Ellos me llaman piojo, pero en realidad soy una pioja. Así me levante en mi décimo día de vida, escuchando este dulce susurro de la chica más guapa que había conocido en toda mi vida. Un mosca y una pioja, parece extraño, pero la naturaleza no entiende de amor (al menos hasta ahora).
Pasamos el primer día de nuestra vida en pareja practicando sexo a todas horas, los insectos somos propensos a practicarlo sin orden ni concierto, es, a parte de la mierda, lo que más nos gusta, pero eso es algo que pocos Cabeza Gorda saben, ellos están a lo suyo y no les interesa nada de nuestras cortas vida.
Desayunábamos y pum, comíamos y pum, y entre pum y pum, se fue haciendo de noche. Fue pura casualidad, era verano y aquella mujer estaba al aire libre, con lo que nosotros pudimos disfrutar de la luna llena de nuestras vidas. Estuvimos tentados de encender una fogata y cantar viejas canciones de guerreros, pero, ni teníamos con qué hacerla, ni sabíamos canciones de guerreros.
Todo ser vivo se merece un día perfecto en su vida.
Juan Antonio Barroso
sábado, 31 de enero de 2015
viernes, 30 de enero de 2015
Pepe el Mosca. Día 9
Empecé a caminar en mi noveno día de vida, depresiva, con ganas de vivir, pero sin saber que rumbo tomar (creo que los Cabeza Gorda, tienen este problema bastante a menudo). Y como por arte de magia vi lo que parecía un perro, ¡era mi gran oportunidad!,¡por fin viviría tranquilo! Me acerque al animalito, era precioso y mi olfato de insecto me decía que ese animal me cambiaría la vida. Efectivamente, me incorporé a su frondosa cabellera. Me sumergí en ella. Olía a frutas del bosque, no, no , no, olía a maracuya y pera, o algo así. Y, extrañamente, empecé a escuchar unas voces, no sé si eran en mi cabeza o eran ajenas a mi personalidad, ¿me estaría volviendo loco?. Pero, pero, ¡aquello dónde me había subido no era un perro! ¡era otra cosa!, pero ¿qué era?
Tenía miedo, ¿cómo es posible que no supiese dónde me había aposentado? ¡Después de nueve días de vida!
Allí fue dónde realmente cambiaría mi vida. A los pocos minutos me encontré con un compañero de vivienda y fue el que me abrió los ojos
-Chico, esto es una mujer.
-¿Una Mujer?
-Si, es lo que se conoce como Cabeza Gorda o los Destructores.
-¡No jodas!- Entré, esta vez de verdad, en una profunda tristeza, toda mi vida había sido un engaño, no sabía de la misa la media. Empecé a pensar, si un perro era un perro, o si yo misma era un mosca. Puta vida, toda la vida pensando que era un ser atraído por la mierda y resulta que quizá sólo eran ideas mías.
Entre cavilaciones angustiosas, pensé que lo mejor era descansar y con un sueño reparador lo vería todo de una manera diferente.
Juan Antonio Barroso
miércoles, 28 de enero de 2015
Pepe el Mosca: Día 8
Notaba un cierto calorcito, de esos que da la respiración de un ser vivo con sangre caliente. era un perro. Me estaba despabilando. Me había visto, allí, medio muerto por salvar mi vida y el animalito se había acercado para devolvérmela.
¡Pero esta no fue la realidad!
Cuando salí del estercolero tenía un pelo de humano, muy largo, enganchado en mi boca, apenas podía respirar y para colmo, cuando me miré, para ver si me faltaba alguna pata o la única ala que me quedaba, estaba llena de MIERDA, sí de MIERDA. Estaba tan cabreada que no omito la famosa palabra.
Así es que, entre lamentaciones y MIERDA me pasé el día entero tratando de limpiarme y pensar cual sería mi futuro de ahora en adelante. No sé cómo pero casi al quedarme dormida, pensé que, ese perro de mis sueños, no sería una mala idea.
Juan Antonio Barroso
¡Pero esta no fue la realidad!
Cuando salí del estercolero tenía un pelo de humano, muy largo, enganchado en mi boca, apenas podía respirar y para colmo, cuando me miré, para ver si me faltaba alguna pata o la única ala que me quedaba, estaba llena de MIERDA, sí de MIERDA. Estaba tan cabreada que no omito la famosa palabra.
Así es que, entre lamentaciones y MIERDA me pasé el día entero tratando de limpiarme y pensar cual sería mi futuro de ahora en adelante. No sé cómo pero casi al quedarme dormida, pensé que, ese perro de mis sueños, no sería una mala idea.
Juan Antonio Barroso
martes, 27 de enero de 2015
Pepe el Mosca: día 7
Allí me vi, todo el día o lo que sea que fuese, a oscuras. Oliendo a mierda a treinta pasos. Rozándome mi cuerpo todo tipo de objetos, con mayor o menor solidez. Y empecé a pensar que la vida de vendetta del hijoputa había llegado a su fin.
