Antes de acabar el día un hombre cruzó la carretera que partía en dos el pueblo. Nada hacía sospechar que la desgracia ocuparía tres días oficiales para los conciudadanos del Negro Porchal. Alfonso, que así se llama el peatón, cruzó por la única curva sin visibilidad del trayecto mencionado. Un grupo de ciclistas, asustados al encontrarselo de sopetón, tomaron la peor de las opciones. Todos a la izquierda y frente a ellos un camión mastodóntico se los llevó por delante. A los cuatro deportistas. Todos de la comarca. Todos muertos. Pero como la desgracia se hizo perezosa, siguió haciendo su trabajo. Una de las bicicletas salió despedida y se cruzó delante de la cara de doña Filomena que venía de recoger el bebé de su hija recien parida. Uno de esos hierros acabó en el cesto del bebé, atravesando el cráneo del niñito. Murió.
Ese niño era el primer nieto de Filomena, pero también de su concuñado Sebastian, hombre dedicado a la política desde los tiempos de Indalecio Prieto. La amargura fue tan grande que, tras días de inhibirse de comer, beber, o cualquier cosa que lo mantuviese con vida, murió. Muchos dijeron de pena, otros, los realmente perversos, relataban que una pena así solo se tiene por un hijo.
Alfonso apareció un año mas tarde ahogado en el río del pueblo. Según parece la conciencia lo atormentaba de tal manera que le impedía tragarse su propia saliva.
Fin
Letras Miedosas.
lunes, 29 de enero de 2018
La carretera
miércoles, 21 de septiembre de 2016
La mierda
Dentro de una botella de cristal todos los escarabajos tienen el síndrome de Huter (director de banca que, debido a su mal carácter, se encaró con unos atracadores. Éstos, en venganza por su arrogancia, encerraron a Charles Hater en la caja fuerte del banco. Las dimensiones de la caja apenas superaban el metro cúbico y el pobre diablo acabó perdiendo la cabeza por, como decía una de las limpiadoras del banco, "la falsa creencia que una corbata es más poderosa que una nueve milímetros").
Las moscas son otra cosa. Dentro o fuera de la botella siempre muestran un carácter afable y diríamos hasta un poco interesado, pero como dice don Francisco de Quevedo "Inevitables golosas, que ni labráis como abejas, ni brilláis cual mariposas; pequeñitas, revoltosas, vosotras, amigas viejas, me evocáis todas las cosas". Siempre están ahí, sabiendo que lo mismo da miel que mierda. Eso fue precisamente fue lo que salvó a la limpiadora del banco de no volverse loca como el pobre Huter, cuando gritó manos en alto ante los salvajes ladrones, "yo estoy aquí para quitar la mierda, y ese de ahí, es la peor de todas".
Juan Antonio Barroso
martes, 8 de marzo de 2016
La caja del miedo
No pensar. No juzgar. Solo escuchar.
Así repasaba el sargento Asunsolo la herencia de su padre.
Cada día era más difícil cumplir con las tres reglas de oro del Capitán.
Ahora los chicos eran diferentes. No se les podía tocar. Y ellos lo sabían.
A pesar de todo, Mario Asunsolo sabía qué hacer con esos idiotas.
-Tienes media hora. Después vendrá el abogado, tu padre estará ahí delante y a tu madre se la oirá llorar desde el otro lado de la calle.-La mayoría se echaban a llorar antes de que Mario soltase la segunda de las charlas.
-Que te den.- Estos eran los menos, pero a Mario le gustaban los desafíos.
-Esperaremos. Vienen tus padres de camino, ¿quieres verlos antes de hablar con el abogado?
-Que les den.- Ahora se encontraba ante el uno por ciento de los chicos que interrogaba.
Mario salía de la sala de interrogatorio y después de unos minutos fumando un cigarrillo en la puerta del cuartel, volvía para adentro.
-No voy a pegarte. No voy a insultarte. Nada, no voy a hacer nada. He analizado las pruebas y no hay nada que te delate.- El bobo sonreía dándoselas de listo. Todos levantaban sus barbillas y apretaban los labios-, te soltaremos y podrás volver a casa , con tus padres y con tu hermana. Has ganado chaval.
El pipiolo le quemaba tanto su victoria que se meneaba como un boliche entre sus nalgas endurecidas.
El último acto.
-Esto es para ti.- Una pequeña caja de madera con bisagras doradas y una cerradura para poder ser abierta con una llave que solo poseía el sargento.- Eres libre.
