-¿Cómo se llama?
-Tom.
-Tom, ¿qué más?
-Tom Crus.
-Perfecto.
-¿Estado?
-De alarma
-¿Perdón?
-Disculpe, es que trabajo en el Tribunal Constitucional.
-¿Es usted magistrado?
-No. Soy vigilante jurado.
-¿De ahí lo de la alarma?
-¿Qué alarma?
-La de vigilante jurado.
-No.
-No ¿qué?
-Perdone, ¿es usted el psiquiatra del seguro?
-No sé, no sé.
-¿No está seguro?
-Sí, estoy asegurado. De lo contrario mi situación sería anticonstitucional. Usted debería saberlo.
-¿Por qué?
-Algo habrá oído.
-Es cierto. ¿Me guarda un secreto?
- Soy humano, no sé si podré.
-En el invierno, me gusta ponerme bragas.
-¿De que color?
-Naranjas.
-No sabía que hubiese de ese color.
-Mire.
-¡Pero si estamos en agosto!.
-Es que estoy pasando una depresión.
-Ya.
-Ya.
-Te quiero Marcelino.
-Lo sé Telmo. Yo a ti también.
-¿Jugamos a las Nancys?
-Prefiero a los Kenes.
-Golfo.
-Puta.
juan antonio barroso
lunes, 24 de agosto de 2015
viernes, 14 de agosto de 2015
Benemérito
Padre siempre le decía,- chico, tu has nacido para llevar ese uniforme. Y pasaron unos años y, sentado detrás de la mesa de su despacho, intentaba recordar todos los consejos que su padre le había dado. Es cierto que la lista era interminable, pero para aquello no había nada de nada. Tenía entre manos unos de los casos más difíciles de resolver.
Del primer cajón sacó aquella botella de whisky del bueno que el coronel le había regalado; su discreción en el caso de un hermano pasado de copas fue esencial para que la Benemérita no se viese perjudicada, como tantas veces.
Pasaban las horas y su valentía crecía y se decía asimismo, -tío, tienes que darlo todo, tú puedes. Pero a pesar de los ánimos autoinfundados, el peso, ese que le hundía los hombros, ese que no le dejaba escapar de la agonía, ese que le impedía gritar lo que tanto deseaba, triunfaba y volvía a lo que todos llamaban cordura.
El final, triste. Guardaba su traje de faralaes y sus zapatos de tacón hechos a medida y borracho y desconsolado se repetía: ¡Del año que viene no pasa que yo no vaya al desfile!
Pa un amigo, con cariño.
Juan Antonio Barroso
Del primer cajón sacó aquella botella de whisky del bueno que el coronel le había regalado; su discreción en el caso de un hermano pasado de copas fue esencial para que la Benemérita no se viese perjudicada, como tantas veces.
Pasaban las horas y su valentía crecía y se decía asimismo, -tío, tienes que darlo todo, tú puedes. Pero a pesar de los ánimos autoinfundados, el peso, ese que le hundía los hombros, ese que no le dejaba escapar de la agonía, ese que le impedía gritar lo que tanto deseaba, triunfaba y volvía a lo que todos llamaban cordura.
El final, triste. Guardaba su traje de faralaes y sus zapatos de tacón hechos a medida y borracho y desconsolado se repetía: ¡Del año que viene no pasa que yo no vaya al desfile!
Pa un amigo, con cariño.
Juan Antonio Barroso
jueves, 6 de agosto de 2015
El chatarrero
-Con los años es imposible quitarse el olor corrosivo de la chatarra-. Es lo único que recuerdo de mi padre que se pareciese a una lección vital. El resto eran suelas de zapatos, hebillas y palabras malsonantes.
Lo peor de una chatarrería es que no puedes deshacerte de ella. Así, con el tiempo, fragüé una sola idea, un sólo deseo, destruir todas las montañas nacidas de metal cachimbeado y viejas ruedas de automóvil.
Y, por supuesto, él tenía que estar presente, sería mi regalo de agradecimiento por tantos años de golpes, sudores oxidados y lenguas empapadas en whisky barato.
Amarrado involuntariamente a la silla de ruedas, inconsciente la mayoría de las veces, faltón e insoportable el resto, me desnudé en su presencia. Delante de sus ojos enloquecidos, le mostré cada una de las cicatrices con las que me habían marcado.No esperaba menos, risas e insultos.