Decidí tumbarme en una superficie más o menos seca y que me pareció que transmitía algo de calor. De un brinco me vi de nuevo en el agua y una voz estridente me gritó algo que no entendí a la primera.
-Socorro, socoorrooo, no se nadar.
De un zarpazo me vi de nuevo en una zona seca y libre de residuos. Tosí todo lo que pude, no quería nada de esa mierda en mi cuerpo y creí que de tanto esfuerzo había perdido parte de mi vista, solo distinguía dos puntos rojos. Me asusté por lo que creí una enfermedad incurable de la vista. Además iba a peor, aparecían y desaparecían las luces roja.
-Mírala se ha quedado medio idiota.
-Quién está ahí.
-Soy yo, una rata.
-Aaaaaaah, la de las luces r...
-Si, soy yo. ¿te encuentras bien?
-Sí, pensé que moriría en este lugar.
-Y ¿quien te ha dicho a ti que tu no vas a morir en este mismo instante?
-¿Has oído hablar del Hijoputa?
-Pues no, ja.
Empecé a pensar rápido, estaba en clara desventaja, así que opté por mi única salvación. Me tiré al agua de nuevo.
Juan Antonio Barroso
Decidí tumbarme en una superficie más o menos seca y que me pareció que transmitía algo de calor. De un brinco me vi de nuevo en el agua y una voz estridente me gritó algo que no entendí a la primera.
-Socorro, socoorrooo, no se nadar.
De un zarpazo me vi de nuevo en una zona seca y libre de residuos. Tosí todo lo que pude, no quería nada de esa mierda en mi cuerpo y creí que de tanto esfuerzo había perdido parte de mi vista, solo distinguía dos puntos rojos. Me asusté por lo que creí una enfermedad incurable de la vista. Además iba a peor, aparecían y desaparecían las luces roja.
-Mírala se ha quedado medio idiota.
-Quién está ahí.
-Soy yo, una rata.
-Aaaaaaah, la de las luces r...
-Si, soy yo. ¿te encuentras bien?
-Sí, pensé que moriría en este lugar.
-Y ¿quien te ha dicho a ti que tu no vas a morir en este mismo instante?
-¿Has oído hablar del Hijoputa?
-Pues no, ja.
Empecé a pensar rápido, estaba en clara desventaja, así que opté por mi única salvación. Me tiré al agua de nuevo.
Juan Antonio Barroso
lunes, 26 de enero de 2015
Pepe Mosca: día 6
No me gusta hablar mal, pero pensé que a partir de ahora, cuando alguien me preguntase cómo me llamaba, no diría que Pepe, a partir de ahora sería el Hijoputa. Me había invadido un ansia por cargarme a todo el me llevase la contraria que estaba dispuesto a encontrar bronca en cualquier lugar, me apetecía cargarme a otro insecto de mierda.
Un nuevo gusto por algo que hasta ahora era desconocido se había apoderado de mi, no me di cuenta de qué era hasta que mi nariz me llevó a un lugar donde lo único que había era lo que los Cabeza Gorda llaman Matadero. Estaba lleno de sangre por todas partes y lo mejor, todos los animales estaban muertos, no había que utilizar la quijada (tampoco tenía garantía que sirviese para algo)
Allí me vi, el paraíso terrenal para un tipo como yo. La sangre me producía una sensación de vigor que no había sentido hasta ahora. Aquel, era mi lugar.
Pero, y esto también lo dicen mucho los Cabeza Gorda, lo bueno no dura mucho. Un Cabeza Gorda empezó a limpiar la zona con un chorro de agua a presión que me arrastró en mi deleite, por el agujero de una mísera alcantarilla. Cuando me quise dar cuenta, acabé en un oscuro alcantarillado del que no veía la forma de salir. No había luz, solo el murmullo constante del agua a toda velocidad y objetos que golpeaban contra las paredes de hormigón. Sin duda, era mi final. La corta vida del Hijoputa con el único mérito de haberse cargado a una tarántula cobarde.
Juan Antonio Barroso
Un nuevo gusto por algo que hasta ahora era desconocido se había apoderado de mi, no me di cuenta de qué era hasta que mi nariz me llevó a un lugar donde lo único que había era lo que los Cabeza Gorda llaman Matadero. Estaba lleno de sangre por todas partes y lo mejor, todos los animales estaban muertos, no había que utilizar la quijada (tampoco tenía garantía que sirviese para algo)
Allí me vi, el paraíso terrenal para un tipo como yo. La sangre me producía una sensación de vigor que no había sentido hasta ahora. Aquel, era mi lugar.
Pero, y esto también lo dicen mucho los Cabeza Gorda, lo bueno no dura mucho. Un Cabeza Gorda empezó a limpiar la zona con un chorro de agua a presión que me arrastró en mi deleite, por el agujero de una mísera alcantarilla. Cuando me quise dar cuenta, acabé en un oscuro alcantarillado del que no veía la forma de salir. No había luz, solo el murmullo constante del agua a toda velocidad y objetos que golpeaban contra las paredes de hormigón. Sin duda, era mi final. La corta vida del Hijoputa con el único mérito de haberse cargado a una tarántula cobarde.
