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Telmo miró tan asustado a Don Benito que su cara reflejó un
terror propio de una situación que ninguno de los dos se podía imaginar. ¡Le
habían sacado un cable a su madre de ahíiiiii!
-¿Alguien puede explicarme qué demonios está pasando?-
parecía que Telmo mostraba algo de carácter, acto seguido, el hombre negro puso
la mano sobre su frente y le siseo
durante unos segundos.
-Tranquilo, tranquilo, todo acabará en unos instantes.-
Sorprendentemente, Telmo se calló.
-¿Dónde tienen estos prototipos el puerto USB?- Raúl, el
chico de la funeraria, era el más inexperto de los tres, en realidad era su
primera reanimación y grabación de órdenes, no quería que nada de aquello
saliese mal y así condicionar su vida profesional.
-Este modelo lo tiene en la nuca, hay que taladrar.-
Contestó el hombre negro.
-¡Un momento, un momento!, ¿qué demonios van a taladrar?- El
cura no pudo contenerse, no veía a Telmo como ellos lo veían. Él tenía
delante a la persona que había formado
parte, no con mucha intensidad, de su vida los últimos treinta años. No estaban
seguros, pero ambos sintieron un sentimiento paterno-filial desconocido hasta
entonces.
-¡No podemos retrasarnos más con toda esta mierda!¡tenemos
que proceder!- El italiano se empezó a poner nervioso. Ya eran una cuantas
reanimaciones y transferencias a las que había asistido a lo lardo de su vida,
y era verdad que todos se ponían nerviosos, era un choque vital para el que
ninguno de los prototipos estaba preparado, pero las cosas eran así, y este tal
Telmo le estaba empezando a tocar las narices, por no hablar del cura con
complejo de padre.-Mira hijo, esta es tu nueva vida, en lo que te vas a
convertir, es para lo que has sido creado. Es tu destino.- Que palabras tan
bonitas, pensaron todos. La emoción los podía desbordar en cualquier momento.
Telmo, que no estaba preparado para nada de aquello, se
imaginó que eran una panda de chiflados pertenecientes a algún tipo de secta
sexual (era lógico pensarlo después de ver la afición por meter aparatos por
los orificios con mayor contenido sexual)
El italiano miró a Raúl y le hizo una indicación con la
cabeza a la vez que miraba hacia el instrumental que tenía que utilizar. El
negro, sabedor de cual era unos de sus cometidos se espanzurró encima del
cuerpo de Telmo.
-¡Vamos chicos, acabemos con esto de una vez!- Telmo se
resistía, vociferaba como un cochino en el momento de pasarlo a cuchillo. Raúl,
muy predispuesto, se fue directo a por
la broca del ocho para taladrar la nuca lo antes posible. Y el cura, Benito,
que no estaba acostumbrado a luchar físicamente por nada, empezó a vomitar allí
mismo.
-¡El hijoputa del cura, como lo está poniendo todo!.- El
italiano, prácticamente había perdido el acento de Nápoles y le salió un acento de Utrera inconfundible.
El cura seguía vomitando sin intención de dejarlo a las
primeras de cambio. El negro, encima de Telmo, sonreía y se estaba empezando a
poner cariñoso. Raúl, muy callado hasta entonces, empezó a cantar, sí, empezó a
cantar:
-“Sabes mejor que
nadie que me fallaste, que lo que prometiste se te olvidó. Sabes a ciencia
cierta que me engañaste aunque nadie te amaba igual que yo. Lleno estoy de
razones pa´ despreciarte y sin embargo quiero que seas feliz. Y allá en el otro
mundo en vez de infierno encuentres gloria, y que una nube de tu memoria me
borre a mí. – La locura se había hecho presa de todos ellos. El negro se
levantó de encima del desgraciado de Telmo y el italiano empezó a menear sus
caderas al son de la melodía que entonaba Raúl-. Y allá en el otro mundo en vez de infierno encuentres gloria, y que
una nube de tu memoria me borre a mí.- Ambos, el negro y el italiano,
entraron en un profundo éxtasis del que no eran capaces de salir. Cómo
hipnotizados cantaban y bailaban la famosa canción interpretada por Albert
Hammond. Y allí, los otros dos, el cura y Telmo, mirando sin saber si salir
corriendo o ponerse a cantar.
Una mirada incisiva y unas palabras muy certeras les sacaron
de su asombro-. ¡Corran, corran, yo me encargo de estos dos!¡Este es el lugar
dónde tienen que ir si quieren saber de qué va todo esto!- Y Raúl, después de
ofrecerles un trozo de papel garabateado, siguió entonando la vieja letra. Una
pareja salió corriendo de aquel lugar y la otra siguió bailando y cantando,
como si fuera el momento más feliz de sus vidas.
-…dile al que te
pregunte que no te quise, dile que te engañaba, que fui lo peor. Échame a mí la
culpa de lo que pase, cúbrete tú la espalda con mi dolor. Y allá en el otro
mundo en vez de infierno…
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