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Por extraño que pueda parecer padre e hija no recogieron
nada. Allí quedaron, enfriándose, el caldo
de gallina y la Relojera
En Concha se había
manifestado la tan esperada metamorfosis, empezó a tomar el mando de la
situación.
-Papá, debemos recoger todo esto. No te preocupes. Todo
saldrá bien.- Aquellas palabras no consiguieron desbloquear la mente de Federico,
poco a poco se iba hundiendo en la cordura de una noche de locura.
-Hija, ¿qué he hecho? ¿qué te he hecho?
-¡Papá, me has salvado la vida!- Federico miraba a su hija,
no entendía qué estaba pasando, acababa de asesinar a su madre, allí mismo,
delante de ella y la niña estaba radiante, ¿es que la había hecho partícipe de
la locura?
-Hija…- Una gran losa se apoderó de Federico, no había
marcha atrás. No sabía que era lo que tocaba en aquel instante.
-¡Papá por favor, mírame!- Así lo hizo, sus ojos estaban
encharcados en lágrimas -.Tienes que ser fuerte, no quiero que te preocupes por
nada. Yo lo solucionaré todo. Quiero que vayas al baño y te duches, a
conciencia, frótate bien los brazos, las manos y la cara.- Federico recogió la muleta ensangrentada del suelo y se fue al baño.
Allí se quedó Concha, sentada en la misma silla en la que
había sido testigo principal de la muerte de su madre. Hasta ese momento no se
había fijado bien en la escena del brutal asesinato. Las paredes estaban llenas
de salpicadura de sangre, el suelo, la mesa, el sillón, nunca pudo imaginar que
una persona pudiese tener tanta sangre, le recordó a las matanzas de los
cochinos, pero sin el jolgorio. El pelo
estaba enmarañado y mezclado con lo que podrían ser trozos de cerebro de su
madre. Pensó que nunca había visto una persona muerta y se dio cuenta que todo
era una estupidez, que la muerte era la muerte, daba igual que fuese su madre o
una gallina, todo deja de existir y punto.
Se recostó sobre la silla, cruzó sus brazos y empezó a
pensar cuales serían los siguientes pasos. El primero sin duda, era ver el
estado de ánimo de su padre. No sería difícil convencerle, u obligarlo a seguir
los dictados de Concha, sentía devoción por ella. Después el cadáver, qué
harían con él. Empezó a pensar y tuvo claro que lo mejor sería guardarlo en un
sitio seguro y posteriormente deshacerse de él. No debían precipitarse en
buscar soluciones a la macabra situación. Y quizás tuvo la idea más brillante
de toda la noche.
-Papá te he puesto ropa limpia sobre la cama. Vístete, por
favor.- Así Federico salió de la ducha unos quince minutos después de la
advertencia de su hija y se fue a su habitación. Sobre la cama, un traje gris,
camisa azul y corbata rosa. Federico, que había recobrado el ánimo, llamó a su
hija.
-Concha, hija, qué es todo esto.- Concha apareció en la
puerta de la habitación, a contra luz, Federico tuvo que hacer un esfuerzo para
reconocerla.
-Papá, he pensado que tenemos que salir fuera a cenar,
necesitamos una coartada y nada mejor que salir de este lugar.
-Pero, tu madre, quiero decir, ¿qué hacemos con el cadáver?
-No te preocupes, de momento la he metido en el arcón del
patio. Cuando pasen unos días sabremos qué hacer con ella.
Quince minutos después Federico y Concha salían de su casa.
Cogieron el coche y se fueron a cenar a Casa Claudio, el restaurante más
frecuentado de todo el pueblo y alrededores, era el lugar perfecto para empezar
a fabricar su coartada.
Entraron en el restaurante a eso de las diez y media de la
noche, era viernes y estaba lleno. Todos se fijaron en ellos al entrar, el
Secretario era conocido en toda la comarca, pero la realidad era que todos
se callaron porque reconocieron a la mujer que iba con el Secretario, era su
hija. Llevaba puesto un vestido azul, quizá demasiado elegante para el lugar.
Concha no era tonta, de eso se estaba dando cuenta su padre por segundos,
estaba claro que quería llamar la atención a toda costa. Todo el mundo los
miraba, especialmente a la chica, y murmuraban en voz baja.