Según dicen, no pasaron ni ocho horas y el culpable volvió al cuartel confesando el robo.
Juan Antonio Barroso
Así repasaba el sargento Asunsolo la herencia de su padre.
Cada día era más difícil cumplir con las tres reglas de oro del Capitán.
Ahora los chicos eran diferentes. No se les podía tocar. Y ellos lo sabían.
A pesar de todo, Mario Asunsolo sabía qué hacer con esos idiotas.
-Tienes media hora. Después vendrá el abogado, tu padre estará ahí delante y a tu madre se la oirá llorar desde el otro lado de la calle.-La mayoría se echaban a llorar antes de que Mario soltase la segunda de las charlas.
-Que te den.- Estos eran los menos, pero a Mario le gustaban los desafíos.
-Esperaremos. Vienen tus padres de camino, ¿quieres verlos antes de hablar con el abogado?
-Que les den.- Ahora se encontraba ante el uno por ciento de los chicos que interrogaba.
Mario salía de la sala de interrogatorio y después de unos minutos fumando un cigarrillo en la puerta del cuartel, volvía para adentro.
-No voy a pegarte. No voy a insultarte. Nada, no voy a hacer nada. He analizado las pruebas y no hay nada que te delate.- El bobo sonreía dándoselas de listo. Todos levantaban sus barbillas y apretaban los labios-, te soltaremos y podrás volver a casa , con tus padres y con tu hermana. Has ganado chaval.
El pipiolo le quemaba tanto su victoria que se meneaba como un boliche entre sus nalgas endurecidas.
El último acto.
-Esto es para ti.- Una pequeña caja de madera con bisagras doradas y una cerradura para poder ser abierta con una llave que solo poseía el sargento.- Eres libre.
Según dicen, no pasaron ni ocho horas y el culpable volvió al cuartel confesando el robo.
Juan Antonio Barroso
martes, 8 de diciembre de 2015
La Cochinera. Parte II. Capítulo 21.
21
En el trayecto de vuelta a casa Martín no dejaba de pensar
en la petición que le había hecho aquel tipo. Tenía que contarle a su mujer lo
de Teresa. Los escalofríos recorrían todo su cuerpo, sentía la necesidad de
abandonarlo todo, incluso llegó a rondar la idea de pegarse un tiro, pero
prefería la compañía perenne y adictiva de la ansiedad, esa misma que le hizo
recuperar el ánimo de manera convulsa y seguir pensando que no podía prescindir
de ninguna de las dos mujeres.
Teresa representaba sus sueños más oscuros, esos sueños
adolescentes que no había conseguido quitar de su cabeza. Gracias a ella no se
había convertido en un violador o en un asesino de mujeres, o lo que es peor,
de niñas. Ella lo había encarrilado, lo sujetaba y a la vez le proporcionaba
sus pervertidos deseos sexuales. A cambio Teresa no le pedía gran cosa. Una sola condición, sólo se verían un par días a la semana, siempre los martes y
los jueves. Ella también estaba casada y debía cumplir con su familia.
Luego estaba María, su mujer. Inteligente, bellísima, buena
amante y por supuesto la mejor de las madres. Era perfecta para la otra vida,
la pública, aquella que todos los amigos y familiares envidiaban.
El debate interno no le daba tregua, le había pedido al
sicario un par de días para pensarlo. Wen le había dicho que tenía que ser hoy
mismo, al llegar a casa debía contárselo todo a María. Wen, como buen
profesional que era, sabía las razones que llevaban a Martín Moreno a pedir su
ayuda. Nunca se fiaba de los clientes, de las razones que le llevaban a
contratarlo, todos mentían, por eso investigaba hasta los mínimos detalles. De
Martín no le sorprendió que quisiera matar a su propio padre para recibir la
herencia y cubrir las pérdidas con el prestamista y así poder continuar con su placentera
vida. Lo que realmente le sorprendía es que Martín quería a su padre. Esta
circunstancia descolocaba a Wen. Él, que había amado a su padre por encima de
todo, no podía comprender que aquel tipo quisiera matar a su padre para
mantener una vida de mierda. Por eso le pidió como condición lo de la confesión
a su mujer, nunca había sido tan exigente con un cliente. Pensó que Martín debía perder
algo más que su padre, debía perder parte de la vida que le llevaba a esa
felicidad efímera a la que no podía renunciar por nada.
