domingo, 29 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 16


16

 

 

Por extraño que pueda parecer padre e hija no recogieron nada. Allí quedaron, enfriándose,  el caldo de gallina y la Relojera
En Concha se  había manifestado la tan esperada metamorfosis, empezó a tomar el mando de la situación.
-Papá, debemos recoger todo esto. No te preocupes. Todo saldrá bien.- Aquellas palabras no consiguieron desbloquear la mente de Federico, poco a poco se iba hundiendo en la cordura de una noche de locura.
-Hija, ¿qué he hecho? ¿qué te he hecho?
-¡Papá, me has salvado la vida!- Federico miraba a su hija, no entendía qué estaba pasando, acababa de asesinar a su madre, allí mismo, delante de ella y la niña estaba radiante, ¿es que la había hecho partícipe de la locura?
-Hija…- Una gran losa se apoderó de Federico, no había marcha atrás. No sabía que era lo que tocaba en aquel instante.
-¡Papá por favor, mírame!- Así lo hizo, sus ojos estaban encharcados en lágrimas -.Tienes que ser fuerte, no quiero que te preocupes por nada. Yo lo solucionaré todo. Quiero que vayas al baño y te duches, a conciencia, frótate bien los brazos, las manos y la cara.- Federico recogió la muleta ensangrentada del suelo y se fue al baño.
Allí se quedó Concha, sentada en la misma silla en la que había sido testigo principal de la muerte de su madre. Hasta ese momento no se había fijado bien en la escena del brutal asesinato. Las paredes estaban llenas de salpicadura de sangre, el suelo, la mesa, el sillón, nunca pudo imaginar que una persona pudiese tener tanta sangre, le recordó a las matanzas de los cochinos,  pero sin el jolgorio. El pelo estaba enmarañado y mezclado con lo que podrían ser trozos de cerebro de su madre. Pensó que nunca había visto una persona muerta y se dio cuenta que todo era una estupidez, que la muerte era la muerte, daba igual que fuese su madre o una gallina, todo deja de existir y punto.
Se recostó sobre la silla, cruzó sus brazos y empezó a pensar cuales serían los siguientes pasos. El primero sin duda, era ver el estado de ánimo de su padre. No sería difícil convencerle, u obligarlo a seguir los dictados de Concha, sentía devoción por ella. Después el cadáver, qué harían con él. Empezó a pensar y tuvo claro que lo mejor sería guardarlo en un sitio seguro y posteriormente deshacerse de él. No debían precipitarse en buscar soluciones a la macabra situación. Y quizás tuvo la idea más brillante de toda la noche.
-Papá te he puesto ropa limpia sobre la cama. Vístete, por favor.- Así Federico salió de la ducha unos quince minutos después de la advertencia de su hija y se fue a su habitación. Sobre la cama, un traje gris, camisa azul y corbata rosa. Federico, que había recobrado el ánimo, llamó a su hija.
-Concha, hija, qué es todo esto.- Concha apareció en la puerta de la habitación, a contra luz, Federico tuvo que hacer un esfuerzo para reconocerla.
-Papá, he pensado que tenemos que salir fuera a cenar, necesitamos una coartada y nada mejor que salir de este lugar.
-Pero, tu madre, quiero decir, ¿qué hacemos con el cadáver?
-No te preocupes, de momento la he metido en el arcón del patio. Cuando pasen unos días sabremos qué hacer con ella.
Quince minutos después Federico y Concha salían de su casa. Cogieron el coche y se fueron a cenar a Casa Claudio, el restaurante más frecuentado de todo el pueblo y alrededores, era el lugar perfecto para empezar a fabricar su coartada.
Entraron en el restaurante a eso de las diez y media de la noche, era viernes y estaba lleno. Todos se fijaron en ellos al entrar, el Secretario era conocido en toda la comarca, pero la realidad  era que todos se callaron porque reconocieron a la mujer que iba con el Secretario, era su hija. Llevaba puesto un vestido azul, quizá demasiado elegante para el lugar. Concha no era tonta, de eso se estaba dando cuenta su padre por segundos, estaba claro que quería llamar la atención a toda costa. Todo el mundo los miraba, especialmente a la chica, y murmuraban en voz baja.
