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Y allí, frente a la corona remitida por algún malasombra, a
lo mejor todas esas chorradas que su
madre le había contado hacía dos días, eran verdad. A lo mejor, alguien se
había encargado de solucionarlo todo y acabar para siempre como ella. A lo
mejor todo era la mierda de vida que realmente parecía ser.
Ahora no podía pensar
con claridad, su madre se había muerto y toda su vida paralela, esa que ella
sustentaba al margen de su odiosa familia, se había derrumbado. ¿Y ahora qué? Se
iba a casa a aguantar todas las tardes a la bruja de su mujer y a las
aprendices de sus hijas. Le asoló un sentimiento que hasta ahora no había
tenido. Le entraron ganas de abandonarlo todo, de dejar este mundo en ese mismo
instante. Tuvo suerte, la angustia pasó de largo. El recuerdo de la
desesperación de ese instante estaría presente durante mucho tiempo. Esas cosas
no se olvidan.
—Hola soy el de la funeraria, le importaría acompañarme,
tenemos que firmar los papeles del seguro. Por cierto, discúlpeme, soy nuevo,
le acompaño en el sentimiento. —Un tipo pelirrojo ¿quién demonios era? No
recordaba a nadie pelirrojo en el pueblo. Él era el conserje del instituto y
por allí habían pasado, al menos desde que la mierda esa de la Logse les
obligaba, todos los chicos del pueblo y sus alrededores en los últimos veinte
años. Debía de ser de fuera, estaba claro.
—De acuerdo, pero no podría ser más tarde, está a punto de
empezar la misa de mi madre y, como usted comprenderá, tengo que estar
presente.
—No. Tiene que acompañarme. —Creyó no haber oído bien.
—Discúlpeme, pero creo que no le he entendido bien. —Trató
de ser amable, ya que él no lo había sido. Muy a su pesar, tenía claro que
nunca había sabido imponer su voluntad a casi nadie, por no hablar del respeto,
está claro que esa es una palabra que nadie asocia con él. Los recién llegados
de la escuela, esos que apenas tienen una sombra de mostacho encima del labio
superior, ya empezaban a reírse de Telmo. No podía demostrarlo, pero sabía
que el mote por el que todos le conocían en el instituto se lo puso un niño
de primero de la ESO. Los muy cabrones le llaman el triste, ¡joder, es que hasta algunos profesores le llaman así!
—Le he dicho que me acompañe y punto. —Estaba claro que el
valor no era lo suyo. Y no tuvo más remedio, siguió a aquel tipo. Había oído
hablar de los representantes de seguros, pero nunca pensó que eran gente tan
dura. Jodidos rácanos, seguro que querían cobrarle algo. Si hubiera estado allí
su madre ya lo habría echado a patadas.
Un pasillo. Estaba oscuro. Le pareció más largo de lo enseñaba
el edificio. Al final, relucían los marcos redondos y plateados de los ojos de
buey de las puertas. Aquel tipo la atravesó y ni tan siquiera la agarró para
que Telmo pasase. Le dio en el pómulo un buen golpe. No supo porque no
reaccionó, pero le arreó bien. Se paró, y de manera lastimosa, se agarró su
cara, ni siquiera se atrevía a quejarse.
Aquel pelirrojo, se dio la vuelta, y le preguntó si se encontraba bien. Para no
molestar, le hizo un gesto con la mano en señal de dios sabe qué. El caso es
que siguieron atravesando un par de puertas más hasta que llegaron a lugar muy
extraño. Un pequeño habitáculo, con dos puertas metálicas, esta vez sin
ventanas. El pelirrojo se dio la vuelta.
—Telmo, no quiero que te asustes, pero detrás de esas
puertas hay unas personas que quieren hablar contigo, también vas a encontrar
el cadáver de tu madre. Si quieres que todo vaya bien, te sugiero que no montes
el numerito.
—¿Y…los papeles…del seguro?
Juan Antonio Barroso
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