Juan Antonio Barroso
domingo, 25 de enero de 2015
Pepe el Mosca: día 5
Yo estaba convencido que una tarántula y un mosca tenían los días contados, al menos como pareja. Me di cuenta a las pocas horas de estar juntos. Llevábamos horas caminando y apenas habíamos probado comida y bebida. A pesar de andar por zonas que en principio parecían fértiles, no era así, los Cabeza Gorda lo habían rociado todo con insecticidas para asesinarnos. Así fue como al final del día, exhaustos por la larga jornada, Raula empezó a desvariar, lo noté en su primera mirada, se dio la vuelta y empezó a relamerse con esa minúscula lengua. No me lo pensé dos veces. Recogí una pequeña punta de cactus seca y me lancé sobre ella. Se la inserté en medio de su estúpida cabeza.
No sentí nada especial, quiero decir que no me sentí asustado o temeroso por lo que había hecho. Sólo sentí que tenía hambre y devoré parte de su cuerpo. Le arranqué unas de sus pinzas bucales y me preparé una especie de quijada asesina que llevaría de ahora en adelante. Creo que había encontrado mi verdadera profesión, para la que valía y, lo que era mejor, me encantaba.
Juan Antonio Barroso
No sentí nada especial, quiero decir que no me sentí asustado o temeroso por lo que había hecho. Sólo sentí que tenía hambre y devoré parte de su cuerpo. Le arranqué unas de sus pinzas bucales y me preparé una especie de quijada asesina que llevaría de ahora en adelante. Creo que había encontrado mi verdadera profesión, para la que valía y, lo que era mejor, me encantaba.
Juan Antonio Barroso
sábado, 24 de enero de 2015
Pepe Mosca: día 4
Me hubiera gustado tener una padre al que decir que yo había conseguido ser el administrador de alimentos más importante de la zona. No era así y no lo era por doble motivo, los moscas no tenemos padres y en segundo lugar fui un desastre como administrador de alimentos. Los moscas somos poco respetuosos con todo los que nos rodea (miren a los Cabeza Gorda, les incordiamos, les incordiamos, y seguimos hasta que nos aplastan), así fue como toda aquella jauría de moscas no prestaron la más mínima atención a mis ordenes. Traté de hacer grupos y horarios, pero nosotros no obedecemos a nadie y menos a un mosca mutilado.
Decidí emprender un nuevo camino y montármelo por mi cuenta. Después de días andando, di con un nido de tarántulas abandonado (eso creía yo) Pasé toda la fría noche y, cuando desperté, me vi con dos grandes tenazas puestas sobre mi cara.
-Que narices haces en mi morada, rata inmunda.- Las tarántulas hablan como arrastrando las palabras.
-Soy un mosca.-No se me ocurrió otra cosa qué decir.
-Un mosca, será un medio mosca.
-Tú también te has dado cuenta.- Algo debió de pasar porque las tenazas amenazadoras se retrajeron y empecé a ver sus diminutos ojos.
-¡Lo siento, lo siento, lo siento!.- No lo podía creer una tarántula llorando.
-¿Que te ocurre amiga?- Las tarántulas hablaban poco, solo se dedicaban a matar y comer.
-Mi padre me obliga a ser un despiadado asesino y ¡yo no quiero!
-Pues no lo seas.
-¡Tú no conoces a padre!- Realmente estaba asustado.
-Mira, te propongo algo,- los ojos del arácnido se abrieron de manera sorprendente-, vente conmigo.
El bicho de seis patas se quedó mirando sin pestañear al mosca, mas que nada porque las tarántulas no tienen pestañas, y empezó a menear su cabeza de poco en poco hasta alcanzar una velocidad espasmódica.
-¡Siiiiiii! me iré contigo.
-Eso es, nos buscaremos la vida por ahí
Y así es como en mi cuarto día encontré mi primera compañera en el largo camino de mi corta vida. Por cierto, le pregunté cómo se llamaba y me soltó una palabra gutural imposible de pronunciar para un mosca, así que la llamé a partir de ese día Raula.
Juan Antonio Barroso
Decidí emprender un nuevo camino y montármelo por mi cuenta. Después de días andando, di con un nido de tarántulas abandonado (eso creía yo) Pasé toda la fría noche y, cuando desperté, me vi con dos grandes tenazas puestas sobre mi cara.
-Que narices haces en mi morada, rata inmunda.- Las tarántulas hablan como arrastrando las palabras.
-Soy un mosca.-No se me ocurrió otra cosa qué decir.
-Un mosca, será un medio mosca.
-Tú también te has dado cuenta.- Algo debió de pasar porque las tenazas amenazadoras se retrajeron y empecé a ver sus diminutos ojos.
