martes, 8 de diciembre de 2015

La Cochinera. Parte II. Capítulo 21.


 

 

 

21

En el trayecto de vuelta a casa Martín no dejaba de pensar en la petición que le había hecho aquel tipo. Tenía que contarle a su mujer lo de Teresa. Los escalofríos recorrían todo su cuerpo, sentía la necesidad de abandonarlo todo, incluso llegó a rondar la idea de pegarse un tiro, pero prefería la compañía perenne y adictiva de la ansiedad, esa misma que le hizo recuperar el ánimo de manera convulsa y seguir pensando que no podía prescindir de ninguna de las dos mujeres.
Teresa representaba sus sueños más oscuros, esos sueños adolescentes que no había conseguido quitar de su cabeza. Gracias a ella no se había convertido en un violador o en un asesino de mujeres, o lo que es peor, de niñas. Ella lo había encarrilado, lo sujetaba y a la vez le proporcionaba sus pervertidos deseos sexuales. A cambio Teresa no le pedía gran cosa. Una sola condición, sólo se verían un par días a la semana, siempre los martes y los jueves. Ella también estaba casada y debía cumplir con su familia.
Luego estaba María, su mujer. Inteligente, bellísima, buena amante y por supuesto la mejor de las madres. Era perfecta para la otra vida, la pública, aquella que todos los amigos y familiares envidiaban.
El debate interno no le daba tregua, le había pedido al sicario un par de días para pensarlo. Wen le había dicho que tenía que ser hoy mismo, al llegar a casa debía contárselo todo a María. Wen, como buen profesional que era, sabía las razones que llevaban a Martín Moreno a pedir su ayuda. Nunca se fiaba de los clientes, de las razones que le llevaban a contratarlo, todos mentían, por eso investigaba hasta los mínimos detalles. De Martín no le sorprendió que quisiera matar a su propio padre para recibir la herencia y cubrir las pérdidas con el prestamista y así poder continuar con su placentera vida. Lo que realmente le sorprendía es que Martín quería a su padre. Esta circunstancia descolocaba a Wen. Él, que había amado a su padre por encima de todo, no podía comprender que aquel tipo quisiera matar a su padre para mantener una vida de mierda. Por eso le pidió como condición lo de la confesión a su mujer, nunca había sido tan exigente con un cliente. Pensó que Martín debía perder algo más que su padre, debía perder parte de la vida que le llevaba a esa felicidad efímera a la que no podía renunciar por nada.
Wen le dio a Martín un teléfono desechable, imposible de rastrear. Cuando llegase a casa, se sentaría en su sofá Chester y, frente a ella, le confesaría todas las perversiones. Él debía decidir, perder su vida ideal o seguir siendo rico.
Allí estaba, sentado frente a María. Era preciosa. Quizá le perdonase, debía contárselo todo, estaban arruinados y necesitaban el dinero de su padre para poder seguir pagando la casa, los coches, los colegios, el yoga, todo. Y quizá ella lo comprendiese, y estuviese de acuerdo y no le importase que estuviese con otra mujer y todo fuera como siempre.
-¿Te encuentras bien?, cariño.- María, al ver que Martín no arrancaba, le preguntó.
-Perdona, estaba con mis cosas, ya sabes, el despacho y todo eso. -Martín trabajaba en el prestigio despacho de abogados Fernández-Ramos-Moreno. Su padre fue el fundador de la prestigiosa firma de abogados de la capital. Felipe nunca se había negado a que su hijo formase parte de tan lucrativo negocio, pero a cambio le de exigía como al que más. Así era Felipe Moreno, duro, implacable y con su hijo más. Así se lo hizo saber el día que entró a formar parte de la firma.
-Hijo, quiero darte la enhorabuena, los socios y yo hemos convenido que puedes formar parte del bufete, te lo mereces por tu talento y por tu trabajo. Quiero decirte algo que quizás no te guste, pero cuando algún día todo esto sea tuyo, lo entenderás. A partir de ahora te exigiré como al que más, quiero que el resto de empleados entiendan que no estás aquí porque eres mi hijo, quiero que vean que eres el más trabajador, que eres el mejor abogado de todos. Seré implacable contigo, sé que algún día me lo agradecerás.
Y así fue, desde ese día hasta esa misma mañana. Fue tan duro con él, que el resto de empleados del bufete sentía lástima por Martín. Nadie quería estar en su lugar, pero Martín, que era un hombre listo, entendió la posición de su padre, y la asumió. Todo parecía más fácil así. Pero nada es gratis, y poco a poco, esa coraza de acero que se había construido para protegerse de su padre, hizo que sus sentimientos hacia él se fuesen licuando hasta prácticamente irse por el desagüe. No lo odiaba y, sí alguien le preguntaba, siempre respondía que él quería a su padre, pero en el fondo le daba igual. Habían sido diez largos años de broncas, reproches y a veces algún insulto. Martín aguantó y aguantó, nunca se reveló en contra de la actitud de su padre. Y al final, cuando llegó la mala suerte y perdió todo su capital, no se atrevió a pedir dinero a Felipe. No quería darle la razón y que le recordase que era un fracasado., por eso estaba dispuesto a asesinarlo con tal de no recibir ningún reproche.
María miraba a su marido y veía en sus ojos algún tipo de angustia que le provocó un sorprendente ataque de sinceridad, -Martín, no te preocupes, sé lo de tu amante. Hace tiempo asumí que no debía importarme, y desde entonces he sido feliz y tú, también.
La cara de Martín se desfiguró, empezó a llorar desconsolado y se arrojó sobre las piernas de María. Ella le agarraba de su pelo y le susurraba palabras tranquilizadoras. Martín, que todavía no había dicho ni palabra, levantó su cabeza.
-¿Desde cuándo lo sabes?- Él mismo escuchó su inoportuna pregunta e intentó corregirse,- da igual cariño, ¿puedes perdonarme?
-Claro que puedo perdonarte. Lo sé todo desde la primera semana, no eres un hombre muy cuidadoso que digamos, -Martín no se sorprendió, sabía que María era muy inteligente, no se le podían escapar esos pequeños detalles que inculpan al marido traidor-, pero tengo que serte sincera, fue tu padre el que me confirmó mis sospechas, fue él quien me pasó las pruebas de tu infidelidad, y precisamente con esas pruebas llegué a la conclusión que debía darte libertad. Pensé en todo lo que me dabas y me dije a mi misma que no necesitaba nada más.
Martín pensó en sus perversiones sexuales, ella lo sabía todo y no se oponía. A pesar de la normalidad aparente de todo, se dio cuenta de la locura que suponía todo aquello. Su cabeza no paraba de dar vueltas, y una idea se asomó a su cabeza. Debía contárselo todo a su mujer. Lo de la amante, lo de las malas inversiones, lo de matar a su padre. Así lo hizo.  
María quedó callada. Martín expectante, empezó a pensar que la frialdad de su mujer había sido una pose, ¡por qué diablos se le había ocurrido contárselo todo! Sus hombros se relajaron y pensó que realmente se había equivocado. Ahora María lo denunciaría y todo se iría al garete. Acabaría en la cárcel, sin Teresa, sin María, sin sus hijos, sin su casa, sin nada.
-Es una buena idea, tenemos que matar al cabrón de tu padre.
 
