Un mosca mutilado la verdad es que no sirve para gran cosa, realmente nuestra vida diaria se basa en volar, comer y como dicen los Cabezas Gordas, incordiar. Puesto que dos de las tres cosas eran poco menos que imposibles de realizar, decidí que debía dar un cambio radical a mi existencia. Me puse a pensar y, tras un par de minutos estrujándome mi minúsculo cerebro, pensé en hacer una oposiciones. Total, era una vida cómoda y sin estrés. Luego pensé que esto de las oposiciones era una tontería, los moscas no tenemos función pública, conque había que pensar otro futuro.
Pensé, pensé y pensé y nada. Nada de nada. Ya terminaba mi tercer día de existencia y una manada de moscas pasaron rugiendo sus alas pero encima de mi cabeza. No sé cómo, pero una de ellas, se fijó en mi. Era mi compañero de nacimiento, se posó a mi lado y me dijo que unas leguas más al sur estaban buscando un distribuidor de alimentos, no estaba bien pagado, pero, al menos, tenía la comida asegurada para bastantes días.
Así fue como me encaminé a dicho lugar. A medida que me iba acercando, traté de imaginar cómo sería mi nueva ocupación. Estaba muy ilusionado. Sería cierto que un mosca con un solo ala podría tener una ocupación y poder vivir de ella.
Al fin llegué. No sé si era el destino, pero allí estaba una gran culebra negra, maloliente y asquerosa, plagada de compañeros volviéndose locos por el majar. Un Cabeza Gorda había dejado un regalito en mitad del campo. Yo sería el encargado de administrar tan sustancioso manjar.
Parecía que mi destino estaba unido a eso que no quería nombrar.
Juan Antonio Barroso
No hay comentarios:
Publicar un comentario