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Raula, le
tienes que decir a tu padre, que la semana pasada se quedó con la vuelta del
pan. Qué tontería, mi padre tiene suficiente dinero, no le hace falta limosna
de nadie. Estaré equivocado. Ya estamos, cuantas veces te tengo que decir que
esa actitud tuya me pone mala. De qué me estás hablando, amor mío. Mira que
eres tonto, de tu facilidad para no luchar por tus creencias. Qué creencias, si
yo soy funcionario. Mira Telmo, mira. No sé Raula, hay días que no te entiendo…
—¡Aaaaah! Raula, déjame. —Parece que Telmo estaba volviendo
a la vida.
—¿Le sacamos esto? —Don Benito estaba asustado, no se podía
imaginar que podía sentir en aquellos momentos el bueno de Telmo.
—¡Todavía no! Puede ser peligroso que no complete el proceso
de regeneración. —El tipo de la camiseta del Inter fue claro.
El chico de la funeraria giró la rueda o dial o lo que fuese
hasta el final por indicaciones del italiano. Pasaron unos diez segundos,
momento en el que al reanimado se le empezaron a aflojar todos los músculos
corporales que contenían materia en los tres estados, el negro desnudo levantó
una mano y sentenció con una voz muy grave.
—Parad, el chico realmente ha vuelto. —La maquina dejó de emitir aquello
que le producía la nombrada descomposición a Telmo. El resucitado empezó a
toser, vomitar, estornudar, daba igual, volvió
a la vida. Todos cambiaron sus caras, todos, salvo Don Benito que con la primera
tos, estornudo o arcada de Telmo el ano soltó como una bala el plátano metálico
y se estampó en plena cara del clérigo. Así eran estos procesos, nadie se
sorprendió, por eso el religioso no se atrevió a decir nada.
—Chico, somos nosotros, estamos contigo, has vuelto a casa. —El
hombre negro a pesar de su aspecto musculado y de estar completamente desnudo,
resulto ser un varón extremadamente cariñoso y atento, una especie de madre
abnegada.
—¿Qué está pasando? ¿qué me ha pasado?¿dónde estoy?¿Don
Benito?¿mi madre? —demasiadas preguntas, pero los primeros momentos de una
regeneración eran siempre así, a nadie le sorprendió tal cantidad de preguntas,
quizá a Don Benito, pero, porque conocía a Telmo y sabía que no era el ser más
curioso que había conocido.
El chico de la funeraria y el cura se dispusieron a
reincorporarlo de inmediato, no había tiempo que perder, el funeral comenzaría
en menos de media hora y los asistentes, incluidos su hermano, lo echarían de
menos. Asieron al protagonista por ambos sobacos y, muy a su pesar, olvidaron
subirles el calzoncillo con la bandera inglesa y los pantalones. Al verse Telmo
de esa guisa, no puso ningún reparo, y con su comentario arrancó la primera
sonrisa al cura, pensando que estaba ante el chico de siempre.
—Tengo frío.
Por alguna extraña razón, el italiano, el negro y el chico
de la funeraria se miraron sorprendidos. Estaba claro, algo no marchaba como
estaba previsto.
—Telmo, soy Michael Doyle (extraño nombre para un italiano),
seré su mentor, estamos tratando de ajustar tus parámetros para que puedas realizar
la misión para la que fuiste creado. Eres capaz de procesar la información que
estás recibiendo. —Telmo miró al cura, arrugó el hocico y quiso que de su boca
saliesen palabras tratando de preguntar qué era todo aquello que estaba
escuchando. Le vino a la cabeza la filosofía de su madre con respecto a él,
¿realmente sería tonto como decía aquella señora que estaba recostada sobre la
mesa metálica?
—A veces pasa, no es común, pero pasa. —El chico de la
funeraria, también extrañado por el comportamiento de Telmo, trató de
tranquilizar a los asistentes.
—Yo creo que deberíamos meterle de nuevo el regenerador, lo
mismo ha sido poco tiempo, o poca intensidad. —El negro se estaba empezado a
poner nervioso. Estaba claro porque los de su serie tenían erecciones cuando se
sobrecargaba de información no controlada.
Y allá fueron de nuevo, situando al prototipo decúbito prono
para que, esta vez, poder eliminar cualquier posible error en cuanto a dios
sabe qué.
—Dele a la máxima potencia desde inicio.
—Pero señor Doyle, vamos a freírle el culo.
—No sé preocupe. Benito vaya a la farmacia a por unas
Aspirinas.
—¿Para el culo?
—¡No coño!, me está empezando a doler la cabeza.
Raula te he
comprado una plancha. ¡Una plancha! Si como esa que te gustaba, la de la
Teletienda. Pero, si a mí no me gusta planchar. (Silencio). No sé, quizá no te
conozca tan bien como yo pensaba. Se te están cruzando los días, quizá sea para
la de los fines de semana. Se llama Benito y es un hombre. ¡Te he dicho que no
quería saber su nombre! Lo sé… pero. Pero nada, ¿le quieres más que a mí? Es
diferente. No te entiendo. Pues eso, sólo es diferente. Ya. Sí, quiero decir
que los fines de semana con Benito son maravillosos, disfrutamos de cada
segundo que pasamos juntos. ¿Es que ya no disfrutas a mi lado? Sí, bueno, es
diferente. Tú ya no me quieres. No es eso. Sí, es eso. Descansa el fin de
semana Raula, el lunes hablamos de lo nuestro.
Juan Antonio Barroso
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