la muleta ensangrentada del suelo y se fue al baño.
Allí se quedó Concha, sentada en la misma silla en la que había sido testigo principal de la muerte de su madre. Hasta ese momento no se había fijado bien en la escena del brutal asesinato. Las paredes estaban llenas de salpicadura de sangre, el suelo, la mesa, el sillón, nunca pudo imaginar que una persona pudiese tener tanta sangre, le recordó a las matanzas de los cochinos,  pero sin el jolgorio. El pelo estaba enmarañado y mezclado con lo que podrían ser trozos de cerebro de su madre. Pensó que nunca había visto una persona muerta y se dio cuenta que todo era una estupidez, que la muerte era la muerte, daba igual que fuese su madre o una gallina, todo deja de existir y punto.
Se recostó sobre la silla, cruzó sus brazos y empezó a pensar cuales serían los siguientes pasos. El primero sin duda, era ver el estado de ánimo de su padre. No sería difícil convencerle, u obligarlo a seguir los dictados de Concha, sentía devoción por ella. Después el cadáver, qué harían con él. Empezó a pensar y tuvo claro que lo mejor sería guardarlo en un sitio seguro y posteriormente deshacerse de él. No debían precipitarse en buscar soluciones a la macabra situación. Y quizás tuvo la idea más brillante de toda la noche.
-Papá te he puesto ropa limpia sobre la cama. Vístete, por favor.- Así Federico salió de la ducha unos quince minutos después de la advertencia de su hija y se fue a su habitación. Sobre la cama, un traje gris, camisa azul y corbata rosa. Federico, que había recobrado el ánimo, llamó a su hija.
-Concha, hija, qué es todo esto.- Concha apareció en la puerta de la habitación, a contra luz, Federico tuvo que hacer un esfuerzo para reconocerla.
-Papá, he pensado que tenemos que salir fuera a cenar, necesitamos una coartada y nada mejor que salir de este lugar.
-Pero, tu madre, quiero decir, ¿qué hacemos con el cadáver?
-No te preocupes, de momento la he metido en el arcón del patio. Cuando pasen unos días sabremos qué hacer con ella.
Quince minutos después Federico y Concha salían de su casa. Cogieron el coche y se fueron a cenar a Casa Claudio, el restaurante más frecuentado de todo el pueblo y alrededores, era el lugar perfecto para empezar a fabricar su coartada.
Entraron en el restaurante a eso de las diez y media de la noche, era viernes y estaba lleno. Todos se fijaron en ellos al entrar, el Secretario era conocido en toda la comarca, pero la realidad  era que todos se callaron porque reconocieron a la mujer que iba con el Secretario, era su hija. Llevaba puesto un vestido azul, quizá demasiado elegante para el lugar. Concha no era tonta, de eso se estaba dando cuenta su padre por segundos, estaba claro que quería llamar la atención a toda costa. Todo el mundo los miraba, especialmente a la chica, y murmuraban en voz baja.
-Señores, les gusta esta mesa.- El camarero les señaló una mesa situada cerca de los grandes ventanales que daba a la charca del pueblo.
-Si no le importa me gustaría que nos sentase en aquella.- Concha señaló una de las mesas situadas en el centro del comedor.
-Por supuesto.- Respondió el joven camarero.
A pesar de no ser un lugar con demasiado postín, el camarero se ofreció a acercar la silla a la señora. En una de esas el chico golpeo accidentalmente con su brazo en la cabeza de un comensal situado en la mesa de al lado. El hombre, se giró como un resorte, y Federico empezó a entender las intenciones de su hija.
-¡Hombre Concha! ¡Coño Federico!.- Como cada viernes noche, a Genaro el Veinte Pollas le gustaba comer cordero lechal al horno. Por la zona, era el mejor restaurante que lo servía.
-Hola Genaro, cuanto tiempo sin verte. ¿Cómo estás?- La actitud de Concha sorprendió a ambos, padre y exmarido.
-Veo que estás estupenda. Hay que ver lo mala que es la gente, me habían dicho que no salías de casa y que lo estabas pasando de pena. La verdad me alegre verte tan guapa.
-No seas zalamero, que nos conocemos.- Genaro empezó a reírse, grandes carcajadas que se oyeron por todo el salón. Todo el mundo los miraba. La situación era perfecta.
-Oye, ¿por qué no os sentáis a mi lado?, nosotros estamos solos y creo que la cena sería mucho más agradable.- Genaro estaba cenando con un empresario de la zona.
-No, por favor, no queremos molestar.- Concha se resistía.
-Que va a ser una molestia, venga coño, veníos a nuestra mesa, todavía no hemos empezado.
Concha miró a su padre, le hizo una leve señal, apenas imperceptible. Tenían que sentarse en esa mesa. Así tenía que ser. Y así lo hicieron. Concha a la derecha de Genaro y Federico a la izquierda, enfrente estaba el empresario. Se hicieron las presentaciones oportunas y empezaron a cenar. Concha comía con un apetito voraz, su padre, que apenas había abierto la boca, ni tan siquiera para hablar, miraba a su hija, con la extraña idea que todo había salido mal, que su vida había llegado a la peor de las metas posibles. Una mujer asesinada y una hija que había pasado de la oscura depresión a la luminiscencia de la locura.
-¿Es que no vamos a tomarnos unos chupitos?.- Genaro empezó a ver a su exmujer con otros ojos, aquella chiquilla amargada que había conocido años atrás se había soltado por fin el pelo.
-Como no. ¡Chaval! Tráete el aguardiente.- Concha miraba a su padre y le sonreía. Su padre intentaba hacer lo mismo, sin mucho éxito.
-Señores, yo me tengo que marchar, les dejo, mañana marcho a Madrid y tengo que levantarme temprano.- El empresario, besó a Concha y se despidió con mano potente del Secretario y del Alcalde.
Pasaron unos minutos de silencios incómodos. Por fin Genaro se había dado cuenta que la cena con su exmujer y su exsuegro no tenía mucho sentido. Una vez que se había ido el empresario comodín, la cosa se enfrió por momentos.
-Genaro, ya he hablado con nuestro amigo y mañana se encargará de hacernos el trabajo que tenemos pendiente.- En principio, Genaro se quedó descolocado, no supo muy bien de qué estaba hablando Federico-. Ya sabes, lo de Vicente.- Genaro que pegaba un trago de aguardiente, no pudo menos que toser, los recuerdos siempre traicionan.
-Ya, ya, no te preocupes. No es el momento de tratar el tema, no te parece.- A Genaro le daba igual el tema de Vicente, simplemente no quería mencionar nada de los americanos en un lugar público, nunca lo había hecho antes.
-Pues, yo creo que es el lugar perfecto.- Federico y Genaro miraron a Concha. Ambos, sorprendidos, se miraron, como acusándose el uno al otro-. Papá, Genaro, no me toméis por tonta, es que os creéis que no me entero de nada. A partir de ahora, quiero mi parte, creo que he estado demasiado tiempo callada y ha llegado el momento de espabilar.
 
