viernes, 16 de enero de 2015

Benito, su padre y la silla.

Benito miraba a su padre y no se podía explicar qué hacía tantas horas mirando aquella pared blanca. Desde que lo había llevado a aquella residencia de la tercera edad, extraña definición para un lugar donde se morían los viejos, su padre había sido aposentado en una silla incómoda mirando hacia la pared. Durante los primeros días y sus visitas continuadas, se quejaba  a la dirección por el supuesto maltrato a su progenitor, -¡joder, lo tienen mirando a la pared! Sin embargo, la directora del centro le invitó a pasar un día en la residencia para que viese las costumbres de su padre a lo largo del día. Así lo hizo.
Benito, se llevó una muda y un pijama, el cepillo de dientes se lo había dejado en el vaso, quizá era la falta de costumbre de contar con el utensilio. Al despertar, su padre ya estaba siendo aseado por la auxiliar, delgada pero muy mañosa. Desayunó a los diez minutos.Había terminado. Su padre se levantó y se fue a la silla que miraba hacia la pared. Benito no daba crédito. Lo levantó y lo llevó de nuevo a la sala de televisión. Aquel hombre no opuso resistencia, pero cinco minutos después volvió a su silla.
La directora, que pasaba por allí, se acercó a Benito, que estaba con sus manos tapando la vergüenza que delataba su cara.- No se preocupe, si su padre estuviese  mal  en esa silla, el mismo no se sentaría.

Juan Antonio Barroso

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