La cabeza sumergida en los hombros, hacía pensar al resto del vagón que no era una persona normal. Era verdad, no era una persona normal. Pero lo de la cabeza y los hombros solo le pasaba cuando estaba tan avergonzado de si mismo que no le apetecía seguir viviendo.
Hasta ahora lo había superado, o mejor, había conseguido arrinconar el miedo al ridículo. Esta vez no se podía librar.
Un hombre tumbado en la estación de Cuatro Caminos, posiblemente durmiendo la mona, y con los pies descalzos, debió, con toda probabilidad, haberse cortado las uñas recientemente y dejar uno de esos picos molestos. Su bufanda, que colgaba del cuello hasta los pies, debió de engancharse con la dichosa protuberancia. El maldito hilo parecía aferrado a la uña como si la vida le fuese en ello. No se soltó, a pesar de los tímidos intentos de su legítimo dueño. Incapaz, como siempre, de solucionar las más simples situaciones vitales, se montó en el metro.
Todos en el vagón lo miraban con cara incrédula. La bufanda iba perdiendo tamaño a medida que avanzaban en el trayecto, hasta que a la altura de Callao, desapareció.
Un niño soltó lo único que resultaba adecuado para tan angustioso momento:
-Realmente, era larga.
Juan Antonio Barroso
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