A Benito le encantaba abrir el cajón de su hermana mayor y ver su ropa interior. Sujetadores, bragas, medias, pero lo que más le llamaba la atención era una faja de color cremoso. No era de esas de mujeres viejas llenas de fuertes costuras y ballestas insoportables. Esta era fina. A veces se la acercaba a la cara y la olía. Era un olor penetrante, a pesar de reconocer los olores de su hermana Claudia, hubiera sido incapaz de identificar aquellos olores con ella. No le pareció nada raro, sólo sabía que olía a mujer.
La noche de los jueves cenaba en casa de su abuela Carmen, le ponía esos canelones que tanto le gustaban y que su madre era incapaz de hacer. Ese día se retrasó, el abuelo Jesús le había pedido que le ayudase a mover unas cajas en el trastero. El abuelo era así, siempre moviendo las cosas de un lado para otro. Benito no se podía negar, Carmen le amenazaba con lo volver a hacer los deliciosos canelones.
Al llegar a la esquina del portal de su edificio, todo estaba oscuro, como siempre. Oyó un susurro y no se le ocurrió otra cosa que quedarse a la espera. La reacción fue una mezcla de curiosidad, miedo y, porque no, deseo. En seguida reconoció la voz de su hermana Esther, era temblorosa, jadeante, y a ratos, ni siquiera hablaba, solo emitía sonidos de satisfacción, parecidos a los suyos cuando comía canelones.
No sabía qué hacer, tenía ganas de conocer al novio de su hermana. Sabía que había algo, eso se notaba por las tonterías que hacía Esther, pero uno no se lo imagina hasta que se da de bruces con el asunto.
Se armó de valor y se dijo así mismo,-vamos para adentro y que pase lo que tenga que pasar. Entró como el carnero, sin miedo, como tratando de atacar antes de ser atacado.
Unos gritos entrecortados. Los ojos de Benito no daban crédito a lo que estaba viendo. Supo reaccionar a tiempo. Dio las buenas noches y subió las escaleras.
Al día siguiente, cuando su hermana se había ido al instituto, volvió al cajón de la ropa interior y cogió su venerada faja. La metió en la mochila. Detrás de la tapia de la iglesia, en esa donde hubiera fusilado a más de uno, quemó la faja.
Juan Antonio Barroso
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