Wen le dio a Martín un teléfono desechable, imposible de
rastrear. Cuando llegase a casa, se sentaría en su sofá Chester y, frente a ella, le confesaría todas las perversiones. Él debía
decidir, perder su vida ideal o seguir
siendo rico.
Allí estaba, sentado frente a María. Era preciosa. Quizá le
perdonase, debía contárselo todo, estaban arruinados y necesitaban el dinero de
su padre para poder seguir pagando la casa, los coches, los colegios, el yoga,
todo. Y quizá ella lo comprendiese, y estuviese de acuerdo y no le importase
que estuviese con otra mujer y todo fuera como siempre.
-¿Te encuentras bien?, cariño.- María, al ver que Martín no
arrancaba, le preguntó.
-Perdona, estaba con mis cosas, ya sabes, el despacho y todo
eso. -Martín trabajaba en el prestigio despacho de abogados Fernández-Ramos-Moreno.
Su padre fue el fundador de la prestigiosa firma de abogados de la capital.
Felipe nunca se había negado a que su hijo formase parte de tan lucrativo
negocio, pero a cambio le de exigía como al que más. Así era Felipe Moreno,
duro, implacable y con su hijo más. Así se lo hizo saber el día que entró
a formar parte de la firma.
-Hijo, quiero darte la enhorabuena, los socios y yo hemos
convenido que puedes formar parte del bufete, te lo mereces por tu talento y
por tu trabajo. Quiero decirte algo que quizás no te guste, pero cuando algún
día todo esto sea tuyo, lo entenderás. A partir de ahora te exigiré como al que
más, quiero que el resto de empleados entiendan que no estás aquí porque eres
mi hijo, quiero que vean que eres el más trabajador, que eres el mejor abogado
de todos. Seré implacable contigo, sé que algún día me lo agradecerás.
Y así fue, desde ese día hasta esa misma mañana. Fue tan
duro con él, que el resto de empleados del bufete sentía lástima por Martín.
Nadie quería estar en su lugar, pero Martín, que era un hombre listo, entendió
la posición de su padre, y la asumió. Todo parecía más fácil así. Pero nada es
gratis, y poco a poco, esa coraza de acero que se había construido para
protegerse de su padre, hizo que sus sentimientos hacia él se fuesen licuando
hasta prácticamente irse por el desagüe. No lo odiaba y, sí alguien le
preguntaba, siempre respondía que él quería a su padre, pero en el fondo le
daba igual. Habían sido diez largos años de broncas, reproches y a veces algún
insulto. Martín aguantó y aguantó, nunca se reveló en contra de la actitud de
su padre. Y al final, cuando llegó la mala suerte y perdió todo su capital, no
se atrevió a pedir dinero a Felipe. No quería darle la razón y que le recordase
que era un fracasado., por eso estaba dispuesto a asesinarlo con tal de no recibir ningún
reproche.
María miraba a su marido y veía en sus ojos algún tipo de
angustia que le provocó un sorprendente ataque de sinceridad, -Martín, no te
preocupes, sé lo de tu amante. Hace tiempo asumí que no debía importarme, y
desde entonces he sido feliz y tú, también.
La cara de Martín se desfiguró, empezó a llorar desconsolado
y se arrojó sobre las piernas de María. Ella le agarraba de su pelo y le
susurraba palabras tranquilizadoras. Martín, que todavía no había dicho ni
palabra, levantó su cabeza.
-¿Desde cuándo lo sabes?- Él mismo escuchó su inoportuna
pregunta e intentó corregirse,- da igual cariño, ¿puedes perdonarme?
-Claro que puedo perdonarte. Lo sé todo desde la primera
semana, no eres un hombre muy cuidadoso que digamos, -Martín no se sorprendió,
sabía que María era muy inteligente, no se le podían escapar esos pequeños
detalles que inculpan al marido traidor-, pero tengo que serte sincera, fue tu
padre el que me confirmó mis sospechas, fue él quien me pasó las pruebas de tu
infidelidad, y precisamente con esas pruebas llegué a la conclusión que debía
darte libertad. Pensé en todo lo que me dabas y me dije a mi misma que no
necesitaba nada más.
Martín pensó en sus perversiones sexuales, ella lo sabía
todo y no se oponía. A pesar de la normalidad aparente de todo, se dio cuenta de
la locura que suponía todo aquello. Su cabeza no paraba de dar vueltas, y una
idea se asomó a su cabeza. Debía contárselo todo a su mujer. Lo de la amante,
lo de las malas inversiones, lo de matar a su padre. Así lo hizo.