Juan Antonio Barroso

domingo, 6 de diciembre de 2015

La Cochinera. Parte. II. Capítulo 20


 

20


La mañana del once de octubre era la mañana del miedo, de los recuerdos de un padre autoritario, del despiadado silbido de la cincha. Era la mañana de la mirada aterrada de reojo, del vuelo del águila de acero que  golpeaba piernas, nalgas, espalda. Después la vergüenza de la madre, cómplice de la tortura. Sus piernas abiertas, tragaban sudor, vino correoso y la mala sombra del sargento de la Guardia Civil Benito Muriel. No fueron muchos años, suficientes para marcar la vida.

Llego el día en el que la justicia se hace presente. El águila echa a volar y se lleva el miedo, once de octubre de 1969. Ese día, todo el cuartel bajó sus hombros con la muerte del sargento Muriel. Según decían, hasta las mujeres de los guardias se acercaron a mirar por el precipicio dónde el todoterreno se despeñó. Sin preguntas, con honores, liberador suspiro de la gran familia benemérita.

El destino, al principio susurrante, terminó vociferando en la cabeza de Diego y, como una broma macabra, acabaría vestido con el paño aceituno. Por eso, el polilla Muriel, en sus primeros días en Valdemoro no se asustaba al escuchar la norma fundamental del cuerpo: el mando, el mando, el mando. Lo traía bien aprendido de casa, lo llevaba tatuado en cada costilla. Sólo una promesa, sería mejor que su padre.

Una mañana recibió una llamada. El por entonces cabo Diego Muriel, se había quedado sólo, su madre había muerto. No le dieron más información. Un viejo guardia que quedaba de la época de su padre fue el que le informó.

-Diego, se había dejado. No tenía fuerzas para nada. No supimos qué hacer. Quizá teníamos que haberte llamado antes. -Diego no hizo ningún gesto. Mandó recoger las cuatro cosas y quemó todos los recuerdos familiares.

 

            -Capitán, no me puedo creer que deje usted la UCO para ir a una ciudad como Cáceres. -Los compañeros de Diego lo tenían en alta estima, no se recordaba a un hombre tan implicado en su trabajo, todo se hacía como debía hacerse.  Lo estimaban por su buen trato, por sus buenas dotes de mando, por su implicación más allá del deber exigido. El capitán Diego Muriel representaba el mando perfecto de la nueva Guardia Civil. Lo había buscado durante años, con un simple propósito, alejarse todo lo posible de aquello que representaba su padre.

            -La verdad, no sabría decir porque me voy de este lugar que tantas satisfacciones me ha dado. Los años van pasando y ya no estoy motivado, necesito un sitio más tranquilo y he pensado en volver a mi tierra natal. – Todo era mentira, las verdaderas razonas las conocía perfectamente,  lo años le habían hecho un hombre desconfiado, especialmente en lo referente a su vida personal.
            -Pero, ¿tiene usted familia allí? -El cabo pregunta porque realmente sentía afecto por aquel hombre.
            -Tengo una tía. Una hermana de mi padre, la última vez que la vi fue en el entierro de mi padre, de eso hace casi cuarenta años. Se llama Petra, no le puedo decir nada más. -Por su puesto, podría haber contado muchas más cosas, pero no era el lugar.
            La fiesta de despedida pasó, como todas las demás. Unas horas de recuerdos, risas y comida dominguera, así se hacía con todos los jubilados y con las despedidas de guardias y de mandos, y así se hizo con Diego Muriel, todos los compañeros de la Unidad sabían que jamás volverían a verlo por allí. Él también sabía que jamás volvería a Madrid.
            De camino a casa, se paraba en cada escaparate, como despidiéndose de la ciudad que le había hecho tan feliz. Madrid había sido su tabla de salvación, representaba el anonimato que tanto deseaba. Diego se había convertido en un hombre que no cuestionaba nada de lo que previamente había decidido hacer. La decisión de Cáceres estaba tomada y se iría, sin reproches y arrepentimientos, así debía ser para no torturarse cada día. Salió la oportunidad de hacerse cargo del subsector de tráfico de Cáceres y así lo hizo. Sin duda un cambio radical en su carrera, de gran investigador de la UCO a policía de tráfico en provincias. Por supuesto, ni mandos, ni ninguno de los subordinados entendió su decisión. Sólo él sabía las auténticas razones.
            Vivía cerca, en la calle Castrobarto, apenas a diez minutos de Salinas de Rosio, donde se encontraba la Uco. Subió las escaleras hasta el segundo piso. Abrió la puerta y fue directo a la habitación del fondo. Volvió a sacer el llavero y abrió un candado que había puesto hacia tres semanas. Al entrar, la oscuridad del cuarto no le dejó ver nada. Sintió como si un animal salvaje se le echase encima, cayó al suelo. Ante la confusión, lo único que sentía era un fuerte dolor en la mano, consiguió rearmarse y ponerse en pie.
            -¡Todo esto lo estoy haciendo por tu bien!- La tranquilidad y serenidad que mostraba en el trabajo se había esfumado. Ahora, Diego, estaba frente a su nueva vida.
            -¡Eres un gilipollas, te voy a hacer la vida imposible hijoputa! -Como una perra acorralada, una chica de unos dieciséis le contestó con todo el desprecio.
            Era Andrea Muriel, su hija. Diego se había casado a los veintitantos con Ana. El matrimonio apenas duró un par de años, lo único que había quedado de todo aquello fue la chiquilla.
Hacía dos semanas que había vuelto a ver a su exmujer. El día que llegó a casa se extrañó, él era puntual con el tema de la pensión y todos los demás gastos, y, salvo alguna conversación telefónica, no tenían más contacto. Diego había renunciado a su hija y a Ana no le pareció mal quedarse con la custodia total de su hija. El día que la vio en el rellano de su casa, si no le dicen que era su hija, no la hubiese conocido.
 
