jueves, 3 de diciembre de 2015

La Cochinera. Parte II. Capítulo 19.


 

19

La misa de las siete y media era muy concurrida. Era la única. Petra Muriel llevaba tantos años yendo a la parroquia de Santiago el Mayor que era incapaz de aceptar otro lugar. Era cierto que había días en que las misas le recordaban a una romería,  chiquillos llorando o reencuentro de viejas amigas que no paraban de reír, pero tocaba aguantarse. Allí tenía a su Nazareno y a su San Judas Tadeo y no estaba dispuesta a cambiarlos por nada del mundo. Entendía que esos nietos llorones y esas viejas alcahuetas eran un mal necesario para seguir aliviando el espíritu.
-Petra, me gustaría hablar contigo un ratito, necesito contarte algo. -Allí estaba la única amiga que había conservado viva en los años que llevaba asistiendo a misa. Se llamaba Manuela Alcón, medio ciega y medio sorda, con más achaques que años, había encontrado en la paciencia de Petra la compañera ideal para soportar sus obsesivas lamentaciones.
-Manuela, te he dicho mil veces que no me hables durante la misa, ya sabes que no me gusta. -Era verdad que no le gustaba que nadie hablase durante la celebración vespertina, pero es que, además, en el caso de Manuela con la sordera tan pronunciada, su voz se le oía desde el primero hasta el último banco.
-No te pongas así.
-¡Manuela! -Una orden taxativa, unos dientes apretados y unos ojos que se le salían de las orbitas hizo que la anciana se callase de inmediato.
Manuela agachó su cabeza y agarró uno de los bancos para incorporarse e irse de la iglesia. Sin duda aquella orden por parte de su amiga le había sentado fatal. Petra, arrepentida por su actitud con la pobre mujer, salió detrás de ella. Un rato de misa menos no la condenaría al infierno.
Ambas iban por el paseo central del templo, Petra tiesa como palo de una escoba, era una mujer alta. Manuela, meneándose de izquierda a derecha con cada paso, esas piernas la traían por la calle de la amargura. A pesar de la diferencia de edad entre ambas, los años no las habían tratado igual.
-No te sientes en esa piedra, está demasiado fría y te vas a constipar- Petra era así, de buen corazón y con mal carácter.
-¿Ya se te ha pasado el enfado?- Manuela necesitaba hablar con alguien cada día, sus penas la iban comiendo poco a poco. Tenía dos hijas que sólo la visitaban por Navidades. El último año la mayor no se acordó ni de felicitarla por su cumpleaños. Se resignaba por fuera y se decía que la vida era así. Por dentro, se preguntaba en qué se había equivocado. Nada se merecía tanto desprecio.
-¿Me perdonas?- Petra se sentó a su lado y le puso una mano templada sobre el muslo. El arrepentimiento era sincero. Ella sabía que con los años era difícil confiar en nadie. Era una suerte haber encontrado a una amiga como Manuela-. He pensado que te voy a invitar a un chocolate con churros.
La cara de Manuela se iluminó por completo. A pesar de la diabetes y la prohibición de don Andrés, su médico de cabecera, de vez en cuando se saltaba la estricta dieta y se pegaba un caprichito. Se dieron un pequeño paseo hasta una churrería muy cercana. Petra sólo trataba de levantarle el ánimo a su querida amiga, y sabía que los churros eran la mejor de las medicinas. Media hora después, estaban sentadas frente a una docena de churros y un par de tazas de chocolate. Ambas se miraban como sólo lo hacen los que están unidos por un cordón umbilical invisible, destinadas a algo más que morir solas. Unas sonrisas, unas manos quebradas por los años, el olor a limpio del jabón de tocador y el perfume de mujer de siempre.
-¿No te han llamado tus hijas?- Petra sabía del dolor. No eran las piernas, la diabetes, el lento latir de su corazón lo que le quitaría la vida a aquella pobre mujer.
Manuela agachó la cabeza, dejó de mirar los churros. En el fondo se avergonzaba de sí misma, esas chiquillas, a las que tanto le había costado sacar adelante, ya no contaban con ella.  En lo profundo de la pena, se erguía, resucitaba de la vil amargura y empezaba a soltar la perorata de siempre.
-Petra –se quedó mirando fijamente a su compañera y de repente arrancó -, te he contado que yo trabajaba en el Ministerio de Hacienda.- Manuela vivió hasta su jubilación en Madrid, después volvió a Cáceres, su ciudad natal, con sus hijas, ese sería el primer desencuentro-. Pues sí, he trabajado en el Ministerio de Hacienda más de cuarenta años,- se miraba los dedos y empezaba a contar-, vamos a ver, empecé en el setenta y estaba Monreal y llegué hasta Rato en el dos mil; me fui yo antes que él. Nada más y nada menos que cuarenta añazos. ¿Qué te parece Petra? Once ministros he conocido, once ministros de Hacienda, y mira lo que te voy a decir, todos tenían fama de rácanos. Siempre he pensado que para ser ministro de Hacienda, a parte de los estudios y de los enchufes, había que ser agarrado. Te lo puedo confirmar de punta a cabo. Pero te voy a decir una cosa, a mí, y cuando te digo a mí, hablo de todas nosotras, el que nos traída de cabeza era Cabello de Alba, ¡qué gracia tenía el jodido!, lo que pasa es que duro cuatro días. Yo siempre pensé que si hubiese nacido diez años después, hubiese sido el primer presidente de la democracia, pero bueno. Otra cosa que voy a decir, sabes por qué defiendo la democracia por encima de cualquier cosa. Pues sí, ya te lo he dicho muchas veces, pero te lo voy a repetir, por la ley del divorcio. Ya sabes que en el año ochenta y siete me separé de Agustín. Putero, borracho, vicioso, es que lo tenía todo. No me daba ni un duro, menos mal que yo tenía mi sueldo, madre mía que hubiera sido de nosotras. Así es que, un día, me levanté, me fui al juzgado y presenté la demanda de divorcio. Ahí te quedas, hijoputa. Yo es que he trabajado mucho, sabes, he llegado a meter hasta americanos en mi casa, de esos que venían a aprender el idioma. Eso sí, las niñas están las dos licenciadas, con sus buenas carreras. Trabajan en el ministerio de Educación, son profesoras. A esas no les va a faltar de nada. Eso sí, mis buenas perras me ha costado. Yo es que tengo propiedades, dos pisos en Benidorm y un apartamento en Moratalaz. Antes íbamos en agosto a la playa, pero ya, ya no quieren ir. La chica es muy buena, te lo da todo. ¡Ay! la mayor, esa ha salido a su padre, cuando me veía intentaba sacarme siempre algo, que llevaba naranjas del mercado, se llevaba la mitad. Pero yo las quiero mucho, es mi obra, sabes Petra, es mi obra.
 
Juan Antonio Barroso

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