María quedó callada. Martín expectante, empezó a pensar que
la frialdad de su mujer había sido una pose, ¡por qué diablos se le había
ocurrido contárselo todo! Sus hombros se relajaron y pensó que realmente se
había equivocado. Ahora María lo denunciaría y todo se iría al garete. Acabaría
en la cárcel, sin Teresa, sin María, sin sus hijos, sin su casa, sin nada.
-Es una buena idea, tenemos que matar al cabrón de tu padre.
Juan Antonio Barroso
domingo, 6 de diciembre de 2015
La Cochinera. Parte. II. Capítulo 20
20
La mañana del once de octubre era la mañana del miedo, de
los recuerdos de un padre autoritario, del despiadado silbido de la cincha. Era
la mañana de la mirada aterrada de reojo, del vuelo del águila de acero
que golpeaba piernas, nalgas, espalda.
Después la vergüenza de la madre, cómplice de la tortura. Sus piernas abiertas,
tragaban sudor, vino correoso y la mala sombra del sargento de la Guardia Civil
Benito Muriel. No fueron muchos años, suficientes para marcar la vida.
Llego el día en el que la justicia se hace presente. El
águila echa a volar y se lleva el miedo, once de octubre de 1969. Ese día, todo
el cuartel bajó sus hombros con la muerte del sargento Muriel. Según decían,
hasta las mujeres de los guardias se acercaron a mirar por el precipicio dónde
el todoterreno se despeñó. Sin preguntas, con honores, liberador suspiro de la
gran familia benemérita.
El destino, al principio susurrante, terminó vociferando en
la cabeza de Diego y, como una broma macabra, acabaría vestido con el paño
aceituno. Por eso, el polilla Muriel, en sus primeros días en Valdemoro no se
asustaba al escuchar la norma fundamental del cuerpo: el mando, el mando, el
mando. Lo traía bien aprendido de casa, lo llevaba tatuado en cada costilla.
Sólo una promesa, sería mejor que su padre.
Una mañana
recibió una llamada. El por entonces cabo Diego Muriel, se había quedado sólo,
su madre había muerto. No le dieron más información. Un viejo guardia que
quedaba de la época de su padre fue el que le informó.
-Diego, se había dejado. No tenía fuerzas para nada. No
supimos qué hacer. Quizá teníamos que haberte llamado antes. -Diego no hizo
ningún gesto. Mandó recoger las cuatro cosas y quemó todos los recuerdos
familiares.
-Capitán, no me puedo creer que deje usted la UCO para ir a
una ciudad como Cáceres. -Los compañeros de Diego lo tenían en alta estima, no
se recordaba a un hombre tan implicado en su trabajo, todo se hacía como debía
hacerse. Lo estimaban por su buen trato,
por sus buenas dotes de mando, por su implicación más allá del deber exigido.
El capitán Diego Muriel representaba el mando perfecto de la nueva Guardia
Civil. Lo había buscado durante años, con un simple propósito, alejarse todo lo
posible de aquello que representaba su padre.
-La verdad,
no sabría decir porque me voy de este lugar que tantas satisfacciones me ha
dado. Los años van pasando y ya no estoy motivado, necesito un sitio más
tranquilo y he pensado en volver a mi tierra natal. – Todo era mentira, las
verdaderas razonas las conocía perfectamente, lo años le habían hecho un hombre desconfiado,
especialmente en lo referente a su vida personal.
-Pero,
¿tiene usted familia allí? -El cabo pregunta porque realmente sentía afecto por
aquel hombre.
-Tengo una
tía. Una hermana de mi padre, la última vez que la vi fue en el entierro de mi
padre, de eso hace casi cuarenta años. Se llama Petra, no le puedo decir nada
más. -Por su puesto, podría haber contado muchas más cosas, pero no era el
lugar.
La fiesta
de despedida pasó, como todas las demás. Unas horas de recuerdos, risas y
comida dominguera, así se hacía con todos los jubilados y con las despedidas de
guardias y de mandos, y así se hizo con Diego Muriel, todos los
compañeros de la Unidad sabían que jamás volverían a verlo por allí. Él también
sabía que jamás volvería a Madrid.
