miércoles, 14 de enero de 2015

La casualidad y Benito

Benito entró en la tienda con el único propósito de comprar un kilo de naranjas y un cepillo de dientes. Justo en el momento de pagar, un hombre asomó por la puerta del súper con una gabardina y un gorro de lana. Era agosto. Pestañeo y miró a la cajera, pestañeo y volvió su mirada al extraño tipo. Apareció un nuevo elemento. Una escopeta.
El tipo, de raza china, levantó el arma y pegó un tiro al aire, en este caso, contra el techo acolchado. Empezó a vociferar. Benito entendió la primera parte de la frase: Alto, esto no es un atraco, solo lo hago en el nombre de..." En ese instante, y gracias al tiro que pegó en el techo, un cable se descolgó y electrocutó al hombre chino.
Al día siguiente, los periódicos de Barcelona, sin excepción, anunciaron que un radical de origen chino había muerto por pura casualidad. Benito, al leer la noticia, se acordó de su hijo Alfonso. El chaval murió en la guerra de los Balcanes. A un compañero se le disparó el arma mientras éste la limpiaba. Pura casualidad.
Benito pensó en la suerte, la misma para ambos, con el mismo resultado y sentimientos opuestos. Solo se le ocurrió que compraría toda su vida en el mismo supermercado. Las leyes de la casualidad hacían imposible que un atracador chino, con gabardina y gorro de lana, volviese a atracar ese mismo supermercado con él dentro.

Juan Antonio Barroso

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