19
La misa de las siete y media era muy concurrida. Era la
única. Petra Muriel llevaba tantos años yendo a la parroquia de Santiago el
Mayor que era incapaz de aceptar otro lugar. Era cierto que había días en que
las misas le recordaban a una romería, chiquillos
llorando o reencuentro de viejas amigas que no paraban de reír, pero tocaba
aguantarse. Allí tenía a su Nazareno y a su San Judas Tadeo y no estaba
dispuesta a cambiarlos por nada del mundo. Entendía que esos nietos llorones y
esas viejas alcahuetas eran un mal necesario para seguir aliviando el espíritu.
-Petra, me gustaría hablar contigo un ratito, necesito
contarte algo. -Allí estaba la única amiga que había conservado viva en los
años que llevaba asistiendo a misa. Se llamaba Manuela Alcón, medio ciega y
medio sorda, con más achaques que años, había encontrado en la paciencia de
Petra la compañera ideal para soportar sus obsesivas lamentaciones.
-Manuela, te he dicho mil veces que no me hables durante la
misa, ya sabes que no me gusta. -Era verdad que no le gustaba que nadie hablase
durante la celebración vespertina, pero es que, además, en el caso de Manuela
con la sordera tan pronunciada, su voz se le oía desde el primero hasta el
último banco.
-No te pongas así.
-¡Manuela! -Una orden taxativa, unos dientes apretados y
unos ojos que se le salían de las orbitas hizo que la anciana se callase de
inmediato.
Manuela agachó su cabeza y agarró uno de los bancos para
incorporarse e irse de la iglesia. Sin duda aquella orden por parte de su amiga
le había sentado fatal. Petra, arrepentida por su actitud con la pobre mujer,
salió detrás de ella. Un rato de misa menos no la condenaría al infierno.
Ambas iban por el paseo central del templo, Petra tiesa como
palo de una escoba, era una mujer alta. Manuela, meneándose de izquierda a derecha con cada paso, esas piernas la traían por la calle de la amargura.
A pesar de la diferencia de edad entre ambas, los años no las habían tratado
igual.
-No te sientes en esa piedra, está demasiado fría y te vas a
constipar- Petra era así, de buen corazón y con mal carácter.
-¿Ya se te ha pasado el enfado?- Manuela necesitaba hablar
con alguien cada día, sus penas la iban comiendo poco a poco. Tenía dos hijas
que sólo la visitaban por Navidades. El último año la mayor no se acordó ni de
felicitarla por su cumpleaños. Se resignaba por fuera y se decía que la vida
era así. Por dentro, se preguntaba en qué se había equivocado. Nada se merecía
tanto desprecio.
-¿Me perdonas?- Petra se sentó a su lado y le puso una mano
templada sobre el muslo. El arrepentimiento era sincero. Ella sabía que con los
años era difícil confiar en nadie. Era una suerte haber encontrado a una amiga
como Manuela-. He pensado que te voy a invitar a un chocolate con churros.
La cara de Manuela se iluminó por completo. A pesar de la
diabetes y la prohibición de don Andrés, su médico de cabecera, de vez en
cuando se saltaba la estricta dieta y se pegaba un caprichito. Se dieron un
pequeño paseo hasta una churrería muy cercana. Petra sólo trataba de levantarle
el ánimo a su querida amiga, y sabía que los churros eran la mejor de las
medicinas. Media hora después, estaban sentadas frente a una docena de churros
y un par de tazas de chocolate. Ambas se miraban como sólo lo hacen los que
están unidos por un cordón umbilical invisible, destinadas a algo más que morir
solas. Unas sonrisas, unas manos quebradas por los años, el olor a limpio del
jabón de tocador y el perfume de mujer de siempre.
-¿No te han llamado tus hijas?- Petra sabía del dolor. No
eran las piernas, la diabetes, el lento latir de su corazón lo que le quitaría
la vida a aquella pobre mujer.
Manuela agachó la cabeza, dejó de mirar los churros. En el
fondo se avergonzaba de sí misma, esas chiquillas, a las que tanto le había
costado sacar adelante, ya no contaban con ella. En lo profundo de la pena, se erguía,
resucitaba de la vil amargura y empezaba a soltar la perorata de siempre.
-Petra –se quedó mirando fijamente a su compañera y de
repente arrancó -, te he contado que yo trabajaba en el Ministerio de Hacienda.-
Manuela vivió hasta su jubilación en Madrid, después volvió a Cáceres, su
ciudad natal, con sus hijas, ese sería el primer desencuentro-. Pues sí, he
trabajado en el Ministerio de Hacienda más de cuarenta años,- se miraba los
dedos y empezaba a contar-, vamos a ver, empecé en el setenta y estaba Monreal
y llegué hasta Rato en el dos mil; me fui yo antes que él. Nada más y nada
menos que cuarenta añazos. ¿Qué te parece Petra? Once ministros he conocido,
once ministros de Hacienda, y mira lo que te voy a decir, todos tenían fama de
rácanos. Siempre he pensado que para ser ministro de Hacienda, a parte de los
estudios y de los enchufes, había que ser agarrado. Te lo puedo confirmar de
punta a cabo. Pero te voy a decir una cosa, a mí, y cuando te digo a mí, hablo
de todas nosotras, el que nos traída de cabeza era Cabello de Alba, ¡qué gracia
tenía el jodido!, lo que pasa es que duro cuatro días. Yo siempre pensé que si
hubiese nacido diez años después, hubiese sido el primer presidente de la
democracia, pero bueno. Otra cosa que voy a decir, sabes por qué defiendo la
democracia por encima de cualquier cosa. Pues sí, ya te lo he dicho muchas
veces, pero te lo voy a repetir, por la ley del divorcio. Ya sabes que en el
año ochenta y siete me separé de Agustín. Putero, borracho, vicioso, es que lo
tenía todo. No me daba ni un duro, menos mal que yo tenía mi sueldo, madre mía
que hubiera sido de nosotras. Así es que, un día, me levanté, me fui al juzgado
y presenté la demanda de divorcio. Ahí te quedas, hijoputa. Yo es que he
trabajado mucho, sabes, he llegado a meter hasta americanos en mi casa, de esos
que venían a aprender el idioma. Eso sí, las niñas están las dos licenciadas,
con sus buenas carreras. Trabajan en el ministerio de Educación, son
profesoras. A esas no les va a faltar de nada. Eso sí, mis buenas perras me ha
costado. Yo es que tengo propiedades, dos pisos en Benidorm y un apartamento en
Moratalaz. Antes íbamos en agosto a la playa, pero ya, ya no quieren ir. La
chica es muy buena, te lo da todo. ¡Ay! la mayor, esa ha salido a su padre,
cuando me veía intentaba sacarme siempre algo, que llevaba naranjas del
mercado, se llevaba la mitad. Pero yo las quiero mucho, es mi obra, sabes
Petra, es mi obra.
Juan Antonio Barroso
No hay comentarios:
Publicar un comentario