De camino a
casa, se paraba en cada escaparate, como despidiéndose de la ciudad que le
había hecho tan feliz. Madrid había sido su tabla de salvación, representaba el
anonimato que tanto deseaba. Diego se había convertido en un hombre que no
cuestionaba nada de lo que previamente había decidido hacer. La decisión de
Cáceres estaba tomada y se iría, sin reproches y arrepentimientos, así debía
ser para no torturarse cada día. Salió la oportunidad de hacerse cargo del
subsector de tráfico de Cáceres y así lo hizo. Sin duda un cambio radical en su
carrera, de gran investigador de la UCO a policía de tráfico en provincias. Por
supuesto, ni mandos, ni ninguno de los subordinados entendió su decisión. Sólo
él sabía las auténticas razones.
Vivía
cerca, en la calle Castrobarto, apenas a diez minutos de Salinas de Rosio,
donde se encontraba la Uco. Subió las escaleras hasta el segundo piso. Abrió la
puerta y fue directo a la habitación del fondo. Volvió a sacer el llavero y
abrió un candado que había puesto hacia tres semanas. Al entrar, la oscuridad
del cuarto no le dejó ver nada. Sintió como si un animal salvaje se le echase encima,
cayó al suelo. Ante la confusión, lo único que sentía era un fuerte dolor en la
mano, consiguió rearmarse y ponerse en pie.
-¡Todo esto
lo estoy haciendo por tu bien!- La tranquilidad y serenidad que mostraba en el
trabajo se había esfumado. Ahora, Diego, estaba frente a su nueva vida.
-¡Eres un
gilipollas, te voy a hacer la vida imposible hijoputa! -Como una perra
acorralada, una chica de unos dieciséis le contestó con todo el desprecio.
Era Andrea
Muriel, su hija. Diego se había casado a los veintitantos con Ana. El
matrimonio apenas duró un par de años, lo único que había quedado de todo
aquello fue la chiquilla.
Hacía dos semanas que había vuelto a ver a su exmujer. El
día que llegó a casa se extrañó, él era puntual con el tema de la pensión y
todos los demás gastos, y, salvo alguna conversación telefónica, no tenían más
contacto. Diego había renunciado a su hija y a Ana no le pareció
mal quedarse con la custodia total de su hija. El día que la vio en el rellano
de su casa, si no le dicen que era su hija, no la hubiese conocido.
-¡Aquí te la traigo, no puedo más con ella!- Una bolsa de
deportes y los libros del instituto eran las únicas pertenencias que tenía
Andrea, eso sin contar con la gran cantidad de bisutería que llevaba cosida a
la cara.
Por la noche, sin apenas haber cambiado una palabra, se
sentaron a cenar. Diego dudó si pedir una pizza o hacer unos huevos fritos con
salchichas. Fue la primera vez que chocaron.
-Esta pizza es una mierda, yo como sano.
-Disculpa, pensé que te gustaría, -todavía estaba pensando
qué demonios estaba pasando-, eso sí, te rogaría que hablases correctamente, al
menos en mi presencia.
-¿Y tú siempre hablas así?
-Así, ¿cómo?
-¡Pues así de finolis!
-Supongo que sí, ¿no te parece bien?
-Paso de ti.
Y así terminó la conversación del padre con la desconocida
hija. Eran dos extraños, sin nada en común, salvo los apellidos.
Hacía dos semanas de esa primera noche, cuando estaba en el
despacho, recibió una llamada de la Comisaria de Policía Nacional de Hortaleza. Y allí se la
encontró, tirada en el suelo de la celda, se había orinado y vomitado encima.
Le hicieron el favor y se olvidaron del tema. En seguida llamó a Ana para que
le dijese qué estaba pasando con Andrea, hasta ese momento pensó que todo se
trataba de una riña entre madre e hija y que con los días volverían a estar
juntas. Una sola frase le puso los pelos de punta, una sola frase le hizo ver
que su vida había cambiado.
-Mírale los brazos.
Juan Antonio Barroso
jueves, 3 de diciembre de 2015
La Cochinera. Parte II. Capítulo 19.
19
La misa de las siete y media era muy concurrida. Era la
única. Petra Muriel llevaba tantos años yendo a la parroquia de Santiago el
Mayor que era incapaz de aceptar otro lugar. Era cierto que había días en que
las misas le recordaban a una romería, chiquillos
llorando o reencuentro de viejas amigas que no paraban de reír, pero tocaba
aguantarse. Allí tenía a su Nazareno y a su San Judas Tadeo y no estaba
dispuesta a cambiarlos por nada del mundo. Entendía que esos nietos llorones y
esas viejas alcahuetas eran un mal necesario para seguir aliviando el espíritu.
