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No hay nada peor que el deseo de cambiar. Se acaba
convirtiendo en obsesión enfermiza que malogra toda una vida. Así se sentía el
agente Hugo Martínez, abandonado de la mano de su Dios, sin la suerte necesaria
para salir de un mundo en el que se sentía atrapado. Era cierto que toda su
familia se sentía muy orgullosa de él. Los Martínez habían sido una familia de
emigrantes mexicanos que en los años sesenta había decidido pasar a la Tierra
Prometida. Su abuelo Andrés Martínez en menos de dos años consiguió reunir a
toda su familia en el Condado de Fairfax
en el estado de Virginia. Había trabajado en todo aquello que nadie quería
hacer en todo el territorio, y gracias a su predisposición, el abuelo Andrés
había conseguido sus grandes objetivos vitales. De lo poco que recordaba Hugo
de él, le venían a la memoria sus grandes ojos negros llenos de vida, en
realidad llenos de una especie de felicidad por la vida lograda.
Después estaba su padre, Emilio Martínez, el hijo mayor de
Andrés Martínez, vino con dieciocho años
a los EEUU y consiguió integrarse bien en la sociedad en la que le tocó vivir.
Hacía dos años que se había jubilado, se pasó los últimos cuarenta años
trabajando como conserje en el Instituto de Langley. A Hugo nunca le gustó que
su padre trabajase en el mismo lugar que él estudiaba, pero su padre, después
de una generación siendo estadounidense, se sentía en deuda con el país que les
había acogido y quejarse de su situación le parecía el peor de los pecados. Así
tuvo que aguantar, hasta que marchó a la universidad. Se licenció en Derecho
con las mejores notas de toda la clase. Un individuo con corbata y chaqueta se
presentó en la residencia de estudiantes el último año de carrera, le propuso
trabajar para la Compañía, y él, seducido por la idea romántica de espías con
licencia para matar, se vio trabajando en un despacho de la Agencia Nacional de
Inteligencia.
A pesar de que todos estaban orgullosos del chaval, sin duda
ya era un verdadero americano, él seguía pensando que a pesar de los estudios,
el trabajo y el buen sueldo, su vida era una auténtica mierda. Sentado en una
silla frente a un PC demasiado lento y con tan solo una ventana, pensaba que se
había pasado toda su vida en el condado donde su abuelo desembarcó y que, salvo
los años de la universidad, no había salido de allí y, lo que era peor, el
sueño de una vida de acción se había esfumado. No era un chaval tonto y sabía
que se pasaría toda su vida en un despacho, mirando una pantalla de ordenador
renovada cada cuatro años, mirando a través de aquella asquerosa ventana con la
única visión de unos árboles que no dejaban pasar el tiempo entre sus ramas.
Tenía que cambiar la situación, si no
acabaría pegándose un tiro, aunque se dio cuenta que ni si quiera tenía
una pistola para hacerlo. Pero, ¿qué es lo que quería Hugo? Se acordaba de su
abuelo Andrés y se preguntaba el por qué de su falta de valentía para salir al
mundo y vivir, en definitiva, sólo quería vivir. No tenía esposa, ni tan
siquiera una novia con la que retozar los fines de semana. Sólo tenía
veintisiete años, el mundo estaba a sus pies. Esa espiral de ansiedad se iba
apoderando del agente Martínez cada día, pero el destino le tenía reservada una
oportunidad, sólo cabía preguntarse si estaba dispuesto a jugársela.
Unos golpes en la puerta lo sacaron de los pensamientos
obsesivos que le devoraban cada vez más tiempo.
-Adelante.- Había días en los que nadie se acercaba por
allí, llegó a pensar que todo aquello era una prueba que la Agencia le tenía preparada para una
posible misión.
-Martínez, el jefe quiere verte.- El jefe quería ver a
Martínez, sería posible que después de dos años mirando la pantalla aquel
hombre de la planta superior quisiese verlo. Le entró pánico y pensó que había
metido la pata en algo. Era el problema de pasar días y días solo en el
trabajo, al final te crees tus propias obsesiones y mentiras y pasa a engrosar
ese extenso grupo de trabajadores que un día se jubilan y otro día se mueren y
nadie pregunta por ellos. La vida pasa
deprisa con la mochila cargada de miedo, esa era su frase de cabecera que
había oído en alguna película de esas de los años treinta, esas que recreaban
la Gran Depresión. Y así se sentía él, deprimido, pero con unas ganas terribles
de vivir, ideas contradictorias que bloqueaban su pensamiento. Subiendo por
aquellas escaleras al piso de arriba pensó que ya era hora de acabar con todo
aquello, no quería seguir sufriendo temores infundados, toda esa porquería que
lo devoraba lo estaba secando. Lo tenía más que claro, antes que su jefe le
echase la reprimenda le diría que se iba, que lo dejaba todo, que estaba
cansado de esperar a que pasase algo. Quería que vivir.
-Pase, por favor.- Llamó a la puerta con ánimos renovados,
lo tenía más que claro. Por su cabeza veía a su padre y su madre y a parte de
la comunidad hispana que tan orgullosa estaba de él, pero no dejaría que esos
pensamientos le ahogasen su idea. Se iba y punto-. Hugo, siéntate, por favor.-
Se había dado cuenta, cómo no. El jefe sabía su nombre de pila. De repente
todos los pensamientos obsesivos desaparecieron. Todo su ser quedó pendiente de
aquel tipo calvo con una corbata manchada de kétchup. Pensó que lo de irse,
podía esperar unos minutos.
Permanecieron callados durante unos instantes, el tipo calvo
escribiendo algo en un papel, con un bolígrafo dorado y mirando por encima de
unas gafas de presbicia demasiado pasadas de moda, tanto que a Hugo le
parecieron que le daban cierto aire de modernidad a su jefe. Estaba expectante,
pero había decidido no hacer preguntas, por si acaso metía la pata.
-Agente Martínez, ¿conoce Cáceres?- el agente Martínez
conocía perfectamente el español y le había parecido que entre aquellas
palabras empalagosas inglesas se coló una palabra del idioma paterno.
-¿Señor?-El jefe levantó la mirada y se quedó mirando al
empleado gubernamental, durante unos segundos se quedó pensativo, a Hugo le
pareció ver la mirada de alguien muy desconfiado.
-Cáceres, España, Europa.-No tenía ni idea de dónde estaría
ese pueblo o ciudad llamada Cáceres, pero al oír Europa, su corazón empezó a
latir tan fuerte que a punto estuvo de llorar.
-Ni idea señor, lo buscaré en las bases de datos.- En
realidad esa no era la respuesta que quería dar, en realidad lo que quería
decirle es que estaba dispuesto a ir donde fuese, estaría dispuesto a pagarse
él mismo lo billetes, estaría dispuesto a todo por salir de allí.
-No es necesario, haga sus maletas, mañana sale para Europa,
irá a un pequeño pueblo llamado Casar de Cáceres en España. ¿Algún problema?
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