Juan Antonio Barroso

viernes, 27 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 15


 

15

 

No hay nada peor que el deseo de cambiar. Se acaba convirtiendo en obsesión enfermiza que malogra toda una vida. Así se sentía el agente Hugo Martínez, abandonado de la mano de su Dios, sin la suerte necesaria para salir de un mundo en el que se sentía atrapado. Era cierto que toda su familia se sentía muy orgullosa de él. Los Martínez habían sido una familia de emigrantes mexicanos que en los años sesenta había decidido pasar a la Tierra Prometida. Su abuelo Andrés Martínez en menos de dos años consiguió reunir a toda su familia en el Condado de  Fairfax en el estado de Virginia. Había trabajado en todo aquello que nadie quería hacer en todo el territorio, y gracias a su predisposición, el abuelo Andrés había conseguido sus grandes objetivos vitales. De lo poco que recordaba Hugo de él, le venían a la memoria sus grandes ojos negros llenos de vida, en realidad llenos de una especie de felicidad por la vida lograda.

Después estaba su padre, Emilio Martínez, el hijo mayor de Andrés Martínez, vino con  dieciocho años a los EEUU y consiguió integrarse bien en la sociedad en la que le tocó vivir. Hacía dos años que se había jubilado, se pasó los últimos cuarenta años trabajando como conserje en el Instituto de Langley. A Hugo nunca le gustó que su padre trabajase en el mismo lugar que él estudiaba, pero su padre, después de una generación siendo estadounidense, se sentía en deuda con el país que les había acogido y quejarse de su situación le parecía el peor de los pecados. Así tuvo que aguantar, hasta que marchó a la universidad. Se licenció en Derecho con las mejores notas de toda la clase. Un individuo con corbata y chaqueta se presentó en la residencia de estudiantes el último año de carrera, le propuso trabajar para la Compañía, y él, seducido por la idea romántica de espías con licencia para matar, se vio trabajando en un despacho de la Agencia Nacional de Inteligencia.

