viernes, 27 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 15


 

15

 

No hay nada peor que el deseo de cambiar. Se acaba convirtiendo en obsesión enfermiza que malogra toda una vida. Así se sentía el agente Hugo Martínez, abandonado de la mano de su Dios, sin la suerte necesaria para salir de un mundo en el que se sentía atrapado. Era cierto que toda su familia se sentía muy orgullosa de él. Los Martínez habían sido una familia de emigrantes mexicanos que en los años sesenta había decidido pasar a la Tierra Prometida. Su abuelo Andrés Martínez en menos de dos años consiguió reunir a toda su familia en el Condado de  Fairfax en el estado de Virginia. Había trabajado en todo aquello que nadie quería hacer en todo el territorio, y gracias a su predisposición, el abuelo Andrés había conseguido sus grandes objetivos vitales. De lo poco que recordaba Hugo de él, le venían a la memoria sus grandes ojos negros llenos de vida, en realidad llenos de una especie de felicidad por la vida lograda.

Después estaba su padre, Emilio Martínez, el hijo mayor de Andrés Martínez, vino con  dieciocho años a los EEUU y consiguió integrarse bien en la sociedad en la que le tocó vivir. Hacía dos años que se había jubilado, se pasó los últimos cuarenta años trabajando como conserje en el Instituto de Langley. A Hugo nunca le gustó que su padre trabajase en el mismo lugar que él estudiaba, pero su padre, después de una generación siendo estadounidense, se sentía en deuda con el país que les había acogido y quejarse de su situación le parecía el peor de los pecados. Así tuvo que aguantar, hasta que marchó a la universidad. Se licenció en Derecho con las mejores notas de toda la clase. Un individuo con corbata y chaqueta se presentó en la residencia de estudiantes el último año de carrera, le propuso trabajar para la Compañía, y él, seducido por la idea romántica de espías con licencia para matar, se vio trabajando en un despacho de la Agencia Nacional de Inteligencia.

A pesar de que todos estaban orgullosos del chaval, sin duda ya era un verdadero americano, él seguía pensando que a pesar de los estudios, el trabajo y el buen sueldo, su vida era una auténtica mierda. Sentado en una silla frente a un PC demasiado lento y con tan solo una ventana, pensaba que se había pasado toda su vida en el condado donde su abuelo desembarcó y que, salvo los años de la universidad, no había salido de allí y, lo que era peor, el sueño de una vida de acción se había esfumado. No era un chaval tonto y sabía que se pasaría toda su vida en un despacho, mirando una pantalla de ordenador renovada cada cuatro años, mirando a través de aquella asquerosa ventana con la única visión de unos árboles que no dejaban pasar el tiempo entre sus ramas. Tenía que cambiar la situación, si no  acabaría pegándose un tiro, aunque se dio cuenta que ni si quiera tenía una pistola para hacerlo. Pero, ¿qué es lo que quería Hugo? Se acordaba de su abuelo Andrés y se preguntaba el por qué de su falta de valentía para salir al mundo y vivir, en definitiva, sólo quería vivir. No tenía esposa, ni tan siquiera una novia con la que retozar los fines de semana. Sólo tenía veintisiete años, el mundo estaba a sus pies. Esa espiral de ansiedad se iba apoderando del agente Martínez cada día, pero el destino le tenía reservada una oportunidad, sólo cabía preguntarse si estaba dispuesto a jugársela.

Unos golpes en la puerta lo sacaron de los pensamientos obsesivos que le devoraban cada vez más tiempo.

-Adelante.- Había días en los que nadie se acercaba por allí, llegó a pensar que todo aquello era una prueba que  la Agencia le tenía preparada para una posible misión.

-Martínez, el jefe quiere verte.- El jefe quería ver a Martínez, sería posible que después de dos años mirando la pantalla aquel hombre de la planta superior quisiese verlo. Le entró pánico y pensó que había metido la pata en algo. Era el problema de pasar días y días solo en el trabajo, al final te crees tus propias obsesiones y mentiras y pasa a engrosar ese extenso grupo de trabajadores que un día se jubilan y otro día se mueren y nadie pregunta por ellos. La vida pasa deprisa con la mochila cargada de miedo, esa era su frase de cabecera que había oído en alguna película de esas de los años treinta, esas que recreaban la Gran Depresión. Y así se sentía él, deprimido, pero con unas ganas terribles de vivir, ideas contradictorias que bloqueaban su pensamiento. Subiendo por aquellas escaleras al piso de arriba pensó que ya era hora de acabar con todo aquello, no quería seguir sufriendo temores infundados, toda esa porquería que lo devoraba lo estaba secando. Lo tenía más que claro, antes que su jefe le echase la reprimenda le diría que se iba, que lo dejaba todo, que estaba cansado de esperar a que pasase algo. Quería que vivir.

-Pase, por favor.- Llamó a la puerta con ánimos renovados, lo tenía más que claro. Por su cabeza veía a su padre y su madre y a parte de la comunidad hispana que tan orgullosa estaba de él, pero no dejaría que esos pensamientos le ahogasen su idea. Se iba y punto-. Hugo, siéntate, por favor.- Se había dado cuenta, cómo no. El jefe sabía su nombre de pila. De repente todos los pensamientos obsesivos desaparecieron. Todo su ser quedó pendiente de aquel tipo calvo con una corbata manchada de kétchup. Pensó que lo de irse, podía esperar unos minutos.

Permanecieron callados durante unos instantes, el tipo calvo escribiendo algo en un papel, con un bolígrafo dorado y mirando por encima de unas gafas de presbicia demasiado pasadas de moda, tanto que a Hugo le parecieron que le daban cierto aire de modernidad a su jefe. Estaba expectante, pero había decidido no hacer preguntas, por si acaso metía la pata.

-Agente Martínez, ¿conoce Cáceres?- el agente Martínez conocía perfectamente el español y le había parecido que entre aquellas palabras empalagosas inglesas se coló una palabra del idioma paterno.

-¿Señor?-El jefe levantó la mirada y se quedó mirando al empleado gubernamental, durante unos segundos se quedó pensativo, a Hugo le pareció ver la mirada de alguien muy desconfiado.

-Cáceres, España, Europa.-No tenía ni idea de dónde estaría ese pueblo o ciudad llamada Cáceres, pero al oír Europa, su corazón empezó a latir tan fuerte que a punto estuvo de llorar.

-Ni idea señor, lo buscaré en las bases de datos.- En realidad esa no era la respuesta que quería dar, en realidad lo que quería decirle es que estaba dispuesto a ir donde fuese, estaría dispuesto a pagarse él mismo lo billetes, estaría dispuesto a todo por salir de allí.

-No es necesario, haga sus maletas, mañana sale para Europa, irá a un pequeño pueblo llamado Casar de Cáceres en España. ¿Algún problema?

 

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