Telmo, hijo,
ven a casa cuando puedas.
Esa frase la escuchaba casi a diario. Con la vejez de su madre la dependencia
entre ambos aumentaba sin piedad. Su mujer nunca dijo nada, además no le
importaba lo más mínimo, pero la realidad era la era, se pasaba más tiempo en
casa de su madre que en la suya propia. Quizás todo aquello tenía algún tipo de
significado vital que no había acertado a descifrar.
—Hijo, quiero
que me hagas un favor —hasta ahora todo parecía normal, siempre andaba pidiendo
cosas—, quiero que me bajes la mortaja de la buhardilla. Está en el baúl, el
que está debajo de las sábanas de mi dote, al fondo, donde está la pila.
—Madre, para
qué quiere usted la mortaja, ¿es que se encuentra mal? —La verdad es que la pregunta
fue bastante extraña, no le gustaba hablar de la muerte.
—¡Haz caso a
lo que te he dicho, y no rechistes! Llevas toda la vida dándome mucha fatiga.
—La verdad es que tenía razón. En el fondo, Telmo sabía o quizás sólo lo intuía,
que en algún momento fue su hijo preferido, y sabía, esta vez a ciencia cierta,
que la había defraudado enormemente. Su madre hizo todo lo posible por
costearle la carrera de medicina en Valladolid y no fue capaz de pasar de
primer curso. Ella quería un médico en la familia, por eso de aparentar. Al
tercer año, regresó a casa, borracho como una cuba y le dijo que lo dejaba, que
eso de la bata blanca no era lo suyo. El día que vio la sangre por primera vez
pensó que era el peor día de su vida. Pero estaba equivocado. Cuando les
mandaron diseccionar un brazo, de dios saben quién, se desmalló. Sus profesores
le recomendaron que lo tenía que dejar, que no valía. Hubo incluso quien se prestó a pedir algún favor
para hacer un cambio de matrícula para la Facultad de Derecho. ¡Eso, y cinco
años después se presentaba en su casa con una toga negra! Al final aguantó todo
lo que pudo. Se dio a la bebida durante esos tres años y los pasó amargado y
con miedo a decir la verdad. Y así llegó a casa un sábado por la tarde, su madre le
había preparado el guiso de patatas con chorizo que tanto le gustaba. Y se lo
soltó: —mamá dejo la carrera, me dan miedo los cadáveres y todo eso. Lo
siguiente que recuerda era a su madre levantado la cazuela de patatas con
chorizo y verterlas sobre sus pantalones. Después un silencio terrorífico y un,
cómo no, “hijo, tú eres tonto”.
Bajó aquella
vieja caja de cartón blanco. Era alargada y se adivinaban unas letras doradas
debajo de una gran capa de polvo. Corsetería Loli. Se fue al patio a
sacudir el polvo, si no lo hacía le daría la lata, conocía bien sus manías.
—Déjala
encima de la mesa —Tenía las gafas puestas y estaba sacudiendo con el dedo
corazón la pantalla del i-phone. Lo hacía con tantas ganas que parecía que
constantemente regalaba peinetas—. Siéntate. Ahí no. Aquí, no quiero hablar muy
alto. Esto es lo más importante que te voy a dejar en herencia —¿Se habría
vuelto loca su madre? o ¿Quizás había llegado el momento de visitar al
neurólogo? —.No quiero que te asustes
con esto que te voy a decir, pero las cosas no son lo que parecen —Empezó a
creer de verdad que su madre se estaba
poniendo rara, hablaba poco más que susurrando y le había agarrado de la mano.
La verdad es que no se podía concentrar mucho en lo que le estaba diciendo, sus
gestos le tenían poco menos que hipnotizado, su madre no era cariñosa, ¡su madre
no era así!—. Hijo, ¿te acuerdas de tu padre?¿recuerdas algo de él? —La verdad es que de su padre no tenía
conciencia. Su madre dijo siempre que había sido un gran hombre. Trabajador,
amante de su familia y… la verdad es que no recordaba ni una sola anécdota más.
Luego se murió.
—Madre, ¿de
verdad que se encuentra bien? —La interrumpió, como casi siempre.y ella le
soltó un pescozón en la frente con el anillo de la piedra roja.
—¡Cállate
coño! —Era el momento de callarse, su madre otra cosa no, pero palabras mal
sonantes no decía ni una sola—. Lo que te voy a decir es absoluto secreto, y no
quiero que salga de esta habitación, si se lo cuentas a alguien, puede que tu
vida esté en peligro.
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