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—… no quiero
que se lo cuentes a nadie, absolutamente a nadie. No hace falta que te diga que
a esa loba de tu mujer, vamos, ni mencionarle que hoy has estado aquí, —ese
comentario sobraba, Josefina sabía perfectamente dónde pasaba la mayor parte del
tiempo—, y a tus hijas, mucho menos, han salido a su madre, de eso no hay duda.
—Su madre, que era de esas madres que lo sabían todo de su hijos, no se atrevía
a decirle que esas pequeñas cabronas no eran suyas, aunque, a veces, la
insinuaciones eran demasiado evidentes. Jacinta sabía que él las quería, a
pesar del gran parecido con su madre, y, a pesar de no respetarle en la mayoría
de sus decisiones, en ésta, sí lo hacía. Posiblemente la idea de la familia,
que ella misma había inculcado a sus hijos, se veía reflejada en el amor de
Telmo por sus hijas. Él mismo, en los
primeros años de matrimonio, nunca se hubiera atrevido a pensar que aquellas
niñas tan bonitas no eran suyas, pero un día en casa de su hermano, su
excuñada, empezó a decir que las niñas salían mucho al abuelo Ramón. El parecido con el abuelo era tremendo. Ahí fue como
empezó a darle vueltas a la cabeza. La verdad es que él las quería y no
hubiese dejado de quererlas nunca, pero tenía que decir que su amor por ellas
se debilitó lentamente por los inútiles quebraderos de cabeza. Sólo de pensar
que aquellas niñas no eran suyas, se veía atrapado por una especie de colérica
amargura. Pero Telmo, con su enfermizo carácter empático, pensaba en lo trágico
que hubiese sido para Josefina el haber tenido que mantener relaciones sexuales
con su padre, por supuesto no consentidas, y volvían a aparecer el sentimiento
de amor incondicional por las chiquillas. Y en esas idas y venidas, la pena inundaba su corazón y
empezaba a transigir con los pensamientos negativos que llenaban su cabeza.
Finalmente pasaron los años y todo empezó a suavizarse por la ligera tela
translucida del ser inconsistente que era. Dejó de importarle de quién podían
ser aquellas niñas. Suyas o de su suegro, ¡qué más da!, él era el que las había
sacado adelante y terminó por olvidar.
— Quiero que
estés atento a todo lo que te voy a decir. No pienses en nada, sólo escucha por
una vez en tu vida y toma nota. A partir de ahora tu vida va a cambiar y tienes
que estar muy atento a todo aquello que ocurra a tu alrededor. ¿Te has enterado
de todo lo que te acabo de decir?
¡Joder!, no
era tan tonto como ella pensaba, claro que se había enterado. Aunque, lo que no
tenía tan claro, es que entendiese todo lo que le estaba pasando en ese
momento.
—Dígame
madre, qué quiere que haga—. No se le ocurrió otra frase que decir en ese
momento. De repente le soltó otro pescozón en la cabeza con ese puto añillo de
la piedra roja. Le entraron ganas de devolvérsela, pero era su madre y él no era un canalla sin
escrúpulos.
—¡Qué te he
dicho! ¡Tienes que estar atento! —Pensó
que sería la costumbre, porque hubiese
jurado que estaba atento—. ¡Tienes esos ojos, estas mirando a no se sabe
dónde! ¡Qué te crees que no te conozco! —La verdad es que su madre le conocía y
a veces pensaba que mejor que el mismo.
—¡Madre tengo
casi cincuenta años! No me pegue, por favor —La verdad es que aquello sonó
patético, pero debió de tocar algo, allí, en aquel viejo corazón, porque al
instante, su madre, (repito), SU MADRE, por primera vez en su vida, hizo algo
que jamás se le hubiese pasado por la cabeza.
—Hijo,
perdóname. —Y pasó su vieja mano por su cara y la besó. ¡Estaba fría! y ¡olía bien! y…
¿qué estaba pasando? Su madre nunca le había dado un beso. Nunca le había
abrazado. Nunca le dijo una palabra amable. Ella no hacía esas cosas. De
repente, le entraron ganas de llorar, estaba desbordado por la emoción. No sabía
cómo, pero las lágrimas se escapaban de sus ojos, no podía parar, no quería parar.
Se sintió liberado. Como si la vida de mierda que había llevado se hubiese
esfumado de repente. Su mujer, sus hijas, su propia madre, todo fuera, ¡qué le
den a todo y a todos! A las lágrimas, siguió el llanto desconsolado. Se arrimó
a ella, tratando de ocultarse. Sentía vergüenza por comportarse así. No dijo
nada. Puso sus brazos en su espalda y notó como le apretaba contra su pecho. Le
daba pequeños golpecitos en la espalda, pero creyó oír como… como…
Juan Antonio Barroso
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