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Todo el mundo conocía a Federico Sanz Loles, secretario del
Ayuntamiento del Casar de Cáceres desde tiempos inmemoriales. Cuando se jubiló
nadie creyó que lo había dejado, hasta que un lugareño, llamado Tomás el
Cristales, borracho de lunes a lunes, le paró en medio de la plaza del pueblo y
le echó en cara que el Ayuntamiento no le hubiese pagado su aporte de material,
en este caso ventanas y cristales, para la última ampliación. En otro tiempo,
Federico le hubiese mandado al alguacil del pueblo para ajustarle las cuentas,
pero pronto se corrió la voz que esa misma noche el tal Tomás el Cristales
había dormido a pierna suelta y, por si fuera poco, a la mañana siguiente se
paseó por el pueblo con la cabeza bien alta, presumiendo de la hazaña de haber
salido ileso frente a uno de los caciques del pueblo. Desde entonces el miedo
se esfumó de la cara de las gentes del pueblo cada vez que se cruzaban con el
ínclito secretario. No es menos cierto que seguía teniendo malas pulgas, pero
cojo y con muletas sobaqueras, se hacía muy difícil que pillase a nadie.
Unos golpes en la puerta del Alcalde interrumpieron una
conversación telefónica. Federico entró sin tan siquiera esperar que lo
autorizasen desde el interior. El alcalde, mientras que acababa su conversación
telefónica, le indicó con la mano a su exsuegro que se sentase en una de las
sillas que tenía frente a él. Federico que no podía soportar a su ex yerno, se
hizo el loco y se resistió a recibir órdenes de aquel que consideraba un ser inferior,
entre otras muchas razones, porque nunca pudo suportar que él, funcionario de
carrera, se viese superado por un ignorante como aquel.
—Siéntate Federico, por favor. —El secretario se extrañó de
la entonación y educación de Genaro—. Federico, han llamado los americanos. Hay
que prepararlo todo. —Al oír el gentilicio trasatlántico se quedó de una pieza.
Dejó las muletas sobaqueras en el suelo y se sentó, o más bien, se dejó caer
sobre la silla que le había ofrecido Genaro.
Unos largos minutos escuchando a Genaro hablar por el
auricular, le hicieron impacientarse aún más y con sus dedos, muy hábiles,
empezó a hacer girar bolígrafos. El alcalde terminó su conversación con algún
alto mandatario de la Junta de Extremadura, era así por la cantidad de veces
que había dicho aquello de “como usted ordene”, y miró a su compañero de mesa.
—¡Suéltalo ya Genaro, me tienes en ascuas! —No podía aguantar en general a su ex yerno,
pero dadas las circunstancias, la necesidad de información, le hacía sentirse
más agresivo.
—Tranquilo Federico, que aquí el que manda soy yo.
—¡Déjate de chorradas y cuéntame qué pasa! —A Genaro le
encantaba hacerle suplicar a su exsuegro. Desde que se había separado de Charo
la Secretaria (mote en femenino por la profesión del padre) las cosas habían
cambiado. Genaro se había liberado del yugo de tener que aguantar las
impertinencias de su suegro, que constantemente le ordenaba qué debía hacer
dentro del consistorio. Tanto era así, que las segundas elecciones en las que
salió elegido, la gente, cansada de la pareja de conveniencia, tuvo que pactar
con los de Izquierda Unida, porque los votos no le llegaban para ser el
Alcalde. Genaro siempre le echó las culpas a su suegro por la mala leche qué
tenía con los convecinos y por ello, se lo habían hecho pagar a él.
Lo cierto es que Genaro, no era un Alcalde con mala leche, o
vengativo, simplemente era un político corrupto. La política como medio de vida,
además pronto entendió la forma de comprar las voluntades de los vecinos. Y la
gente, pues se dejaba, cómo no se iba a dejar. Si todo eso que hace Genaro el veinte Pollas lo habían hecho otros toda
la vida. Y así llevaba veinte años de alcalde, sin oficio ni beneficio,
hasta que lo echase el pueblo de su despacho. Pero eso, a él, no se le pasaba
por la cabeza.
—Está bien, Federico, tranquilízate, ha vuelto a llamar el
tipo de hace veinte años.
—¿El mismo?
—Supongo que es el mismo, porque hablaba igual.
—Tú eres tonto, Genaro…
—Eeeeh, que aquí mando... —la frase inacabada fue
interrumpida con una mano en alto del secretario.
—Lo sé, lo sé, lo sabemos todos en el pueblo, aquí mandas
tú.