-¡Lo siento, lo siento, lo siento!.- No lo podía creer una tarántula llorando.
-¿Que te ocurre amiga?- Las tarántulas hablaban poco, solo se dedicaban a matar y comer.
-Mi padre me obliga a ser un despiadado asesino y ¡yo no quiero!
-Pues no lo seas.
-¡Tú no conoces a padre!- Realmente estaba asustado.
-Mira, te propongo algo,- los ojos del arácnido se abrieron de manera sorprendente-, vente conmigo.
El bicho de seis patas se quedó mirando sin pestañear al mosca, mas que nada porque las tarántulas no tienen pestañas, y empezó a menear su cabeza de poco en poco hasta alcanzar una velocidad espasmódica.
-¡Siiiiiii! me iré contigo.
-Eso es, nos buscaremos la vida por ahí
Y así es como en mi cuarto día encontré mi primera compañera en el largo camino de mi corta vida. Por cierto, le pregunté cómo se llamaba y me soltó una palabra gutural imposible de pronunciar para un mosca, así que la llamé a partir de ese día Raula.
Juan Antonio Barroso
viernes, 23 de enero de 2015
Pepe el Mosca: Día 3
Un mosca mutilado la verdad es que no sirve para gran cosa, realmente nuestra vida diaria se basa en volar, comer y como dicen los Cabezas Gordas, incordiar. Puesto que dos de las tres cosas eran poco menos que imposibles de realizar, decidí que debía dar un cambio radical a mi existencia. Me puse a pensar y, tras un par de minutos estrujándome mi minúsculo cerebro, pensé en hacer una oposiciones. Total, era una vida cómoda y sin estrés. Luego pensé que esto de las oposiciones era una tontería, los moscas no tenemos función pública, conque había que pensar otro futuro.
Pensé, pensé y pensé y nada. Nada de nada. Ya terminaba mi tercer día de existencia y una manada de moscas pasaron rugiendo sus alas pero encima de mi cabeza. No sé cómo, pero una de ellas, se fijó en mi. Era mi compañero de nacimiento, se posó a mi lado y me dijo que unas leguas más al sur estaban buscando un distribuidor de alimentos, no estaba bien pagado, pero, al menos, tenía la comida asegurada para bastantes días.
Así fue como me encaminé a dicho lugar. A medida que me iba acercando, traté de imaginar cómo sería mi nueva ocupación. Estaba muy ilusionado. Sería cierto que un mosca con un solo ala podría tener una ocupación y poder vivir de ella.
Al fin llegué. No sé si era el destino, pero allí estaba una gran culebra negra, maloliente y asquerosa, plagada de compañeros volviéndose locos por el majar. Un Cabeza Gorda había dejado un regalito en mitad del campo. Yo sería el encargado de administrar tan sustancioso manjar.
Parecía que mi destino estaba unido a eso que no quería nombrar.
Juan Antonio Barroso
Pensé, pensé y pensé y nada. Nada de nada. Ya terminaba mi tercer día de existencia y una manada de moscas pasaron rugiendo sus alas pero encima de mi cabeza. No sé cómo, pero una de ellas, se fijó en mi. Era mi compañero de nacimiento, se posó a mi lado y me dijo que unas leguas más al sur estaban buscando un distribuidor de alimentos, no estaba bien pagado, pero, al menos, tenía la comida asegurada para bastantes días.
Así fue como me encaminé a dicho lugar. A medida que me iba acercando, traté de imaginar cómo sería mi nueva ocupación. Estaba muy ilusionado. Sería cierto que un mosca con un solo ala podría tener una ocupación y poder vivir de ella.
Al fin llegué. No sé si era el destino, pero allí estaba una gran culebra negra, maloliente y asquerosa, plagada de compañeros volviéndose locos por el majar. Un Cabeza Gorda había dejado un regalito en mitad del campo. Yo sería el encargado de administrar tan sustancioso manjar.
Parecía que mi destino estaba unido a eso que no quería nombrar.
Juan Antonio Barroso
jueves, 22 de enero de 2015
Historia de Pepe Mosca: día 2
La verdad es que moscas que no vuelan no se sabe de muchas, salvo aquellos que le han pegado el zurriagazo y quedan encima de las mesas con la pierna tiritando para su posterior aniquilación por los pies de los Cabezas Gordas. Así es que me vi como una privilegiado, tenía mis dificultades, era diferente a los demás moscas (acuérdate, somos todos masculinos), pero, y esto al final es lo más importante, estaba vivo.
