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Y se abrieron las puertas…y…el tonto se cayó al
suelo…y…
Telmo voy a
untarte los genitales con una loción que he hecho yo misma, lleva yogurt
griego, lima, zumo de tomate cherry, albahaca, y un poco de Vick Vaporub. ¿Qué
es tomate cherry? Ahora te lo explico, y además le he echado unos granos de
sésamo. Ábrete sésamo (risas blandas, absoluta relajación). No seas tonto, este
mejunje lo he leído en LA REVISTA, es ideal para ganar en agudeza auditiva. Me
estoy quedando ciego, no sordo. Pero tiene que servir, vista, oído, olfato,
gusto, tacto y ano es un grupo universal del karma, todos son uno, lo que sirve
para uno, sirve para todos. ¿Por eso me das el mejunje en los genitales? Por eso
amor mío, ya sabes que desde que pierdes agudeza visual he notado que los
tienes lacios. Estoy preocupado. Lo sé, tienes que estar tranquilo, siempre
estaré contigo, desde el lunes hasta el jueves, fue lo convenido en el
contrato. Lo sé, quizá, si pudieras hablar con…Silencio, ya sabes que no debo
conocer el nombre de tus otras parejas, en eso se basa nuestra relación. Ya. Tú
lo firmaste y lo aceptaste así Telmo. Ya. Hala, ya he terminado, tienes que
estar quieto tres horas y después ya sabes. Lo sé, estoy muy fresquito (risas).
Granujilla, cómo se yo lo que te gusta a ti.
—¿Qué hacemos con este tipo? —Un hombre calvo, mejor dicho,
sin un solo pelo en la cabeza, incluida cejas y pestaña, habló.
—No te preocupes, al principio le costará un poco, pero
Jacinta juró y perjuró que era el elegido. —Otro tipo de aspecto similar
contestó, salvo que este iba completamente desnudo y era negro.
—Hay que reanimarlo. —Habló un tercero, este era más
reconocible, iba con sotana y era cura. Naturalmente era Don Benito, hombre de
confianza de Jacinta y su principal defensor dentro del Consorcio.
El subalterno que había traído a Telmo se dispuso a
reanimarlo. El método no dejó de ser el más tradicional. Empezó a golpearle la
cara. Al principio con pequeños golpes y terminado con tremendos guantazos que
le hicieron saltar, al menos, dos piezas dentales. A pesar de las voces y los
golpes, Telmo no parecía despertarse.
Raula, le
tienes que decir a tu hermana que me traiga espárragos de la huerta del Conde
de las Tres Torres. Telmo, me ha dicho mi hermana que está muy ocupada en estos
momentos y que no puede hacerte ningún caso. Lo sé, pero me gustaría tener esos
espárragos para esta Pascua. Telmo, no te pongas ñoño, para esta Pascua lo
importante es que estemos centrados en nuestro objetivo, lo de los espárragos
puede esperar. Ya, pero es que tengo una teoría. ¡Tú y tus teorías!. Raula, no
te enfades, hace un segundo me estabas untando los genitales con tanto amor y
fíjate ahora como estamos, discutiendo. La culpa la tienes tú…perdón, ya sabes
que no quería decirte eso. Raula, tu eres lo mejor de mi vida, no tengo por qué
perdonarte nada, eres mi…
—Tendremos que probar lo otro. —Un tipo alto, con pelo largo
y una camiseta del Inter de Milán y, como no, con acento italiano, habló. Y
esta vez nadie dijo nada, estaba claro quién estaba al mando en aquella
habitación.
El chico de la funeraria fue hacia un armario metálico y
sacó lo que parecía un maletín de piel negra con bisagras plateadas. Lo dejó
sobre la bandeja situada entre el cuerpo con vida de Telmo y el cuerpo sin vida
de Jacinta. Miró al tipo de la camiseta del Inter y este con sumo cuidado
extrajo de su cartera un papel. Lo desdobló y leyó cuatro números. El chico de
la funeraria los introdujo como clave para abrir el misterioso maletín. Allí
estaba, el instrumental necesario para estos casos, suficiente para reanimar a
cualquier paisano.
Entre Don Benito y el chico de la funeraria le bajaron los
pantalones al desmayado, se sorprendieron al ver aquellos calzoncillos con la
bandera inglesa, tuvieron la sensación de estar delante de un tipo que no lo
había tenido fácil, ¡hacía años que ese tipo de calzoncillos ya no se llevaban!
Al quitarle al individuo la íntima prenda, confirmaron que aquel tipo no tenía nada
para sorprender a nadie, era un auténtico desgraciado. Don Benito sería el encargado de espabilar a Telmo.
Jacinta
le hablaba siempre de él cada tarde que iba a verlo a su casa. Cuántas horas
habían pasado juntos, el sexo era genial, lo fue con aquella señora que estaba
al otro lado, pero, al final, después de cada coito, siempre salía de su boca el nombre de Telmo. Le vino
a la memoria un otoño, octubre, tal vez noviembre, cuando se presentó con aquella
revista, el famoso Promotor, a la
que estaban enganchadas la viejas beatonas del pueblo. Apoyada sobre los tacones,
Jacinta con su ejemplar de color verde, quería que se lo dedicase. Todos los meses Don Benito publicaba un pequeño artículo sobre beatos que se quedaron por el camino de la santidad.
Sólo necesitó el roce de unos dedos aterciopelados sobre sus manos de cura.
Eran jóvenes y había cosas que no se podían evitar a pesar de la más firme
voluntad. A la semana, en la misma sacristía, él se vio arremetiendo contra el
cuerpo firme de Jacinta. Siempre dispuesto a sus exigencias, a sus oscuros
pensamientos. Y ella, tejiendo su tela de araña, de la que
alguna vez trató de escapar, pero al poco le suplicaba que
volviesen a aquella sacristía, deseaba pecar. Él siempre cedía. Y así, poco a
poco, lo fue enredando y enganchando, hasta que un día, con su cuerpo eléctrico
de abstinencia, ella le pidió que lo necesitaba para llevar a cabo un plan.
—Don Benito, coja usted el aparato. —El chaval de la
funeraria señaló con la mirada el extraño objeto. Una especie de radio de esas
de los años setenta. Había un cable blanco que iba conectado por el otro
extremo a una especie de plátano metálico. Nada más.
—Ya sabe usted lo que tiene que hacer. Proceda. —El hombre
negro desnudo volvió a hablar.
Y el cura se puso manos a la obra, con un solo objetivo,
introducir en el ano del pobre Telmo el plateado banano. No ha sido demasiado
difícil, pensó el cura y fue cuando el chico de la funeraria activo el
mecanismo, una especie de rosca, semejante a un dial.
—Señores, procedo.
Juan Antonio Barroso
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