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Hijo, tú eres tonto.
Así eran los bienes aparentes que Telmo
Asunsolo recibiría de esa mujer que, por costumbre, dudaba que fuese su madre. Acariciándose
las yemas de los dedos, como si con ello pudiese contar cada surco de piel, trataba
de recordar un nuevo legado incorpóreo y, dándose por vencido, como en él era
costumbre, se abstraía en un nuevo pensamiento absurdo. Él mismo reconocía, por
méritos propios, que no había sido el hijo
más amado, pero lo cierto era que la competencia apenas existía. Su único rival,
ese personaje que le habían impuesto como hermano, era un auténtico paria. En
paro y pagando una escandalosa pensión a su exmujer, andaba criando canarios
como principal actividad vital. Sin embargo, él, que era el único que mantenía
su puesto de trabajo de funcionario y, por si fuera poco, el único de los dos
que aún no se había separado, y no por
falta de ganas, nunca consiguió desarrollar la idea ficticia del favor amoroso de una madre. Y en uno de
esos reproches universales materno-filiales, recordó otro de los aportes
ideológicos, —hijo, esa mujer es una
harpía —Cuánta razón tenía. Cada vez que su madre, ahora difunta, se lo
recordaba, su mente se armaba de un mesiánico valor soluble e imaginaba como
que se lo soltaba, —Josefina que he pensado que ya no te quiero y que te tienes que ir de
mi casa, porque esta casa, es mía. —En
pocos segundos el temor y la melancolía
lo derrumbaban todo y sé imaginaba la
respuesta, —Tú, eres, imbécil —así,
arrastrando cada sílaba, levantado la mano derecha y golpeando la cara una sola
vez, como lo hacen los que se saben poderosos. Y él hacía lo único que sabía
hacer, clavar su barbilla en el pecho, descolgar sus hombros y esconder sus
manos en los bolsillos.
—Telmo, ¿quién ha pagado esta corona? —Y llegó el primer familiar
inoportuno, la tía Encarna. Borracha, borracha y borracha. Una de las dos
parientes conocidas de su madre, junto
con Lola, la otra. Él las llamaba
titas, pero no eran hermanas ni de su madre ni de su padre, sólo sabía que
eran de la familia porque así se lo había dicho su madre. Encarna, a pesar de
su afición por las bebidas fermentadas, no era mala persona y algunas veces le
arrimaba algo de dinero, a sabiendas de las carencias del chaval. Lola, que era
mala porque le encantaba ser así, se
había dedicado a amargarle la vida a todo el que se arrimaba a ella. Se casó
con un tal Dimas y a los tres meses se lio con un marino mercante que pasó por
el pueblo. ¡Un marino mercante que pasaba por
Caudete! Pobre Dimas. A los tres días se lo encontraron colgado del
único árbol que había en la huerta del abuelo Raimundo.
—Tita, no sé quién ha pagado esa corona. —Las cosas para las
que Telmo tenía poca experiencia.
—Es bonita verdad. —Pensó que su tía había sido más prudente
con la bebida. Se equivocó. Inconscientemente miró aquella corona, leyó la
cinta y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
—Artemio, ¿quién ha traído esta corona? —Artemio que trataba
de resolver la cuestión reciproca del amor con sus canarios, respondió como era
de esperar.
—No sé Telmo —una respuesta más que previsible en su hermano
mayor, y eso que el tonto era él—, me parece que ese de ahí lo debe de saber
todo, es el encargado del tinglado.
Miró al chaval de la funeraria y sintió cierta repulsión. La
camisa estaba demasiado sucia, los cercos de sudor habían tomado cierto color
anaranjado.
—Hola, soy el hijo de la difunta. ¿Puedo hacerle una
consulta?
—Depende.
— ¿Perdone? —Pensó que aparte de guarro era maleducado.
—Sí, le he dicho que depende.
— ¿Depende? ¿De qué?—Telmo, que estaba en uno de esos
momentos de hastío y ánimo vengador, trataba de contenerse.
—Del contenido de la respuesta —A pesar del momento, se
sentía incapaz de levantar esos puños y partirle la cara al empleado de la
funeraria.
—Está bien, me puede decir, ¿quién ha traído esa corona?
—Déjeme que lo consulte. —¡Pero qué coño tenía que
consultar!, hay dos coronas y una de ellas la ha pagado el seguro, por tanto ¿?—.
Según parece ha sido alguien de aquí.
—Pero, ¿de aquí, aquí?
—Sí, de Caudete
—Pero, ¿no se habrán equivocado? —Estaba realmente confuso.
—No lo creo, tenemos un sistema informático realmente fiable
y reproduce las frases que el cliente previamente escribe, quiero decir, que no
hay una operadora que recoja de su puño y letra ninguna de estas frases de
condolencia, conque no hay posible error humano, al menos, por nuestra parte.
—Pero, eso que hay escrito, no estoy muy seguro que sea una
frase de condolencia…
—Déjeme que lo compruebe —¡por favor! sus ojos lo decían
todo—, tiene usted toda razón, creo que no es una frase de condolencia, a no
ser que…
—¿Qué?
—Pues… que sea lenguaje en clave —Efectivamente, el tipo era
tonto.
—Perdone, pero en esa horrible cinta pone “Llegó tú hora, todos nos alegramos” y
firma “El Consorcio”.
Juan Antonio Barroso
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