domingo, 22 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 10


 

10 

Todo el mundo conocía a Federico Sanz Loles, secretario del Ayuntamiento del Casar de Cáceres desde tiempos inmemoriales. Cuando se jubiló nadie creyó que lo había dejado, hasta que un lugareño, llamado Tomás el Cristales, borracho de lunes a lunes, le paró en medio de la plaza del pueblo y le echó en cara que el Ayuntamiento no le hubiese pagado su aporte de material, en este caso ventanas y cristales, para la última ampliación. En otro tiempo, Federico le hubiese mandado al alguacil del pueblo para ajustarle las cuentas, pero pronto se corrió la voz que esa misma noche el tal Tomás el Cristales había dormido a pierna suelta y, por si fuera poco, a la mañana siguiente se paseó por el pueblo con la cabeza bien alta, presumiendo de la hazaña de haber salido ileso frente a uno de los caciques del pueblo. Desde entonces el miedo se esfumó de la cara de las gentes del pueblo cada vez que se cruzaban con el ínclito secretario. No es menos cierto que seguía teniendo malas pulgas, pero cojo y con muletas sobaqueras, se hacía muy difícil que pillase a nadie.
Unos golpes en la puerta del Alcalde interrumpieron una conversación telefónica. Federico entró sin tan siquiera esperar que lo autorizasen desde el interior. El alcalde, mientras que acababa su conversación telefónica, le indicó con la mano a su exsuegro que se sentase en una de las sillas que tenía frente a él. Federico que no podía soportar a su ex yerno, se hizo el loco y se resistió a recibir órdenes de aquel que consideraba un ser inferior, entre otras muchas razones, porque nunca pudo suportar que él, funcionario de carrera, se viese superado por un ignorante como aquel.
—Siéntate Federico, por favor. —El secretario se extrañó de la entonación y educación de Genaro—. Federico, han llamado los americanos. Hay que prepararlo todo. —Al oír el gentilicio trasatlántico se quedó de una pieza. Dejó las muletas sobaqueras en el suelo y se sentó, o más bien, se dejó caer sobre la silla que le había ofrecido Genaro.
Unos largos minutos escuchando a Genaro hablar por el auricular, le hicieron impacientarse aún más y con sus dedos, muy hábiles, empezó a hacer girar bolígrafos. El alcalde terminó su conversación con algún alto mandatario de la Junta de Extremadura, era así por la cantidad de veces que había dicho aquello de “como usted ordene”, y miró a su compañero de mesa.
—¡Suéltalo ya Genaro, me tienes en ascuas!  —No podía aguantar en general a su ex yerno, pero dadas las circunstancias, la necesidad de información, le hacía sentirse más agresivo.
—Tranquilo Federico, que aquí el que manda soy yo.
—¡Déjate de chorradas y cuéntame qué pasa! —A Genaro le encantaba hacerle suplicar a su exsuegro. Desde que se había separado de Charo la Secretaria (mote en femenino por la profesión del padre) las cosas habían cambiado. Genaro se había liberado del yugo de tener que aguantar las impertinencias de su suegro, que constantemente le ordenaba qué debía hacer dentro del consistorio. Tanto era así, que las segundas elecciones en las que salió elegido, la gente, cansada de la pareja de conveniencia, tuvo que pactar con los de Izquierda Unida, porque los votos no le llegaban para ser el Alcalde. Genaro siempre le echó las culpas a su suegro por la mala leche qué tenía con los convecinos y por ello, se lo habían hecho pagar a él.
Lo cierto es que Genaro, no era un Alcalde con mala leche, o vengativo, simplemente era un político corrupto. La política como medio de vida, además pronto entendió la forma de comprar las voluntades de los vecinos. Y la gente, pues se dejaba, cómo no se iba a dejar. Si todo eso que hace Genaro el veinte Pollas lo habían hecho otros toda la vida. Y así llevaba veinte años de alcalde, sin oficio ni beneficio, hasta que lo echase el pueblo de su despacho. Pero eso, a él, no se le pasaba por la cabeza.
—Está bien, Federico, tranquilízate, ha vuelto a llamar el tipo de hace veinte años.
—¿El mismo?
—Supongo que es el mismo, porque hablaba igual.
—Tú eres tonto, Genaro…
—Eeeeh, que aquí mando... —la frase inacabada fue interrumpida con una mano en alto del secretario.
—Lo sé, lo sé, lo sabemos todos en el pueblo, aquí mandas tú.