Después de caer al suelo, proveniente del culo del vacuno, me pasó la primeras de mis situaciones extraordinarias. Un hormiguero, de proporciones descomunales, trataba de apoderarse de todos los terrenos que había por los alrededores. Un montón de pequeños bichos con seis patas andaban para acá y para allá sin pedir permiso a nadie, solo iban a lo suyo. La verdad es que hormigas y moscas nunca nos llevamos bien, son bastante independiente en el Reino Animal y pasan del resto. El caso es que, mi opinión, con respecto a ellas, cambió por completo. Cuando me caí, perdí un poco la noción del espacio y tiempo, osea que estaba inconsciente. Para mi sorpresa, estas insípidas hormigas, me recogieron y trataron de reanimarme y en verdad lo consiguieron. Con toda su buena voluntad me pusieron en lo alto de eso (que ya sabes que no puedo mencionar) para que estuviese calentita y en un futuro no muy lejano, alimentada. Fue así como sobreviví a mi segundo día de vida.
Esto debería ser una lección vital de la que debería estar orgulloso haber aprendido, pero como ya sabéis odio esas cosas que no puedo nombrar, y mi, se podría decir, asco por la hormigas, se vio multiplicado por mil.
Entre lamentaciones y mierda, sobreviví, el segundo día.
Juan Antonio Barroso
Después de caer al suelo, proveniente del culo del vacuno, me pasó la primeras de mis situaciones extraordinarias. Un hormiguero, de proporciones descomunales, trataba de apoderarse de todos los terrenos que había por los alrededores. Un montón de pequeños bichos con seis patas andaban para acá y para allá sin pedir permiso a nadie, solo iban a lo suyo. La verdad es que hormigas y moscas nunca nos llevamos bien, son bastante independiente en el Reino Animal y pasan del resto. El caso es que, mi opinión, con respecto a ellas, cambió por completo. Cuando me caí, perdí un poco la noción del espacio y tiempo, osea que estaba inconsciente. Para mi sorpresa, estas insípidas hormigas, me recogieron y trataron de reanimarme y en verdad lo consiguieron. Con toda su buena voluntad me pusieron en lo alto de eso (que ya sabes que no puedo mencionar) para que estuviese calentita y en un futuro no muy lejano, alimentada. Fue así como sobreviví a mi segundo día de vida.
Esto debería ser una lección vital de la que debería estar orgulloso haber aprendido, pero como ya sabéis odio esas cosas que no puedo nombrar, y mi, se podría decir, asco por la hormigas, se vio multiplicado por mil.
Entre lamentaciones y mierda, sobreviví, el segundo día.
Juan Antonio Barroso
miércoles, 21 de enero de 2015
Historia de Pepe Mosca: día 1
Nací un sábado, eso lo recuerdo porque el Juez de la Cabeza Gorda, al ordenar el levantamiento del cadáver, muchos de nosotros salimos liberados del Cabeza Gorda muerto en aquel riachuelo, y dijo que era 23 de agosto, sábado. No recuerdo nada más.
Mi primer vuelo fue el mejor, lo miraba todo, y todo me miraba a mi. Era una sensación tan abrumadora y tan agotadora que en pocos minutos tuve que parar para tomar aliento. Justo en ese instante fue mi primer contacto, con lo que los Cabeza Gorda llaman culo. Pero no era un culo de ellos, no sé porque razón siempre lo llevan tapado, era un culo de vaca. La verdad me sentía cómodo, hasta que un latigazo me dejó medio inconsciente y caí al suelo, por suerte, eso que dije que no iba a volver a mencionar, no había salido. Rápidamente, una compañera trató de despabilarme, pero, ante la ausencia de toda voluntad, finalmente, me arrastró. Gracias a su acción heroica tuve la suerte de no morir aplastado (ya sabéis).
Y poco más contar de primer día de vida, me pasé toda la tarde desvariando y tratando de reparar mi ala, se quedó dañada por el tremendo golpetazo.
Mi primer día de vida terminó, sabiendo que no iba a volver a volar nunca más.
Juan Antonio Barroso
Mi primer vuelo fue el mejor, lo miraba todo, y todo me miraba a mi. Era una sensación tan abrumadora y tan agotadora que en pocos minutos tuve que parar para tomar aliento. Justo en ese instante fue mi primer contacto, con lo que los Cabeza Gorda llaman culo. Pero no era un culo de ellos, no sé porque razón siempre lo llevan tapado, era un culo de vaca. La verdad me sentía cómodo, hasta que un latigazo me dejó medio inconsciente y caí al suelo, por suerte, eso que dije que no iba a volver a mencionar, no había salido. Rápidamente, una compañera trató de despabilarme, pero, ante la ausencia de toda voluntad, finalmente, me arrastró. Gracias a su acción heroica tuve la suerte de no morir aplastado (ya sabéis).
Y poco más contar de primer día de vida, me pasé toda la tarde desvariando y tratando de reparar mi ala, se quedó dañada por el tremendo golpetazo.
Mi primer día de vida terminó, sabiendo que no iba a volver a volar nunca más.
Juan Antonio Barroso
martes, 20 de enero de 2015
Historia de Pepe Mosca
Me llamo Pepe Mosca y soy un mosca.
A partir de ahora empezaré a contar mi historia. No es muy larga, he vivido veinte días, pero me ha dicho el Dios Mosca que debo contarla, para que sirva a muchos otros moscas de advertencia sobre los peligros a los que nos enfrentamos cada día de nuestra corta vida.
