jueves, 6 de agosto de 2015

El chatarrero

-Con los años es imposible quitarse el olor corrosivo de la chatarra-. Es lo único que recuerdo de mi padre que se pareciese a una lección vital. El resto eran suelas de zapatos, hebillas y palabras malsonantes.
Lo peor de una chatarrería es que no puedes deshacerte de ella. Así,  con el tiempo,  fragüé una sola idea, un sólo deseo,  destruir todas las montañas nacidas de metal cachimbeado y  viejas ruedas de automóvil.
Y, por supuesto, él tenía que estar presente, sería mi regalo de agradecimiento por tantos años de golpes, sudores oxidados y  lenguas empapadas en whisky barato.

Amarrado involuntariamente a la silla de ruedas, inconsciente la mayoría de las veces, faltón e insoportable el resto, me desnudé en su presencia. Delante de sus ojos enloquecidos, le mostré cada una de las cicatrices con las que me habían marcado.No esperaba menos, risas e insultos.

 Incapaz de romperle la cara, me eché a llorar, me arrodillé en el suelo y golpeé sus atrofiadas piernas. Preguntando insistentemente, ¿qué había hecho mal?¿por qué no me quería?

-Vales menos que las ratas de esta mierda de sitio.

Un sola frase me bastó. Nunca pensé que fuese tan fácil pasar del amor a la indiferencia. Y la idea de destruir la chatarrería se esfumó. Comprendí la amargura del hombre incapaz de escapar de su destino, del hombre que me había parido y del que jamás escuché la palabra madre.

Y como siempre, con la melancolía llegó mi perdición. Una gran barra de hierro le hizo el favor a mis manos cobardes. Cien golpes mortíferos, del primero al último, me matricularon de nuevo en la vida. Un sólo deseo, vivir, vivir y vivir.


Juan Antonio Barroso

No hay comentarios:

Publicar un comentario