A pesar de que todos estaban orgullosos del chaval, sin duda ya era un verdadero americano, él seguía pensando que a pesar de los estudios, el trabajo y el buen sueldo, su vida era una auténtica mierda. Sentado en una silla frente a un PC demasiado lento y con tan solo una ventana, pensaba que se había pasado toda su vida en el condado donde su abuelo desembarcó y que, salvo los años de la universidad, no había salido de allí y, lo que era peor, el sueño de una vida de acción se había esfumado. No era un chaval tonto y sabía que se pasaría toda su vida en un despacho, mirando una pantalla de ordenador renovada cada cuatro años, mirando a través de aquella asquerosa ventana con la única visión de unos árboles que no dejaban pasar el tiempo entre sus ramas. Tenía que cambiar la situación, si no  acabaría pegándose un tiro, aunque se dio cuenta que ni si quiera tenía una pistola para hacerlo. Pero, ¿qué es lo que quería Hugo? Se acordaba de su abuelo Andrés y se preguntaba el por qué de su falta de valentía para salir al mundo y vivir, en definitiva, sólo quería vivir. No tenía esposa, ni tan siquiera una novia con la que retozar los fines de semana. Sólo tenía veintisiete años, el mundo estaba a sus pies. Esa espiral de ansiedad se iba apoderando del agente Martínez cada día, pero el destino le tenía reservada una oportunidad, sólo cabía preguntarse si estaba dispuesto a jugársela.

Unos golpes en la puerta lo sacaron de los pensamientos obsesivos que le devoraban cada vez más tiempo.

-Adelante.- Había días en los que nadie se acercaba por allí, llegó a pensar que todo aquello era una prueba que  la Agencia le tenía preparada para una posible misión.

-Martínez, el jefe quiere verte.- El jefe quería ver a Martínez, sería posible que después de dos años mirando la pantalla aquel hombre de la planta superior quisiese verlo. Le entró pánico y pensó que había metido la pata en algo. Era el problema de pasar días y días solo en el trabajo, al final te crees tus propias obsesiones y mentiras y pasa a engrosar ese extenso grupo de trabajadores que un día se jubilan y otro día se mueren y nadie pregunta por ellos. La vida pasa deprisa con la mochila cargada de miedo, esa era su frase de cabecera que había oído en alguna película de esas de los años treinta, esas que recreaban la Gran Depresión. Y así se sentía él, deprimido, pero con unas ganas terribles de vivir, ideas contradictorias que bloqueaban su pensamiento. Subiendo por aquellas escaleras al piso de arriba pensó que ya era hora de acabar con todo aquello, no quería seguir sufriendo temores infundados, toda esa porquería que lo devoraba lo estaba secando. Lo tenía más que claro, antes que su jefe le echase la reprimenda le diría que se iba, que lo dejaba todo, que estaba cansado de esperar a que pasase algo. Quería que vivir.

-Pase, por favor.- Llamó a la puerta con ánimos renovados, lo tenía más que claro. Por su cabeza veía a su padre y su madre y a parte de la comunidad hispana que tan orgullosa estaba de él, pero no dejaría que esos pensamientos le ahogasen su idea. Se iba y punto-. Hugo, siéntate, por favor.- Se había dado cuenta, cómo no. El jefe sabía su nombre de pila. De repente todos los pensamientos obsesivos desaparecieron. Todo su ser quedó pendiente de aquel tipo calvo con una corbata manchada de kétchup. Pensó que lo de irse, podía esperar unos minutos.

Permanecieron callados durante unos instantes, el tipo calvo escribiendo algo en un papel, con un bolígrafo dorado y mirando por encima de unas gafas de presbicia demasiado pasadas de moda, tanto que a Hugo le parecieron que le daban cierto aire de modernidad a su jefe. Estaba expectante, pero había decidido no hacer preguntas, por si acaso metía la pata.

-Agente Martínez, ¿conoce Cáceres?- el agente Martínez conocía perfectamente el español y le había parecido que entre aquellas palabras empalagosas inglesas se coló una palabra del idioma paterno.

-¿Señor?-El jefe levantó la mirada y se quedó mirando al empleado gubernamental, durante unos segundos se quedó pensativo, a Hugo le pareció ver la mirada de alguien muy desconfiado.

-Cáceres, España, Europa.-No tenía ni idea de dónde estaría ese pueblo o ciudad llamada Cáceres, pero al oír Europa, su corazón empezó a latir tan fuerte que a punto estuvo de llorar.

-Ni idea señor, lo buscaré en las bases de datos.- En realidad esa no era la respuesta que quería dar, en realidad lo que quería decirle es que estaba dispuesto a ir donde fuese, estaría dispuesto a pagarse él mismo lo billetes, estaría dispuesto a todo por salir de allí.

-No es necesario, haga sus maletas, mañana sale para Europa, irá a un pequeño pueblo llamado Casar de Cáceres en España. ¿Algún problema?

