domingo, 22 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 11


11 

Raula, le tienes que decir a tu padre, que la semana pasada se quedó con la vuelta del pan. Qué tontería, mi padre tiene suficiente dinero, no le hace falta limosna de nadie. Estaré equivocado. Ya estamos, cuantas veces te tengo que decir que esa actitud tuya me pone mala. De qué me estás hablando, amor mío. Mira que eres tonto, de tu facilidad para no luchar por tus creencias. Qué creencias, si yo soy funcionario. Mira Telmo, mira. No sé Raula, hay días que no te entiendo…

—¡Aaaaah! Raula, déjame. —Parece que Telmo estaba volviendo a la vida.
—¿Le sacamos esto? —Don Benito estaba asustado, no se podía imaginar que podía sentir en aquellos momentos el bueno de Telmo.
—¡Todavía no! Puede ser peligroso que no complete el proceso de regeneración. —El tipo de la camiseta del Inter fue claro.
El chico de la funeraria giró la rueda o dial o lo que fuese hasta el final por indicaciones del italiano. Pasaron unos diez segundos, momento en el que al reanimado se le empezaron a aflojar todos los músculos corporales que contenían materia en los tres estados, el negro desnudo levantó una mano y sentenció con una voz muy grave.
—Parad, el chico realmente  ha vuelto. —La maquina dejó de emitir aquello que le producía la nombrada descomposición a Telmo. El resucitado empezó a toser, vomitar, estornudar, daba igual,  volvió a la vida. Todos cambiaron sus caras, todos, salvo Don Benito que con la primera tos, estornudo o arcada de Telmo el ano soltó como una bala el plátano metálico y se estampó en plena cara del clérigo. Así eran estos procesos, nadie se sorprendió, por eso el religioso no se atrevió a decir nada.
—Chico, somos nosotros, estamos contigo, has vuelto a casa. —El hombre negro a pesar de su aspecto musculado y de estar completamente desnudo, resulto ser un varón extremadamente cariñoso y atento, una especie de madre abnegada.
—¿Qué está pasando? ¿qué me ha pasado?¿dónde estoy?¿Don Benito?¿mi madre? —demasiadas preguntas, pero los primeros momentos de una regeneración eran siempre así, a nadie le sorprendió tal cantidad de preguntas, quizá a Don Benito, pero, porque conocía a Telmo y sabía que no era el ser más curioso que había conocido.
El chico de la funeraria y el cura se dispusieron a reincorporarlo de inmediato, no había tiempo que perder, el funeral comenzaría en menos de media hora y los asistentes, incluidos su hermano, lo echarían de menos. Asieron al protagonista por ambos sobacos y, muy a su pesar, olvidaron subirles el calzoncillo con la bandera inglesa y los pantalones. Al verse Telmo de esa guisa, no puso ningún reparo, y con su comentario arrancó la primera sonrisa al cura, pensando que estaba ante el chico de siempre.
—Tengo frío.
Por alguna extraña razón, el italiano, el negro y el chico de la funeraria se miraron sorprendidos. Estaba claro, algo no marchaba como estaba previsto.
—Telmo, soy Michael Doyle (extraño nombre para un italiano), seré su mentor, estamos tratando de ajustar tus parámetros para que puedas realizar la misión para la que fuiste creado. Eres capaz de procesar la información que estás recibiendo. —Telmo miró al cura, arrugó el hocico y quiso que de su boca saliesen palabras tratando de preguntar qué era todo aquello que estaba escuchando. Le vino a la cabeza la filosofía de su madre con respecto a él, ¿realmente sería tonto como decía aquella señora que estaba recostada sobre la mesa metálica?
—A veces pasa, no es común, pero pasa. —El chico de la funeraria, también extrañado por el comportamiento de Telmo, trató de tranquilizar a los asistentes.
—Yo creo que deberíamos meterle de nuevo el regenerador, lo mismo ha sido poco tiempo, o poca intensidad. —El negro se estaba empezado a poner nervioso. Estaba claro porque los de su serie tenían erecciones cuando se sobrecargaba de información no controlada.
Y allá fueron de nuevo, situando al prototipo decúbito prono para que, esta vez, poder eliminar cualquier posible error en cuanto a dios sabe qué.
—Dele a la máxima potencia desde inicio.
—Pero señor Doyle, vamos a freírle el culo.
—No sé preocupe. Benito vaya a la farmacia a por unas Aspirinas.
—¿Para el culo?
—¡No coño!, me está empezando a doler la cabeza.


Raula te he comprado una plancha. ¡Una plancha! Si como esa que te gustaba, la de la Teletienda. Pero, si a mí no me gusta planchar. (Silencio). No sé, quizá no te conozca tan bien como yo pensaba. Se te están cruzando los días, quizá sea para la de los fines de semana. Se llama Benito y es un hombre. ¡Te he dicho que no quería saber su nombre! Lo sé… pero. Pero nada, ¿le quieres más que a mí? Es diferente. No te entiendo. Pues eso, sólo es diferente. Ya. Sí, quiero decir que los fines de semana con Benito son maravillosos, disfrutamos de cada segundo que pasamos juntos. ¿Es que ya no disfrutas a mi lado? Sí, bueno, es diferente. Tú ya no me quieres. No es eso. Sí, es eso. Descansa el fin de semana Raula, el lunes hablamos de lo nuestro.
 
Juan Antonio Barroso

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