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La mañana del once de octubre era la mañana del miedo, de
los recuerdos de un padre autoritario, del despiadado silbido de la cincha. Era
la mañana de la mirada aterrada de reojo, del vuelo del águila de acero
que golpeaba piernas, nalgas, espalda.
Después la vergüenza de la madre, cómplice de la tortura. Sus piernas abiertas,
tragaban sudor, vino correoso y la mala sombra del sargento de la Guardia Civil
Benito Muriel. No fueron muchos años, suficientes para marcar la vida.
Llego el día en el que la justicia se hace presente. El
águila echa a volar y se lleva el miedo, once de octubre de 1969. Ese día, todo
el cuartel bajó sus hombros con la muerte del sargento Muriel. Según decían,
hasta las mujeres de los guardias se acercaron a mirar por el precipicio dónde
el todoterreno se despeñó. Sin preguntas, con honores, liberador suspiro de la
gran familia benemérita.
El destino, al principio susurrante, terminó vociferando en
la cabeza de Diego y, como una broma macabra, acabaría vestido con el paño
aceituno. Por eso, el polilla Muriel, en sus primeros días en Valdemoro no se
asustaba al escuchar la norma fundamental del cuerpo: el mando, el mando, el
mando. Lo traía bien aprendido de casa, lo llevaba tatuado en cada costilla.
Sólo una promesa, sería mejor que su padre.
Una mañana
recibió una llamada. El por entonces cabo Diego Muriel, se había quedado sólo,
su madre había muerto. No le dieron más información. Un viejo guardia que
quedaba de la época de su padre fue el que le informó.
-Diego, se había dejado. No tenía fuerzas para nada. No
supimos qué hacer. Quizá teníamos que haberte llamado antes. -Diego no hizo
ningún gesto. Mandó recoger las cuatro cosas y quemó todos los recuerdos
familiares.
-Capitán, no me puedo creer que deje usted la UCO para ir a
una ciudad como Cáceres. -Los compañeros de Diego lo tenían en alta estima, no
se recordaba a un hombre tan implicado en su trabajo, todo se hacía como debía
hacerse. Lo estimaban por su buen trato,
por sus buenas dotes de mando, por su implicación más allá del deber exigido.
El capitán Diego Muriel representaba el mando perfecto de la nueva Guardia
Civil. Lo había buscado durante años, con un simple propósito, alejarse todo lo
posible de aquello que representaba su padre.
-La verdad,
no sabría decir porque me voy de este lugar que tantas satisfacciones me ha
dado. Los años van pasando y ya no estoy motivado, necesito un sitio más
tranquilo y he pensado en volver a mi tierra natal. – Todo era mentira, las
verdaderas razonas las conocía perfectamente, lo años le habían hecho un hombre desconfiado,
especialmente en lo referente a su vida personal.
-Pero,
¿tiene usted familia allí? -El cabo pregunta porque realmente sentía afecto por
aquel hombre.
-Tengo una
tía. Una hermana de mi padre, la última vez que la vi fue en el entierro de mi
padre, de eso hace casi cuarenta años. Se llama Petra, no le puedo decir nada
más. -Por su puesto, podría haber contado muchas más cosas, pero no era el
lugar.
La fiesta
de despedida pasó, como todas las demás. Unas horas de recuerdos, risas y
comida dominguera, así se hacía con todos los jubilados y con las despedidas de
guardias y de mandos, y así se hizo con Diego Muriel, todos los
compañeros de la Unidad sabían que jamás volverían a verlo por allí. Él también
sabía que jamás volvería a Madrid.
De camino a
casa, se paraba en cada escaparate, como despidiéndose de la ciudad que le
había hecho tan feliz. Madrid había sido su tabla de salvación, representaba el
anonimato que tanto deseaba. Diego se había convertido en un hombre que no
cuestionaba nada de lo que previamente había decidido hacer. La decisión de
Cáceres estaba tomada y se iría, sin reproches y arrepentimientos, así debía
ser para no torturarse cada día. Salió la oportunidad de hacerse cargo del
subsector de tráfico de Cáceres y así lo hizo. Sin duda un cambio radical en su
carrera, de gran investigador de la UCO a policía de tráfico en provincias. Por
supuesto, ni mandos, ni ninguno de los subordinados entendió su decisión. Sólo
él sabía las auténticas razones.
Vivía
cerca, en la calle Castrobarto, apenas a diez minutos de Salinas de Rosio,
donde se encontraba la Uco. Subió las escaleras hasta el segundo piso. Abrió la
puerta y fue directo a la habitación del fondo. Volvió a sacer el llavero y
abrió un candado que había puesto hacia tres semanas. Al entrar, la oscuridad
del cuarto no le dejó ver nada. Sintió como si un animal salvaje se le echase encima,
cayó al suelo. Ante la confusión, lo único que sentía era un fuerte dolor en la
mano, consiguió rearmarse y ponerse en pie.
-¡Todo esto
lo estoy haciendo por tu bien!- La tranquilidad y serenidad que mostraba en el
trabajo se había esfumado. Ahora, Diego, estaba frente a su nueva vida.
-¡Eres un
gilipollas, te voy a hacer la vida imposible hijoputa! -Como una perra
acorralada, una chica de unos dieciséis le contestó con todo el desprecio.
Era Andrea
Muriel, su hija. Diego se había casado a los veintitantos con Ana. El
matrimonio apenas duró un par de años, lo único que había quedado de todo
aquello fue la chiquilla.
Hacía dos semanas que había vuelto a ver a su exmujer. El
día que llegó a casa se extrañó, él era puntual con el tema de la pensión y
todos los demás gastos, y, salvo alguna conversación telefónica, no tenían más
contacto. Diego había renunciado a su hija y a Ana no le pareció
mal quedarse con la custodia total de su hija. El día que la vio en el rellano
de su casa, si no le dicen que era su hija, no la hubiese conocido.
-¡Aquí te la traigo, no puedo más con ella!- Una bolsa de
deportes y los libros del instituto eran las únicas pertenencias que tenía
Andrea, eso sin contar con la gran cantidad de bisutería que llevaba cosida a
la cara.
Por la noche, sin apenas haber cambiado una palabra, se
sentaron a cenar. Diego dudó si pedir una pizza o hacer unos huevos fritos con
salchichas. Fue la primera vez que chocaron.
-Esta pizza es una mierda, yo como sano.
-Disculpa, pensé que te gustaría, -todavía estaba pensando
qué demonios estaba pasando-, eso sí, te rogaría que hablases correctamente, al
menos en mi presencia.
-¿Y tú siempre hablas así?
-Así, ¿cómo?
-¡Pues así de finolis!
-Supongo que sí, ¿no te parece bien?
-Paso de ti.
Y así terminó la conversación del padre con la desconocida
hija. Eran dos extraños, sin nada en común, salvo los apellidos.
Hacía dos semanas de esa primera noche, cuando estaba en el
despacho, recibió una llamada de la Comisaria de Policía Nacional de Hortaleza. Y allí se la
encontró, tirada en el suelo de la celda, se había orinado y vomitado encima.
Le hicieron el favor y se olvidaron del tema. En seguida llamó a Ana para que
le dijese qué estaba pasando con Andrea, hasta ese momento pensó que todo se
trataba de una riña entre madre e hija y que con los días volverían a estar
juntas. Una sola frase le puso los pelos de punta, una sola frase le hizo ver
que su vida había cambiado.
-Mírale los brazos.
Juan Antonio Barroso
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