lunes, 9 de noviembre de 2015

La cochinera. Parte 1, capítulo 6




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Allí se encontraba, con la idea de que su madre era un reloj, porque cuando la abrazó sonó un tic tac, de esos de los de antes, de esos que inundaban las noches y no te dejaban dormir. Recuperado del sofocón y de la idea de mamá-reloj, se dispuso a escuchar, qué otra cosa podía hacer.

—Hijo, tengo que contarte varias cosas. Sé que va a ser difícil asimilar para ti todo esto, pero eres el único de la familia en el que confío. Tú hermano, no es muy listo que digamos y, en eso, creo que ha salido a tu padre. Siempre he pensado que tú eres el que más te pareces a mí, a pesar de las circunstancias. —No hacía falta que dijese nada más, su madre ya le había sorprendido bastante. Podría decir, que si  hubiese muerto en aquel instante, no le hubiese importado.

—Madre, ¿le ocurre algo?

—Nada hijo, sólo es que ha llegado el momento de hablar contigo de ciertos asuntos que cambiarán tu vida. —¡Hala, qué exagerada! No estaba para más en ese momento, estaba tan desconcertado que no era necesario nada más —. Creo que puedo empezar diciéndote que Artemio y tú, no sois hermanos. —No había entendido bien o quizás sí.  Se le puso una cara extraña, más extraña que la que normalmente tenía, porque su madre dejó de hablarle y se  quedó mirándole con unos ojos que no podía definir—. Sé que es duro para ti en estos momentos saber que Artemio,  y tú no sois hermanos, pero ya no puedo retrasar más esta confesión. —La verdad es que se sintió  liberado. La verdad… se le había pasado alguna vez por la cabeza que aquel  imbécil no fuera su hermano, pero el vínculo ese de la sangre o los prejuicios o dios sabe qué, le tiraban hacia atrás sus pensamientos. ¡Joder! que su hermano ya no le era, pues hala, un peso muerto que se quitaba de encima—. No sé hijo qué pensar, espero que no te haya sentado mal lo que te acabo de decir, pero ya era el momento de confesarte tu historia dentro de esta familia. —Su historia, es que… ¿tenía una historia? Todo sonaba fatal, lo que no se podía imaginar es que podría ponerse peor.

—No se preocupe madre, mi hermano para mí siempre será mi hermano, así lo consideraré siempre. —La mujer estaba muy mayor y no quería decir lo que realmente pensaba. Artemio, los canarios y su incapacidad para decir no a cualquier tipo de droga era algo que sobraba en su vida. Y menos mal que la mujer con la que se había casado  ya no formaban parte de la familia.

—Ya, no me sorprende que quieras  a tu hermano, sé que tienes buen corazón. Pero creo que no acabas de entender lo que te estoy diciendo. Artemio  es hijo mío y del hombre que tu creíste que era tu padre. Tú, no.

—Pero, yo…no…qué…

—Telmo, por favor. —Se estaba dando cuenta del significado de lo que le había dicho su madre, aunque empezó a pensar, ¡¡¿quién demonios era aquella señora?!!

—Mad…

—Tranquilo Telmo, yo siempre pensaré que eres hijo mío, de hecho, nunca te he tratado de manera diferente a tu hermano. —Entonces, ¿quién cojones era él?¿De dónde venía?¿dónde estaba su verdadera familia? Estaba empezando a notar una extraña sensación en su cuerpo, tenía calor, pero sus brazos y sus piernas empezaban a tiritar, quizás era frío, sí era frío. Y esa señora, y esta casa—. Hijo, tranquilo, te lo explicaré todo, tienes el derecho a saber de dónde vienes y…

—¡Déjeme en paz! ¡Madre, por favor, no se ría más de mí! ¡Me está usted asustando!

Y aquella señora, de ojos azules se le quedó mirando y digo señora, porque en esos breves segundos que trascurrieron  lentamente, se dio cuenta que no le estaba mintiendo, que ya nunca más le mentiría, porque toda su vida era una gran mentira. Y su mujer, a lo mejor ya no era su mujer y sus hijas, bueno, eso tenía claro desde el principio que no eran suyas, pero dada su poca valentía nunca se quejó. Puto conformismo vital, que asco se estaba empezando a dar. No entendía porque era así, siempre tuvo sueños, ¿se engañaba? No pedía tanto, una casa, una mujer, unos hijos. Nada había conseguido tal y como lo había planeado. Su vida hecha añicos, hecha pedazos por aquella vieja de los cojones… Se quedó callado.

—Reponte, tienes que estar muy atento a lo que te voy a contar, quizás salgas de este agujero negro de vida que te has creado. —Levantó la vista y vio la foto de su abuelo Raimundo, la única persona con la que había sido feliz, ¿cómo debía llamarlo ahora? ¿Raimundo? Que lío. Allí estaba el viejo Raimundo, apoyado en su garrota, esa especie de tercera pierna, mucho más hábil con ella que con las de carne y hueso. Lo miraba y lo requeté miraba, tuvo la sensación de que si hubiera sido posible, le hubiera pedido un consejo para este momento. Se vio en la huerta, recogiendo las patatas, los tomates, los pimientos. Él, abriendo su vieja navaja, calando las primeras sandías del verano. Ofreciéndole el primer pedazo y preguntando cómo iban ese año. Y mirando sin mirar, se acordó de la frase que soltaba cada principio de verano, cuando calaba aquellas sandías. Hijo, busca la sandía buena, no te conformes con cualquier cosa.
Juan Antonio Barroso

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