domingo, 25 de enero de 2015

Pepe el Mosca: día 5

Yo estaba convencido que una tarántula y un mosca tenían los días contados, al menos como pareja. Me di cuenta a las pocas horas de estar juntos. Llevábamos horas caminando y apenas habíamos probado comida y bebida. A pesar de andar por zonas que en principio parecían fértiles, no era así, los Cabeza Gorda lo habían rociado todo con insecticidas para asesinarnos. Así fue como al final del día, exhaustos por la larga jornada, Raula empezó a desvariar, lo noté en su primera mirada, se dio la vuelta y empezó a relamerse con esa minúscula lengua. No me lo pensé dos veces. Recogí una pequeña punta de cactus seca y me lancé sobre ella. Se la inserté en medio de su estúpida cabeza.
No sentí nada especial, quiero decir que no me sentí asustado o temeroso por lo que había hecho. Sólo sentí que tenía hambre y devoré parte de su cuerpo. Le arranqué unas de sus pinzas bucales y me preparé una especie de quijada asesina que llevaría de ahora en adelante. Creo que había encontrado mi verdadera profesión, para la que valía y, lo que era mejor, me encantaba.


Juan Antonio Barroso

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