Y esperando en la entrada de la clase, estaba seguro que un dragón, desde el otro lado, se abriría paso hasta la puerta. La quemaría con un solo bufido. Los niños serían devorados en su punto, crujientes por fuera y tiernos por dentro. Mamá, que había metido en la cesta todo lo necesario para una jornada maratoniana, se olvidó, a pesar de los azotes que se afligía cada día, de que hoy, en colegio, la carne era totalmente gratis.
Y el director habló con papá. Su hijo tiene una cabeza prodigiosa. Mentiras para consolar a un progenitor que estaba harto de un púber zurumbático. ¡Para qué demonios quieres una llaves sino hay puertas que abrir!
Y yo, sentado, pensando. Ya es hora de entrar.
-Felipe, pasa y siéntate junto al gordo de bigote.
El apestoso tipo que tiene una pollería en la calle del Corte Inglés. Viene directamente a las nocturnas, sin pasar por su casa. Huele a muerte. Eso dice Lucilda.
Al terminar, una vaso de leche desnatada. Paco ata las ubres de la vaca con una goma para que no salga la grasa de la leche. Parece que funciona, el gordo, ya no engorda y Lucilda aplaca sus ánimos de tirarse a Luis.
Luis, médico psiquiatra, dice que algún día saldremos de este sitio. Yo, que no soy hombre crédulo, lo miro con pena.
De aquí, a pesar de las martingalas del loquero, no saldremos jamás.
Juan Antonio Barroso
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