Incapaz de romperle la cara, me eché a llorar, me arrodillé en el suelo y golpeé sus atrofiadas piernas. Preguntando insistentemente, ¿qué había hecho mal?¿por qué no me quería?
-Vales menos que las ratas de esta mierda de sitio.
Un sola frase me bastó. Nunca pensé que fuese tan fácil pasar del amor a la indiferencia. Y la idea de destruir la chatarrería se esfumó. Comprendí la amargura del hombre incapaz de escapar de su destino, del hombre que me había parido y del que jamás escuché la palabra madre.
Y como siempre, con la melancolía llegó mi perdición. Una gran barra de hierro le hizo el favor a mis manos cobardes. Cien golpes mortíferos, del primero al último, me matricularon de nuevo en la vida. Un sólo deseo, vivir, vivir y vivir.
Juan Antonio Barroso
Lo peor de una chatarrería es que no puedes deshacerte de ella. Así, con el tiempo, fragüé una sola idea, un sólo deseo, destruir todas las montañas nacidas de metal cachimbeado y viejas ruedas de automóvil.
Y, por supuesto, él tenía que estar presente, sería mi regalo de agradecimiento por tantos años de golpes, sudores oxidados y lenguas empapadas en whisky barato.
Amarrado involuntariamente a la silla de ruedas, inconsciente la mayoría de las veces, faltón e insoportable el resto, me desnudé en su presencia. Delante de sus ojos enloquecidos, le mostré cada una de las cicatrices con las que me habían marcado.No esperaba menos, risas e insultos.
Incapaz de romperle la cara, me eché a llorar, me arrodillé en el suelo y golpeé sus atrofiadas piernas. Preguntando insistentemente, ¿qué había hecho mal?¿por qué no me quería?
-Vales menos que las ratas de esta mierda de sitio.
Un sola frase me bastó. Nunca pensé que fuese tan fácil pasar del amor a la indiferencia. Y la idea de destruir la chatarrería se esfumó. Comprendí la amargura del hombre incapaz de escapar de su destino, del hombre que me había parido y del que jamás escuché la palabra madre.
Y como siempre, con la melancolía llegó mi perdición. Una gran barra de hierro le hizo el favor a mis manos cobardes. Cien golpes mortíferos, del primero al último, me matricularon de nuevo en la vida. Un sólo deseo, vivir, vivir y vivir.
Juan Antonio Barroso
lunes, 3 de agosto de 2015
Mi primo el gitano
Manolo es mi primo. Hoy me he enterado por primera vez que es gitano. Y claro, me he avergonzado. ¿Cómo es posible que yo con cincuenta y él con cuarenta y ocho, no me haya percatado hasta ahora que mi primo es gitano?
Lo primero que he pensado, una vez que me he serenado, ha sido el llamar a mi madre, pero claro, mi madre murió hace diez años. Estoy seguro que tenía que saber algo, ¡que mujer!
Agobiado, porque no soy un hombre de abundantes amistades, me he puesto a pensar en quién podía confiar este tema. Y me he dicho,- la gente te va a tomar por loco. ¿Cómo no vas a saber que tu primo Manolo era gitano, desgraciao?
No sé, no sé.
Ya lo tengo, voy a repasar mi vida, quizá se me aiga escapao algo que qué se yo.
Habel, yo visto de negro. Creo que visto asín porque me gusta el negro, aunque creo recordal que cuando murió la mama, dejé los colores en el armario.
No sé, no sé.
Habel, yo me dedico al comercio, como la mayoría de los autónomos daquí. Y vendo, pos eso, fruta, veldura, y muchos ajos. Sí, es verdad, vendo muchos ajos ¡Ajos, niña, ajos tielnos!
No sé, no sé.
Sabes una cosa, ¡qué me cago en to lo muertos de mi primo Manolo, por no habelme dicho que se un gitano!
Dios le bendiga Doctó, créame, me encuentro mucho mejor y puedo insertarme de nuevo en la sociedad. Por cierto, le digo, porque me está quemando, tengo camisetas del Bresca a cinco euros.
¡Maestro! que me las quitan de las manos.
Juan Antonio Barroso
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