—Y, Charo, ¿cómo está? —Genaro era así, no le daba a casi
nada la importancia que tenía. Seguramente, nunca se había preguntado qué
habían instalado los americanos en la dehesa boyal del pueblo. Tampoco era
necesario, porque desde hacía veinte años él y el secretario recibían por giro
postal, mil euros al mes, con el remite de una empresa con residencia en la
calle Velázquez 28 en Madrid llamada Uniacorn SL.
—Está bien, qué es lo que te ha dicho el americano. —Federico
era un hombre inteligente, y sabía que tarde o temprano los americanos pasarían
a exigirles algo más que la cesión del terreno para lo que fuese que tenían
allí instalado.
—Sólo me ha dicho que este sábado viene él y su equipo, que
necesitan que colaboremos con ellos en no sé qué de un proyecto secreto.
—Y tú, ¿qué les has dicho?
—Pues lo normal Federico, que quería más dinero.
—Ya. —Federico empezó a frotarse la barbilla de un lado
hacia otro, pensando qué pasos eran los siguientes en la nueva situación que se
presentaba. Durante los veinte años que había transcurrido desde la llegada de
los americanos, nadie se había preocupado demasiado de aquella nave que había
en medio de la dehesa boyal con una gran bandera y su respectivo escudo de la
Comunidad Autónoma de Extremadura. A los curiosos se les decía que había sido
un proyecto de la Junta y que al final había quedado en nada, total en aquella
época todo lo pagaba la Comunidad Económica Europea sin preguntar nada. Algún furtivo
trataba de curiosear, pero allí no había ventanas, sólo una gran puerta
metálica de corredera que no mostraba ninguna cerradura. La gente del pueblo,
digamos que se acostumbró, vamos, que la nave empezó a formar parte del paisaje
de la zona.
—¿Qué piensas Secretario? —La pregunta la hizo desde el
máximo respeto.
—Creo que vamos a llamar a Vicente…
—¡Al Orejones! —Genaro y Vicente habían sido compañero de
colegio, se cruzaron en cuarto curso. El Orejones había repetido dos veces por
curso desde que inició la EGB, cuando se encontró con el Veinte Pollas, les sacaba
más de medio metro. El primer día de curso, Vicente trataba de quedar claro
quién era el dueño de aquel lugar y una vez que escuchó el murmullo de sus
compañeros subiendo las escaleras para entrar a la clase, se escondió detrás de
la puerta a esperar, cuando vio la sombra de los primeros pasos soltó un gancho
de izquierda que impactó irremediablemente en la cara de Genero. Desde entonces
en la cara del Alcalde quedó una nariz ligeramente torcida hacia la izquierda y
en el resto de su cabeza el miedo, especialmente cuando atravesaba cualquier
vano. Siempre se lo pensaba dos veces antes de cruzar una puerta cuando iba solo, y
no dudaba en ceder el paso a todos sus acompañantes. La gente siempre lo
consideró un tipo bien educado, pero nada más alejado de la realidad.
—Sabes perfectamente que es el único con el que podemos
contar para que vigile la nave día y noche sin hacer preguntas. —Genaro, no era
tonto y ahí, el Secretario, había dado en el clavo.
—Está bien, —tuvo que ceder, no había otra—, pero no quiero
que se acerque por aquí. —Federico sabía de la historia entre ambos, en
realidad la sabía todo el pueblo, y estaba seguro que Vicente no daría
problemas. El Orejones, el año en que se cruzó con el Veinte Pollas, fue
expulsado del colegio y enviado a un centro de educación especial de Cáceres,
del que también fue expulsado a los quince días por golpear a un monitor y
romperle incisivos y caninos todos de una vez. Así fue como volvió al pueblo y
quedó un hombre con mentalidad de niño en una especie de limbo para toda su
vida. Pero tuvo suerte, su tía Encarnación López trabajaba en la casa de
Federico desde siempre y le pidió al señorito que hiciese algo por su sobrino.
Le consiguió una pensión de la que vivían él y el resto de la familia, incluida
la abuela y la tía Encarnación. Así fue como, de vez en cuando, el Secretario contaba con el chaval para hacer ciertos trabajos. El Orejones siempre se
mostró como el más servicial de los lacayos.
El Veinte Pollas, el Secretario y el Orejones
habían iniciado su misión de contraespionaje, lo que no se podían imaginar, al menos
los dos primeros, es que faltaba un cuarto componente del comando.
Juan Antonio Barroso
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