-¡Aquí te la traigo, no puedo más con ella!- Una bolsa de deportes y los libros del instituto eran las únicas pertenencias que tenía Andrea, eso sin contar con la gran cantidad de bisutería que llevaba cosida a la cara.

Por la noche, sin apenas haber cambiado una palabra, se sentaron a cenar. Diego dudó si pedir una pizza o hacer unos huevos fritos con salchichas. Fue la primera vez que chocaron.
-Esta pizza es una mierda, yo como sano.
-Disculpa, pensé que te gustaría, -todavía estaba pensando qué demonios estaba pasando-, eso sí, te rogaría que hablases correctamente, al menos en mi presencia.
-¿Y tú siempre hablas así?
-Así, ¿cómo?
-¡Pues así de finolis!
-Supongo que sí, ¿no te parece bien?
-Paso de ti.
Y así terminó la conversación del padre con la desconocida hija. Eran dos extraños, sin nada en común, salvo los apellidos.
Hacía dos semanas de esa primera noche, cuando estaba en el despacho, recibió una llamada de la Comisaria de Policía Nacional de Hortaleza. Y allí se la encontró, tirada en el suelo de la celda, se había orinado y vomitado encima. Le hicieron el favor y se olvidaron del tema. En seguida llamó a Ana para que le dijese qué estaba pasando con Andrea, hasta ese momento pensó que todo se trataba de una riña entre madre e hija y que con los días volverían a estar juntas. Una sola frase le puso los pelos de punta, una sola frase le hizo ver que su vida había cambiado.

-Mírale los brazos.
 
Juan Antonio Barroso

jueves, 3 de diciembre de 2015

La Cochinera. Parte II. Capítulo 19.


 

