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Miraba de reojo la carpeta azul. Nada era compresible para
una mente tan simple como la suya, necesitaba que alguien le explicase todo
aquello. Volvió a la habitación de su madre. Allí estaban, los dos, el cura y
ella. Él le susurraba al oído, ella tenía esa cara que uno debe de poner antes
de morir, parecía feliz o quizá solo era la muerte haciéndose presente.
—Quisiera que me aclarasen qué demonios está pasando. —El
cura levantó una mano, rabiosa, tensa, sólo pedía un poco de intimidad, menos
egoísmo ante los últimos suspiros de la mujer que amaba—. Iré al salón,
esperaré. —Don Benito ni siquiera le miró. Cogió de la mano a la moribunda y
empezó a llorar. Su cuerpo se balanceaba hacia delante y hacia atrás.
¿Realmente, aquel tipo quería a su madre? Fue el momento en que dejó de verlo
como el cura con mala leche que siempre había sido y vio al hombre, acompañando
a su amada hasta el último momento.
—Jacinta, amor mío, qué quieres que haga con ese. —Con ese se refería al “inútil” que estaba en
la habitación de al lado, él lo llamaba así delante de su amada.
—Benito, estoy escuchando a Ella, sácame a bailar por favor.
—Fue lo que hicieron la primera vez que hicieron el amor. El recuerdo del
hombre con sotana desabrochada de punta a cabo, el alzacuello colgado y un
cigarrillo. Apoyado sobre el mueble de la sacristía, allí mismo donde guardaba
la estola, el alba o la dalmática que tanto le gustaba para las ocasiones
especiales. Miraba a la mujer, de espaldas a él, desnuda de cintura hacia
abajo, sin miedo a enseñar nada, recreándose en la erótica. Benito abrió uno de
los cajones y sacó una de las cintas de casete. Le dio al play. La iglesia de
Santa Catalina retumbaba al son de la trompeta de Armstrong y la dulce Ella
Fitzgerald. Summer Time. El baile eterno, la conjura perfecta. Después bailes,
muchos bailes les acompañarían durante años. El cura de la sotana y su amiga.
Nadie en el pueblo se podía imaginar que la mayoría de su tiempo lo había
dedicado a los bailes de salón.
—Jacinta, estoy contigo, te sacaré a bailar. —Benito se
había dado por vencido, no había tiempo para la lucha, aquella mirada era muy
reconocible para él. Si le hubiesen dicho en el seminario que vería tanta gente
muriéndose, con total seguridad lo hubiese dejado la primera semana. Odiaba ver
a la gente morir, él no estaba para eso. Perdió la fe enseguida. Te mueres y te
mueres, pasan los años y te acostumbras a mentir—. No te preocupes por el
chaval, trataré de ayudarle.
—Avisa al Consorcio, ellos te ayudarán, lo han hecho muchas
veces. —Pareciese que había llegado el momento de total lucidez anterior al
último suspiro. Y así fue. Jacinta dejó de vivir. Un ruido de máquina agotada
delató el final. Benito se levantó, no lloraría más, nunca lo hacía cuando
moría alguien, sabía que eso no servía para nada.
—Telmo, tu madre, ha muerto. —Telmo estaba apoyado sobre sus
palmas y sus codos sobre la mesa. La carpeta estaba cerrada. No la había vuelto
a abrir, para qué, pensó. No tenía ganas de complicarse la vida. Había decidido
ser feliz con lo que le había tocado. Con su odiosa mujer y con aquellas dos
chiquillas que poco o nada lo querían. Sobrevivir hasta morir. Pero ese no era
su destino, o mejor, los que son como él no pueden elegir, tiene su mapa vital
trazado de antemano y punto—. ¡¿Telmo, me oyes?! —Claro que lo había oído, pero
le daba igual.
Telmo se levantó de la silla, no se molestó en coger la
carpeta azul. Pasó al lado del cura, golpeando, sin mala intención, hombro
contra hombro, y se lo soltó.
—Márchese de aquí. Llamaré a los de la funeraria para que
preparen el cadáver. Usted ya sabe lo que tiene que hacer. —Claro que lo sabía,
se lo había explicado Jacinta más de mil veces. Pero el chaval no estaba
preparado, algo había pasado que no alcanzaba a entender. ¿Por qué reaccionó
así?¿Qué pasaba con su misión?
Al salir a la calle, Benito vio una mujer sentada a la
puerta de su casa. Era tan mayor que era imposible determinar su edad con
exactitud. Era una mujer de siempre, de las
de todos los pueblos, vestida de negro, sentada en sillas de mimbre entrelazado.
No dejaba de mirarlo, como siempre. Esperando que le lanzase alguna de esas
preguntas. El la miró y se lo dijo, —la Jacinta ha muerto. —Ya lo sabía, lo
sabía desde el instante en que el cura salió por la puerta. Esas cosas se saben
por la forma de andar, por la forma en que los puños se aprietan. Todos lo
saben en el pueblo, la Jacinta ha muerto, la novia del cura. Ese que no es cura
ni es nada. Pecador. La mujer mayor se levantó, se acercó al cura, lo agarró
fuertemente del brazo. Sorprendido Benito, no reaccionó, sólo notaba la presión
de la fuerza descomunal, se lo hubiera podido partir en mil pedazos. No podía
soltarse. La mujer lo miró. Él dejó de resistirse. El silencio se hizo en aquel
pedazo de calle. Nadie más, sólo la mujer vestida de negro y el cura. El tiempo
se volvió mantecoso, ya no existía nada más.
—Benito, tienes que ayudar a Telmo, me lo has prometido.
Juan Antonio Barroso
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