-Antes de nada
tengo que confesarte algo. No sé si eres realmente mi hijo-. ¡Joder! mi padre
me estaba poniendo realmente nervioso.- Perdóname Andrés, no me he explicado
bien, a todos los efectos legales eres mi hijo y yo te considero como tal-. Era
la mayor muestra de cariño que había recibido por su parte desde que tengo uso
de razón.- Todo empezó en el momento en que tu madre y yo hicimos… un trato, llamémoslo así-.
Titubeo, que extraño. La cosa se pone
interesante.- Al principio, cuando tu madre y yo empezamos a relacionarnos,-
sólo un hombre como mi padre era capaz de hablar así del amor,- todo iba
perfecto, parecía que todo era estupendo,
pero a las dos semanas, ya me di cuenta cómo era tu madre. Supe que no me
quería, eso estaba claro, pero ella necesitaba algo que no se atrevió a pedirme,
no me preguntes qué era, jamás lo
descubrí. Al cabo de tres semanas dejamos de salir, en realidad me dejó, no sé si fue un arrebato, un momento
de locura, yo sabía que tarde o temprano pasaría, aunque nunca podía imaginarme
que ocurriese tan pronto.
Mi padre me
estaba contando todo aquello como el viejo profesor cuenta a sus alumnos por
infinita vez la historia de la Restauración española, no había sentimiento, ni
buenos, ni malos, estaba completamente vacío. Mi padre prosiguió.
-Dos meses después tu madre vino a verme. Me
confesó que estaba embarazada, no pregunté de quién. Hicimos el trato y me casé
con ella. A los nueve meses naciste tú y nadie sospechó nada. Al final, como
mal menor, la gente del pueblo pensó que tu madre y yo nos habíamos casado de
penalti.
-¿En qué
consistió el trato? , perdóneme padre por preguntar.
-Fue sencillo,
ella estaría siempre a mi lado y a ti y a ella no os faltaría de nada, ahí iban
incluidas tus tías y tu abuela. Siento decírtelo así, pero una de mis grandes
equivocaciones fue enamorarme de ella. Después se presentó la mala suerte; llegó
cuando tú tenías apenas cinco años, y
ella murió. No pude disfrutar mucho de ella y, por si fuera poca la desgracia, tú perdiste a
tu madre.
- No importa
padre, sé que mi madre nunca me quiso, me pegaba constantemente, me maldecía,
me decía que era lo peor que le había pasado en la vida, era cruel, pero no me
importaba, con el tiempo aprendí a ignorarla, aprendí a que no me hiciese daño-.
Nunca antes había hablado así de mi madre, pero era el momento. En la cara de
mi padre no me pareció ver signo alguno de sorpresa o de lástima, nada. A mí me
daba igual, nunca pensé en echarle la culpa por aquellos malditos años.
Jon Barcam
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