 

jueves, 26 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 14


14

 

El otro día me hablaron de ti. Y…¿era bueno o malo? No sabría cómo calificarlo. Puedes explicarte un poco mejor. Mira… Telmo sé que llevamos poco tiempo juntos, pero me gustaría decirte siempre la verdad. Adelante, me parece una buena idea no mentirse. Está bien, una tal Raula, me la encontré por casualidad en el supermercado, en el Aldi ese del Barrio de la Mejostilla. ¿Cómo has dicho que se llama? Raula, no te parece el nombre más bonito del mundo. No, la verdad es que es un nombre, diría yo que, despiadado. ¿Por qué dices eso? No sé ha sido la primera idea que me ha venido a la cabeza. Ya. Bueno, y qué te contó la tal Raula. Me dijo, pero no te molestes por favor. ¡Adelante, adelante!. Está bien, me dijo que te conocía desde hacía más de veinte años y me dijo que eras un antiguo militante de la CNT. Ya. Y que habías participado en la quema de algunas viviendas de protección oficial y que eras el más ferviente defensor de la muerte de los contrarios a la política del Estado. Ya, ¿alguna cosa más? No recuerdo nada más, ¿tengo que preocuparme? Mira, Benito, estamos en ese momento de enamoramiento que todo lo vuelve delicioso, un eructo nos parece gracioso, un pedo nos da la pista de la cercanía del otro dentro de la misma casa. No te entiendo muy bien. Quiero decirte que esa tal Raula es mi pareja los días de diario y no entiende que tú y yo estemos viviendo una historia apasionada de amor y, ¿sabes una cosa?, nos tiene envidia y…
-¡Telmo despierta, Telmo despierta!- Don Benito le gritaba al oído, tuvo tentaciones de pegarles unos guantazos, pero no se veía con la suficiente predisposición a la violencia.
De manera sorprendente, estaban solos, los dos, el cura y Telmo. Los demás habían salido a echar un cigarrillo. La jornada de rescate se estaba prolongando más de lo debido y algunos ya empezaban a impacientarse. Doyle, que era el más experimentado de la cuadrilla, fue el que propuso que saliesen fuera a templar un poco.
-Don Benito, ¿qué está pasando aquí?.- Telmo con la confianza de verse solo con alguien conocido se atrevió a preguntar. Era consciente que había perdido dos veces el conocimiento y ya no estaba tan seguro que todo aquello fuese producto de los nervios o del estrés por la muerte de su madre.
-Telmo, tienes que hacer todo lo que te dijo tu madre, no te pasará nada, ya sabes que tú eres el elegido. -Telmo creyó estar todavía soñando, no entendía nada de lo que le decía ese maldito cura. Pero no se pudo resistir y finalmente preguntó.
-Pero, Don Benito, ¿de qué cojones me está usted hablando?
-Telmo, ¿te encuentras bien? -Don Benito suponía que eran las secuelas de tanta corriente y quizás se había vuelto más imbécil de lo que ya era.
-Don Benito, ayúdeme, por favor, no sé de qué demonios me está hablando. -Sería posible que aquel idiota tumbado sobre una camilla metálica, supuestamente proclamado como el elegido no supiese realmente quién era. Sería posible que Jacinta no le hubiese contada nada a su hijo y que durante tantos años les hubiese estado engañando a él y al resto del Consorcio. Y si Telmo no era el elegido, quién demonios era, y, lo más importante, quién era el elegido.
-¡Telmo, tú eres el elegido, debes afrontar tu destino! –En menudo lío estaban el cura y el imbécil.
-Don Benito, ¿se ha vuelto usted loco? –Telmo parecía que era el único que tenía la cabeza en su sitio. Se oyeron unos ruidos y los ausentes empezaron a hacer aparición. El negro, que ahora llevaba puesto un mono azul, el tipo del acento extranjero y el chico de la funeraria.
-Ya estás despierto. Es el momento de proceder. -Telmo, sin la capacidad suficiente para enfrentarse físicamente a nadie, se dejó llevar sin poner ninguna resistencia.
-Sacadle el puerto a Jacinta.- El cura y Telmo se miraron extrañados, qué demonios sería aquello del puerto y de dónde se lo tenían que sacar.
El chico de la funeraria, se fue a una pila de lavar la ropa, y comenzó a frotarse las manos con mucha intensidad. Sus manos quedaron enrojecidas como tomates maduros. El negro tenía preparados unos guantes de látex en los que el chico enfundó sus manos con una maestría inusitada. Telmo y el cura no se perdían ni un solo detalle de lo que estaba ocurriendo. Por segunda vez, el chico de la funeraria, se enfundó unos segundos guantes.
-¿Puedo hacer una pregunta?- Eran las cosas de Telmo. Don Benito pensó que el momento para la curiosidad no era el más adecuado.
-Por supuesto.- Contestó el italiano.
-¿Cómo se llama el chico de la funeraria?- La cara de los presentes delataba la creciente preocupación.
-Me llamo Raúl. -Que nombre más bonito pensó Telmo, no sabía por qué pero tenía sensaciones de estar reconfortado consigo mismo al estar cerca de aquel chaval.
-¡Dejémonos de tonterías y procedamos! –Era importante hacer caso a aquel hombre negro de proporciones hercúleas.
Telmo siguió con la mirada a Raúl (que bonito el nombre del chaval y que andares tan graciosos) Se dirigió al cadáver de su madre. No había duda que iba a pasar algo, pero, ni el cura ni Telmo podían imaginar qué podía ser. El hombre negro, abrió las piernas de Jacinta. Las abrió tanto que las puntas de los dedos de los pies de imantaron con las sienes. Raúl, metió la mano en la vagina. Sí, en mi vagina, pensó Don Benito. Empezó a buscar algo, más que nada porque la cara del chico hacía pensar eso y sobre todo por el comentario.
-Estas viejas con los años los esconden todo.
Rebuscó y parece que encontró lo que tanto deseaba. Empezó a sacar la mano lentamente y de allí, sí, de allí empezó a salir un cable negro, del que tiraba Raúl muy despacio. Finalmente, paró.
-Aquí está el puerto USB, podemos empezar la trasmisión de datos.
 
