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No sabía si estaría dispuesto a escuchar todo lo que tenía
que contarle esa vieja chiflada, esa misma que decía que ya no era su madre.
Quién podía negarle que todo era una ristra de
mentiras para un fin que no podía imaginar. ¡Qué dilema! Se volvió a acordar de
su abuelo Raimundo y miró la dichosa fotografía, creyó firmemente que ese viejo
retrato amarillento podía darle la solución a sus problemas, como si lo ojos
del viejo lo empujasen hacía lo que necesitaba. ¿Se abría contagiado por la
locura de su madre?
Y, sin saber de dónde vino la inspiración, entendió.
Entendió todo aquello que Jacinta le había estado enseñando durante años. Y vio
en los ojos del abuelo Raimundo, al menos eso creía él, la autorización para
seguir hacia delante, sin mirar atrás, y, si fuera preciso, mandarlo todo a la
mierda. Y así fue como le dijo a su madre la frase que ella esperaba oír desde
el momento que entró aquella tarde en su casa.
—Madre, no se preocupe, estoy preparado. —Y ella lo miró, le
sonrió y asintió aliviada con su cabeza. Se levantó del sillón donde estaba
sentada y fue hacia el aparador donde guardaba la cubertería de Portugal. De
allí sacó una vieja carpeta azul con solapas. Se la puso delante, mientras ella
permanecía a su espalda. Agarró muy fuerte sus hombros acercándose a su oreja derecha
y le susurró las primeras palabras de su nueva vida.
—Dos cosas más, en esa carpeta esta tú verdadero yo. —A
pesar de su predisposición, uno nunca está preparado para oír una frase así, su
cuerpo se inundó de escalofríos—, y la segunda cosa que te quiero decir es que
esta noche moriré.
Telmo no reaccionó a la segunda de las confesiones. Miraba
la carpeta azul. Jacinta estaba segura que había escuchado a la perfección todo lo que acababa de decir. Pero como era de esperar en un ser que se despreciaba a sí
mismo, solo se quedó con la idea encontrar una nueva vida. En el fondo, tenía la
rancia sensación que la vida que le había tocado no era suya. Rodeado
de una tranquilidad que a su propia madre sorprendió, se veía en sus ojos el deseo de abrir
la vieja carpeta.
Se frotó las manos y las posó con sumo cuidado sobre la
carpeta, como si el contenido se fuese a esfumar. Su madre ya había
desaparecido. Al desenganchar la primera goma, se rompió y notó un tremendo
latigazo en la nariz, ¡joder, hasta para eso era negado! Finalmente, las dos
gomas se rompieron, deberían llevar muchos años sin abrirse, todo estaba amarillo
y polvoriento. Tenía una angustia plomiza sobre su cabeza, se acordó de cuando
nació su primera hija, el deseo y el miedo se entremezclan como el café y la
leche, imposibles de separar.
Lo primero una vieja carta, con la tinta casi borrada, no le
extrañaba, habían pasado muchos años, estaba fechada en 1969, con apenas cuatro
líneas. Quería saborear cada instante no quería precipitarse.
Estimada
Jacinta:
Tenemos al
crío del Casar, a partir de ahora tú te encargarás de él. No hace falta
recordarte que oportunidades como estas no se presentan dos veces en la vida.
Estamos seguros que es el elegido.
El Consorcio
_¡No me jodas! ¿Madre está usted por ahí? ¡Madre!¡madre!_
Estaba claro que su madre se había esfumado. Pero qué narices significaba todo
aquello. Tonto no era y estaba claro que aquella carta se refería a él.
¿¡Madre!?
Se empezó a poner nervioso y fue a buscarla. Se la encontró
sentada sobre su cama, de espalda a la puerta, mirando hacia la ventana.
Recordó las veces que la había visto en esa posición. La cama era alta y sus
piernas colgaban, los pies se balanceaban hacia delante y hacia atrás. Llegó a
saber, por el tipo de balanceo, cuándo estaba contenta o de mal humor. Ahora
era una mujer mayor, desgastada por el paso del tiempo y además se había vuelto
loca.
—Madre, ¿qué significa esta carta? —Susurró, no quería que
se asustase.
Un silencio inundó la habitación, era lo normal, a ella no
le gustaba que él anduviese por allí, amaba sobremanera su intimidad.
—¡Madre! ¿Me oye? —No le dio tiempo a preguntar nada más.
Con una agilidad inusitada se dio media vuelta sobre el colchón, colocándose de
su parte, mirándole a los ojos, muy cerca de su cara.
—Ssssss. Calla tonto, no te asustes. He llamado a Benito, en
breve te lo explicaremos todo. —¿De qué demonios estaba hablando? Además le ha
llamado Benito a Don Benito. Pensó que al final el pueblo tenía razón y esos
dos estaban liados—. Termina de leer todos los papeles que te he dado, y por
favor Telmo, abre tu mente, no dejes que los prejuicios humanos te condicionen.
Estaba claro, tenía que llamar al médico. Se fue de la habitación
de su madre hacia el salón de la casa. Allí seguía la carpeta azul. No sabía
por qué, pero se sentía muy inseguro ante aquella situación. Miraba hacia
atrás, como si su madre le fuese a agarrar por uno de sus hombros y le dijese
que todo era una maldita broma. Releyó la carta por segunda vez, estaba
convencido que todo era una chaladura de las grandes. Empezó con los recortes
de periódicos. Había menos de los que se había imaginado. Solo cuatro y tres de
ellos hacían mención a avistamientos de objetos no identificados, OVNIs, ¡venga
ya!. El último recorte hablaba de la desaparición de un guardia civil y su
familia en un pueblo de Extremadura a finales de los años sesenta.
—¡Aaaah!
—Tranquilo Telmio, soy Don Benito, me has asustado. —Estaba
demasiado concentrado leyendo aquellos malditos papeles y notó que algo le
agarraba por el hombro, quizá se le pasó por la cabeza que podía ser un… uno de
esos. Después se serenó y Don Benito se le quedó fijamente mirando—. ¿Ya ha
pasado hijo?
—Sí, estoy más tranquilo.
—Me refería a Jacinta, ¿ha muerto?
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