martes, 3 de noviembre de 2015

La cochinera. Parte I. Capítulo 1



1
            Hijo, tú eres tonto.
Así eran los bienes aparentes que Telmo Asunsolo recibiría de esa mujer que, por costumbre, dudaba que fuese su madre. Acariciándose las yemas de los dedos, como si con ello pudiese contar cada surco de piel, trataba de recordar un nuevo legado incorpóreo y, dándose por vencido, como en él era costumbre, se abstraía en un nuevo pensamiento absurdo. Él mismo reconocía, por méritos propios,  que no había sido el hijo más amado, pero lo cierto era que la competencia apenas existía. Su único rival, ese personaje que le habían impuesto como hermano, era un auténtico paria. En paro y pagando una escandalosa pensión a su exmujer, andaba criando canarios como principal actividad vital. Sin embargo, él, que era el único que mantenía su puesto de trabajo de funcionario y, por si fuera poco, el único de los dos que aún  no se había separado, y no por falta de ganas, nunca consiguió desarrollar la idea ficticia  del favor amoroso de una madre. Y en uno de esos reproches universales materno-filiales, recordó otro de los aportes ideológicos, —hijo, esa mujer es una harpía —Cuánta razón tenía. Cada vez que su madre, ahora difunta, se lo recordaba, su mente se armaba de un mesiánico valor soluble e imaginaba como que se lo soltaba,  Josefina que he pensado que ya no te quiero y que te tienes que ir de mi casa, porque esta casa, es mía.  —En pocos segundos el temor y  la melancolía lo derrumbaban todo y  sé imaginaba la respuesta, —Tú, eres, imbécilasí, arrastrando cada sílaba, levantado la mano derecha y golpeando la cara una sola vez, como lo hacen los que se saben poderosos. Y él hacía lo único que sabía hacer, clavar su barbilla en el pecho, descolgar sus hombros y esconder sus manos en los bolsillos.
—Telmo, ¿quién ha pagado esta corona? —Y llegó el primer familiar inoportuno, la tía Encarna. Borracha, borracha y borracha. Una de las dos parientes conocidas  de su madre, junto con Lola, la otra. Él las llamaba titas, pero no eran hermanas ni de su madre  ni de su padre, sólo sabía que eran de la familia porque así se lo había dicho su madre. Encarna, a pesar de su afición por las bebidas fermentadas, no era mala persona y algunas veces le arrimaba algo de dinero, a sabiendas de las carencias del chaval. Lola, que era mala porque le encantaba ser así,  se había dedicado a amargarle la vida a todo el que se arrimaba a ella. Se casó con un tal Dimas y a los tres meses se lio con un marino mercante que pasó por el pueblo. ¡Un marino mercante que pasaba por  Caudete! Pobre Dimas. A los tres días se lo encontraron colgado del único árbol que había en la huerta del abuelo Raimundo.
—Tita, no sé quién ha pagado esa corona. —Las cosas para las que Telmo tenía poca experiencia.
—Es bonita verdad. —Pensó que su tía había sido más prudente con la bebida. Se equivocó. Inconscientemente miró aquella corona, leyó la cinta y un escalofrío  recorrió todo su  cuerpo.
—Artemio, ¿quién ha traído esta corona? —Artemio que trataba de resolver la cuestión reciproca del amor con sus canarios, respondió como era de esperar.
—No sé Telmo —una respuesta más que previsible en su hermano mayor, y eso que el tonto era él—, me parece que ese de ahí lo debe de saber todo, es el encargado del tinglado.
Miró al chaval de la funeraria y sintió cierta repulsión. La camisa estaba demasiado sucia, los cercos de sudor habían tomado cierto color anaranjado.
—Hola, soy el hijo de la difunta. ¿Puedo hacerle una consulta?
—Depende.
— ¿Perdone? —Pensó que aparte de guarro era maleducado.
—Sí, le he dicho que depende.
— ¿Depende? ¿De qué?—Telmo, que estaba en uno de esos momentos de hastío y ánimo vengador, trataba de contenerse.
—Del contenido de la respuesta —A pesar del momento, se sentía incapaz de levantar esos puños y partirle la cara al empleado de la funeraria.
—Está bien, me puede decir, ¿quién ha traído esa corona?
—Déjeme que lo consulte. —¡Pero qué coño tenía que consultar!, hay dos coronas y una de ellas la ha pagado el seguro, por tanto ¿?—. Según parece ha sido alguien de aquí.
—Pero, ¿de aquí, aquí?
—Sí, de Caudete
—Pero, ¿no se habrán equivocado? —Estaba realmente confuso.
—No lo creo, tenemos un sistema informático realmente fiable y reproduce las frases que el cliente previamente escribe, quiero decir, que no hay una operadora que recoja de su puño y letra ninguna de estas frases de condolencia, conque no hay posible error humano, al menos, por nuestra parte.
—Pero, eso que hay escrito, no estoy muy seguro que sea una frase de condolencia…
—Déjeme que lo compruebe —¡por favor! sus ojos lo decían todo—, tiene usted toda razón, creo que no es una frase de condolencia, a no ser que…
—¿Qué?
—Pues… que sea lenguaje en clave —Efectivamente, el tipo era tonto.
—Perdone, pero en esa horrible cinta pone “Llegó tú hora, todos nos alegramos” y firma “El Consorcio”.

Juan Antonio Barroso




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