Juan Antonio Barroso

miércoles, 25 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 13


13

 

Miraba de reojo la carpeta azul. Nada era compresible para una mente tan simple como la suya, necesitaba que alguien le explicase todo aquello. Volvió a la habitación de su madre. Allí estaban, los dos, el cura y ella. Él le susurraba al oído, ella tenía esa cara que uno debe de poner antes de morir, parecía feliz o quizá solo era la muerte haciéndose presente.
—Quisiera que me aclarasen qué demonios está pasando. —El cura levantó una mano, rabiosa, tensa, sólo pedía un poco de intimidad, menos egoísmo ante los últimos suspiros de la mujer que amaba—. Iré al salón, esperaré. —Don Benito ni siquiera le miró. Cogió de la mano a la moribunda y empezó a llorar. Su cuerpo se balanceaba hacia delante y hacia atrás. ¿Realmente, aquel tipo quería a su madre? Fue el momento en que dejó de verlo como el cura con mala leche que siempre había sido y vio al hombre, acompañando a su amada hasta el último momento.
—Jacinta, amor mío, qué quieres que haga con ese. —Con ese se refería al “inútil” que estaba en la habitación de al lado, él lo llamaba así delante de su amada.
—Benito, estoy escuchando a Ella, sácame a bailar por favor. —Fue lo que hicieron la primera vez que hicieron el amor. El recuerdo del hombre con sotana desabrochada de punta a cabo, el alzacuello colgado y un cigarrillo. Apoyado sobre el mueble de la sacristía, allí mismo donde guardaba la estola, el alba o la dalmática que tanto le gustaba para las ocasiones especiales. Miraba a la mujer, de espaldas a él, desnuda de cintura hacia abajo, sin miedo a enseñar nada, recreándose en la erótica. Benito abrió uno de los cajones y sacó una de las cintas de casete. Le dio al play. La iglesia de Santa Catalina retumbaba al son de la trompeta de Armstrong y la dulce Ella Fitzgerald. Summer Time. El baile eterno, la conjura perfecta. Después bailes, muchos bailes les acompañarían durante años. El cura de la sotana y su amiga. Nadie en el pueblo se podía imaginar que la mayoría de su tiempo lo había dedicado a los bailes de salón.
—Jacinta, estoy contigo, te sacaré a bailar. —Benito se había dado por vencido, no había tiempo para la lucha, aquella mirada era muy reconocible para él. Si le hubiesen dicho en el seminario que vería tanta gente muriéndose, con total seguridad lo hubiese dejado la primera semana. Odiaba ver a la gente morir, él no estaba para eso. Perdió la fe enseguida. Te mueres y te mueres, pasan los años y te acostumbras a mentir—. No te preocupes por el chaval, trataré de ayudarle.
—Avisa al Consorcio, ellos te ayudarán, lo han hecho muchas veces. —Pareciese que había llegado el momento de total lucidez anterior al último suspiro. Y así fue. Jacinta dejó de vivir. Un ruido de máquina agotada delató el final. Benito se levantó, no lloraría más, nunca lo hacía cuando moría alguien, sabía que eso no servía para nada.
—Telmo, tu madre, ha muerto. —Telmo estaba apoyado sobre sus palmas y sus codos sobre la mesa. La carpeta estaba cerrada. No la había vuelto a abrir, para qué, pensó. No tenía ganas de complicarse la vida. Había decidido ser feliz con lo que le había tocado. Con su odiosa mujer y con aquellas dos chiquillas que poco o nada lo querían. Sobrevivir hasta morir. Pero ese no era su destino, o mejor, los que son como él no pueden elegir, tiene su mapa vital trazado de antemano y punto—. ¡¿Telmo, me oyes?! —Claro que lo había oído, pero le daba igual.
Telmo se levantó de la silla, no se molestó en coger la carpeta azul. Pasó al lado del cura, golpeando, sin mala intención, hombro contra hombro, y se lo soltó.
—Márchese de aquí. Llamaré a los de la funeraria para que preparen el cadáver. Usted ya sabe lo que tiene que hacer. —Claro que lo sabía, se lo había explicado Jacinta más de mil veces. Pero el chaval no estaba preparado, algo había pasado que no alcanzaba a entender. ¿Por qué reaccionó así?¿Qué pasaba con su misión?
Al salir a la calle, Benito vio una mujer sentada a la puerta de su casa. Era tan mayor que era imposible determinar su edad con exactitud. Era una  mujer de siempre, de las de todos los pueblos, vestida de negro, sentada en sillas de mimbre entrelazado. No dejaba de mirarlo, como siempre. Esperando que le lanzase alguna de esas preguntas. El la miró y se lo dijo, —la Jacinta ha muerto. —Ya lo sabía, lo sabía desde el instante en que el cura salió por la puerta. Esas cosas se saben por la forma de andar, por la forma en que los puños se aprietan. Todos lo saben en el pueblo, la Jacinta ha muerto, la novia del cura. Ese que no es cura ni es nada. Pecador. La mujer mayor se levantó, se acercó al cura, lo agarró fuertemente del brazo. Sorprendido Benito, no reaccionó, sólo notaba la presión de la fuerza descomunal, se lo hubiera podido partir en mil pedazos. No podía soltarse. La mujer lo miró. Él dejó de resistirse. El silencio se hizo en aquel pedazo de calle. Nadie más, sólo la mujer vestida de negro y el cura. El tiempo se volvió mantecoso, ya no existía nada más.
—Benito, tienes que ayudar a Telmo, me lo has prometido.
 
