sábado, 21 de noviembre de 2015

La Cochinera. Parte I. Capítulo 9


9


No sabía si estaría dispuesto a escuchar todo lo que tenía que contarle esa vieja chiflada, esa misma que decía que ya no era su madre. Quién podía negarle que todo  era una ristra de mentiras para un fin que no podía imaginar. ¡Qué dilema! Se volvió a acordar de su abuelo Raimundo y miró la dichosa fotografía, creyó firmemente que ese viejo retrato amarillento podía darle la solución a sus problemas, como si lo ojos del viejo lo empujasen hacía lo que necesitaba. ¿Se abría contagiado por la locura de su madre?
Y, sin saber de dónde vino la inspiración, entendió. Entendió todo aquello que Jacinta le había estado enseñando durante años. Y vio en los ojos del abuelo Raimundo, al menos eso creía él, la autorización para seguir hacia delante, sin mirar atrás, y, si fuera preciso, mandarlo todo a la mierda. Y así fue como le dijo a su madre la frase que ella esperaba oír desde el momento que entró aquella tarde en su casa.
—Madre, no se preocupe, estoy preparado. —Y ella lo miró, le sonrió y asintió aliviada con su cabeza. Se levantó del sillón donde estaba sentada y fue hacia el aparador donde guardaba la cubertería de Portugal. De allí sacó una vieja carpeta azul con solapas. Se la puso delante, mientras ella permanecía a su espalda. Agarró muy fuerte sus hombros acercándose a su oreja derecha y le susurró las primeras palabras de su nueva vida.
—Dos cosas más, en esa carpeta esta tú verdadero yo. —A pesar de su predisposición, uno nunca está preparado para oír una frase así, su cuerpo se inundó de escalofríos—, y la segunda cosa que te quiero decir es que esta noche moriré.
Telmo no reaccionó a la segunda de las confesiones. Miraba la carpeta azul. Jacinta estaba segura que había escuchado a la perfección todo lo que acababa de decir. Pero como era de esperar en un ser que se despreciaba a sí mismo, solo se quedó con la idea encontrar una nueva vida. En el fondo, tenía la rancia sensación que la vida que le había tocado no era  suya. Rodeado de una tranquilidad que a su propia madre sorprendió, se veía en sus ojos el deseo de abrir la vieja carpeta.
Se frotó las manos y las posó con sumo cuidado sobre la carpeta, como si el contenido se fuese a esfumar. Su madre ya había desaparecido. Al desenganchar la primera goma, se rompió y notó un tremendo latigazo en la nariz, ¡joder, hasta para eso era negado! Finalmente, las dos gomas se rompieron, deberían llevar muchos años sin abrirse, todo estaba amarillo y polvoriento. Tenía una angustia plomiza sobre su cabeza, se acordó de cuando nació su primera hija, el deseo y el miedo se entremezclan como el café y la leche, imposibles de separar.
Lo primero una vieja carta, con la tinta casi borrada, no le extrañaba, habían pasado muchos años, estaba fechada en 1969, con apenas cuatro líneas. Quería saborear cada instante no quería precipitarse.

 

Estimada Jacinta:

Tenemos al crío del Casar, a partir de ahora tú te encargarás de él. No hace falta recordarte que oportunidades como estas no se presentan dos veces en la vida. Estamos seguros que es el elegido.

El Consorcio


_¡No me jodas! ¿Madre está usted por ahí? ¡Madre!¡madre!_ Estaba claro que su madre se había esfumado. Pero qué narices significaba todo aquello. Tonto no era y estaba claro que aquella carta se refería a él. ¿¡Madre!?
Se empezó a poner nervioso y fue a buscarla. Se la encontró sentada sobre su cama, de espalda a la puerta, mirando hacia la ventana. Recordó las veces que la había visto en esa posición. La cama era alta y sus piernas colgaban, los pies se balanceaban hacia delante y hacia atrás. Llegó a saber, por el tipo de balanceo, cuándo estaba contenta o de mal humor. Ahora era una mujer mayor, desgastada por el paso del tiempo y además se había vuelto loca.
—Madre, ¿qué significa esta carta? —Susurró, no quería que se asustase.
Un silencio inundó la habitación, era lo normal, a ella no le gustaba que él anduviese por allí, amaba sobremanera su intimidad.
—¡Madre! ¿Me oye? —No le dio tiempo a preguntar nada más. Con una agilidad inusitada se dio media vuelta sobre el colchón, colocándose de su parte, mirándole a los ojos, muy cerca de su cara.
—Ssssss. Calla tonto, no te asustes. He llamado a Benito, en breve te lo explicaremos todo. —¿De qué demonios estaba hablando? Además le ha llamado Benito a Don Benito. Pensó que al final el pueblo tenía razón y esos dos estaban liados—. Termina de leer todos los papeles que te he dado, y por favor Telmo, abre tu mente, no dejes que los prejuicios humanos te condicionen.
Estaba claro, tenía que llamar al médico. Se fue de la habitación de su madre hacia el salón de la casa. Allí seguía la carpeta azul. No sabía por qué, pero se sentía muy inseguro ante aquella situación. Miraba hacia atrás, como si su madre le fuese a agarrar por uno de sus hombros y le dijese que todo era una maldita broma. Releyó la carta por segunda vez, estaba convencido que todo era una chaladura de las grandes. Empezó con los recortes de periódicos. Había menos de los que se había imaginado. Solo cuatro y tres de ellos hacían mención a avistamientos de objetos no identificados, OVNIs, ¡venga ya!. El último recorte hablaba de la desaparición de un guardia civil y su familia en un pueblo de Extremadura a finales de los años sesenta.
—¡Aaaah!
—Tranquilo Telmio, soy Don Benito, me has asustado. —Estaba demasiado concentrado leyendo aquellos malditos papeles y notó que algo le agarraba por el hombro, quizá se le pasó por la cabeza que podía ser un… uno de esos. Después se serenó y Don Benito se le quedó fijamente mirando—. ¿Ya ha pasado hijo?
—Sí, estoy más tranquilo.
—Me refería a Jacinta, ¿ha muerto?

 

 

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