Me llamó Andrés Hurtado y dentro
de una semana me caso con mi tercera novia de toda la vida. Se llama Dolores
Ariza, es vasca. No estoy seguro, creo que la quiero. En realidad, después de
la Paqui, todas las mujeres con las que he estado, no tienen nada que ofrecerme.
Las mujeres me aburren después de los tres primeros meses, el sexo empieza a
ser algo cotidiano y después sólo queda el cariño, y el cariño es algo
asqueroso. Los amigos son algo mejor, sobre todo después de la primera
traición, a partir de ese momento ya sabes quienes son tus amigos de verdad.
Padre me decía que tenía que casarme, que no podía quedarme solo, y menos
depender de la bruja de mi tía Encarna. Encarna era la hermana mayor de mi
padre. Padre la odiaba, pero nunca se atrevió a decírselo. Su padre, mi abuelo,
le hizo prometer en el lecho de muerte que debía cuidar de toda su familia, y
sobre todo de la tía Encarna. Padre decía que una promesa en el lecho de muerte
era sagrada, y si es a un padre, te ataba en mayor medida. Así fue como padre
tuvo que tragar con aquel demonio toda su vida. Padre quería al abuelo
demasiado. El abuelo sólo quería a la tía Encarna.
La
señora Miguela era mi vecina, de esas de siempre, tenía tres hijos, todos
marcharon fuera en los años sesenta, todos marcharon al País Vasco. Los veranos
del pueblo los recuerdo por la cantidad de coches que llegaban, todos venían
del norte o de Madrid. Pedro, el hijo mayor de la señora Miguela tenía un R12,
era blanco, olía a plástico del bueno. En la parte de atrás del coche venían
dos niños y una niña. La niña era Dolores, mi prometida. Hace tres años volvió
al pueblo, su padre había muerto y en sus últimas voluntades estaba lo de
enterrarse junto a su madre. En el entierro nos saludamos. Hacía casi veinte
años que no nos veíamos. Estaba muy guapa. Después, pasaron unos días y
acabamos en la cama de su abuela, todavía olía a la señora Miguela.
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