-Señores, les gusta esta mesa.- El camarero les señaló una mesa situada cerca de los grandes ventanales que daba a la charca del pueblo.
-Si no le importa me gustaría que nos sentase en aquella.- Concha señaló una de las mesas situadas en el centro del comedor.
-Por supuesto.- Respondió el joven camarero.
A pesar de no ser un lugar con demasiado postín, el camarero se ofreció a acercar la silla a la señora. En una de esas el chico golpeo accidentalmente con su brazo en la cabeza de un comensal situado en la mesa de al lado. El hombre, se giró como un resorte, y Federico empezó a entender las intenciones de su hija.
-¡Hombre Concha! ¡Coño Federico!.- Como cada viernes noche, a Genaro el Veinte Pollas le gustaba comer cordero lechal al horno. Por la zona, era el mejor restaurante que lo servía.
-Hola Genaro, cuanto tiempo sin verte. ¿Cómo estás?- La actitud de Concha sorprendió a ambos, padre y exmarido.
-Veo que estás estupenda. Hay que ver lo mala que es la gente, me habían dicho que no salías de casa y que lo estabas pasando de pena. La verdad me alegre verte tan guapa.
-No seas zalamero, que nos conocemos.- Genaro empezó a reírse, grandes carcajadas que se oyeron por todo el salón. Todo el mundo los miraba. La situación era perfecta.
-Oye, ¿por qué no os sentáis a mi lado?, nosotros estamos solos y creo que la cena sería mucho más agradable.- Genaro estaba cenando con un empresario de la zona.
-No, por favor, no queremos molestar.- Concha se resistía.
-Que va a ser una molestia, venga coño, veníos a nuestra mesa, todavía no hemos empezado.
Concha miró a su padre, le hizo una leve señal, apenas imperceptible. Tenían que sentarse en esa mesa. Así tenía que ser. Y así lo hicieron. Concha a la derecha de Genaro y Federico a la izquierda, enfrente estaba el empresario. Se hicieron las presentaciones oportunas y empezaron a cenar. Concha comía con un apetito voraz, su padre, que apenas había abierto la boca, ni tan siquiera para hablar, miraba a su hija, con la extraña idea que todo había salido mal, que su vida había llegado a la peor de las metas posibles. Una mujer asesinada y una hija que había pasado de la oscura depresión a la luminiscencia de la locura.
-¿Es que no vamos a tomarnos unos chupitos?.- Genaro empezó a ver a su exmujer con otros ojos, aquella chiquilla amargada que había conocido años atrás se había soltado por fin el pelo.
-Como no. ¡Chaval! Tráete el aguardiente.- Concha miraba a su padre y le sonreía. Su padre intentaba hacer lo mismo, sin mucho éxito.
-Señores, yo me tengo que marchar, les dejo, mañana marcho a Madrid y tengo que levantarme temprano.- El empresario, besó a Concha y se despidió con mano potente del Secretario y del Alcalde.
Pasaron unos minutos de silencios incómodos. Por fin Genaro se había dado cuenta que la cena con su exmujer y su exsuegro no tenía mucho sentido. Una vez que se había ido el empresario comodín, la cosa se enfrió por momentos.
-Genaro, ya he hablado con nuestro amigo y mañana se encargará de hacernos el trabajo que tenemos pendiente.- En principio, Genaro se quedó descolocado, no supo muy bien de qué estaba hablando Federico-. Ya sabes, lo de Vicente.- Genaro que pegaba un trago de aguardiente, no pudo menos que toser, los recuerdos siempre traicionan.
-Ya, ya, no te preocupes. No es el momento de tratar el tema, no te parece.- A Genaro le daba igual el tema de Vicente, simplemente no quería mencionar nada de los americanos en un lugar público, nunca lo había hecho antes.
-Pues, yo creo que es el lugar perfecto.- Federico y Genaro miraron a Concha. Ambos, sorprendidos, se miraron, como acusándose el uno al otro-. Papá, Genaro, no me toméis por tonta, es que os creéis que no me entero de nada. A partir de ahora, quiero mi parte, creo que he estado demasiado tiempo callada y ha llegado el momento de espabilar.
 
Juan Antonio Barroso

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