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El otro día
me hablaron de ti. Y…¿era bueno o malo? No sabría cómo calificarlo. Puedes
explicarte un poco mejor. Mira… Telmo sé que llevamos poco tiempo juntos, pero
me gustaría decirte siempre la verdad. Adelante, me parece una buena idea no
mentirse. Está bien, una tal Raula, me la encontré por casualidad en el
supermercado, en el Aldi ese del Barrio de la Mejostilla. ¿Cómo has dicho que
se llama? Raula, no te parece el nombre más bonito del mundo. No, la verdad es
que es un nombre, diría yo que, despiadado. ¿Por qué dices eso? No sé ha sido
la primera idea que me ha venido a la cabeza. Ya. Bueno, y qué te contó la tal
Raula. Me dijo, pero no te molestes por favor. ¡Adelante, adelante!. Está bien,
me dijo que te conocía desde hacía más de veinte años y me dijo que eras un
antiguo militante de la CNT. Ya. Y que habías participado en la quema de
algunas viviendas de protección oficial y que eras el más ferviente defensor de
la muerte de los contrarios a la política del Estado. Ya, ¿alguna cosa más? No
recuerdo nada más, ¿tengo que preocuparme? Mira, Benito, estamos en ese momento
de enamoramiento que todo lo vuelve delicioso, un eructo nos parece gracioso,
un pedo nos da la pista de la cercanía del otro dentro de la misma casa. No te
entiendo muy bien. Quiero decirte que esa tal Raula es mi pareja los días de
diario y no entiende que tú y yo estemos viviendo una historia apasionada de
amor y, ¿sabes una cosa?, nos tiene envidia y…
-¡Telmo despierta, Telmo despierta!- Don Benito le gritaba
al oído, tuvo tentaciones de pegarles unos guantazos, pero no se veía con la
suficiente predisposición a la violencia.
De manera sorprendente, estaban solos, los dos, el cura y
Telmo. Los demás habían salido a echar un cigarrillo. La jornada de rescate se
estaba prolongando más de lo debido y algunos ya empezaban a impacientarse.
Doyle, que era el más experimentado de la cuadrilla, fue el que propuso que
saliesen fuera a templar un poco.
-Don Benito, ¿qué está pasando aquí?.- Telmo con la
confianza de verse solo con alguien conocido se atrevió a preguntar. Era
consciente que había perdido dos veces el conocimiento y ya no estaba tan
seguro que todo aquello fuese producto de los nervios o del estrés por la
muerte de su madre.
-Telmo, tienes que hacer todo lo que te dijo tu madre, no te
pasará nada, ya sabes que tú eres el elegido. -Telmo creyó estar todavía
soñando, no entendía nada de lo que le decía ese maldito cura. Pero no se pudo
resistir y finalmente preguntó.
-Pero, Don Benito, ¿de qué cojones me está usted hablando?
-Telmo, ¿te encuentras bien? -Don Benito suponía que eran
las secuelas de tanta corriente y quizás se había vuelto más imbécil de lo que
ya era.
-Don Benito, ayúdeme, por favor, no sé de qué demonios me
está hablando. -Sería posible que aquel idiota tumbado sobre una camilla
metálica, supuestamente proclamado como el elegido no supiese realmente quién
era. Sería posible que Jacinta no le hubiese contada nada a su hijo y que
durante tantos años les hubiese estado engañando a él y al resto del Consorcio.
Y si Telmo no era el elegido, quién demonios era, y, lo más importante, quién
era el elegido.
-¡Telmo, tú eres el elegido, debes afrontar tu destino! –En
menudo lío estaban el cura y el imbécil.
-Don Benito, ¿se ha vuelto usted loco? –Telmo parecía que
era el único que tenía la cabeza en su sitio. Se oyeron unos ruidos y los
ausentes empezaron a hacer aparición. El negro, que ahora llevaba puesto un
mono azul, el tipo del acento extranjero y el chico de la funeraria.
-Ya estás despierto. Es el momento de proceder. -Telmo, sin
la capacidad suficiente para enfrentarse físicamente a nadie, se dejó llevar
sin poner ninguna resistencia.
-Sacadle el puerto a Jacinta.- El cura y Telmo se miraron
extrañados, qué demonios sería aquello del puerto y de dónde se lo tenían que
sacar.
El chico de la funeraria, se fue a una pila de lavar la
ropa, y comenzó a frotarse las manos con mucha intensidad. Sus manos quedaron
enrojecidas como tomates maduros. El negro tenía preparados unos guantes de
látex en los que el chico enfundó sus manos con una maestría inusitada. Telmo y
el cura no se perdían ni un solo detalle de lo que estaba ocurriendo. Por
segunda vez, el chico de la funeraria, se enfundó unos segundos guantes.
-¿Puedo hacer una pregunta?- Eran las cosas de Telmo. Don
Benito pensó que el momento para la curiosidad no era el más adecuado.
-Por supuesto.- Contestó el italiano.
-¿Cómo se llama el chico de la funeraria?- La cara de los
presentes delataba la creciente preocupación.
-Me llamo Raúl. -Que nombre más bonito pensó Telmo, no sabía
por qué pero tenía sensaciones de estar reconfortado consigo mismo al estar
cerca de aquel chaval.
-¡Dejémonos de tonterías y procedamos! –Era importante hacer
caso a aquel hombre negro de proporciones hercúleas.
Telmo siguió con la mirada a Raúl (que bonito el nombre del
chaval y que andares tan graciosos) Se dirigió al cadáver de su madre. No
había duda que iba a pasar algo, pero, ni el cura ni Telmo podían imaginar qué
podía ser. El hombre negro, abrió las piernas de Jacinta. Las abrió tanto que
las puntas de los dedos de los pies de imantaron con las sienes. Raúl, metió la
mano en la vagina. Sí, en mi vagina,
pensó Don Benito. Empezó a buscar algo, más que nada porque la cara del chico
hacía pensar eso y sobre todo por el comentario.
-Estas viejas con los años los esconden todo.
Rebuscó y parece que encontró lo que tanto deseaba. Empezó a
sacar la mano lentamente y de allí, sí, de allí empezó a salir un cable negro,
del que tiraba Raúl muy despacio. Finalmente, paró.
-Aquí está el puerto USB, podemos empezar la trasmisión de
datos.
Juan Antonio Barroso
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