19

La misa de las siete y media era muy concurrida. Era la única. Petra Muriel llevaba tantos años yendo a la parroquia de Santiago el Mayor que era incapaz de aceptar otro lugar. Era cierto que había días en que las misas le recordaban a una romería,  chiquillos llorando o reencuentro de viejas amigas que no paraban de reír, pero tocaba aguantarse. Allí tenía a su Nazareno y a su San Judas Tadeo y no estaba dispuesta a cambiarlos por nada del mundo. Entendía que esos nietos llorones y esas viejas alcahuetas eran un mal necesario para seguir aliviando el espíritu.
-Petra, me gustaría hablar contigo un ratito, necesito contarte algo. -Allí estaba la única amiga que había conservado viva en los años que llevaba asistiendo a misa. Se llamaba Manuela Alcón, medio ciega y medio sorda, con más achaques que años, había encontrado en la paciencia de Petra la compañera ideal para soportar sus obsesivas lamentaciones.
-Manuela, te he dicho mil veces que no me hables durante la misa, ya sabes que no me gusta. -Era verdad que no le gustaba que nadie hablase durante la celebración vespertina, pero es que, además, en el caso de Manuela con la sordera tan pronunciada, su voz se le oía desde el primero hasta el último banco.
-No te pongas así.
-¡Manuela! -Una orden taxativa, unos dientes apretados y unos ojos que se le salían de las orbitas hizo que la anciana se callase de inmediato.
Manuela agachó su cabeza y agarró uno de los bancos para incorporarse e irse de la iglesia. Sin duda aquella orden por parte de su amiga le había sentado fatal. Petra, arrepentida por su actitud con la pobre mujer, salió detrás de ella. Un rato de misa menos no la condenaría al infierno.
Ambas iban por el paseo central del templo, Petra tiesa como palo de una escoba, era una mujer alta. Manuela, meneándose de izquierda a derecha con cada paso, esas piernas la traían por la calle de la amargura. A pesar de la diferencia de edad entre ambas, los años no las habían tratado igual.
-No te sientes en esa piedra, está demasiado fría y te vas a constipar- Petra era así, de buen corazón y con mal carácter.
-¿Ya se te ha pasado el enfado?- Manuela necesitaba hablar con alguien cada día, sus penas la iban comiendo poco a poco. Tenía dos hijas que sólo la visitaban por Navidades. El último año la mayor no se acordó ni de felicitarla por su cumpleaños. Se resignaba por fuera y se decía que la vida era así. Por dentro, se preguntaba en qué se había equivocado. Nada se merecía tanto desprecio.
-¿Me perdonas?- Petra se sentó a su lado y le puso una mano templada sobre el muslo. El arrepentimiento era sincero. Ella sabía que con los años era difícil confiar en nadie. Era una suerte haber encontrado a una amiga como Manuela-. He pensado que te voy a invitar a un chocolate con churros.
La cara de Manuela se iluminó por completo. A pesar de la diabetes y la prohibición de don Andrés, su médico de cabecera, de vez en cuando se saltaba la estricta dieta y se pegaba un caprichito. Se dieron un pequeño paseo hasta una churrería muy cercana. Petra sólo trataba de levantarle el ánimo a su querida amiga, y sabía que los churros eran la mejor de las medicinas. Media hora después, estaban sentadas frente a una docena de churros y un par de tazas de chocolate. Ambas se miraban como sólo lo hacen los que están unidos por un cordón umbilical invisible, destinadas a algo más que morir solas. Unas sonrisas, unas manos quebradas por los años, el olor a limpio del jabón de tocador y el perfume de mujer de siempre.
-¿No te han llamado tus hijas?- Petra sabía del dolor. No eran las piernas, la diabetes, el lento latir de su corazón lo que le quitaría la vida a aquella pobre mujer.
Manuela agachó la cabeza, dejó de mirar los churros. En el fondo se avergonzaba de sí misma, esas chiquillas, a las que tanto le había costado sacar adelante, ya no contaban con ella.  En lo profundo de la pena, se erguía, resucitaba de la vil amargura y empezaba a soltar la perorata de siempre.
-Petra –se quedó mirando fijamente a su compañera y de repente arrancó -, te he contado que yo trabajaba en el Ministerio de Hacienda.- Manuela vivió hasta su jubilación en Madrid, después volvió a Cáceres, su ciudad natal, con sus hijas, ese sería el primer desencuentro-. Pues sí, he trabajado en el Ministerio de Hacienda más de cuarenta años,- se miraba los dedos y empezaba a contar-, vamos a ver, empecé en el setenta y estaba Monreal y llegué hasta Rato en el dos mil; me fui yo antes que él. Nada más y nada menos que cuarenta añazos. ¿Qué te parece Petra? Once ministros he conocido, once ministros de Hacienda, y mira lo que te voy a decir, todos tenían fama de rácanos. Siempre he pensado que para ser ministro de Hacienda, a parte de los estudios y de los enchufes, había que ser agarrado. Te lo puedo confirmar de punta a cabo. Pero te voy a decir una cosa, a mí, y cuando te digo a mí, hablo de todas nosotras, el que nos traída de cabeza era Cabello de Alba, ¡qué gracia tenía el jodido!, lo que pasa es que duro cuatro días. Yo siempre pensé que si hubiese nacido diez años después, hubiese sido el primer presidente de la democracia, pero bueno. Otra cosa que voy a decir, sabes por qué defiendo la democracia por encima de cualquier cosa. Pues sí, ya te lo he dicho muchas veces, pero te lo voy a repetir, por la ley del divorcio. Ya sabes que en el año ochenta y siete me separé de Agustín. Putero, borracho, vicioso, es que lo tenía todo. No me daba ni un duro, menos mal que yo tenía mi sueldo, madre mía que hubiera sido de nosotras. Así es que, un día, me levanté, me fui al juzgado y presenté la demanda de divorcio. Ahí te quedas, hijoputa. Yo es que he trabajado mucho, sabes, he llegado a meter hasta americanos en mi casa, de esos que venían a aprender el idioma. Eso sí, las niñas están las dos licenciadas, con sus buenas carreras. Trabajan en el ministerio de Educación, son profesoras. A esas no les va a faltar de nada. Eso sí, mis buenas perras me ha costado. Yo es que tengo propiedades, dos pisos en Benidorm y un apartamento en Moratalaz. Antes íbamos en agosto a la playa, pero ya, ya no quieren ir. La chica es muy buena, te lo da todo. ¡Ay! la mayor, esa ha salido a su padre, cuando me veía intentaba sacarme siempre algo, que llevaba naranjas del mercado, se llevaba la mitad. Pero yo las quiero mucho, es mi obra, sabes Petra, es mi obra.
 
