Serafín es el más tonto del
pueblo. Lleva toda la noche al lado del cristal que le separa de mi padre.
Quería a mi padre. ¡No, es mentira!, Serafín lo hace en todos los entierros, se
queda horas y horas velando a los difuntos. Lo mejor de todo es que no llora ni
hace ruido. Se levanta de vez en cuando y con voz gangosa me dice al oído,- ¡Gijo
leg vamog a gechar de menog! Mis colegas y yo tardamos más de una docena de
entierros en comprender qué era lo que decía. Me acuerdo que fue en el entierro
de Paco el Mosquete. Mi amigo Maco nos echó un órdago- ¡Alguien podría de una
vez saber qué es lo que dice Serafín en los entierros! No hacía falta más. Maco
se puso manos a la obra. Empezó a vigilar a Serafín, lo estuvo cronometrando
más de tres horas seguidas y llegó a la conclusión de que cada diecisiete
minutos se levantaba a ver a la viuda, le daba un abrazo y le soltaba la famosa
frase. Después del estudio, Maco nos reunió a todos.
¡Presentes! Maco, Felipe,
Bote y yo.
-
Chicos, esta misión es importante para este pueblo, ¡nadie!, repito, ¡NADIE!
sabe qué narices dice Serafín, y nosotros después de tantos entierros, vamos a
descubrirlo esta misma tarde-. Maco era así. Le gustaban las películas de
Vietnam y trataba de imitar a los sargentos que trataban de inculcar valor,
honor y todas esas chorradas de los militares. En el fondo, nos gustaba cuando hablaba
así; tengo que confesar que algunos discursos me ponían la piel de gallina.
-Felipe
tú ofrécele un cigarrillo a Serafín, esa es una oferta que nunca rechaza. Era
verdad, a Serafín le gustaba fumar, aunque no sabía; hacía gestos extraños cada
vez que daba una calada, parecía como si diese a luz un ratón por la boca.- Y
tú Andrés, estarás esperando en la parte de atrás del ayuntamiento. Luego ya
veremos...
Jon Barcam
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