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La verdad es que su madre no tenía grandes amistades en el
pueblo, era una de esas personas que todo el mundo respeta y saluda pero, la
verdad, ninguno de sus hijos recordaba visitas en casa de las vecinas pidiendo
sal o manteniendo una conversación sobre
los hijos. De las pocas cosas que sí hacía a diario era salir cada tarde para ir
a ver a don Benito. No es que fuese una persona religiosa que exteriorizase su
fe, solo era que, por alguna extraña razón, le gustaba ir a ver al cura. La
gente en el pueblo murmuraba, los peores, los chiquillos; cuando se enfadaban
con Artemio o con Telmo, se las tiraban a tumba abierta, — tu madre está liada con el cura. Artemio, que era el más bravo,
rompía narices a diestro y siniestro.
Después, cuando llegaban a casa, su madre no les imponía castigo alguno, les
sentaba frente a ella, en las viejas sillas de mimbre, y les decía otra de esas
frases lapidarias: —hijos, así debe ser la familia.
La familia, vaya
mierda, pensaba Telmo. Él siempre había querido formar la suya propia y se
puede decir, desde el punto de vista formal, que lo había conseguido. Se casó, en
ese ilusorio proyecto familiar, con la persona más inoportuna. Josefina
Cifuentes Macho.
Josefina era el ser más despreciable de todo el pueblo.
Tenía que reconocer que en este caso, su madre tenía razón cuando le decía eso
de que era tonto o le tiraba lo de la mujer harpía. Cuando tenía veinticinco
años, todavía no se había alejado mucho
de la virginidad y Josefina era, probablemente, o mejor dicho, con toda
seguridad, la chica más manoseada de toda la comarca, se casó con ella. Una
noche de San Juan, se fue a mear detrás de la discoteca y allí estaba.
Borracha, fumándose un porro y con un trapo en las manos secándose el sudor de
la cara (cuando estuvo más cerca de ella se dio cuenta que eran las bragas) Se quedó mirándola y empezó a hablar de no sé
qué de su padre. El tío Ramón, de vocación y oficio malísima persona. Antiguo
falangista, y como para joder más a la parroquia, en el año setenta y seis se
hizo con la plaza de alguacil del pueblo, posteriormente convertido en policía
local, sin duda la peor de las soluciones para un auténtico psicópata.
Josefina, apenas hablaba de él, sentía terror solo al escuchar el nombre de su
padre. Jamás hablaba del tema.
Esa noche, una de la
mejores de su vida, la recordaba apoyada sobre un SEAT Ronda. Josefina,
torpemente, trataba de mantener el equilibrio. Todo parecía tan patético como
realmente era, sin embargo a él le pareció lo más erótico que había visto jamás.
Una de las veces que trató de levantarse del suelo se le enganchó el
vestido en la parte trasera de un finísimo cinturón. Y allí estaba, lo
que definitivamente enamoró a Telmo. El culo. Grande, blanco, redondo. Era
perfecto.
Ella, después de la
última caída, empezó a ser consciente de
la presencia de Telmo. Se iba acercando a él, como muy chula, con su porro en
una mano y las bragas en la otra. No sabía
por qué, pero vio a Gilda, sus caderas iban al ritmo de una música de fondo de
la discoteca, una vieja canción de uno de esos grupos ingleses.
—¿Tú eres ese, el hijo de la malasombra y el cura cabrón? —Nunca se lo habían dicho así, y pensó que los
calificativos no eran desacertados, salvo por lo del cura, solo de imaginárselo como padre le daba asco. Si se lo hubiera dicho otro del pueblo se
hubiera planteado patirle la cara. Josefina le
golpeo suavemente con las bragas en la cara, de derecha a izquierda, de
izquierda a derecha. Le gustó tanto el olor almizclero que empezó a sentir un
hormigueo por la entrepierna que le llegó hasta el cerebro. No podía pensar,
solo quería sumergirme en aquel maravilloso culo —. Quieres echarme un polvo,
¿verdad? — ¡Naturalmente!
Y allí se vio, empujando a una mujer contra un SEAT Ronda,
pensando en la magia de la potencia, como decía el
anuncio de la televisión. Ella, seguía fumándose su porro, sin apenas inmutarse,
con las bragas ya en el suelo y sin sentir nada, como en el resto de su matrimonio. Ocho meses después
vinieron Margarita y Julia, sus hijas, calculadoras y sin corazón como su
madre, pero sin duda, lo mejor que había hecho en su vida.
Y el cura que les casó era, como no, el cura cabrón. Su
suegro, ni siquiera se había cambiado de ropa después de venir de caza, tenía
la camisa llena de sangre, de algún pobre animalillo. Su madre, estaba sentada
al otro lado de la bancada. Recordaba que cuando el cura preguntó si quería por
esposa a Josefina, el cura cabrón y Telmo miraron a su madre. Ahí empezó su
sequía sexual con Josefina, se prolongaría hasta el día presente, de eso ya
hacía dieciocho años. Después ni tan siquiera hubo convite. Se fueron a vivir a
casa de su suegro durante tres meses. Un día, desesperado, se fue a ver a su
madre y le suplicó que le dejase dinero para comprar una casa. Por supuesto, no
se lo prestó, pero en su favor, se apiadó de él, y le dejó la casa del abuelo
Raimundo. Y hasta la fecha era su casa. Sin arreglos, desde el día en que se la
prestó su madre. Nunca habían tenido dinero para nada. Comida, ropa mala y nada
más. Ni un solo capricho, ni un solo café en un bar. Nada. Es cierto que el
sueldo de conserje del Instituto no daba para mucho, pero el día veintisiete,
el día en que le ingresaban el dinero en la Caja Postal, Josefina se pasaba por
el banco y lo sacaba todo. Estaba seguro que si hubiese podido presentarse en
el ministerio a coger el dinero directamente, lo hubiese hecho. En favor de
Josefina tenía que decir, que le lavaba la ropa y se la planchaba. Como
cocinera dejaba mucho que desear, pero era comprensible, su afición por la casa
era inexistente. La verdad es que no sabía qué hacía con su dinero. Vivían como
pobres. Y así, cuando pasó un tiempo, su madre le empezó a arrimar algo de dinero, pero no le
duraba nada más que el rato de llevarlo de casa de su madre a la suya propia.
Nada más entrar, Josefina le hacía quitarse la ropa, ponerse una chilaba, que dios sabe de dónde lo había
sacado, y, como una hiena sedienta de sangre, le registraba los bolsillos. Con los años, a pesar de sus pocas
luces, cogió su dinero, el que le daba su madre, lo guardaba en una pequeña lata y lo escondía
en la huerta de su abuelo. Allí, no es que estuviese muy seguro, pero, al
menos, si se lo quitaba alguien, no sería Josefina. Y así, con los años, amasó
una pequeña fortuna en la maldita lata de Cola-Cao. Nunca pensó que aquel
dinero le iba a ayudar a cambiar su vida para siempre.
Juan Antonio Barroso
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