lunes, 9 de noviembre de 2015

La cochinera. Parte I, capítulo 5


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Y allí, frente a la corona remitida por algún malasombra, a lo mejor todas esas chorradas  que su madre le había contado hacía dos días, eran verdad. A lo mejor, alguien se había encargado de solucionarlo todo y acabar para siempre como ella. A lo mejor todo era la mierda de vida que realmente parecía ser.

 Ahora no podía pensar con claridad, su madre se había muerto y toda su vida paralela, esa que ella sustentaba al margen de su odiosa familia, se había derrumbado. ¿Y ahora qué? Se iba a casa a aguantar todas las tardes a la bruja de su mujer y a las aprendices de sus hijas. Le asoló un sentimiento que hasta ahora no había tenido. Le entraron ganas de abandonarlo todo, de dejar este mundo en ese mismo instante. Tuvo suerte, la angustia pasó de largo. El recuerdo de la desesperación de ese instante estaría presente durante mucho tiempo. Esas cosas no se olvidan.

—Hola soy el de la funeraria, le importaría acompañarme, tenemos que firmar los papeles del seguro. Por cierto, discúlpeme, soy nuevo, le acompaño en el sentimiento. —Un tipo pelirrojo ¿quién demonios era? No recordaba a nadie pelirrojo en el pueblo. Él era el conserje del instituto y por allí habían pasado, al menos desde que la mierda esa de la Logse les obligaba, todos los chicos del pueblo y sus alrededores en los últimos veinte años. Debía de ser de fuera, estaba claro.

—De acuerdo, pero no podría ser más tarde, está a punto de empezar la misa de mi madre y, como usted comprenderá, tengo que estar presente.

—No. Tiene que acompañarme. —Creyó no haber oído bien.

—Discúlpeme, pero creo que no le he entendido bien. —Trató de ser amable, ya que él no lo había sido. Muy a su pesar, tenía claro que nunca había sabido imponer su voluntad a casi nadie, por no hablar del respeto, está claro que esa es una palabra que nadie asocia con él. Los recién llegados de la escuela, esos que apenas tienen una sombra de mostacho encima del labio superior, ya empezaban a reírse de Telmo. No podía demostrarlo, pero sabía que el mote por el que todos le conocían en el instituto se lo puso un niño de primero de la ESO. Los muy cabrones le llaman el triste, ¡joder, es que hasta algunos profesores  le llaman así!

—Le he dicho que me acompañe y punto. —Estaba claro que el valor no era lo suyo. Y no tuvo más remedio, siguió a aquel tipo. Había oído hablar de los representantes de seguros, pero nunca pensó que eran gente tan dura. Jodidos rácanos, seguro que querían cobrarle algo. Si hubiera estado allí su madre  ya lo habría echado a patadas.

Un pasillo. Estaba oscuro. Le pareció más largo de lo enseñaba el edificio. Al final, relucían los marcos redondos y plateados de los ojos de buey de las puertas. Aquel tipo la atravesó y ni tan siquiera la agarró para que Telmo pasase. Le dio en el pómulo un buen golpe. No supo porque no reaccionó, pero le arreó bien. Se paró, y de manera lastimosa, se agarró su cara, ni siquiera se atrevía  a quejarse. Aquel pelirrojo, se dio la vuelta, y le preguntó si se encontraba bien. Para no molestar, le hizo un gesto con la mano en señal de dios sabe qué. El caso es que siguieron atravesando un par de puertas más hasta que llegaron a lugar muy extraño. Un pequeño habitáculo, con dos puertas metálicas, esta vez sin ventanas. El pelirrojo se dio la vuelta.

—Telmo, no quiero que te asustes, pero detrás de esas puertas hay unas personas que quieren hablar contigo, también vas a encontrar el cadáver de tu madre. Si quieres que todo vaya bien, te sugiero que no montes el numerito.

—¿Y…los papeles…del seguro?

Juan Antonio Barroso

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