-Petra, me gustaría hablar contigo un ratito, necesito
contarte algo. -Allí estaba la única amiga que había conservado viva en los
años que llevaba asistiendo a misa. Se llamaba Manuela Alcón, medio ciega y
medio sorda, con más achaques que años, había encontrado en la paciencia de
Petra la compañera ideal para soportar sus obsesivas lamentaciones.
-Manuela, te he dicho mil veces que no me hables durante la
misa, ya sabes que no me gusta. -Era verdad que no le gustaba que nadie hablase
durante la celebración vespertina, pero es que, además, en el caso de Manuela
con la sordera tan pronunciada, su voz se le oía desde el primero hasta el
último banco.
-No te pongas así.
-¡Manuela! -Una orden taxativa, unos dientes apretados y
unos ojos que se le salían de las orbitas hizo que la anciana se callase de
inmediato.
Manuela agachó su cabeza y agarró uno de los bancos para
incorporarse e irse de la iglesia. Sin duda aquella orden por parte de su amiga
le había sentado fatal. Petra, arrepentida por su actitud con la pobre mujer,
salió detrás de ella. Un rato de misa menos no la condenaría al infierno.
Ambas iban por el paseo central del templo, Petra tiesa como
palo de una escoba, era una mujer alta. Manuela, meneándose de izquierda a derecha con cada paso, esas piernas la traían por la calle de la amargura.
A pesar de la diferencia de edad entre ambas, los años no las habían tratado
igual.
-No te sientes en esa piedra, está demasiado fría y te vas a
constipar- Petra era así, de buen corazón y con mal carácter.
-¿Ya se te ha pasado el enfado?- Manuela necesitaba hablar
con alguien cada día, sus penas la iban comiendo poco a poco. Tenía dos hijas
que sólo la visitaban por Navidades. El último año la mayor no se acordó ni de
felicitarla por su cumpleaños. Se resignaba por fuera y se decía que la vida
era así. Por dentro, se preguntaba en qué se había equivocado. Nada se merecía
tanto desprecio.
-¿Me perdonas?- Petra se sentó a su lado y le puso una mano
templada sobre el muslo. El arrepentimiento era sincero. Ella sabía que con los
años era difícil confiar en nadie. Era una suerte haber encontrado a una amiga
como Manuela-. He pensado que te voy a invitar a un chocolate con churros.
La cara de Manuela se iluminó por completo. A pesar de la
diabetes y la prohibición de don Andrés, su médico de cabecera, de vez en
cuando se saltaba la estricta dieta y se pegaba un caprichito. Se dieron un
pequeño paseo hasta una churrería muy cercana. Petra sólo trataba de levantarle
el ánimo a su querida amiga, y sabía que los churros eran la mejor de las
medicinas. Media hora después, estaban sentadas frente a una docena de churros
y un par de tazas de chocolate. Ambas se miraban como sólo lo hacen los que
están unidos por un cordón umbilical invisible, destinadas a algo más que morir
solas. Unas sonrisas, unas manos quebradas por los años, el olor a limpio del
jabón de tocador y el perfume de mujer de siempre.
-¿No te han llamado tus hijas?- Petra sabía del dolor. No
eran las piernas, la diabetes, el lento latir de su corazón lo que le quitaría
la vida a aquella pobre mujer.
Manuela agachó la cabeza, dejó de mirar los churros. En el
fondo se avergonzaba de sí misma, esas chiquillas, a las que tanto le había
costado sacar adelante, ya no contaban con ella. En lo profundo de la pena, se erguía,
resucitaba de la vil amargura y empezaba a soltar la perorata de siempre.