—Y, Charo, ¿cómo está? —Genaro era así, no le daba a casi nada la importancia que tenía. Seguramente, nunca se había preguntado qué habían instalado los americanos en la dehesa boyal del pueblo. Tampoco era necesario, porque desde hacía veinte años él y el secretario recibían por giro postal, mil euros al mes, con el remite de una empresa con residencia en la calle Velázquez 28 en Madrid llamada Uniacorn SL.
—Está bien, qué es lo que te ha dicho el americano. —Federico era un hombre inteligente, y sabía que tarde o temprano los americanos pasarían a exigirles algo más que la cesión del terreno para lo que fuese que tenían allí instalado.
—Sólo me ha dicho que este sábado viene él y su equipo, que necesitan que colaboremos con ellos en no sé qué de un proyecto secreto.
—Y tú, ¿qué les has dicho?
—Pues lo normal Federico, que quería más dinero.
—Ya. —Federico empezó a frotarse la barbilla de un lado hacia otro, pensando qué pasos eran los siguientes en la nueva situación que se presentaba. Durante los veinte años que había transcurrido desde la llegada de los americanos, nadie se había preocupado demasiado de aquella nave que había en medio de la dehesa boyal con una gran bandera y su respectivo escudo de la Comunidad Autónoma de Extremadura. A los curiosos se les decía que había sido un proyecto de la Junta y que al final había quedado en nada, total en aquella época todo lo pagaba la Comunidad Económica Europea sin preguntar nada. Algún furtivo trataba de curiosear, pero allí no había ventanas, sólo una gran puerta metálica de corredera que no mostraba ninguna cerradura. La gente del pueblo, digamos que se acostumbró, vamos, que la nave empezó a formar parte del paisaje de la zona.
—¿Qué piensas Secretario? —La pregunta la hizo desde el máximo respeto.
—Creo que vamos a llamar a Vicente…
—¡Al Orejones! —Genaro y Vicente habían sido compañero de colegio, se cruzaron en cuarto curso. El Orejones había repetido dos veces por curso desde que inició la EGB, cuando se encontró con el Veinte Pollas, les sacaba más de medio metro. El primer día de curso, Vicente trataba de quedar claro quién era el dueño de aquel lugar y una vez que escuchó el murmullo de sus compañeros subiendo las escaleras para entrar a la clase, se escondió detrás de la puerta a esperar, cuando vio la sombra de los primeros pasos soltó un gancho de izquierda que impactó irremediablemente en la cara de Genero. Desde entonces en la cara del Alcalde quedó una nariz ligeramente torcida hacia la izquierda y en el resto de su cabeza el miedo, especialmente cuando atravesaba cualquier vano. Siempre se lo pensaba dos veces antes de cruzar una puerta cuando iba solo, y no dudaba en ceder el paso a todos sus acompañantes. La gente siempre lo consideró un tipo bien educado, pero nada más alejado de la realidad.
—Sabes perfectamente que es el único con el que podemos contar para que vigile la nave día y noche sin hacer preguntas. —Genaro, no era tonto y ahí, el Secretario, había dado en el clavo.
—Está bien, —tuvo que ceder, no había otra—, pero no quiero que se acerque por aquí. —Federico sabía de la historia entre ambos, en realidad la sabía todo el pueblo, y estaba seguro que Vicente no daría problemas. El Orejones, el año en que se cruzó con el Veinte Pollas, fue expulsado del colegio y enviado a un centro de educación especial de Cáceres, del que también fue expulsado a los quince días por golpear a un monitor y romperle incisivos y caninos todos de una vez. Así fue como volvió al pueblo y quedó un hombre con mentalidad de niño en una especie de limbo para toda su vida. Pero tuvo suerte, su tía Encarnación López trabajaba en la casa de Federico desde siempre y le pidió al señorito que hiciese algo por su sobrino. Le consiguió una pensión de la que vivían él y el resto de la familia, incluida la abuela y la tía Encarnación. Así fue como, de vez en cuando, el Secretario contaba con el chaval para hacer ciertos trabajos. El Orejones siempre se mostró como el más servicial de los lacayos.
El Veinte Pollas, el Secretario y el Orejones habían iniciado su misión de contraespionaje, lo que no se podían imaginar, al menos los dos primeros, es que faltaba un cuarto componente del comando.
 
Juan Antonio Barroso

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