Juan Antonio Barroso

martes, 1 de diciembre de 2015

La Cochinera. Parte II. Capítulo 18


Segunda Parte

18 

Te vamos a matar.
 Era la frase preferida de Wenceslao.
El día en que su padre le dijo cuál iba a ser su oficio, el chaval no se lo podía creer. -hijo, nosotros somos asesinos a sueldo, matamos a otras personas. -Él, mirando a todas partes, antes que a los ojos de su padre, le contestó con la frase que todo padre espera de un hijo, -Padre, ¿cuándo empezamos? Emiliano, lleno de emoción, lo abrazó con el amor del padre orgulloso. Llorando, le plantó sus finas manos en las mejillas y quedó quieto frente a su cara. -Hijo, serás el mejor asesino de la historia.
De todo aquello habían pasado más de treinta años. Wenceslao se había convertido en uno de los profesionales más prestigio de la profesión. No había sido fácil, demasiados sacrificios exigían tal recompensa. Ahora, en la cumbre de su carrera, con tan solo cuarenta y tres años, no sólo se permitía el lujo de escoger para quién quería trabajar, sino que además, ponía por delante una serie de condiciones que no todos aceptaban. Y no era el dinero lo que más le importaba a Wen, había otras cosas. Esto también lo había aprendido de su padre. -Hijo, no te limites a pedir dinero, tienes que pedir cosas que sean difíciles de conseguir, así, verás la necesidad y el compromiso de la persona que te contrata. Se aficionó a quedar con los clientes en persona, en lugares extraños, en ciudades en las que uno no piensa que se pueda establecer trato para matar a nadie.
Esta vez le había tocado a Talavera de la Reina. El cliente tendría que ir a comer una hamburguesa a un restaurante de comida rápida y pedir un menú infantil y una Coca-Cola sin cafeína. Debería comerse unos trozos de pollo empanados, unas patatas fritas y un yogurt. Y sólo cuando acabase, como era costumbre, podría abrir el regalito que la cadena de comida rápida regalaba a los niños y niñas de todo el mundo.
Y terminó, el cliente se lo comió todo, y por supuesto, abrió su regalito. Un muñeco al que le apretabas un botón, levantaba sus brazos y soltaba una extraña frase que apenas podía distinguir. Todo esto lo sabía el cliente porque tenía dos hijos con los que cada sábado por la tarde iba a esos estúpidos restaurantes dónde los niños y las niñas se sientan en incómodos asientos, frente a minúsculas mesas y piden esos menús infantiles en los que tenían la sensación que tanto el dichoso juguete como el envoltorio tenían más valor que la propia comida.
Esta vez el cliente se vio sorprendido con la frasecita del muñeco. Una voz robótica se entendió a la perfección, -área de servicio del kilómetro 137, nacional V. El cliente se fue a la desconocida área de servicio. Y, sin tener muy claro qué debía hacer, se metió en el bar-restaurante de la carretera y pidió un café. Se sentó en una de las mesas, frente a las cristaleras, para poder divisar no sabía muy bien el qué y esperó durante una hora. Cansado, salió de la cafetería y se montó en su BMW para volver a su confortable casa del norte de Madrid. Al entrar en el lujoso coche, se abrochó el cinturón y un segundo después, al ejercer esa acción automática de mirar por el espejo retrovisor, vio a su nuevo socio.
-No se asuste señor Moreno, tiene que entender que en mi profesión todas las precauciones son pocas. -Martín Moreno entró en una especie de espiral de ansiedad, justificada por el miedo a ser agredido por aquel tipo. Empezó a respirar de manera convulsa.  Wenceslao, que conocía todo tipo de reacciones humanas asociadas a miedo, lo agarró fuertemente por su hombro; con voz suave le regaló la palabras que el cliente necesitaba escuchar-, Tranquilo Martín, no le mataré. -en el cuerpo de Martín se empezaron a notar los primeros síntomas de tranquilidad y por fin dijo las primeras palabras.
-Entienda que soy una persona normal, todo esto para mí es muy desagradable. -A Wen le entraron ganas de reír, cuántas veces había escuchado esa maldita frase, una persona normal, ¡ja!
-No se preocupe, todo irá bien. Ponga el coche en marcha y vayámonos a un lugar más tranquilo y, si no le importa, me sentaré a su lado, creo que es menos intimidatorio para usted, ¿me equivoco? -Martín movía su cabeza en señal de absoluto acuerdo.
Wen le indicó dónde debía ir, estaba a pocos kilómetros, en el área de descanso cercana a Talavera, aquella de la escultura de la cigüeña.
Wen salió del coche y se encendió un cigarrillo, era el único motivo de discusión con su padre, no le gustaba que el chaval se enganchase a ninguna sustancia, -sólo te harán más débil. -Puede que tuviese razón, pero los nervios, aunque no eran visibles, había que templarlos con algo. Martín, que seguía sentado en el coche, lo miraba muy asustado. Por un momento pensó cómo debía vestir un sicario y se dio cuenta que no tenía ni idea. Wen llevaba puesto un abrigo deportivo, vaqueros y botines marrones. Poco se podía deducir de su vestimenta, era del todo normal.
            -Martín, ¿puedes venir un momento? -Aquella orden no dejó resquicio a ninguna duda.- Me has dicho que el trabajo es por esta persona. Sacó una fotografía del bolsillo y se la enseñó. Wen era precavido y no se fiaba de micros, móviles y demás aparatos diabólicos, nunca hablaba más de la cuenta.
            -Sí. -Movía su cabeza con rotundidad, realmente estaba asustado.
            -De acuerdo, el precio ya hemos hablado de él. No quiero saber los motivos que te llevan a contratarme, no me interesan. Es costumbre que le pida a mis clientes una prueba del compromiso que tienen con la causa que… digamos… nos traemos entre manos.
            -No le entiendo. -Martín no entendía muy bien adonde quería llegar el sicario.
            -Sólo es una costumbre, sin esta prueba no lo haré. Yo trabajo así.
            -¡Pero no pienso pagarle ni un solo euro más!- Quería imponer cierta autoridad a la situación, pero no lo consiguió.
            -No te preocupes, no habrá más dinero que el estipulado. -Martín no sabía si aquella respuesta era algo bueno o algo malo.
            -De acuerdo, dígame, ¿qué es lo que quiere?
            -Quiero que le cuentes a tu mujer lo de tu amiguita.
Juan Antonio Barroso

lunes, 30 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 17


 

