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En el trayecto de vuelta a casa Martín no dejaba de pensar
en la petición que le había hecho aquel tipo. Tenía que contarle a su mujer lo
de Teresa. Los escalofríos recorrían todo su cuerpo, sentía la necesidad de
abandonarlo todo, incluso llegó a rondar la idea de pegarse un tiro, pero
prefería la compañía perenne y adictiva de la ansiedad, esa misma que le hizo
recuperar el ánimo de manera convulsa y seguir pensando que no podía prescindir
de ninguna de las dos mujeres.
Teresa representaba sus sueños más oscuros, esos sueños
adolescentes que no había conseguido quitar de su cabeza. Gracias a ella no se
había convertido en un violador o en un asesino de mujeres, o lo que es peor,
de niñas. Ella lo había encarrilado, lo sujetaba y a la vez le proporcionaba
sus pervertidos deseos sexuales. A cambio Teresa no le pedía gran cosa. Una sola condición, sólo se verían un par días a la semana, siempre los martes y
los jueves. Ella también estaba casada y debía cumplir con su familia.
Luego estaba María, su mujer. Inteligente, bellísima, buena
amante y por supuesto la mejor de las madres. Era perfecta para la otra vida,
la pública, aquella que todos los amigos y familiares envidiaban.
El debate interno no le daba tregua, le había pedido al
sicario un par de días para pensarlo. Wen le había dicho que tenía que ser hoy
mismo, al llegar a casa debía contárselo todo a María. Wen, como buen
profesional que era, sabía las razones que llevaban a Martín Moreno a pedir su
ayuda. Nunca se fiaba de los clientes, de las razones que le llevaban a
contratarlo, todos mentían, por eso investigaba hasta los mínimos detalles. De
Martín no le sorprendió que quisiera matar a su propio padre para recibir la
herencia y cubrir las pérdidas con el prestamista y así poder continuar con su placentera
vida. Lo que realmente le sorprendía es que Martín quería a su padre. Esta
circunstancia descolocaba a Wen. Él, que había amado a su padre por encima de
todo, no podía comprender que aquel tipo quisiera matar a su padre para
mantener una vida de mierda. Por eso le pidió como condición lo de la confesión
a su mujer, nunca había sido tan exigente con un cliente. Pensó que Martín debía perder
algo más que su padre, debía perder parte de la vida que le llevaba a esa
felicidad efímera a la que no podía renunciar por nada.
Wen le dio a Martín un teléfono desechable, imposible de
rastrear. Cuando llegase a casa, se sentaría en su sofá Chester y, frente a ella, le confesaría todas las perversiones. Él debía
decidir, perder su vida ideal o seguir
siendo rico.
Allí estaba, sentado frente a María. Era preciosa. Quizá le
perdonase, debía contárselo todo, estaban arruinados y necesitaban el dinero de
su padre para poder seguir pagando la casa, los coches, los colegios, el yoga,
todo. Y quizá ella lo comprendiese, y estuviese de acuerdo y no le importase
que estuviese con otra mujer y todo fuera como siempre.
-¿Te encuentras bien?, cariño.- María, al ver que Martín no
arrancaba, le preguntó.
-Perdona, estaba con mis cosas, ya sabes, el despacho y todo
eso. -Martín trabajaba en el prestigio despacho de abogados Fernández-Ramos-Moreno.
Su padre fue el fundador de la prestigiosa firma de abogados de la capital.
Felipe nunca se había negado a que su hijo formase parte de tan lucrativo
negocio, pero a cambio le de exigía como al que más. Así era Felipe Moreno,
duro, implacable y con su hijo más. Así se lo hizo saber el día que entró
a formar parte de la firma.
-Hijo, quiero darte la enhorabuena, los socios y yo hemos
convenido que puedes formar parte del bufete, te lo mereces por tu talento y
por tu trabajo. Quiero decirte algo que quizás no te guste, pero cuando algún
día todo esto sea tuyo, lo entenderás. A partir de ahora te exigiré como al que
más, quiero que el resto de empleados entiendan que no estás aquí porque eres
mi hijo, quiero que vean que eres el más trabajador, que eres el mejor abogado
de todos. Seré implacable contigo, sé que algún día me lo agradecerás.
Y así fue, desde ese día hasta esa misma mañana. Fue tan
duro con él, que el resto de empleados del bufete sentía lástima por Martín.
Nadie quería estar en su lugar, pero Martín, que era un hombre listo, entendió
la posición de su padre, y la asumió. Todo parecía más fácil así. Pero nada es
gratis, y poco a poco, esa coraza de acero que se había construido para
protegerse de su padre, hizo que sus sentimientos hacia él se fuesen licuando
hasta prácticamente irse por el desagüe. No lo odiaba y, sí alguien le
preguntaba, siempre respondía que él quería a su padre, pero en el fondo le
daba igual. Habían sido diez largos años de broncas, reproches y a veces algún
insulto. Martín aguantó y aguantó, nunca se reveló en contra de la actitud de
su padre. Y al final, cuando llegó la mala suerte y perdió todo su capital, no
se atrevió a pedir dinero a Felipe. No quería darle la razón y que le recordase
que era un fracasado., por eso estaba dispuesto a asesinarlo con tal de no recibir ningún
reproche.
María miraba a su marido y veía en sus ojos algún tipo de
angustia que le provocó un sorprendente ataque de sinceridad, -Martín, no te
preocupes, sé lo de tu amante. Hace tiempo asumí que no debía importarme, y
desde entonces he sido feliz y tú, también.
La cara de Martín se desfiguró, empezó a llorar desconsolado
y se arrojó sobre las piernas de María. Ella le agarraba de su pelo y le
susurraba palabras tranquilizadoras. Martín, que todavía no había dicho ni
palabra, levantó su cabeza.
-¿Desde cuándo lo sabes?- Él mismo escuchó su inoportuna
pregunta e intentó corregirse,- da igual cariño, ¿puedes perdonarme?
-Claro que puedo perdonarte. Lo sé todo desde la primera
semana, no eres un hombre muy cuidadoso que digamos, -Martín no se sorprendió,
sabía que María era muy inteligente, no se le podían escapar esos pequeños
detalles que inculpan al marido traidor-, pero tengo que serte sincera, fue tu
padre el que me confirmó mis sospechas, fue él quien me pasó las pruebas de tu
infidelidad, y precisamente con esas pruebas llegué a la conclusión que debía
darte libertad. Pensé en todo lo que me dabas y me dije a mi misma que no
necesitaba nada más.
Martín pensó en sus perversiones sexuales, ella lo sabía
todo y no se oponía. A pesar de la normalidad aparente de todo, se dio cuenta de
la locura que suponía todo aquello. Su cabeza no paraba de dar vueltas, y una
idea se asomó a su cabeza. Debía contárselo todo a su mujer. Lo de la amante,
lo de las malas inversiones, lo de matar a su padre. Así lo hizo.
María quedó callada. Martín expectante, empezó a pensar que
la frialdad de su mujer había sido una pose, ¡por qué diablos se le había
ocurrido contárselo todo! Sus hombros se relajaron y pensó que realmente se
había equivocado. Ahora María lo denunciaría y todo se iría al garete. Acabaría
en la cárcel, sin Teresa, sin María, sin sus hijos, sin su casa, sin nada.
-Es una buena idea, tenemos que matar al cabrón de tu padre.
Juan Antonio Barroso
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