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Allí se encontraba, con la idea de que su madre era un
reloj, porque cuando la abrazó sonó un tic tac, de esos de los de antes, de
esos que inundaban las noches y no te dejaban dormir. Recuperado del sofocón y
de la idea de mamá-reloj, se dispuso a escuchar, qué otra cosa podía hacer.
—Hijo, tengo que contarte varias cosas. Sé que va a ser
difícil asimilar para ti todo esto, pero eres el único de la familia en el que
confío. Tú hermano, no es muy listo que digamos y, en eso, creo que ha salido a
tu padre. Siempre he pensado que tú eres el que más te pareces a mí, a pesar de
las circunstancias. —No hacía falta que dijese nada más, su madre ya le había
sorprendido bastante. Podría decir, que si
hubiese muerto en aquel instante, no le hubiese importado.
—Madre, ¿le ocurre algo?
—Nada hijo, sólo es que ha llegado el momento de hablar contigo
de ciertos asuntos que cambiarán tu vida. —¡Hala, qué exagerada! No estaba para
más en ese momento, estaba tan desconcertado que no era necesario nada más —.
Creo que puedo empezar diciéndote que Artemio y tú, no sois hermanos. —No había
entendido bien o quizás sí. Se le puso
una cara extraña, más extraña que la que normalmente tenía, porque su madre
dejó de hablarle y se quedó mirándole
con unos ojos que no podía definir—. Sé que es duro para ti en estos momentos
saber que Artemio, y tú no sois
hermanos, pero ya no puedo retrasar más esta confesión. —La verdad es que se
sintió liberado. La verdad… se le había
pasado alguna vez por la cabeza que aquel
imbécil no fuera su hermano, pero el vínculo ese de la sangre o los
prejuicios o dios sabe qué, le tiraban hacia atrás sus pensamientos. ¡Joder!
que su hermano ya no le era, pues hala, un peso muerto que se quitaba de
encima—. No sé hijo qué pensar, espero que no te haya sentado mal lo que te
acabo de decir, pero ya era el momento de confesarte tu historia dentro de esta
familia. —Su historia, es que… ¿tenía una historia? Todo sonaba fatal, lo que
no se podía imaginar es que podría ponerse peor.
—No se preocupe madre, mi hermano para mí siempre será mi
hermano, así lo consideraré siempre. —La mujer estaba muy mayor y no quería
decir lo que realmente pensaba. Artemio, los canarios y su incapacidad para
decir no a cualquier tipo de droga era algo que sobraba en su vida. Y menos mal
que la mujer con la que se había casado
ya no formaban parte de la familia.
—Ya, no me sorprende que quieras a tu hermano, sé que tienes buen corazón.
Pero creo que no acabas de entender lo que te estoy diciendo. Artemio es hijo mío y del hombre que tu creíste que
era tu padre. Tú, no.
—Pero, yo…no…qué…
—Telmo, por favor. —Se estaba dando cuenta del significado
de lo que le había dicho su madre, aunque empezó a pensar, ¡¡¿quién demonios
era aquella señora?!!
—Mad…
—Tranquilo Telmo, yo siempre pensaré que eres hijo mío, de
hecho, nunca te he tratado de manera diferente a tu hermano. —Entonces, ¿quién
cojones era él?¿De dónde venía?¿dónde estaba su verdadera familia? Estaba
empezando a notar una extraña sensación en su cuerpo, tenía calor, pero sus brazos
y sus piernas empezaban a tiritar, quizás era frío, sí era frío. Y esa señora, y
esta casa—. Hijo, tranquilo, te lo explicaré todo, tienes el derecho a saber de
dónde vienes y…
—¡Déjeme en paz! ¡Madre, por favor, no se ría más de mí! ¡Me
está usted asustando!
Y aquella señora, de ojos azules se le quedó mirando y digo
señora, porque en esos breves segundos que trascurrieron lentamente, se dio cuenta que no le estaba
mintiendo, que ya nunca más le mentiría, porque toda su vida era una gran
mentira. Y su mujer, a lo mejor ya no era su mujer y sus hijas, bueno, eso
tenía claro desde el principio que no eran suyas, pero dada su poca valentía
nunca se quejó. Puto conformismo vital, que asco se estaba empezando a dar. No
entendía porque era así, siempre tuvo sueños, ¿se engañaba? No pedía tanto, una
casa, una mujer, unos hijos. Nada había conseguido tal y como lo había
planeado. Su vida hecha añicos, hecha pedazos por aquella vieja de los cojones…
Se quedó callado.
—Reponte, tienes que estar muy atento a lo que te voy a
contar, quizás salgas de este agujero negro de vida que te has creado. —Levantó
la vista y vio la foto de su abuelo Raimundo, la única persona con la que había
sido feliz, ¿cómo debía llamarlo ahora? ¿Raimundo? Que lío. Allí estaba el
viejo Raimundo, apoyado en su garrota, esa especie de tercera pierna, mucho más
hábil con ella que con las de carne y hueso. Lo miraba y lo requeté miraba,
tuvo la sensación de que si hubiera sido posible, le hubiera pedido un consejo
para este momento. Se vio en la huerta, recogiendo las patatas, los tomates,
los pimientos. Él, abriendo su vieja navaja, calando las primeras sandías del verano.
Ofreciéndole el primer pedazo y preguntando cómo iban ese año. Y mirando sin
mirar, se acordó de la frase que soltaba cada principio de verano, cuando
calaba aquellas sandías. Hijo, busca la
sandía buena, no te conformes con cualquier cosa.
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