La primera lección es que ellos, los de la Cabeza Gorda, esos que nos matan a la mínima, nos consideran del género femenino. Su arrogancia les impide saber que nosotros somos los moscas, no las moscas, ¡si es que suena ridículo!.
Una cosita más, las mierdas la aborrecemos, pero tienen un componente que nos hace ir hacia ellas irremediablemente. Supongo que es un castigo del Dios Mosca, (pero esto es cosecha mía).Prometo no volver a mencionar esa sustancia, a veces sólida, a veces líquida.
Mañana, continuaré.
Juan Antonio Barroso
A partir de ahora empezaré a contar mi historia. No es muy larga, he vivido veinte días, pero me ha dicho el Dios Mosca que debo contarla, para que sirva a muchos otros moscas de advertencia sobre los peligros a los que nos enfrentamos cada día de nuestra corta vida.
La primera lección es que ellos, los de la Cabeza Gorda, esos que nos matan a la mínima, nos consideran del género femenino. Su arrogancia les impide saber que nosotros somos los moscas, no las moscas, ¡si es que suena ridículo!.
Una cosita más, las mierdas la aborrecemos, pero tienen un componente que nos hace ir hacia ellas irremediablemente. Supongo que es un castigo del Dios Mosca, (pero esto es cosecha mía).Prometo no volver a mencionar esa sustancia, a veces sólida, a veces líquida.
Mañana, continuaré.
Juan Antonio Barroso
lunes, 19 de enero de 2015
Benito se despide
"Muero por la simple razón de un nombre al que un tipo le cogió miedo. Muerto el miedo se acabó el sentido".
Estás fueron las últimas palabras de Benito Osuna. Padre imprudente y poco trabajador. Educado en las estrictas costumbres del hedonismo más radical.
Descanse en paz.
Su hijos: Pedro, Laura, Miguel, Antonio, Manuel y Lorena. No tenía nietos, ni mujer, ni parientes recolectores.
No recen, total, Benito era judío.
Juan Antonio Barroso
Estás fueron las últimas palabras de Benito Osuna. Padre imprudente y poco trabajador. Educado en las estrictas costumbres del hedonismo más radical.
Descanse en paz.
Su hijos: Pedro, Laura, Miguel, Antonio, Manuel y Lorena. No tenía nietos, ni mujer, ni parientes recolectores.
No recen, total, Benito era judío.
Juan Antonio Barroso
domingo, 18 de enero de 2015
Benito y la faja
A Benito le encantaba abrir el cajón de su hermana mayor y ver su ropa interior. Sujetadores, bragas, medias, pero lo que más le llamaba la atención era una faja de color cremoso. No era de esas de mujeres viejas llenas de fuertes costuras y ballestas insoportables. Esta era fina. A veces se la acercaba a la cara y la olía. Era un olor penetrante, a pesar de reconocer los olores de su hermana Claudia, hubiera sido incapaz de identificar aquellos olores con ella. No le pareció nada raro, sólo sabía que olía a mujer.
La noche de los jueves cenaba en casa de su abuela Carmen, le ponía esos canelones que tanto le gustaban y que su madre era incapaz de hacer. Ese día se retrasó, el abuelo Jesús le había pedido que le ayudase a mover unas cajas en el trastero. El abuelo era así, siempre moviendo las cosas de un lado para otro. Benito no se podía negar, Carmen le amenazaba con lo volver a hacer los deliciosos canelones.
Al llegar a la esquina del portal de su edificio, todo estaba oscuro, como siempre. Oyó un susurro y no se le ocurrió otra cosa que quedarse a la espera. La reacción fue una mezcla de curiosidad, miedo y, porque no, deseo. En seguida reconoció la voz de su hermana Esther, era temblorosa, jadeante, y a ratos, ni siquiera hablaba, solo emitía sonidos de satisfacción, parecidos a los suyos cuando comía canelones.
No sabía qué hacer, tenía ganas de conocer al novio de su hermana. Sabía que había algo, eso se notaba por las tonterías que hacía Esther, pero uno no se lo imagina hasta que se da de bruces con el asunto.
Se armó de valor y se dijo así mismo,-vamos para adentro y que pase lo que tenga que pasar. Entró como el carnero, sin miedo, como tratando de atacar antes de ser atacado.
Unos gritos entrecortados. Los ojos de Benito no daban crédito a lo que estaba viendo. Supo reaccionar a tiempo. Dio las buenas noches y subió las escaleras.
Al día siguiente, cuando su hermana se había ido al instituto, volvió al cajón de la ropa interior y cogió su venerada faja. La metió en la mochila. Detrás de la tapia de la iglesia, en esa donde hubiera fusilado a más de uno, quemó la faja.