Juan Antonio Barroso

domingo, 22 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 12


12

Federico al volver a casa se encontró a su hija sentada en la silla de siempre, cerca de la ventana, viendo pasar. Allí estaba, desde que Genaro se cansó de ella. Su única oportunidad de salir de aquel infierno se había esfumado en apenas dos años de matrimonio. Tuvo que volver, con la cabeza agachada, casi suplicando que le diesen un techo. Gracias a Federico, su mujer, Teresa la Relojera cedió. Pero sólo cedió en lo del techo, en lo demás seguía haciéndoles la vida imposible al padre y a la hija.
Teresa la Relojera, hija del relojero de Arroyo de la Luz. Una vez que se casó con Federico, debería haber sido Teresa la Secretaria, pero ella se presentaba a todo el mundo como la hija del relojero y así se quedó. Nadie dijo nada, nadie se atrevió a decir nada. Teresa decidió que se tenía ir de casa con tan sólo quince años y lo hizo. Ese mismo año, antes de cumplir los dieciséis, se casó con un tal Federico, quince años mayor que ella. Y él se vio atrapado por aquella chiquilla descarada capaz de cualquier artimaña. A los dos meses de matrimonio ya estaba encita y nueve meses después llegó María de la Concepción, Concha para su padre. Para su madre, el impedimento que le truncaría sus planes vitales. Poco a poco se fue amargando y amargando a todos y todo lo que le rodeaba.
Federico la quiso en algún momento de su vida, eso seguro, pero pasaron los años y pensó que la convivencia con aquella mujer había sido fruto de la mala suerte, caso de una maldición que le había hecho estar amargado los últimos treinta años de su vida. Aquella mujer le había hecho una piltrafa humana. Lo que más le dolía no era lo que había hecho con él, sino lo que había hecho con su hija y su poca valentía para enfrentarse a ella.
No sabía cómo, pero todo aquello tenía que acabar. Ver así su hija, allí sentada, oyendo las sentencias de su madre a todas horas, arañando su alma hasta infectarla y volar por los aires su voluntad, le dolía mas que nada.
—Ya ha venido tu padre. Levántate de la silla. Es hora de poner la mesa. —Genaro no era un hombre cruel que se había aprovechado de la chiquilla. Realmente le gustaba y se había enamorado de ella. Pero la segunda noche que entró en casa, la primera había sido puro teatro, la Relojera se mostró tal como era. Y Genaro fue atravesado un camino de cristales que le llevó en dos años a romper. En medio de todo aquello, un matrimonio perdido y una mujer que tuvo que volver a casa, sin fuerzas, agotada, incapaz—. Ahí os he hecho un caldo de gallina, eso es lo que vais a cenar tú y tu padre. —Ella hablaba así de él, en tercera persona, no es que no lo pudiera soportar, simplemente lo odiaba.
—Hija, ¿cómo estás? —Federico estaba tan roto por ver así a su hija que deseaba la muerte en lo más profundo de su alma para su antiguo yerno. En realidad, entendía que se hubiese largado de allí, de su casa, entendía mejor que nadie lo insufrible que era su casa con aquella hiena, pero no podía perdonarle que hubiese dejado tirada a su hija, teniendo que volver a soportar el desprecio constante de su mujer. Nunca se lo perdonaría.
—¡Eso, tú dale coba!
—Teresa, por favor.
—¿Qué?
—La niña lo está pasando mal y necesita nuestro apoyo.
—¡No me jodas! Tú niña ya tiene treinta años. —Se giró y miró a su hija y a la vez que soltaba su verborrea le iba dando golpes en la espalda—. ¡Qué te tienes que espabilar, qué te tienes que espabilar!
—¡Vale ya! —gritó Federico.
