lunes, 30 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 17


 

17

Telmo miró tan asustado a Don Benito que su cara reflejó un terror propio de una situación que ninguno de los dos se podía imaginar. ¡Le habían sacado un cable a su madre de ahíiiiii!
-¿Alguien puede explicarme qué demonios está pasando?- parecía que Telmo mostraba algo de carácter, acto seguido, el hombre negro puso la mano sobre  su frente y le siseo durante unos segundos.
-Tranquilo, tranquilo, todo acabará en unos instantes.- Sorprendentemente, Telmo se calló.
-¿Dónde tienen estos prototipos el puerto USB?- Raúl, el chico de la funeraria, era el más inexperto de los tres, en realidad era su primera reanimación y grabación de órdenes, no quería que nada de aquello saliese mal y así condicionar su vida profesional.
-Este modelo lo tiene en la nuca, hay que taladrar.- Contestó el hombre negro.
-¡Un momento, un momento!, ¿qué demonios van a taladrar?- El cura no pudo contenerse, no veía a Telmo como ellos lo veían. Él tenía delante  a la persona que había formado parte, no con mucha intensidad, de su vida los últimos treinta años. No estaban seguros, pero ambos sintieron un sentimiento paterno-filial desconocido hasta entonces.
-¡No podemos retrasarnos más con toda esta mierda!¡tenemos que proceder!- El italiano se empezó a poner nervioso. Ya eran una cuantas reanimaciones y transferencias a las que había asistido a lo lardo de su vida, y era verdad que todos se ponían nerviosos, era un choque vital para el que ninguno de los prototipos estaba preparado, pero las cosas eran así, y este tal Telmo le estaba empezando a tocar las narices, por no hablar del cura con complejo de padre.-Mira hijo, esta es tu nueva vida, en lo que te vas a convertir, es para lo que has sido creado. Es tu destino.- Que palabras tan bonitas, pensaron todos. La emoción los podía desbordar en cualquier momento.
Telmo, que no estaba preparado para nada de aquello, se imaginó que eran una panda de chiflados pertenecientes a algún tipo de secta sexual (era lógico pensarlo después de ver la afición por meter aparatos por los orificios con mayor contenido sexual)
El italiano miró a Raúl y le hizo una indicación con la cabeza a la vez que miraba hacia el instrumental que tenía que utilizar. El negro, sabedor de cual era unos de sus cometidos se espanzurró encima del cuerpo de Telmo.
-¡Vamos chicos, acabemos con esto de una vez!- Telmo se resistía, vociferaba como un cochino en el momento de pasarlo a cuchillo. Raúl,  muy predispuesto, se fue directo a por la broca del ocho para taladrar la nuca lo antes posible. Y el cura, Benito, que no estaba acostumbrado a luchar físicamente por nada, empezó a vomitar allí mismo.
-¡El hijoputa del cura, como lo está poniendo todo!.- El italiano, prácticamente había perdido el acento de Nápoles  y le salió un acento de Utrera inconfundible.
El cura seguía vomitando sin intención de dejarlo a las primeras de cambio. El negro, encima de Telmo, sonreía y se estaba empezando a poner cariñoso. Raúl, muy callado hasta entonces, empezó a cantar, sí, empezó a cantar:
-“Sabes mejor que nadie que me fallaste, que lo que prometiste se te olvidó. Sabes a ciencia cierta que me engañaste aunque nadie te amaba igual que yo. Lleno estoy de razones pa´ despreciarte y sin embargo quiero que seas feliz. Y allá en el otro mundo en vez de infierno encuentres gloria, y que una nube de tu memoria me borre a mí. – La locura se había hecho presa de todos ellos. El negro se levantó de encima del desgraciado de Telmo y el italiano empezó a menear sus caderas al son de la melodía que entonaba Raúl-. Y allá en el otro mundo en vez de infierno encuentres gloria, y que una nube de tu memoria me borre a mí.- Ambos, el negro y el italiano, entraron en un profundo éxtasis del que no eran capaces de salir. Cómo hipnotizados cantaban y bailaban la famosa canción interpretada por Albert Hammond. Y allí, los otros dos, el cura y Telmo, mirando sin saber si salir corriendo o ponerse a cantar.
Una mirada incisiva y unas palabras muy certeras les sacaron de su asombro-. ¡Corran, corran, yo me encargo de estos dos!¡Este es el lugar dónde tienen que ir si quieren saber de qué va todo esto!- Y Raúl, después de ofrecerles un trozo de papel garabateado, siguió entonando la vieja letra. Una pareja salió corriendo de aquel lugar y la otra siguió bailando y cantando, como si fuera el momento más feliz de sus vidas.
-…dile al que te pregunte que no te quise, dile que te engañaba, que fui lo peor. Échame a mí la culpa de lo que pase, cúbrete tú la espalda con mi dolor. Y allá en el otro mundo en vez de infierno…

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