Juan Antonio Barroso
La noche de los jueves cenaba en casa de su abuela Carmen, le ponía esos canelones que tanto le gustaban y que su madre era incapaz de hacer. Ese día se retrasó, el abuelo Jesús le había pedido que le ayudase a mover unas cajas en el trastero. El abuelo era así, siempre moviendo las cosas de un lado para otro. Benito no se podía negar, Carmen le amenazaba con lo volver a hacer los deliciosos canelones.
Al llegar a la esquina del portal de su edificio, todo estaba oscuro, como siempre. Oyó un susurro y no se le ocurrió otra cosa que quedarse a la espera. La reacción fue una mezcla de curiosidad, miedo y, porque no, deseo. En seguida reconoció la voz de su hermana Esther, era temblorosa, jadeante, y a ratos, ni siquiera hablaba, solo emitía sonidos de satisfacción, parecidos a los suyos cuando comía canelones.
No sabía qué hacer, tenía ganas de conocer al novio de su hermana. Sabía que había algo, eso se notaba por las tonterías que hacía Esther, pero uno no se lo imagina hasta que se da de bruces con el asunto.
Se armó de valor y se dijo así mismo,-vamos para adentro y que pase lo que tenga que pasar. Entró como el carnero, sin miedo, como tratando de atacar antes de ser atacado.
Unos gritos entrecortados. Los ojos de Benito no daban crédito a lo que estaba viendo. Supo reaccionar a tiempo. Dio las buenas noches y subió las escaleras.
Al día siguiente, cuando su hermana se había ido al instituto, volvió al cajón de la ropa interior y cogió su venerada faja. La metió en la mochila. Detrás de la tapia de la iglesia, en esa donde hubiera fusilado a más de uno, quemó la faja.
Juan Antonio Barroso
viernes, 16 de enero de 2015
Benito, su padre y la silla.
Benito miraba a su padre y no se podía explicar qué hacía tantas horas mirando aquella pared blanca. Desde que lo había llevado a aquella residencia de la tercera edad, extraña definición para un lugar donde se morían los viejos, su padre había sido aposentado en una silla incómoda mirando hacia la pared. Durante los primeros días y sus visitas continuadas, se quejaba a la dirección por el supuesto maltrato a su progenitor, -¡joder, lo tienen mirando a la pared! Sin embargo, la directora del centro le invitó a pasar un día en la residencia para que viese las costumbres de su padre a lo largo del día. Así lo hizo.
Benito, se llevó una muda y un pijama, el cepillo de dientes se lo había dejado en el vaso, quizá era la falta de costumbre de contar con el utensilio. Al despertar, su padre ya estaba siendo aseado por la auxiliar, delgada pero muy mañosa. Desayunó a los diez minutos.Había terminado. Su padre se levantó y se fue a la silla que miraba hacia la pared. Benito no daba crédito. Lo levantó y lo llevó de nuevo a la sala de televisión. Aquel hombre no opuso resistencia, pero cinco minutos después volvió a su silla.
La directora, que pasaba por allí, se acercó a Benito, que estaba con sus manos tapando la vergüenza que delataba su cara.- No se preocupe, si su padre estuviese mal en esa silla, el mismo no se sentaría.
Juan Antonio Barroso
Benito, se llevó una muda y un pijama, el cepillo de dientes se lo había dejado en el vaso, quizá era la falta de costumbre de contar con el utensilio. Al despertar, su padre ya estaba siendo aseado por la auxiliar, delgada pero muy mañosa. Desayunó a los diez minutos.Había terminado. Su padre se levantó y se fue a la silla que miraba hacia la pared. Benito no daba crédito. Lo levantó y lo llevó de nuevo a la sala de televisión. Aquel hombre no opuso resistencia, pero cinco minutos después volvió a su silla.
La directora, que pasaba por allí, se acercó a Benito, que estaba con sus manos tapando la vergüenza que delataba su cara.- No se preocupe, si su padre estuviese mal en esa silla, el mismo no se sentaría.
Juan Antonio Barroso
jueves, 15 de enero de 2015
Benito y los medicamentos
Benito Cortázar tiene la costumbre de llevar un botiquín en la guantera del coche. El lunes, a primera hora de la mañana, su coche hizo un extraño en la rotonda de la calle Segovia y, vehículo y Benito, han salido cada uno por su lado.
Un transeúnte que frecuenta el lugar, asustado por la magnitud de los hechos acontecidos, se ha acercado al vehículo, se ha asomado al mismo y se ha marchado. En pocos minutos ha vuelto con una bolsa del supermercado de la esquina y se ha llevado todos los medicamentos del coche.
Días después de lo ocurrido, el transeúnte mencionado, ha sido detenido por la omisión del deber de socorro. Según fuentes del Periódico de Burgos, el individuo, de unos noventa años, se ha justificado ante la la Policía Nacional, diciendo lo siguiente: "Hijo, yo con mi pensión, no puedo permitirme nada más que el Gelocatil, así que, he visto la oportunidad, y la he aprovechado". El policía por su parte le preguntó, si no sabía que el conductor habría podido sobrevivir si le hubiese prestado ayuda. El anciano comentó: "Hijo, esos medicamentos me cegaron".
