Decidí comprarme un
cocodrilo el día en que vi a un perro morder a un niño. El niño
sangraba como un cochino. El perro le había rebanado el cuello, y a
los pocos minutos el niño murió desangrado. Sólo tenia dos años.
Estaba indefenso, no por su edad, su fragilidad o por la falta de
atención y cuidado de sus padres. Simplemente ese animal estaba predestinado a matar a ese niño y, ante eso, no hay nada que hacer.
Decidí comprarme un
cocodrilo porque quería vengarme del perro. Sí, sé que es una
locura, pero soy incapaz de matar ni a una mosca, por eso compré
este animal mortifero, él se encargaría de todo.
Metí el cocodrilo en la
piscina y llamé al vecino, que precisamente era el dueño del perro.
Le pregunté por el animal asesino y me dijo que lo había dejado
para que montase a una perra y tener más cachorros -asesinos,- pensé
yo.
Me indigné y, sin saber
cómo, empujé a mi vecino a la piscina. El cocodrilo se merendó a
mi vecino en menos de dos segundo. No me puedo olvidar del sonido de
los hueso partiéndose a cada dentellada del cocodrilo.
Me pareció una animalada
lo que había ocurrido y fui a por mi escopeta y maté al cocodrilo.
¿Quién sabe?, ha sido una locura todo lo que ha pasado, en el fondo
estoy contento pero no del todo, al final, no conseguí ver muerto a
ese perro, aunque he oido que es esteril, quizás la estirpe asesina
se quedé yerma.
Jon Barcam
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