-Petra –se quedó mirando fijamente a su compañera y de
repente arrancó -, te he contado que yo trabajaba en el Ministerio de Hacienda.-
Manuela vivió hasta su jubilación en Madrid, después volvió a Cáceres, su
ciudad natal, con sus hijas, ese sería el primer desencuentro-. Pues sí, he
trabajado en el Ministerio de Hacienda más de cuarenta años,- se miraba los
dedos y empezaba a contar-, vamos a ver, empecé en el setenta y estaba Monreal
y llegué hasta Rato en el dos mil; me fui yo antes que él. Nada más y nada
menos que cuarenta añazos. ¿Qué te parece Petra? Once ministros he conocido,
once ministros de Hacienda, y mira lo que te voy a decir, todos tenían fama de
rácanos. Siempre he pensado que para ser ministro de Hacienda, a parte de los
estudios y de los enchufes, había que ser agarrado. Te lo puedo confirmar de
punta a cabo. Pero te voy a decir una cosa, a mí, y cuando te digo a mí, hablo
de todas nosotras, el que nos traída de cabeza era Cabello de Alba, ¡qué gracia
tenía el jodido!, lo que pasa es que duro cuatro días. Yo siempre pensé que si
hubiese nacido diez años después, hubiese sido el primer presidente de la
democracia, pero bueno. Otra cosa que voy a decir, sabes por qué defiendo la
democracia por encima de cualquier cosa. Pues sí, ya te lo he dicho muchas
veces, pero te lo voy a repetir, por la ley del divorcio. Ya sabes que en el
año ochenta y siete me separé de Agustín. Putero, borracho, vicioso, es que lo
tenía todo. No me daba ni un duro, menos mal que yo tenía mi sueldo, madre mía
que hubiera sido de nosotras. Así es que, un día, me levanté, me fui al juzgado
y presenté la demanda de divorcio. Ahí te quedas, hijoputa. Yo es que he
trabajado mucho, sabes, he llegado a meter hasta americanos en mi casa, de esos
que venían a aprender el idioma. Eso sí, las niñas están las dos licenciadas,
con sus buenas carreras. Trabajan en el ministerio de Educación, son
profesoras. A esas no les va a faltar de nada. Eso sí, mis buenas perras me ha
costado. Yo es que tengo propiedades, dos pisos en Benidorm y un apartamento en
Moratalaz. Antes íbamos en agosto a la playa, pero ya, ya no quieren ir. La
chica es muy buena, te lo da todo. ¡Ay! la mayor, esa ha salido a su padre,
cuando me veía intentaba sacarme siempre algo, que llevaba naranjas del
mercado, se llevaba la mitad. Pero yo las quiero mucho, es mi obra, sabes
Petra, es mi obra.
Juan Antonio Barroso
martes, 1 de diciembre de 2015
La Cochinera. Parte II. Capítulo 18
Segunda Parte
18
Te vamos a
matar.
Era la frase preferida de Wenceslao.
El día en que su padre le dijo cuál iba a ser su oficio, el
chaval no se lo podía creer. -hijo, nosotros
somos asesinos a sueldo, matamos a otras personas. -Él, mirando a todas
partes, antes que a los ojos de su padre, le contestó con la frase que todo
padre espera de un hijo, -Padre, ¿cuándo
empezamos? Emiliano, lleno de emoción, lo abrazó con el amor del padre
orgulloso. Llorando, le plantó sus finas manos en las mejillas y quedó quieto
frente a su cara. -Hijo, serás el mejor asesino de la historia.
De todo aquello habían pasado más de treinta años. Wenceslao
se había convertido en uno de los profesionales más prestigio de la profesión.
No había sido fácil, demasiados sacrificios exigían tal recompensa. Ahora, en
la cumbre de su carrera, con tan solo cuarenta y tres años, no sólo se permitía
el lujo de escoger para quién quería trabajar, sino que además, ponía por
delante una serie de condiciones que no todos aceptaban. Y no era el dinero lo
que más le importaba a Wen, había otras cosas. Esto también lo había aprendido
de su padre. -Hijo, no te limites a pedir
dinero, tienes que pedir cosas que sean difíciles de conseguir, así, verás la
necesidad y el compromiso de la persona que te contrata. Se aficionó a
quedar con los clientes en persona, en lugares extraños, en ciudades en las que
uno no piensa que se pueda establecer trato para matar a nadie.
Esta vez le había tocado a Talavera de la Reina. El cliente
tendría que ir a comer una hamburguesa a un restaurante de comida rápida y
pedir un menú infantil y una Coca-Cola sin cafeína. Debería comerse unos trozos
de pollo empanados, unas patatas fritas y un yogurt. Y sólo cuando acabase,
como era costumbre, podría abrir el regalito que la cadena de comida rápida
regalaba a los niños y niñas de todo el mundo.
