El subinspector Méndez llevaba tantos años haciendo la pelota a todos los jefes que habían pasado por la unidad que ya resultaba digno de admirar la facilidad con la que entraba en acción.
- Jefe, el decomiso ha llegado, cuándo usted crea oportuno empezamos a estudiar la mercancía.
Ezequiel Baraona llevaba en la policía no más de diez años. Una carrera fulgurante, sin duda, pero la suerte siempre estuvo a su favor, misiones arriesgadas, buenos chivatazos, hombres siempre dispuestos a darlo todo, en definitiva, una carrera que no tendría límites, al menos eso pensaban todos hasta ese momento.
- Gracias Méndez, enseguida bajaré a echar un vistazo, estoy pendiente de una llamada del Ministro, Ramírez que se ponga el uniforme de bonito, ella será la encargada de hablar con los medios.
Méndez salió del despacho, sin haber puesto una sola objeción a las ordenes del Señor Comisario. Los había visto de todos los colores en su casi treinta años de profesión y no quería arriesgarse las primeras semanas en caer en desgracia ante el jefe.
Los almacenes dónde la policía guardaba los diferentes decomisos de las operaciones eran un lugar seguro. Sólo un policía de guardia tenía acceso a ellos. Una firma, con un número de identificación eran necesarios para entrar en aquellos lugares. Sin embargo, la función pública se relaja, se dejan de cumplir las normas a la mínima, esas normas son para gente de la que uno no se fíe, pero aquí somos todos compañeros, era la frase más usada por todos los que bajaban a aquellos almacenes. Con el tiempo, nadie firmaba y así, pasó lo que tenía que pasar.
-Sí señor ministro, está todo bajo control, en menos de una hora, la prensa está convocada, y la mercancía estará preparada en la sala de prensa para que pueda ser fotografíada... no sé preocupe, está todo preparado...sabemos de la importancia de la operación para usted... ¡para el país por supuesto!, ya me entiende...
Jon Barcam