martes, 19 de agosto de 2014

El poeta Albert

He estado de vacaciones y he conocido a un poeta. Se llama Albert y es de Canadá. Me ha parecido un tipo bastante extraño, según parece era hijo de un aviador que combatió en la II Guerra Mundial. Su padre, que también se llamaba Albert, era un ser melancólico, siempre añoró los míticos combates de la Gran Guerra. Su hijo nunca llegó a entender la tristeza de su padre por algo tan cruel como matar a otros seres vivos que tan siquiera conocía.
Un día le pregunté si lo echaba de menos, me dijo con un acento medio inglés medio andaluz -chico, mi padre me pegaba cada noche desde su regreso de la guerra. Durante años el alcohol se agarró a su mente y  destrozó mi juventud, ¡¡¡¿Cómo quieres que lo eche de menos?!!!
Yo me callé, en el fondo no se si me importaba mucho aquello que me contaba un hombre que jamás volvería a ver en mi vida.
El sábado me acerqué al espigón donde solía ver al viejo poeta pescando, ya no estaba. Un pescador que andaba por allí me dijo que había muerto. Me enteré que su funeral sería ese mismo día en una parroquia local.
Me acerqué. Allí estaba. Una sola persona le acompañaba.
-Me llamo Teresa, ¿eres Mario? -me preguntó.
-Sí -. No tenía ganas de hablar.
-Albert me dio esto para ti.- Una pequeña hoja de papel amarillenta. Ese era su legado.
Me senté. Me restregaba la cara, no sé si estaba allí, necesitaba sentirme vivo, necesitaba estar seguro que estaba vivo.
Leí el trozó de papel. Un suspiró lleno de congoja liberó mi ánimo, mi cuerpo. La nota decía así: -Siempre querré a mi padre.

Jon Barcam

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