17

Telmo miró tan asustado a Don Benito que su cara reflejó un terror propio de una situación que ninguno de los dos se podía imaginar. ¡Le habían sacado un cable a su madre de ahíiiiii!
-¿Alguien puede explicarme qué demonios está pasando?- parecía que Telmo mostraba algo de carácter, acto seguido, el hombre negro puso la mano sobre  su frente y le siseo durante unos segundos.
-Tranquilo, tranquilo, todo acabará en unos instantes.- Sorprendentemente, Telmo se calló.
-¿Dónde tienen estos prototipos el puerto USB?- Raúl, el chico de la funeraria, era el más inexperto de los tres, en realidad era su primera reanimación y grabación de órdenes, no quería que nada de aquello saliese mal y así condicionar su vida profesional.
-Este modelo lo tiene en la nuca, hay que taladrar.- Contestó el hombre negro.
-¡Un momento, un momento!, ¿qué demonios van a taladrar?- El cura no pudo contenerse, no veía a Telmo como ellos lo veían. Él tenía delante  a la persona que había formado parte, no con mucha intensidad, de su vida los últimos treinta años. No estaban seguros, pero ambos sintieron un sentimiento paterno-filial desconocido hasta entonces.
-¡No podemos retrasarnos más con toda esta mierda!¡tenemos que proceder!- El italiano se empezó a poner nervioso. Ya eran una cuantas reanimaciones y transferencias a las que había asistido a lo lardo de su vida, y era verdad que todos se ponían nerviosos, era un choque vital para el que ninguno de los prototipos estaba preparado, pero las cosas eran así, y este tal Telmo le estaba empezando a tocar las narices, por no hablar del cura con complejo de padre.-Mira hijo, esta es tu nueva vida, en lo que te vas a convertir, es para lo que has sido creado. Es tu destino.- Que palabras tan bonitas, pensaron todos. La emoción los podía desbordar en cualquier momento.
Telmo, que no estaba preparado para nada de aquello, se imaginó que eran una panda de chiflados pertenecientes a algún tipo de secta sexual (era lógico pensarlo después de ver la afición por meter aparatos por los orificios con mayor contenido sexual)
El italiano miró a Raúl y le hizo una indicación con la cabeza a la vez que miraba hacia el instrumental que tenía que utilizar. El negro, sabedor de cual era unos de sus cometidos se espanzurró encima del cuerpo de Telmo.
-¡Vamos chicos, acabemos con esto de una vez!- Telmo se resistía, vociferaba como un cochino en el momento de pasarlo a cuchillo. Raúl,  muy predispuesto, se fue directo a por la broca del ocho para taladrar la nuca lo antes posible. Y el cura, Benito, que no estaba acostumbrado a luchar físicamente por nada, empezó a vomitar allí mismo.
-¡El hijoputa del cura, como lo está poniendo todo!.- El italiano, prácticamente había perdido el acento de Nápoles  y le salió un acento de Utrera inconfundible.
El cura seguía vomitando sin intención de dejarlo a las primeras de cambio. El negro, encima de Telmo, sonreía y se estaba empezando a poner cariñoso. Raúl, muy callado hasta entonces, empezó a cantar, sí, empezó a cantar:
-“Sabes mejor que nadie que me fallaste, que lo que prometiste se te olvidó. Sabes a ciencia cierta que me engañaste aunque nadie te amaba igual que yo. Lleno estoy de razones pa´ despreciarte y sin embargo quiero que seas feliz. Y allá en el otro mundo en vez de infierno encuentres gloria, y que una nube de tu memoria me borre a mí. – La locura se había hecho presa de todos ellos. El negro se levantó de encima del desgraciado de Telmo y el italiano empezó a menear sus caderas al son de la melodía que entonaba Raúl-. Y allá en el otro mundo en vez de infierno encuentres gloria, y que una nube de tu memoria me borre a mí.- Ambos, el negro y el italiano, entraron en un profundo éxtasis del que no eran capaces de salir. Cómo hipnotizados cantaban y bailaban la famosa canción interpretada por Albert Hammond. Y allí, los otros dos, el cura y Telmo, mirando sin saber si salir corriendo o ponerse a cantar.
Una mirada incisiva y unas palabras muy certeras les sacaron de su asombro-. ¡Corran, corran, yo me encargo de estos dos!¡Este es el lugar dónde tienen que ir si quieren saber de qué va todo esto!- Y Raúl, después de ofrecerles un trozo de papel garabateado, siguió entonando la vieja letra. Una pareja salió corriendo de aquel lugar y la otra siguió bailando y cantando, como si fuera el momento más feliz de sus vidas.
-…dile al que te pregunte que no te quise, dile que te engañaba, que fui lo peor. Échame a mí la culpa de lo que pase, cúbrete tú la espalda con mi dolor. Y allá en el otro mundo en vez de infierno…

domingo, 29 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 16


16

 

 

