lunes, 26 de enero de 2015

Pepe Mosca: día 6

No me gusta hablar mal, pero pensé que a partir de ahora, cuando alguien me preguntase cómo me llamaba, no diría que Pepe, a partir de ahora sería el Hijoputa. Me había invadido un ansia por cargarme a todo el me llevase la contraria que estaba dispuesto a encontrar bronca en cualquier lugar, me apetecía cargarme a otro insecto de mierda.
Un nuevo gusto por algo que hasta ahora era desconocido se había apoderado de mi, no me di cuenta de qué era hasta que mi nariz me llevó a un lugar donde lo único que había era lo que los Cabeza Gorda llaman Matadero. Estaba lleno de sangre por todas partes y lo mejor, todos los animales estaban muertos, no había que utilizar la quijada (tampoco tenía garantía que sirviese para algo)
Allí me vi, el paraíso terrenal para un tipo como yo. La sangre me producía una sensación de vigor que no había sentido hasta ahora. Aquel, era mi lugar.
Pero, y esto también lo dicen mucho los Cabeza Gorda, lo bueno no dura mucho. Un Cabeza Gorda empezó a limpiar la zona con un chorro de agua a presión que me arrastró en mi deleite, por el agujero de una mísera alcantarilla. Cuando me quise dar cuenta, acabé en un oscuro alcantarillado del que no veía la forma de salir. No había luz, solo el murmullo constante del agua a toda velocidad y objetos que  golpeaban contra las paredes de hormigón. Sin duda, era mi final. La corta vida del Hijoputa con el único mérito de haberse cargado a una tarántula cobarde.


Juan Antonio Barroso

No hay comentarios:

Publicar un comentario