martes, 1 de diciembre de 2015

La Cochinera. Parte II. Capítulo 18


Segunda Parte

18 

Te vamos a matar.
 Era la frase preferida de Wenceslao.
El día en que su padre le dijo cuál iba a ser su oficio, el chaval no se lo podía creer. -hijo, nosotros somos asesinos a sueldo, matamos a otras personas. -Él, mirando a todas partes, antes que a los ojos de su padre, le contestó con la frase que todo padre espera de un hijo, -Padre, ¿cuándo empezamos? Emiliano, lleno de emoción, lo abrazó con el amor del padre orgulloso. Llorando, le plantó sus finas manos en las mejillas y quedó quieto frente a su cara. -Hijo, serás el mejor asesino de la historia.
De todo aquello habían pasado más de treinta años. Wenceslao se había convertido en uno de los profesionales más prestigio de la profesión. No había sido fácil, demasiados sacrificios exigían tal recompensa. Ahora, en la cumbre de su carrera, con tan solo cuarenta y tres años, no sólo se permitía el lujo de escoger para quién quería trabajar, sino que además, ponía por delante una serie de condiciones que no todos aceptaban. Y no era el dinero lo que más le importaba a Wen, había otras cosas. Esto también lo había aprendido de su padre. -Hijo, no te limites a pedir dinero, tienes que pedir cosas que sean difíciles de conseguir, así, verás la necesidad y el compromiso de la persona que te contrata. Se aficionó a quedar con los clientes en persona, en lugares extraños, en ciudades en las que uno no piensa que se pueda establecer trato para matar a nadie.
Esta vez le había tocado a Talavera de la Reina. El cliente tendría que ir a comer una hamburguesa a un restaurante de comida rápida y pedir un menú infantil y una Coca-Cola sin cafeína. Debería comerse unos trozos de pollo empanados, unas patatas fritas y un yogurt. Y sólo cuando acabase, como era costumbre, podría abrir el regalito que la cadena de comida rápida regalaba a los niños y niñas de todo el mundo.
Y terminó, el cliente se lo comió todo, y por supuesto, abrió su regalito. Un muñeco al que le apretabas un botón, levantaba sus brazos y soltaba una extraña frase que apenas podía distinguir. Todo esto lo sabía el cliente porque tenía dos hijos con los que cada sábado por la tarde iba a esos estúpidos restaurantes dónde los niños y las niñas se sientan en incómodos asientos, frente a minúsculas mesas y piden esos menús infantiles en los que tenían la sensación que tanto el dichoso juguete como el envoltorio tenían más valor que la propia comida.
Esta vez el cliente se vio sorprendido con la frasecita del muñeco. Una voz robótica se entendió a la perfección, -área de servicio del kilómetro 137, nacional V. El cliente se fue a la desconocida área de servicio. Y, sin tener muy claro qué debía hacer, se metió en el bar-restaurante de la carretera y pidió un café. Se sentó en una de las mesas, frente a las cristaleras, para poder divisar no sabía muy bien el qué y esperó durante una hora. Cansado, salió de la cafetería y se montó en su BMW para volver a su confortable casa del norte de Madrid. Al entrar en el lujoso coche, se abrochó el cinturón y un segundo después, al ejercer esa acción automática de mirar por el espejo retrovisor, vio a su nuevo socio.
-No se asuste señor Moreno, tiene que entender que en mi profesión todas las precauciones son pocas. -Martín Moreno entró en una especie de espiral de ansiedad, justificada por el miedo a ser agredido por aquel tipo. Empezó a respirar de manera convulsa.  Wenceslao, que conocía todo tipo de reacciones humanas asociadas a miedo, lo agarró fuertemente por su hombro; con voz suave le regaló la palabras que el cliente necesitaba escuchar-, Tranquilo Martín, no le mataré. -en el cuerpo de Martín se empezaron a notar los primeros síntomas de tranquilidad y por fin dijo las primeras palabras.
-Entienda que soy una persona normal, todo esto para mí es muy desagradable. -A Wen le entraron ganas de reír, cuántas veces había escuchado esa maldita frase, una persona normal, ¡ja!
-No se preocupe, todo irá bien. Ponga el coche en marcha y vayámonos a un lugar más tranquilo y, si no le importa, me sentaré a su lado, creo que es menos intimidatorio para usted, ¿me equivoco? -Martín movía su cabeza en señal de absoluto acuerdo.
Wen le indicó dónde debía ir, estaba a pocos kilómetros, en el área de descanso cercana a Talavera, aquella de la escultura de la cigüeña.
Wen salió del coche y se encendió un cigarrillo, era el único motivo de discusión con su padre, no le gustaba que el chaval se enganchase a ninguna sustancia, -sólo te harán más débil. -Puede que tuviese razón, pero los nervios, aunque no eran visibles, había que templarlos con algo. Martín, que seguía sentado en el coche, lo miraba muy asustado. Por un momento pensó cómo debía vestir un sicario y se dio cuenta que no tenía ni idea. Wen llevaba puesto un abrigo deportivo, vaqueros y botines marrones. Poco se podía deducir de su vestimenta, era del todo normal.
            -Martín, ¿puedes venir un momento? -Aquella orden no dejó resquicio a ninguna duda.- Me has dicho que el trabajo es por esta persona. Sacó una fotografía del bolsillo y se la enseñó. Wen era precavido y no se fiaba de micros, móviles y demás aparatos diabólicos, nunca hablaba más de la cuenta.
            -Sí. -Movía su cabeza con rotundidad, realmente estaba asustado.
            -De acuerdo, el precio ya hemos hablado de él. No quiero saber los motivos que te llevan a contratarme, no me interesan. Es costumbre que le pida a mis clientes una prueba del compromiso que tienen con la causa que… digamos… nos traemos entre manos.
            -No le entiendo. -Martín no entendía muy bien adonde quería llegar el sicario.
            -Sólo es una costumbre, sin esta prueba no lo haré. Yo trabajo así.
            -¡Pero no pienso pagarle ni un solo euro más!- Quería imponer cierta autoridad a la situación, pero no lo consiguió.
            -No te preocupes, no habrá más dinero que el estipulado. -Martín no sabía si aquella respuesta era algo bueno o algo malo.
            -De acuerdo, dígame, ¿qué es lo que quiere?
            -Quiero que le cuentes a tu mujer lo de tu amiguita.
Juan Antonio Barroso

No hay comentarios:

Publicar un comentario