Dedicado a la ex-Ministra de Sanidad y su futuro ex-copago.
Juan Antonio
Un transeúnte que frecuenta el lugar, asustado por la magnitud de los hechos acontecidos, se ha acercado al vehículo, se ha asomado al mismo y se ha marchado. En pocos minutos ha vuelto con una bolsa del supermercado de la esquina y se ha llevado todos los medicamentos del coche.
Días después de lo ocurrido, el transeúnte mencionado, ha sido detenido por la omisión del deber de socorro. Según fuentes del Periódico de Burgos, el individuo, de unos noventa años, se ha justificado ante la la Policía Nacional, diciendo lo siguiente: "Hijo, yo con mi pensión, no puedo permitirme nada más que el Gelocatil, así que, he visto la oportunidad, y la he aprovechado". El policía por su parte le preguntó, si no sabía que el conductor habría podido sobrevivir si le hubiese prestado ayuda. El anciano comentó: "Hijo, esos medicamentos me cegaron".
Dedicado a la ex-Ministra de Sanidad y su futuro ex-copago.
Juan Antonio
miércoles, 14 de enero de 2015
La casualidad y Benito
Benito entró en la tienda con el único propósito de comprar un kilo de naranjas y un cepillo de dientes. Justo en el momento de pagar, un hombre asomó por la puerta del súper con una gabardina y un gorro de lana. Era agosto. Pestañeo y miró a la cajera, pestañeo y volvió su mirada al extraño tipo. Apareció un nuevo elemento. Una escopeta.
El tipo, de raza china, levantó el arma y pegó un tiro al aire, en este caso, contra el techo acolchado. Empezó a vociferar. Benito entendió la primera parte de la frase: Alto, esto no es un atraco, solo lo hago en el nombre de..." En ese instante, y gracias al tiro que pegó en el techo, un cable se descolgó y electrocutó al hombre chino.
Al día siguiente, los periódicos de Barcelona, sin excepción, anunciaron que un radical de origen chino había muerto por pura casualidad. Benito, al leer la noticia, se acordó de su hijo Alfonso. El chaval murió en la guerra de los Balcanes. A un compañero se le disparó el arma mientras éste la limpiaba. Pura casualidad.
Benito pensó en la suerte, la misma para ambos, con el mismo resultado y sentimientos opuestos. Solo se le ocurrió que compraría toda su vida en el mismo supermercado. Las leyes de la casualidad hacían imposible que un atracador chino, con gabardina y gorro de lana, volviese a atracar ese mismo supermercado con él dentro.
Juan Antonio Barroso
El tipo, de raza china, levantó el arma y pegó un tiro al aire, en este caso, contra el techo acolchado. Empezó a vociferar. Benito entendió la primera parte de la frase: Alto, esto no es un atraco, solo lo hago en el nombre de..." En ese instante, y gracias al tiro que pegó en el techo, un cable se descolgó y electrocutó al hombre chino.
Al día siguiente, los periódicos de Barcelona, sin excepción, anunciaron que un radical de origen chino había muerto por pura casualidad. Benito, al leer la noticia, se acordó de su hijo Alfonso. El chaval murió en la guerra de los Balcanes. A un compañero se le disparó el arma mientras éste la limpiaba. Pura casualidad.
Benito pensó en la suerte, la misma para ambos, con el mismo resultado y sentimientos opuestos. Solo se le ocurrió que compraría toda su vida en el mismo supermercado. Las leyes de la casualidad hacían imposible que un atracador chino, con gabardina y gorro de lana, volviese a atracar ese mismo supermercado con él dentro.
Juan Antonio Barroso
viernes, 9 de enero de 2015
Benito y Tomás
En la entrada del almacén están los cepillos de dientes y al final del almacén están los cremas dentífricas. Eso no tiene sentido. Es solo una estrategia comercial. En medio está todo lo que un hombre puede necesitar. No puedo creerlo, por ejemplo, para que quiero yo líquido para embalsamar. Tú trabajas en una funeraria. Bueno, pero mi caso es excepcional, que pasa con el resto de hombres. No entiendes nada. Déjame, Benito.
Ayer, después de enterrar a ese chico de la fábrica de cucharas me acordé de ti. Y eso. Tenía los mismos ojos que tú. Entonces ha sido ese. Quién. Déjalo, Tomás, no sé como puedo quererte. Por el sexo. Te equivocas, te quiero porque me respetas. Anda ya. Si. Te quiero. Y yo.
Juan Antonio Barroso
Ayer, después de enterrar a ese chico de la fábrica de cucharas me acordé de ti. Y eso. Tenía los mismos ojos que tú. Entonces ha sido ese. Quién. Déjalo, Tomás, no sé como puedo quererte. Por el sexo. Te equivocas, te quiero porque me respetas. Anda ya. Si. Te quiero. Y yo.
Juan Antonio Barroso
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