—¿¡Qué pasa!? Secretario me vas a mandar al alguacil. ¡Ah! perdona, que ya no eres nada en este pueblo. ¡Ahora eres el cojo hijo puta del pueblo!
—Madre, ya pongo la mesa. —Concha no podía soportar que se metiera con su padre, era el único apoyo que tenía dentro de su inútil vida.
En pocos minutos estaban sentados  alrededor de la vieja camilla. El caldo insípido al menos estaba caliente. Padre e hija estaban sentados unos frente al otro. La Relojera sentada al otro lado, no comía. Miraba la televisión, un concurso, era lo mejor para que estuviese callada.
—Padre, ¿ha visto usted a Genaro? —Todos los días desde que Genaro el Veinte Pollas dejó a su hija Concha preguntaba por su exmarido. Todos los días Federico le mentía.
—Hija, creo que no se encuentra muy bien, también lo está pasando mal. —Era incapaz de decirle la verdad, su hija era lo único por lo que merecía la pena seguir aguantando a su mujer.
—Sois unos inútiles. —Solo fueron tres palabras que desencadenaron una cadena de errores o de aciertos, sólo el tiempo sería capaz de juzgarlo.
Concha empezó a llorar y dijo las tres palabras que cambiarían su vida, —¡me quiero morir!
Qué significaban aquellas tres palabras. No eran reales. Las habías soñado. Su niña se quería morir. Federico estaba sufriendo una descarga de penas tan profundas que por un instante se vio reflejado en el alma de su hija, comprendió el dolor de aquella mujer adulta incapaz de salir de una profunda tristeza. Sintió como todo se desmenuzaba, su cuerpo era arena, incapaz de contenerlo entre las manos. No podía hacer nada, pero lo hizo.
Se levantó de su silla torpemente, como siempre hacía. Se agachó a recoger su muleta sobaquera, como siempre hacía. E hizo lo que nunca había hecho. Agarró con todas sus fuerzas aquel trozo de hierro y empezó a golpear a la Relojera. ¡Una, dos, tres, mil veces! Siguió y siguió. No estaba matando a su mujer, estaba salvando a su hija.
¿Fue un instante o fueron horas?, daba igual, cuando la hija y el padre se miraron, solo se pudo ver una sonrisa. Él había desterrado la pena de la cara de su hija, lo sabía. Ella veía a su padre como el hombre que siempre había soñado. Federico se sentó, jadeante, no estaba cansado, estaba eufórico, liberado del yugo maltratador. No sentía pena, ni miedo, solo sentía el alivio feroz de un combatiente que acababa de salvar su vida. Era feliz por primera vez en muchos años.
Pasó la felicidad y la locura, sin apenas poder acariciarlas y vio como el espacio y el tiempo volvían a unirse y se mostraron tal como eran. Sus manos ensangrentadas, una de ellas soldada al arma asesina. Quería librarse de ella, miraba la mano, incapaz de arrojarla al suelo, miró suplicante a su hija. Y allí estaba Concha, seguía sonriendo, con sus mejillas llenas de sangre. Desde el día en que se libró de la seguridad de su padre y pudo montar en bicicleta ella sola, Federico no había vuelto a ver aquella cara. Supo entonces, que no se había equivocado, que el mayor acierto de su vida había sido matar a su mujer. La vuelta al mundo real, esos remordimientos que le acosaron por un instante desaparecieron, se esfumaron. Pensó si todo aquello era locura. No, no, no. Era el momento de empezar de nuevo, de vivir, se lo merecían, nadie entendería qué había pasado en aquella casa, pero le daba igual. Estaba cansado de disimular, de ser lo que no era, de fingir que su vida era perfecta.
—Padre, no se preocupe, todo saldrá bien. —Era el punto y final a la vida pasada. La generosa aportación de su hija, era el empujón definitivo.
—Gracias, hija mía.
 