Por extraño que pueda parecer padre e hija no recogieron nada. Allí quedaron, enfriándose,  el caldo de gallina y la Relojera
En Concha se  había manifestado la tan esperada metamorfosis, empezó a tomar el mando de la situación.
-Papá, debemos recoger todo esto. No te preocupes. Todo saldrá bien.- Aquellas palabras no consiguieron desbloquear la mente de Federico, poco a poco se iba hundiendo en la cordura de una noche de locura.
-Hija, ¿qué he hecho? ¿qué te he hecho?
-¡Papá, me has salvado la vida!- Federico miraba a su hija, no entendía qué estaba pasando, acababa de asesinar a su madre, allí mismo, delante de ella y la niña estaba radiante, ¿es que la había hecho partícipe de la locura?
-Hija…- Una gran losa se apoderó de Federico, no había marcha atrás. No sabía que era lo que tocaba en aquel instante.
-¡Papá por favor, mírame!- Así lo hizo, sus ojos estaban encharcados en lágrimas -.Tienes que ser fuerte, no quiero que te preocupes por nada. Yo lo solucionaré todo. Quiero que vayas al baño y te duches, a conciencia, frótate bien los brazos, las manos y la cara.- Federico recogió la muleta ensangrentada del suelo y se fue al baño.
Allí se quedó Concha, sentada en la misma silla en la que había sido testigo principal de la muerte de su madre. Hasta ese momento no se había fijado bien en la escena del brutal asesinato. Las paredes estaban llenas de salpicadura de sangre, el suelo, la mesa, el sillón, nunca pudo imaginar que una persona pudiese tener tanta sangre, le recordó a las matanzas de los cochinos,  pero sin el jolgorio. El pelo estaba enmarañado y mezclado con lo que podrían ser trozos de cerebro de su madre. Pensó que nunca había visto una persona muerta y se dio cuenta que todo era una estupidez, que la muerte era la muerte, daba igual que fuese su madre o una gallina, todo deja de existir y punto.
Se recostó sobre la silla, cruzó sus brazos y empezó a pensar cuales serían los siguientes pasos. El primero sin duda, era ver el estado de ánimo de su padre. No sería difícil convencerle, u obligarlo a seguir los dictados de Concha, sentía devoción por ella. Después el cadáver, qué harían con él. Empezó a pensar y tuvo claro que lo mejor sería guardarlo en un sitio seguro y posteriormente deshacerse de él. No debían precipitarse en buscar soluciones a la macabra situación. Y quizás tuvo la idea más brillante de toda la noche.
-Papá te he puesto ropa limpia sobre la cama. Vístete, por favor.- Así Federico salió de la ducha unos quince minutos después de la advertencia de su hija y se fue a su habitación. Sobre la cama, un traje gris, camisa azul y corbata rosa. Federico, que había recobrado el ánimo, llamó a su hija.
-Concha, hija, qué es todo esto.- Concha apareció en la puerta de la habitación, a contra luz, Federico tuvo que hacer un esfuerzo para reconocerla.
-Papá, he pensado que tenemos que salir fuera a cenar, necesitamos una coartada y nada mejor que salir de este lugar.
-Pero, tu madre, quiero decir, ¿qué hacemos con el cadáver?
-No te preocupes, de momento la he metido en el arcón del patio. Cuando pasen unos días sabremos qué hacer con ella.
Quince minutos después Federico y Concha salían de su casa. Cogieron el coche y se fueron a cenar a Casa Claudio, el restaurante más frecuentado de todo el pueblo y alrededores, era el lugar perfecto para empezar a fabricar su coartada.
Entraron en el restaurante a eso de las diez y media de la noche, era viernes y estaba lleno. Todos se fijaron en ellos al entrar, el Secretario era conocido en toda la comarca, pero la realidad  era que todos se callaron porque reconocieron a la mujer que iba con el Secretario, era su hija. Llevaba puesto un vestido azul, quizá demasiado elegante para el lugar. Concha no era tonta, de eso se estaba dando cuenta su padre por segundos, estaba claro que quería llamar la atención a toda costa. Todo el mundo los miraba, especialmente a la chica, y murmuraban en voz baja.
-Señores, les gusta esta mesa.- El camarero les señaló una mesa situada cerca de los grandes ventanales que daba a la charca del pueblo.
-Si no le importa me gustaría que nos sentase en aquella.- Concha señaló una de las mesas situadas en el centro del comedor.
-Por supuesto.- Respondió el joven camarero.
A pesar de no ser un lugar con demasiado postín, el camarero se ofreció a acercar la silla a la señora. En una de esas el chico golpeo accidentalmente con su brazo en la cabeza de un comensal situado en la mesa de al lado. El hombre, se giró como un resorte, y Federico empezó a entender las intenciones de su hija.
-¡Hombre Concha! ¡Coño Federico!.- Como cada viernes noche, a Genaro el Veinte Pollas le gustaba comer cordero lechal al horno. Por la zona, era el mejor restaurante que lo servía.
-Hola Genaro, cuanto tiempo sin verte. ¿Cómo estás?- La actitud de Concha sorprendió a ambos, padre y exmarido.
-Veo que estás estupenda. Hay que ver lo mala que es la gente, me habían dicho que no salías de casa y que lo estabas pasando de pena. La verdad me alegre verte tan guapa.
-No seas zalamero, que nos conocemos.- Genaro empezó a reírse, grandes carcajadas que se oyeron por todo el salón. Todo el mundo los miraba. La situación era perfecta.
-Oye, ¿por qué no os sentáis a mi lado?, nosotros estamos solos y creo que la cena sería mucho más agradable.- Genaro estaba cenando con un empresario de la zona.
-No, por favor, no queremos molestar.- Concha se resistía.
-Que va a ser una molestia, venga coño, veníos a nuestra mesa, todavía no hemos empezado.
Concha miró a su padre, le hizo una leve señal, apenas imperceptible. Tenían que sentarse en esa mesa. Así tenía que ser. Y así lo hicieron. Concha a la derecha de Genaro y Federico a la izquierda, enfrente estaba el empresario. Se hicieron las presentaciones oportunas y empezaron a cenar. Concha comía con un apetito voraz, su padre, que apenas había abierto la boca, ni tan siquiera para hablar, miraba a su hija, con la extraña idea que todo había salido mal, que su vida había llegado a la peor de las metas posibles. Una mujer asesinada y una hija que había pasado de la oscura depresión a la luminiscencia de la locura.
-¿Es que no vamos a tomarnos unos chupitos?.- Genaro empezó a ver a su exmujer con otros ojos, aquella chiquilla amargada que había conocido años atrás se había soltado por fin el pelo.
-Como no. ¡Chaval! Tráete el aguardiente.- Concha miraba a su padre y le sonreía. Su padre intentaba hacer lo mismo, sin mucho éxito.
-Señores, yo me tengo que marchar, les dejo, mañana marcho a Madrid y tengo que levantarme temprano.- El empresario, besó a Concha y se despidió con mano potente del Secretario y del Alcalde.
Pasaron unos minutos de silencios incómodos. Por fin Genaro se había dado cuenta que la cena con su exmujer y su exsuegro no tenía mucho sentido. Una vez que se había ido el empresario comodín, la cosa se enfrió por momentos.
-Genaro, ya he hablado con nuestro amigo y mañana se encargará de hacernos el trabajo que tenemos pendiente.- En principio, Genaro se quedó descolocado, no supo muy bien de qué estaba hablando Federico-. Ya sabes, lo de Vicente.- Genaro que pegaba un trago de aguardiente, no pudo menos que toser, los recuerdos siempre traicionan.
-Ya, ya, no te preocupes. No es el momento de tratar el tema, no te parece.- A Genaro le daba igual el tema de Vicente, simplemente no quería mencionar nada de los americanos en un lugar público, nunca lo había hecho antes.
-Pues, yo creo que es el lugar perfecto.- Federico y Genaro miraron a Concha. Ambos, sorprendidos, se miraron, como acusándose el uno al otro-. Papá, Genaro, no me toméis por tonta, es que os creéis que no me entero de nada. A partir de ahora, quiero mi parte, creo que he estado demasiado tiempo callada y ha llegado el momento de espabilar.
 
Juan Antonio Barroso

viernes, 27 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 15


 

15

 

No hay nada peor que el deseo de cambiar. Se acaba convirtiendo en obsesión enfermiza que malogra toda una vida. Así se sentía el agente Hugo Martínez, abandonado de la mano de su Dios, sin la suerte necesaria para salir de un mundo en el que se sentía atrapado. Era cierto que toda su familia se sentía muy orgullosa de él. Los Martínez habían sido una familia de emigrantes mexicanos que en los años sesenta había decidido pasar a la Tierra Prometida. Su abuelo Andrés Martínez en menos de dos años consiguió reunir a toda su familia en el Condado de  Fairfax en el estado de Virginia. Había trabajado en todo aquello que nadie quería hacer en todo el territorio, y gracias a su predisposición, el abuelo Andrés había conseguido sus grandes objetivos vitales. De lo poco que recordaba Hugo de él, le venían a la memoria sus grandes ojos negros llenos de vida, en realidad llenos de una especie de felicidad por la vida lograda.

