lunes, 9 de noviembre de 2015

La cochinera: Parte 1, capítulo 4


 

4

 

—… no quiero que se lo cuentes a nadie, absolutamente a nadie. No hace falta que te diga que a esa loba de tu mujer, vamos, ni mencionarle que hoy has estado aquí, —ese comentario sobraba, Josefina sabía perfectamente dónde pasaba la mayor parte del tiempo—, y a tus hijas, mucho menos, han salido a su madre, de eso no hay duda. —Su madre, que era de esas madres que lo sabían todo de su hijos, no se atrevía a decirle que esas pequeñas cabronas no eran suyas, aunque, a veces, la insinuaciones eran demasiado evidentes. Jacinta sabía que él las quería, a pesar del gran parecido con su madre, y, a pesar de no respetarle en la mayoría de sus decisiones, en ésta, sí lo hacía. Posiblemente la idea de la familia, que ella misma había inculcado a sus hijos, se veía reflejada en el amor de Telmo por sus hijas.  Él mismo, en los primeros años de matrimonio, nunca se hubiera atrevido a pensar que aquellas niñas tan bonitas no eran suyas, pero un día en casa de su hermano, su excuñada, empezó a decir que  las niñas salían mucho al abuelo Ramón. El parecido con el abuelo era tremendo. Ahí fue como empezó a darle vueltas a la cabeza. La verdad es que él las quería y no hubiese dejado de quererlas nunca, pero tenía que decir que su amor por ellas se debilitó lentamente por los inútiles quebraderos de cabeza. Sólo de pensar que aquellas niñas no eran suyas, se veía atrapado por una especie de colérica amargura. Pero Telmo, con su enfermizo carácter empático, pensaba en lo trágico que hubiese sido para Josefina el haber tenido que mantener relaciones sexuales con su padre, por supuesto no consentidas, y volvían a aparecer el sentimiento de amor incondicional por las chiquillas. Y en esas idas y venidas, la pena inundaba su corazón y empezaba a transigir con los pensamientos negativos que llenaban su cabeza. Finalmente pasaron los años y todo empezó a suavizarse por la ligera tela translucida del ser inconsistente que era. Dejó de importarle de quién podían ser aquellas niñas. Suyas o de su suegro, ¡qué más da!, él era el que las había sacado adelante y terminó por olvidar.

— Quiero que estés atento a todo lo que te voy a decir. No pienses en nada, sólo escucha por una vez en tu vida y toma nota. A partir de ahora tu vida va a cambiar y tienes que estar muy atento a todo aquello que ocurra a tu alrededor. ¿Te has enterado de todo lo que te acabo de decir?

¡Joder!, no era tan tonto como ella pensaba, claro que se había enterado. Aunque, lo que no tenía tan claro, es que entendiese todo lo que le estaba pasando en ese momento.

—Dígame madre, qué quiere que haga—. No se le ocurrió otra frase que decir en ese momento. De repente le soltó otro pescozón en la cabeza con ese puto añillo de la piedra roja. Le entraron ganas de devolvérsela, pero  era su madre y él no era un canalla sin escrúpulos.

—¡Qué te he dicho! ¡Tienes que estar atento!  —Pensó que sería la costumbre, porque hubiese  jurado que estaba atento—. ¡Tienes esos ojos, estas mirando a no se sabe dónde! ¡Qué te crees que no te conozco! —La verdad es que su madre le conocía y a veces pensaba que mejor que el mismo.

—¡Madre tengo casi cincuenta años! No me pegue, por favor —La verdad es que aquello sonó patético, pero debió de tocar algo, allí, en aquel viejo corazón, porque al instante, su madre, (repito), SU MADRE, por primera vez en su vida, hizo algo que jamás se le hubiese pasado por la cabeza.
—Hijo, perdóname. —Y pasó su vieja mano por su cara y la besó. ¡Estaba fría! y ¡olía bien! y… ¿qué estaba pasando? Su madre nunca le había dado un beso. Nunca le había abrazado. Nunca le dijo una palabra amable. Ella no hacía esas cosas. De repente, le entraron ganas de llorar, estaba desbordado por la emoción. No sabía cómo, pero las lágrimas se escapaban de sus ojos, no podía parar, no quería parar. Se sintió liberado. Como si la vida de mierda que había llevado se hubiese esfumado de repente. Su mujer, sus hijas, su propia madre, todo fuera, ¡qué le den a todo y a todos! A las lágrimas, siguió el llanto desconsolado. Se arrimó a ella, tratando de ocultarse. Sentía vergüenza por comportarse así. No dijo nada. Puso sus brazos en su espalda y notó como le apretaba contra su pecho. Le daba pequeños golpecitos en la espalda, pero creyó oír como… como…
 
Juan Antonio Barroso

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