Juan Antonio Barroso

La Cochinera. Parte I. Capítulo 11


11 

Raula, le tienes que decir a tu padre, que la semana pasada se quedó con la vuelta del pan. Qué tontería, mi padre tiene suficiente dinero, no le hace falta limosna de nadie. Estaré equivocado. Ya estamos, cuantas veces te tengo que decir que esa actitud tuya me pone mala. De qué me estás hablando, amor mío. Mira que eres tonto, de tu facilidad para no luchar por tus creencias. Qué creencias, si yo soy funcionario. Mira Telmo, mira. No sé Raula, hay días que no te entiendo…

—¡Aaaaah! Raula, déjame. —Parece que Telmo estaba volviendo a la vida.
—¿Le sacamos esto? —Don Benito estaba asustado, no se podía imaginar que podía sentir en aquellos momentos el bueno de Telmo.
—¡Todavía no! Puede ser peligroso que no complete el proceso de regeneración. —El tipo de la camiseta del Inter fue claro.
El chico de la funeraria giró la rueda o dial o lo que fuese hasta el final por indicaciones del italiano. Pasaron unos diez segundos, momento en el que al reanimado se le empezaron a aflojar todos los músculos corporales que contenían materia en los tres estados, el negro desnudo levantó una mano y sentenció con una voz muy grave.
—Parad, el chico realmente  ha vuelto. —La maquina dejó de emitir aquello que le producía la nombrada descomposición a Telmo. El resucitado empezó a toser, vomitar, estornudar, daba igual,  volvió a la vida. Todos cambiaron sus caras, todos, salvo Don Benito que con la primera tos, estornudo o arcada de Telmo el ano soltó como una bala el plátano metálico y se estampó en plena cara del clérigo. Así eran estos procesos, nadie se sorprendió, por eso el religioso no se atrevió a decir nada.
—Chico, somos nosotros, estamos contigo, has vuelto a casa. —El hombre negro a pesar de su aspecto musculado y de estar completamente desnudo, resulto ser un varón extremadamente cariñoso y atento, una especie de madre abnegada.
—¿Qué está pasando? ¿qué me ha pasado?¿dónde estoy?¿Don Benito?¿mi madre? —demasiadas preguntas, pero los primeros momentos de una regeneración eran siempre así, a nadie le sorprendió tal cantidad de preguntas, quizá a Don Benito, pero, porque conocía a Telmo y sabía que no era el ser más curioso que había conocido.
El chico de la funeraria y el cura se dispusieron a reincorporarlo de inmediato, no había tiempo que perder, el funeral comenzaría en menos de media hora y los asistentes, incluidos su hermano, lo echarían de menos. Asieron al protagonista por ambos sobacos y, muy a su pesar, olvidaron subirles el calzoncillo con la bandera inglesa y los pantalones. Al verse Telmo de esa guisa, no puso ningún reparo, y con su comentario arrancó la primera sonrisa al cura, pensando que estaba ante el chico de siempre.
—Tengo frío.
Por alguna extraña razón, el italiano, el negro y el chico de la funeraria se miraron sorprendidos. Estaba claro, algo no marchaba como estaba previsto.
—Telmo, soy Michael Doyle (extraño nombre para un italiano), seré su mentor, estamos tratando de ajustar tus parámetros para que puedas realizar la misión para la que fuiste creado. Eres capaz de procesar la información que estás recibiendo. —Telmo miró al cura, arrugó el hocico y quiso que de su boca saliesen palabras tratando de preguntar qué era todo aquello que estaba escuchando. Le vino a la cabeza la filosofía de su madre con respecto a él, ¿realmente sería tonto como decía aquella señora que estaba recostada sobre la mesa metálica?
—A veces pasa, no es común, pero pasa. —El chico de la funeraria, también extrañado por el comportamiento de Telmo, trató de tranquilizar a los asistentes.
—Yo creo que deberíamos meterle de nuevo el regenerador, lo mismo ha sido poco tiempo, o poca intensidad. —El negro se estaba empezado a poner nervioso. Estaba claro porque los de su serie tenían erecciones cuando se sobrecargaba de información no controlada.
Y allá fueron de nuevo, situando al prototipo decúbito prono para que, esta vez, poder eliminar cualquier posible error en cuanto a dios sabe qué.
—Dele a la máxima potencia desde inicio.
—Pero señor Doyle, vamos a freírle el culo.
—No sé preocupe. Benito vaya a la farmacia a por unas Aspirinas.
—¿Para el culo?
—¡No coño!, me está empezando a doler la cabeza.


Raula te he comprado una plancha. ¡Una plancha! Si como esa que te gustaba, la de la Teletienda. Pero, si a mí no me gusta planchar. (Silencio). No sé, quizá no te conozca tan bien como yo pensaba. Se te están cruzando los días, quizá sea para la de los fines de semana. Se llama Benito y es un hombre. ¡Te he dicho que no quería saber su nombre! Lo sé… pero. Pero nada, ¿le quieres más que a mí? Es diferente. No te entiendo. Pues eso, sólo es diferente. Ya. Sí, quiero decir que los fines de semana con Benito son maravillosos, disfrutamos de cada segundo que pasamos juntos. ¿Es que ya no disfrutas a mi lado? Sí, bueno, es diferente. Tú ya no me quieres. No es eso. Sí, es eso. Descansa el fin de semana Raula, el lunes hablamos de lo nuestro.
 
Juan Antonio Barroso