Después estaba su padre, Emilio Martínez, el hijo mayor de Andrés Martínez, vino con  dieciocho años a los EEUU y consiguió integrarse bien en la sociedad en la que le tocó vivir. Hacía dos años que se había jubilado, se pasó los últimos cuarenta años trabajando como conserje en el Instituto de Langley. A Hugo nunca le gustó que su padre trabajase en el mismo lugar que él estudiaba, pero su padre, después de una generación siendo estadounidense, se sentía en deuda con el país que les había acogido y quejarse de su situación le parecía el peor de los pecados. Así tuvo que aguantar, hasta que marchó a la universidad. Se licenció en Derecho con las mejores notas de toda la clase. Un individuo con corbata y chaqueta se presentó en la residencia de estudiantes el último año de carrera, le propuso trabajar para la Compañía, y él, seducido por la idea romántica de espías con licencia para matar, se vio trabajando en un despacho de la Agencia Nacional de Inteligencia.

A pesar de que todos estaban orgullosos del chaval, sin duda ya era un verdadero americano, él seguía pensando que a pesar de los estudios, el trabajo y el buen sueldo, su vida era una auténtica mierda. Sentado en una silla frente a un PC demasiado lento y con tan solo una ventana, pensaba que se había pasado toda su vida en el condado donde su abuelo desembarcó y que, salvo los años de la universidad, no había salido de allí y, lo que era peor, el sueño de una vida de acción se había esfumado. No era un chaval tonto y sabía que se pasaría toda su vida en un despacho, mirando una pantalla de ordenador renovada cada cuatro años, mirando a través de aquella asquerosa ventana con la única visión de unos árboles que no dejaban pasar el tiempo entre sus ramas. Tenía que cambiar la situación, si no  acabaría pegándose un tiro, aunque se dio cuenta que ni si quiera tenía una pistola para hacerlo. Pero, ¿qué es lo que quería Hugo? Se acordaba de su abuelo Andrés y se preguntaba el por qué de su falta de valentía para salir al mundo y vivir, en definitiva, sólo quería vivir. No tenía esposa, ni tan siquiera una novia con la que retozar los fines de semana. Sólo tenía veintisiete años, el mundo estaba a sus pies. Esa espiral de ansiedad se iba apoderando del agente Martínez cada día, pero el destino le tenía reservada una oportunidad, sólo cabía preguntarse si estaba dispuesto a jugársela.

Unos golpes en la puerta lo sacaron de los pensamientos obsesivos que le devoraban cada vez más tiempo.

-Adelante.- Había días en los que nadie se acercaba por allí, llegó a pensar que todo aquello era una prueba que  la Agencia le tenía preparada para una posible misión.

-Martínez, el jefe quiere verte.- El jefe quería ver a Martínez, sería posible que después de dos años mirando la pantalla aquel hombre de la planta superior quisiese verlo. Le entró pánico y pensó que había metido la pata en algo. Era el problema de pasar días y días solo en el trabajo, al final te crees tus propias obsesiones y mentiras y pasa a engrosar ese extenso grupo de trabajadores que un día se jubilan y otro día se mueren y nadie pregunta por ellos. La vida pasa deprisa con la mochila cargada de miedo, esa era su frase de cabecera que había oído en alguna película de esas de los años treinta, esas que recreaban la Gran Depresión. Y así se sentía él, deprimido, pero con unas ganas terribles de vivir, ideas contradictorias que bloqueaban su pensamiento. Subiendo por aquellas escaleras al piso de arriba pensó que ya era hora de acabar con todo aquello, no quería seguir sufriendo temores infundados, toda esa porquería que lo devoraba lo estaba secando. Lo tenía más que claro, antes que su jefe le echase la reprimenda le diría que se iba, que lo dejaba todo, que estaba cansado de esperar a que pasase algo. Quería que vivir.

-Pase, por favor.- Llamó a la puerta con ánimos renovados, lo tenía más que claro. Por su cabeza veía a su padre y su madre y a parte de la comunidad hispana que tan orgullosa estaba de él, pero no dejaría que esos pensamientos le ahogasen su idea. Se iba y punto-. Hugo, siéntate, por favor.- Se había dado cuenta, cómo no. El jefe sabía su nombre de pila. De repente todos los pensamientos obsesivos desaparecieron. Todo su ser quedó pendiente de aquel tipo calvo con una corbata manchada de kétchup. Pensó que lo de irse, podía esperar unos minutos.

Permanecieron callados durante unos instantes, el tipo calvo escribiendo algo en un papel, con un bolígrafo dorado y mirando por encima de unas gafas de presbicia demasiado pasadas de moda, tanto que a Hugo le parecieron que le daban cierto aire de modernidad a su jefe. Estaba expectante, pero había decidido no hacer preguntas, por si acaso metía la pata.

-Agente Martínez, ¿conoce Cáceres?- el agente Martínez conocía perfectamente el español y le había parecido que entre aquellas palabras empalagosas inglesas se coló una palabra del idioma paterno.

-¿Señor?-El jefe levantó la mirada y se quedó mirando al empleado gubernamental, durante unos segundos se quedó pensativo, a Hugo le pareció ver la mirada de alguien muy desconfiado.

-Cáceres, España, Europa.-No tenía ni idea de dónde estaría ese pueblo o ciudad llamada Cáceres, pero al oír Europa, su corazón empezó a latir tan fuerte que a punto estuvo de llorar.

-Ni idea señor, lo buscaré en las bases de datos.- En realidad esa no era la respuesta que quería dar, en realidad lo que quería decirle es que estaba dispuesto a ir donde fuese, estaría dispuesto a pagarse él mismo lo billetes, estaría dispuesto a todo por salir de allí.

-No es necesario, haga sus maletas, mañana sale para Europa, irá a un pequeño pueblo llamado Casar de Cáceres en España. ¿Algún problema?