domingo, 8 de noviembre de 2015

La cochinera. Parte 1. Capítulo 3.


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La verdad es que su madre no tenía grandes amistades en el pueblo, era una de esas personas que todo el mundo respeta y saluda pero, la verdad, ninguno de sus hijos recordaba visitas en casa de las vecinas pidiendo sal  o manteniendo una conversación sobre los hijos. De las pocas cosas que sí hacía a diario era salir cada tarde para ir a ver a don Benito. No es que fuese una persona religiosa que exteriorizase su fe, solo era que, por alguna extraña razón, le gustaba ir a ver al cura. La gente en el pueblo murmuraba, los peores,  los chiquillos; cuando se enfadaban con Artemio o con Telmo, se las tiraban a tumba abierta, — tu madre está liada con el cura. Artemio, que era el más bravo, rompía  narices a diestro y siniestro. Después, cuando llegaban a casa, su madre no les imponía castigo alguno, les sentaba frente a ella, en las viejas sillas de mimbre, y les decía otra de esas frases  lapidarias: —hijos, así debe ser la familia.

 La familia, vaya mierda, pensaba Telmo. Él siempre había querido formar la suya propia y se puede decir, desde el punto de vista formal, que lo había conseguido. Se casó, en ese ilusorio proyecto familiar, con la persona más inoportuna. Josefina Cifuentes Macho.

Josefina era el ser más despreciable de todo el pueblo. Tenía que reconocer que en este caso, su madre tenía razón cuando le decía eso de que era tonto o le tiraba lo de la mujer harpía. Cuando tenía veinticinco años,  todavía no se había alejado mucho de la virginidad y Josefina era, probablemente, o mejor dicho, con toda seguridad, la chica más manoseada de toda la comarca, se casó con ella. Una noche de San Juan, se fue a mear detrás de la discoteca y allí estaba. Borracha, fumándose un porro y con un trapo en las manos secándose el sudor de la cara (cuando estuvo más cerca de ella se dio cuenta que eran las bragas) Se  quedó mirándola y empezó a hablar de no sé qué de su padre. El tío Ramón, de vocación y oficio malísima persona. Antiguo falangista, y como para joder más a la parroquia, en el año setenta y seis se hizo con la plaza de alguacil del pueblo, posteriormente convertido en policía local, sin duda la peor de las soluciones para un auténtico psicópata. Josefina, apenas hablaba de él, sentía terror solo al escuchar el nombre de su padre. Jamás hablaba del tema.

 Esa noche, una de la mejores de su vida, la recordaba apoyada sobre un SEAT Ronda. Josefina, torpemente, trataba de mantener el equilibrio. Todo parecía tan patético como realmente era, sin embargo a él le pareció lo más erótico que había visto jamás. Una de las veces que trató de levantarse del suelo se le enganchó el vestido en la parte trasera de un finísimo cinturón. Y allí estaba, lo que definitivamente enamoró a Telmo. El culo. Grande, blanco, redondo. Era perfecto.

 Ella, después de la última caída, empezó a ser  consciente de la presencia de Telmo. Se iba acercando a él, como muy chula, con su porro en una mano y las bragas en la otra. No  sabía por qué, pero vio a Gilda, sus caderas iban al ritmo de una música de fondo de la discoteca, una vieja canción de uno de esos grupos ingleses.

—¿Tú eres ese, el hijo de la malasombra y el cura cabrón?  —Nunca se lo habían dicho así, y pensó que los calificativos no eran desacertados, salvo por lo del cura, solo de imaginárselo como padre le daba asco. Si se lo hubiera dicho otro del pueblo se hubiera planteado  patirle la cara.  Josefina le golpeo suavemente con las bragas en la cara, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Le gustó tanto el olor almizclero que empezó a sentir un hormigueo por la entrepierna que le llegó hasta el cerebro. No podía pensar, solo quería sumergirme en aquel maravilloso culo —. Quieres echarme un polvo, ¿verdad? — ¡Naturalmente!

Y allí se vio, empujando a una mujer contra un SEAT Ronda, pensando en  la magia de la potencia, como decía el anuncio de la televisión. Ella, seguía fumándose su porro, sin apenas inmutarse, con las bragas ya en el suelo y sin sentir nada, como en  el resto de su matrimonio. Ocho meses después vinieron Margarita y Julia, sus hijas, calculadoras y sin corazón como su madre, pero sin duda, lo mejor que había hecho en su vida.

Y el cura que les casó era, como no, el cura cabrón. Su suegro, ni siquiera se había cambiado de ropa después de venir de caza, tenía la camisa llena de sangre, de algún pobre animalillo. Su madre, estaba sentada al otro lado de la bancada. Recordaba que cuando el cura preguntó si quería por esposa a Josefina, el cura cabrón y Telmo miraron a su madre. Ahí empezó su sequía sexual con Josefina, se prolongaría hasta el día presente, de eso ya hacía dieciocho años. Después ni tan siquiera hubo convite. Se fueron a vivir a casa de su suegro durante tres meses. Un día, desesperado, se fue a ver a su madre y le suplicó que le dejase dinero para comprar una casa. Por supuesto, no se lo prestó, pero en su favor, se apiadó de él, y le dejó la casa del abuelo Raimundo. Y hasta la fecha era su casa. Sin arreglos, desde el día en que se la prestó su madre. Nunca habían tenido dinero para nada. Comida, ropa mala y nada más. Ni un solo capricho, ni un solo café en un bar. Nada. Es cierto que el sueldo de conserje del Instituto no daba para mucho, pero el día veintisiete, el día en que le ingresaban el dinero en la Caja Postal, Josefina se pasaba por el banco y lo sacaba todo. Estaba seguro que si hubiese podido presentarse en el ministerio a coger el dinero directamente, lo hubiese hecho. En favor de Josefina tenía que decir, que le lavaba la ropa y se la planchaba. Como cocinera dejaba mucho que desear, pero era comprensible, su afición por la casa era inexistente. La verdad es que no sabía qué hacía con su dinero. Vivían como pobres. Y así, cuando pasó  un tiempo, su madre le empezó a  arrimar algo de dinero, pero no le duraba nada más que el rato de llevarlo de casa de su madre a la suya propia. Nada más entrar, Josefina le hacía quitarse la ropa, ponerse una  chilaba, que dios sabe de dónde lo había sacado, y, como una hiena sedienta de sangre, le registraba los bolsillos. Con los años, a pesar de sus pocas luces, cogió su dinero, el que le daba su madre,  lo guardaba en una pequeña lata y lo escondía en la huerta de su abuelo. Allí, no es que estuviese muy seguro, pero, al menos, si se lo quitaba alguien, no sería Josefina. Y así, con los años, amasó una pequeña fortuna en la maldita lata de Cola-Cao. Nunca pensó que aquel dinero le iba a ayudar a cambiar su vida para siempre.
Juan Antonio Barroso

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