Pedro
decidió abandonar el mundo el día en que yo dejé a su hermana. No
había vuelto a saber de él desde que recibí la amenaza.
Sabía cómo era, hubiera matado a mi padre, sólo por hacerme ver su
extremo concepto de la justicia. Le he dado muchas vueltas todos
estos años y una cosa he tenido siempre clara, nunca tendré un
amigo como Pedro, ninguno de nosotros tendrá un amigo como Pedro,
mis colegas también lo saben y, especialmente, Bote.
Unas
fiestas del pueblo de hace más de veinte años, Bote se acercó al
corrillo donde estaba nuestra pandilla, tendríamos alrededor de
quince años. Bote venía con la ropa de faena, eso era raro, las
jornadas en la ferretería eran maratonianas pero le gustaba ponerse
guapo como al que más. Lo que no era tan extraño es que su camisa
venía teñida de sangre. Pedro se levantó como un resorte del banco
donde estamos todos sentados, y con una voz amarga y venenosa
preguntó a Bote con el más absoluto cariño.
–Bote,
por favor, no me digas que te ha vuelto a pegar. –Había chicas
delante, agachó su cabeza, ya no le quedaban ánimos para
sonrojarse. –Bote, por favor..., por favor amigo mío.
–Pedro...
–Quería hablar, la garganta estaba trenzada, los ojos llenos de
lágrimas, la boca desfigurada y lo que era peor, el silencio
culpable de todos los que estábamos presentes asistiendo durante
años a la tortura del niño que nunca sería hombre.
Pedro
lo abrazó fuertemente, –tranquilo compañerito, tranquilo.
–Trataba de susurrarle pero todos los presentes oíamos al padre
que siempre debió tener ese niño, –no te preocupes yo te ayudaré,
esto se acabó.
Durante
el otoño del mismo año, en la hora de la siesta, un incendio asoló
todo el edificio donde estaban la vivienda y la ferretería de
Serafín, él estaba dentro, falleció debido a la inhalación de
humos según un informe oficial. Bote tuvo suerte, no estaba en el
pueblo ese día.
Jon Barcam
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