Y terminó, el cliente se lo comió todo, y por supuesto,
abrió su regalito. Un muñeco al que le apretabas un botón, levantaba sus
brazos y soltaba una extraña frase que apenas podía distinguir. Todo esto lo
sabía el cliente porque tenía dos hijos con los que cada sábado por la tarde
iba a esos estúpidos restaurantes dónde los niños y las niñas se sientan en
incómodos asientos, frente a minúsculas mesas y piden esos menús infantiles en
los que tenían la sensación que tanto el dichoso juguete como el envoltorio
tenían más valor que la propia comida.
Esta vez el cliente se vio sorprendido con la frasecita del
muñeco. Una voz robótica se entendió a la perfección, -área de servicio del kilómetro 137, nacional V. El cliente se fue
a la desconocida área de servicio. Y, sin tener muy claro qué debía hacer, se
metió en el bar-restaurante de la carretera y pidió un café. Se sentó en una de
las mesas, frente a las cristaleras, para poder divisar no sabía muy bien el
qué y esperó durante una hora. Cansado, salió de la cafetería y se montó en su
BMW para volver a su confortable casa del norte de Madrid. Al entrar en el
lujoso coche, se abrochó el cinturón y un segundo después, al ejercer esa
acción automática de mirar por el espejo retrovisor, vio a su nuevo socio.
-No se asuste señor Moreno, tiene que entender que en mi
profesión todas las precauciones son pocas. -Martín Moreno entró en una especie
de espiral de ansiedad, justificada por el miedo a ser agredido por aquel tipo.
Empezó a respirar de manera convulsa.
Wenceslao, que conocía todo tipo de reacciones humanas asociadas a miedo,
lo agarró fuertemente por su hombro; con voz suave le regaló la palabras que el
cliente necesitaba escuchar-, Tranquilo Martín, no le mataré. -en el cuerpo de
Martín se empezaron a notar los primeros síntomas de tranquilidad y por fin
dijo las primeras palabras.
-Entienda que soy una persona normal, todo esto para mí es
muy desagradable. -A Wen le entraron ganas de reír, cuántas veces había
escuchado esa maldita frase, una persona
normal, ¡ja!
-No se preocupe, todo irá bien. Ponga el coche en marcha y
vayámonos a un lugar más tranquilo y, si no le importa, me sentaré a su lado,
creo que es menos intimidatorio para usted, ¿me equivoco? -Martín movía su
cabeza en señal de absoluto acuerdo.
Wen le indicó dónde debía ir, estaba a pocos kilómetros, en
el área de descanso cercana a Talavera, aquella de la escultura de la cigüeña.
Wen salió del coche y se encendió un cigarrillo, era el único
motivo de discusión con su padre, no le gustaba que el chaval se enganchase a
ninguna sustancia, -sólo te harán más
débil. -Puede que tuviese razón, pero los nervios, aunque no eran visibles,
había que templarlos con algo. Martín, que seguía sentado en el coche, lo
miraba muy asustado. Por un momento pensó cómo debía vestir un sicario y se dio
cuenta que no tenía ni idea. Wen llevaba puesto un abrigo deportivo, vaqueros y
botines marrones. Poco se podía deducir de su vestimenta, era del todo normal.
-Martín,
¿puedes venir un momento? -Aquella orden no dejó resquicio a ninguna duda.- Me
has dicho que el trabajo es por esta persona. Sacó una fotografía del bolsillo
y se la enseñó. Wen era precavido y no se fiaba de micros, móviles y demás
aparatos diabólicos, nunca hablaba más de la cuenta.
-Sí. -Movía
su cabeza con rotundidad, realmente estaba asustado.
-De
acuerdo, el precio ya hemos hablado de él. No quiero saber los motivos que te
llevan a contratarme, no me interesan. Es costumbre que le pida a mis clientes
una prueba del compromiso que tienen con la causa que… digamos… nos traemos
entre manos.
-No le
entiendo. -Martín no entendía muy bien adonde quería llegar el sicario.
-Sólo es
una costumbre, sin esta prueba no lo haré. Yo trabajo así.
-¡Pero no
pienso pagarle ni un solo euro más!- Quería imponer cierta autoridad a la
situación, pero no lo consiguió.
-No te
preocupes, no habrá más dinero que el estipulado. -Martín no sabía si aquella
respuesta era algo bueno o algo malo.
-De
acuerdo, dígame, ¿qué es lo que quiere?
-Quiero que
le cuentes a tu mujer lo de tu amiguita.
Juan Antonio Barroso
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