domingo, 6 de diciembre de 2015

La Cochinera. Parte. II. Capítulo 20


 

20


La mañana del once de octubre era la mañana del miedo, de los recuerdos de un padre autoritario, del despiadado silbido de la cincha. Era la mañana de la mirada aterrada de reojo, del vuelo del águila de acero que  golpeaba piernas, nalgas, espalda. Después la vergüenza de la madre, cómplice de la tortura. Sus piernas abiertas, tragaban sudor, vino correoso y la mala sombra del sargento de la Guardia Civil Benito Muriel. No fueron muchos años, suficientes para marcar la vida.

Llego el día en el que la justicia se hace presente. El águila echa a volar y se lleva el miedo, once de octubre de 1969. Ese día, todo el cuartel bajó sus hombros con la muerte del sargento Muriel. Según decían, hasta las mujeres de los guardias se acercaron a mirar por el precipicio dónde el todoterreno se despeñó. Sin preguntas, con honores, liberador suspiro de la gran familia benemérita.

El destino, al principio susurrante, terminó vociferando en la cabeza de Diego y, como una broma macabra, acabaría vestido con el paño aceituno. Por eso, el polilla Muriel, en sus primeros días en Valdemoro no se asustaba al escuchar la norma fundamental del cuerpo: el mando, el mando, el mando. Lo traía bien aprendido de casa, lo llevaba tatuado en cada costilla. Sólo una promesa, sería mejor que su padre.

Una mañana recibió una llamada. El por entonces cabo Diego Muriel, se había quedado sólo, su madre había muerto. No le dieron más información. Un viejo guardia que quedaba de la época de su padre fue el que le informó.

-Diego, se había dejado. No tenía fuerzas para nada. No supimos qué hacer. Quizá teníamos que haberte llamado antes. -Diego no hizo ningún gesto. Mandó recoger las cuatro cosas y quemó todos los recuerdos familiares.

 

            -Capitán, no me puedo creer que deje usted la UCO para ir a una ciudad como Cáceres. -Los compañeros de Diego lo tenían en alta estima, no se recordaba a un hombre tan implicado en su trabajo, todo se hacía como debía hacerse.  Lo estimaban por su buen trato, por sus buenas dotes de mando, por su implicación más allá del deber exigido. El capitán Diego Muriel representaba el mando perfecto de la nueva Guardia Civil. Lo había buscado durante años, con un simple propósito, alejarse todo lo posible de aquello que representaba su padre.

            -La verdad, no sabría decir porque me voy de este lugar que tantas satisfacciones me ha dado. Los años van pasando y ya no estoy motivado, necesito un sitio más tranquilo y he pensado en volver a mi tierra natal. – Todo era mentira, las verdaderas razonas las conocía perfectamente,  lo años le habían hecho un hombre desconfiado, especialmente en lo referente a su vida personal.
            -Pero, ¿tiene usted familia allí? -El cabo pregunta porque realmente sentía afecto por aquel hombre.
            -Tengo una tía. Una hermana de mi padre, la última vez que la vi fue en el entierro de mi padre, de eso hace casi cuarenta años. Se llama Petra, no le puedo decir nada más. -Por su puesto, podría haber contado muchas más cosas, pero no era el lugar.
            La fiesta de despedida pasó, como todas las demás. Unas horas de recuerdos, risas y comida dominguera, así se hacía con todos los jubilados y con las despedidas de guardias y de mandos, y así se hizo con Diego Muriel, todos los compañeros de la Unidad sabían que jamás volverían a verlo por allí. Él también sabía que jamás volvería a Madrid.
            De camino a casa, se paraba en cada escaparate, como despidiéndose de la ciudad que le había hecho tan feliz. Madrid había sido su tabla de salvación, representaba el anonimato que tanto deseaba. Diego se había convertido en un hombre que no cuestionaba nada de lo que previamente había decidido hacer. La decisión de Cáceres estaba tomada y se iría, sin reproches y arrepentimientos, así debía ser para no torturarse cada día. Salió la oportunidad de hacerse cargo del subsector de tráfico de Cáceres y así lo hizo. Sin duda un cambio radical en su carrera, de gran investigador de la UCO a policía de tráfico en provincias. Por supuesto, ni mandos, ni ninguno de los subordinados entendió su decisión. Sólo él sabía las auténticas razones.
            Vivía cerca, en la calle Castrobarto, apenas a diez minutos de Salinas de Rosio, donde se encontraba la Uco. Subió las escaleras hasta el segundo piso. Abrió la puerta y fue directo a la habitación del fondo. Volvió a sacer el llavero y abrió un candado que había puesto hacia tres semanas. Al entrar, la oscuridad del cuarto no le dejó ver nada. Sintió como si un animal salvaje se le echase encima, cayó al suelo. Ante la confusión, lo único que sentía era un fuerte dolor en la mano, consiguió rearmarse y ponerse en pie.
            -¡Todo esto lo estoy haciendo por tu bien!- La tranquilidad y serenidad que mostraba en el trabajo se había esfumado. Ahora, Diego, estaba frente a su nueva vida.
            -¡Eres un gilipollas, te voy a hacer la vida imposible hijoputa! -Como una perra acorralada, una chica de unos dieciséis le contestó con todo el desprecio.
            Era Andrea Muriel, su hija. Diego se había casado a los veintitantos con Ana. El matrimonio apenas duró un par de años, lo único que había quedado de todo aquello fue la chiquilla.
Hacía dos semanas que había vuelto a ver a su exmujer. El día que llegó a casa se extrañó, él era puntual con el tema de la pensión y todos los demás gastos, y, salvo alguna conversación telefónica, no tenían más contacto. Diego había renunciado a su hija y a Ana no le pareció mal quedarse con la custodia total de su hija. El día que la vio en el rellano de su casa, si no le dicen que era su hija, no la hubiese conocido.
 
-¡Aquí te la traigo, no puedo más con ella!- Una bolsa de deportes y los libros del instituto eran las únicas pertenencias que tenía Andrea, eso sin contar con la gran cantidad de bisutería que llevaba cosida a la cara.

Por la noche, sin apenas haber cambiado una palabra, se sentaron a cenar. Diego dudó si pedir una pizza o hacer unos huevos fritos con salchichas. Fue la primera vez que chocaron.
-Esta pizza es una mierda, yo como sano.
-Disculpa, pensé que te gustaría, -todavía estaba pensando qué demonios estaba pasando-, eso sí, te rogaría que hablases correctamente, al menos en mi presencia.
-¿Y tú siempre hablas así?
-Así, ¿cómo?
-¡Pues así de finolis!
-Supongo que sí, ¿no te parece bien?
-Paso de ti.
Y así terminó la conversación del padre con la desconocida hija. Eran dos extraños, sin nada en común, salvo los apellidos.
Hacía dos semanas de esa primera noche, cuando estaba en el despacho, recibió una llamada de la Comisaria de Policía Nacional de Hortaleza. Y allí se la encontró, tirada en el suelo de la celda, se había orinado y vomitado encima. Le hicieron el favor y se olvidaron del tema. En seguida llamó a Ana para que le dijese qué estaba pasando con Andrea, hasta ese momento pensó que todo se trataba de una riña entre madre e hija y que con los días volverían a estar juntas. Una sola frase le puso los pelos de punta, una sola frase le hizo ver que su vida había cambiado.

-Mírale los brazos.
 
Juan Antonio Barroso

No hay comentarios:

Publicar un comentario