-Señores, les gusta esta mesa.- El camarero les señaló una
mesa situada cerca de los grandes ventanales que daba a la charca del pueblo.
-Si no le importa me gustaría que nos sentase en aquella.-
Concha señaló una de las mesas situadas en el centro del comedor.
-Por supuesto.- Respondió el joven camarero.
A pesar de no ser un lugar con demasiado postín, el camarero
se ofreció a acercar la silla a la señora. En una de esas el chico golpeo
accidentalmente con su brazo en la cabeza de un comensal situado en la mesa de
al lado. El hombre, se giró como un resorte, y Federico empezó a entender las
intenciones de su hija.
-¡Hombre Concha! ¡Coño Federico!.- Como cada viernes noche,
a Genaro el Veinte Pollas le gustaba comer cordero lechal al horno. Por la
zona, era el mejor restaurante que lo servía.
-Hola Genaro, cuanto tiempo sin verte. ¿Cómo estás?- La
actitud de Concha sorprendió a ambos, padre y exmarido.
-Veo que estás estupenda. Hay que ver lo mala que es la
gente, me habían dicho que no salías de casa y que lo estabas pasando de pena.
La verdad me alegre verte tan guapa.
-No seas zalamero, que nos conocemos.- Genaro empezó a
reírse, grandes carcajadas que se oyeron por todo el salón. Todo el mundo los
miraba. La situación era perfecta.
-Oye, ¿por qué no os sentáis a mi lado?, nosotros estamos
solos y creo que la cena sería mucho más agradable.- Genaro estaba cenando con
un empresario de la zona.
-No, por favor, no queremos molestar.- Concha se resistía.
-Que va a ser una molestia, venga coño, veníos a nuestra
mesa, todavía no hemos empezado.
Concha miró a su padre, le hizo una leve señal, apenas
imperceptible. Tenían que sentarse en esa mesa. Así tenía que ser. Y así lo
hicieron. Concha a la derecha de Genaro y Federico a la izquierda, enfrente
estaba el empresario. Se hicieron las presentaciones oportunas y empezaron a
cenar. Concha comía con un apetito voraz, su padre, que apenas había abierto la
boca, ni tan siquiera para hablar, miraba a su hija, con la extraña idea que
todo había salido mal, que su vida había llegado a la peor de las metas
posibles. Una mujer asesinada y una hija que había pasado de la oscura
depresión a la luminiscencia de la locura.
-¿Es que no vamos a tomarnos unos chupitos?.- Genaro empezó
a ver a su exmujer con otros ojos, aquella chiquilla amargada que había
conocido años atrás se había soltado por fin el pelo.
-Como no. ¡Chaval! Tráete el aguardiente.- Concha miraba a
su padre y le sonreía. Su padre intentaba hacer lo mismo, sin mucho éxito.
-Señores, yo me tengo que marchar, les dejo, mañana marcho a
Madrid y tengo que levantarme temprano.- El empresario, besó a Concha y se
despidió con mano potente del Secretario y del Alcalde.
Pasaron unos minutos de silencios incómodos. Por fin Genaro
se había dado cuenta que la cena con su exmujer y su exsuegro no tenía mucho
sentido. Una vez que se había ido el empresario comodín, la cosa se enfrió por
momentos.
-Genaro, ya he hablado con nuestro amigo y mañana se encargará
de hacernos el trabajo que tenemos pendiente.- En principio, Genaro se quedó
descolocado, no supo muy bien de qué estaba hablando Federico-. Ya sabes, lo de
Vicente.- Genaro que pegaba un trago de aguardiente, no pudo menos que toser,
los recuerdos siempre traicionan.
-Ya, ya, no te preocupes. No es el momento de tratar el
tema, no te parece.- A Genaro le daba igual el tema de Vicente, simplemente no
quería mencionar nada de los americanos en un lugar público, nunca lo había
hecho antes.
-Pues, yo creo que es el lugar perfecto.- Federico y Genaro
miraron a Concha. Ambos, sorprendidos, se miraron, como acusándose el uno al
otro-. Papá, Genaro, no me toméis por tonta, es que os creéis que no me entero
de nada. A partir de ahora, quiero mi parte, creo que he estado demasiado
tiempo callada y ha llegado el momento de espabilar.
Juan Antonio Barroso
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