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Territorio
cercano a la Base Militar Acorn (territorio soberano de los EEUU)
Casar de
Cáceres. Cáceres. España.
Todo el mundo piensa, y así consta en multitud de informes
de alucinados del mundo del espionaje, que el AREA 12, en Nuevo México, es la
base militar más secreta del mundo. Falso. El territorio estadounidense se
amplía de forma considerable fuera de sus fronteras, y no hablamos de soberanía
y todas esas chorradas legales, hablamos de lo más íntimo de un estado que ha
tratado de controlar el mundo desde el siglo XIX. Hablamos de sus letrinas, por
buscar una comparación, hablamos de esa
parte oscura del individuo, hablamos de esa parte donde están los secretos que
nos avergüenzan a nosotros mismos, es, en definitiva, dónde se hace y se
deshace la historia. Todo pensado para que los ciudadanos americanos celebren
Acción de Gracias o Halloween sin preocuparse de qué o quiénes pueden
amenazarles. Así, con ese ideal, nace la base estratégica más importante del sur
de Europa. Conocida en un solo despacho de Langley (Virgina) como, Acorn Base, o lo que es lo mismo, Base Bellota.
En el despacho del Alcalde de Casar de Cáceres, un viejo
sillón de piel sustenta las viejas posaderas del tipo al que, un día de hace más
de veinte años, se acercó otro tipo con acento extraño. Pasó por la puerta de
su casa cuando estaba refrescándola después de las interminables tardes de
canícula y le preguntó si era aficionado
a la ufología. Genaro el Veinte Pollas, así era conocido en el pueblo,
por su primer intento de negocio fallido con tales ovíparos, se quedó mirando a
aquel extranjero y le soltó la frase que convenció a los americanos para que en
ese pueblo del centro Extremadura, se instalase la base súper secreta: A mí, déjeme de más bichos, que con las
pollas he tenío suficiente.
¿Qué le ofrecieron a Genaro para que dejase instalar una
base del ejército americano en su pueblo? Nunca se lo dijo a nadie, o lo más
seguro, es que ni siquiera supiese que en la dehesa boyal del pueblo había una
base secreta, pero quince días después de su primer encuentro, tres camiones de
la empresa de Cesáreo Martín Sanz, CMS, se presentaron a la entrada del ayuntamiento
del pueblo preguntando por el alcalde Genaro López (lo del Veinte Pollas era un
apodo local, que hasta ese momento era conocido por los lugareños y el
Vicepresidente de la Junta de Extremadura, amigo personal del Alcalde, según él
presumía, pero eso, es otra historia). (Imposible desligar la instalación de la
base americana de la amistad entre el Alcalde y el Vicepresidente). Así pasaron
los hechos en marzo de 1988:
—José Antonio, soy yo.
—Perdona, ahora mismo no sé quién es usted.
—Soy Genaro, ¡coño!, el del Casar, el Veintepollas, el
Alcalde.
—Ya, creo que te recuerdo, el de las gallinas africanas de
la Feria de Zafra. (risas contenidas)
—El mismo, el mismo. Oye, que mira, que quería hacerte una
pregunta. Se han presentado unos tipos
de fuera que quieren montar algo aquí en el pueblo, creo que son americanos.
—Pero, ¿qué es lo que quieren montar?
—Pues si te digo la verdad, no me enterado muy bien, pero
dicen que le vendrá bien al pueblo y todas esas cosas.
—Y, ¿han pedido dinero?
—No, no, que va, nada más dicen que necesitan un terrenito
discreto y alejado de las miradas de los cotillas.
—Entonces no hay ningún problema, yo diría que es perfecto.
—El caso es que…
—Dime, qué necesitas.
—No, nada, el caso es que quiero saber si pueden utilizar unos
terrenillos que son del pueblo. Son ideales y no los usa nadie, vamos, que
están baldíos y eso…
—Ya, esto es sólo política local y muy facilona, ¿quién
tiene la mayoría en el pueblo?
—Pues, pues, nosotros, desde que murió el caudillo, nosotros,
no hay de otros partidos.
—Entonces no te preocupes, no hace falta que lo sometas a
pleno, tienes que hacer una especie de cesión entre el Ayuntamiento y la
empresa de los terrenos públicos durante, por ejemplo, veinte años y los
firmáis tú y el secretario.
—¿El secretario?
—¿Qué ocurre?
—Es que es el único que es de los otros.
—¿Qué otros?
—De Alianza Popular.
—Ya. Habla con él y mira cómo lo puedes convencer, ya sabes.
—No sé, ya veré. Es que es mi ex cuñado y no acabamos muy
allá.
(Joder, se oye esta palabra malsonante lejana, pero captada
por el auricular del Alcalde)
—Mira chico, haz lo que puedas. Lo tienes bastante fácil,
ellos lo ponen todo y tú solo los terrenos, más no se puede pedir. Ya sabes que
en la Junta estamos tiesos y que no hay para nada.
—Ya veré, adiós José Antonio.
—Adiós, adiós.
En el despacho de vicepresidencia de la Junta de
Extremadura, el alto mandatario regional descuelga nuevamente el auricular y le
pide, ¡no!, le ordena a su secretaria personal —que jamás, repito, jamás, me vuelva a poner al teléfono al Alcalde de
Casar de Cáceres, ese tal Genaro, el no sé qué Pollas.
—Federico, soy yo,
Genaro, pásate por mi despacho cuando puedas. No, es urgente. Han llegado los
americanos.
Federico había dejado de ser secretario del Ayuntamiento del
Casar de Cáceres hacía cinco años, jubilación anticipada por incapacidad o algo
así. Le habían diagnosticado una diabetes tipo 1 hacía más de diez años. Se
trataba con lo necesario, pero los últimos años había empeorado
considerablemente y le habían tenido que amputar una pierna por encima de la
rodilla, de la otra se resistía, se juramentó así mismo que no moriría como un
tullido sin poder ni sentarse solo en el váter. Lo que tenía claro es que
estaba sentenciado a muerte más pronto que tarde, el orgullo no entendía de
enfermedades.
Juan Antonio Barroso
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