domingo, 22 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 12


12

Federico al volver a casa se encontró a su hija sentada en la silla de siempre, cerca de la ventana, viendo pasar. Allí estaba, desde que Genaro se cansó de ella. Su única oportunidad de salir de aquel infierno se había esfumado en apenas dos años de matrimonio. Tuvo que volver, con la cabeza agachada, casi suplicando que le diesen un techo. Gracias a Federico, su mujer, Teresa la Relojera cedió. Pero sólo cedió en lo del techo, en lo demás seguía haciéndoles la vida imposible al padre y a la hija.
Teresa la Relojera, hija del relojero de Arroyo de la Luz. Una vez que se casó con Federico, debería haber sido Teresa la Secretaria, pero ella se presentaba a todo el mundo como la hija del relojero y así se quedó. Nadie dijo nada, nadie se atrevió a decir nada. Teresa decidió que se tenía ir de casa con tan sólo quince años y lo hizo. Ese mismo año, antes de cumplir los dieciséis, se casó con un tal Federico, quince años mayor que ella. Y él se vio atrapado por aquella chiquilla descarada capaz de cualquier artimaña. A los dos meses de matrimonio ya estaba encita y nueve meses después llegó María de la Concepción, Concha para su padre. Para su madre, el impedimento que le truncaría sus planes vitales. Poco a poco se fue amargando y amargando a todos y todo lo que le rodeaba.
Federico la quiso en algún momento de su vida, eso seguro, pero pasaron los años y pensó que la convivencia con aquella mujer había sido fruto de la mala suerte, caso de una maldición que le había hecho estar amargado los últimos treinta años de su vida. Aquella mujer le había hecho una piltrafa humana. Lo que más le dolía no era lo que había hecho con él, sino lo que había hecho con su hija y su poca valentía para enfrentarse a ella.
No sabía cómo, pero todo aquello tenía que acabar. Ver así su hija, allí sentada, oyendo las sentencias de su madre a todas horas, arañando su alma hasta infectarla y volar por los aires su voluntad, le dolía mas que nada.
—Ya ha venido tu padre. Levántate de la silla. Es hora de poner la mesa. —Genaro no era un hombre cruel que se había aprovechado de la chiquilla. Realmente le gustaba y se había enamorado de ella. Pero la segunda noche que entró en casa, la primera había sido puro teatro, la Relojera se mostró tal como era. Y Genaro fue atravesado un camino de cristales que le llevó en dos años a romper. En medio de todo aquello, un matrimonio perdido y una mujer que tuvo que volver a casa, sin fuerzas, agotada, incapaz—. Ahí os he hecho un caldo de gallina, eso es lo que vais a cenar tú y tu padre. —Ella hablaba así de él, en tercera persona, no es que no lo pudiera soportar, simplemente lo odiaba.
—Hija, ¿cómo estás? —Federico estaba tan roto por ver así a su hija que deseaba la muerte en lo más profundo de su alma para su antiguo yerno. En realidad, entendía que se hubiese largado de allí, de su casa, entendía mejor que nadie lo insufrible que era su casa con aquella hiena, pero no podía perdonarle que hubiese dejado tirada a su hija, teniendo que volver a soportar el desprecio constante de su mujer. Nunca se lo perdonaría.
—¡Eso, tú dale coba!
—Teresa, por favor.
—¿Qué?
—La niña lo está pasando mal y necesita nuestro apoyo.
—¡No me jodas! Tú niña ya tiene treinta años. —Se giró y miró a su hija y a la vez que soltaba su verborrea le iba dando golpes en la espalda—. ¡Qué te tienes que espabilar, qué te tienes que espabilar!
—¡Vale ya! —gritó Federico.
—¿¡Qué pasa!? Secretario me vas a mandar al alguacil. ¡Ah! perdona, que ya no eres nada en este pueblo. ¡Ahora eres el cojo hijo puta del pueblo!
—Madre, ya pongo la mesa. —Concha no podía soportar que se metiera con su padre, era el único apoyo que tenía dentro de su inútil vida.
En pocos minutos estaban sentados  alrededor de la vieja camilla. El caldo insípido al menos estaba caliente. Padre e hija estaban sentados unos frente al otro. La Relojera sentada al otro lado, no comía. Miraba la televisión, un concurso, era lo mejor para que estuviese callada.
—Padre, ¿ha visto usted a Genaro? —Todos los días desde que Genaro el Veinte Pollas dejó a su hija Concha preguntaba por su exmarido. Todos los días Federico le mentía.
—Hija, creo que no se encuentra muy bien, también lo está pasando mal. —Era incapaz de decirle la verdad, su hija era lo único por lo que merecía la pena seguir aguantando a su mujer.
—Sois unos inútiles. —Solo fueron tres palabras que desencadenaron una cadena de errores o de aciertos, sólo el tiempo sería capaz de juzgarlo.
Concha empezó a llorar y dijo las tres palabras que cambiarían su vida, —¡me quiero morir!
Qué significaban aquellas tres palabras. No eran reales. Las habías soñado. Su niña se quería morir. Federico estaba sufriendo una descarga de penas tan profundas que por un instante se vio reflejado en el alma de su hija, comprendió el dolor de aquella mujer adulta incapaz de salir de una profunda tristeza. Sintió como todo se desmenuzaba, su cuerpo era arena, incapaz de contenerlo entre las manos. No podía hacer nada, pero lo hizo.
Se levantó de su silla torpemente, como siempre hacía. Se agachó a recoger su muleta sobaquera, como siempre hacía. E hizo lo que nunca había hecho. Agarró con todas sus fuerzas aquel trozo de hierro y empezó a golpear a la Relojera. ¡Una, dos, tres, mil veces! Siguió y siguió. No estaba matando a su mujer, estaba salvando a su hija.
¿Fue un instante o fueron horas?, daba igual, cuando la hija y el padre se miraron, solo se pudo ver una sonrisa. Él había desterrado la pena de la cara de su hija, lo sabía. Ella veía a su padre como el hombre que siempre había soñado. Federico se sentó, jadeante, no estaba cansado, estaba eufórico, liberado del yugo maltratador. No sentía pena, ni miedo, solo sentía el alivio feroz de un combatiente que acababa de salvar su vida. Era feliz por primera vez en muchos años.
Pasó la felicidad y la locura, sin apenas poder acariciarlas y vio como el espacio y el tiempo volvían a unirse y se mostraron tal como eran. Sus manos ensangrentadas, una de ellas soldada al arma asesina. Quería librarse de ella, miraba la mano, incapaz de arrojarla al suelo, miró suplicante a su hija. Y allí estaba Concha, seguía sonriendo, con sus mejillas llenas de sangre. Desde el día en que se libró de la seguridad de su padre y pudo montar en bicicleta ella sola, Federico no había vuelto a ver aquella cara. Supo entonces, que no se había equivocado, que el mayor acierto de su vida había sido matar a su mujer. La vuelta al mundo real, esos remordimientos que le acosaron por un instante desaparecieron, se esfumaron. Pensó si todo aquello era locura. No, no, no. Era el momento de empezar de nuevo, de vivir, se lo merecían, nadie entendería qué había pasado en aquella casa, pero le daba igual. Estaba cansado de disimular, de ser lo que no era, de fingir que su vida era perfecta.
—Padre, no se preocupe, todo saldrá bien. —Era el punto y final a la vida pasada. La generosa aportación de su hija, era el empujón definitivo.
—Gracias, hija mía.
 
Juan Antonio Barroso

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