miércoles, 25 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 13


13

 

Miraba de reojo la carpeta azul. Nada era compresible para una mente tan simple como la suya, necesitaba que alguien le explicase todo aquello. Volvió a la habitación de su madre. Allí estaban, los dos, el cura y ella. Él le susurraba al oído, ella tenía esa cara que uno debe de poner antes de morir, parecía feliz o quizá solo era la muerte haciéndose presente.
—Quisiera que me aclarasen qué demonios está pasando. —El cura levantó una mano, rabiosa, tensa, sólo pedía un poco de intimidad, menos egoísmo ante los últimos suspiros de la mujer que amaba—. Iré al salón, esperaré. —Don Benito ni siquiera le miró. Cogió de la mano a la moribunda y empezó a llorar. Su cuerpo se balanceaba hacia delante y hacia atrás. ¿Realmente, aquel tipo quería a su madre? Fue el momento en que dejó de verlo como el cura con mala leche que siempre había sido y vio al hombre, acompañando a su amada hasta el último momento.
—Jacinta, amor mío, qué quieres que haga con ese. —Con ese se refería al “inútil” que estaba en la habitación de al lado, él lo llamaba así delante de su amada.
—Benito, estoy escuchando a Ella, sácame a bailar por favor. —Fue lo que hicieron la primera vez que hicieron el amor. El recuerdo del hombre con sotana desabrochada de punta a cabo, el alzacuello colgado y un cigarrillo. Apoyado sobre el mueble de la sacristía, allí mismo donde guardaba la estola, el alba o la dalmática que tanto le gustaba para las ocasiones especiales. Miraba a la mujer, de espaldas a él, desnuda de cintura hacia abajo, sin miedo a enseñar nada, recreándose en la erótica. Benito abrió uno de los cajones y sacó una de las cintas de casete. Le dio al play. La iglesia de Santa Catalina retumbaba al son de la trompeta de Armstrong y la dulce Ella Fitzgerald. Summer Time. El baile eterno, la conjura perfecta. Después bailes, muchos bailes les acompañarían durante años. El cura de la sotana y su amiga. Nadie en el pueblo se podía imaginar que la mayoría de su tiempo lo había dedicado a los bailes de salón.
—Jacinta, estoy contigo, te sacaré a bailar. —Benito se había dado por vencido, no había tiempo para la lucha, aquella mirada era muy reconocible para él. Si le hubiesen dicho en el seminario que vería tanta gente muriéndose, con total seguridad lo hubiese dejado la primera semana. Odiaba ver a la gente morir, él no estaba para eso. Perdió la fe enseguida. Te mueres y te mueres, pasan los años y te acostumbras a mentir—. No te preocupes por el chaval, trataré de ayudarle.
—Avisa al Consorcio, ellos te ayudarán, lo han hecho muchas veces. —Pareciese que había llegado el momento de total lucidez anterior al último suspiro. Y así fue. Jacinta dejó de vivir. Un ruido de máquina agotada delató el final. Benito se levantó, no lloraría más, nunca lo hacía cuando moría alguien, sabía que eso no servía para nada.
—Telmo, tu madre, ha muerto. —Telmo estaba apoyado sobre sus palmas y sus codos sobre la mesa. La carpeta estaba cerrada. No la había vuelto a abrir, para qué, pensó. No tenía ganas de complicarse la vida. Había decidido ser feliz con lo que le había tocado. Con su odiosa mujer y con aquellas dos chiquillas que poco o nada lo querían. Sobrevivir hasta morir. Pero ese no era su destino, o mejor, los que son como él no pueden elegir, tiene su mapa vital trazado de antemano y punto—. ¡¿Telmo, me oyes?! —Claro que lo había oído, pero le daba igual.
Telmo se levantó de la silla, no se molestó en coger la carpeta azul. Pasó al lado del cura, golpeando, sin mala intención, hombro contra hombro, y se lo soltó.
—Márchese de aquí. Llamaré a los de la funeraria para que preparen el cadáver. Usted ya sabe lo que tiene que hacer. —Claro que lo sabía, se lo había explicado Jacinta más de mil veces. Pero el chaval no estaba preparado, algo había pasado que no alcanzaba a entender. ¿Por qué reaccionó así?¿Qué pasaba con su misión?
Al salir a la calle, Benito vio una mujer sentada a la puerta de su casa. Era tan mayor que era imposible determinar su edad con exactitud. Era una  mujer de siempre, de las de todos los pueblos, vestida de negro, sentada en sillas de mimbre entrelazado. No dejaba de mirarlo, como siempre. Esperando que le lanzase alguna de esas preguntas. El la miró y se lo dijo, —la Jacinta ha muerto. —Ya lo sabía, lo sabía desde el instante en que el cura salió por la puerta. Esas cosas se saben por la forma de andar, por la forma en que los puños se aprietan. Todos lo saben en el pueblo, la Jacinta ha muerto, la novia del cura. Ese que no es cura ni es nada. Pecador. La mujer mayor se levantó, se acercó al cura, lo agarró fuertemente del brazo. Sorprendido Benito, no reaccionó, sólo notaba la presión de la fuerza descomunal, se lo hubiera podido partir en mil pedazos. No podía soltarse. La mujer lo miró. Él dejó de resistirse. El silencio se hizo en aquel pedazo de calle. Nadie más, sólo la mujer vestida de negro y el cura. El tiempo se volvió mantecoso, ya no existía nada más.
—Benito, tienes que ayudar a Telmo, me lo has prometido.
 
Juan Antonio Barroso

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