jueves, 24 de julio de 2014

El hombre protón 15

     Pedro decidió abandonar el mundo el día en que yo dejé a su hermana. No había vuelto a saber de él desde que recibí la amenaza. Sabía cómo era, hubiera matado a mi padre, sólo por hacerme ver su extremo concepto de la justicia. Le he dado muchas vueltas todos estos años y una cosa he tenido siempre clara, nunca tendré un amigo como Pedro, ninguno de nosotros tendrá un amigo como Pedro, mis colegas también lo saben y, especialmente, Bote.
    Unas fiestas del pueblo de hace más de veinte años, Bote se acercó al corrillo donde estaba nuestra pandilla, tendríamos alrededor de quince años. Bote venía con la ropa de faena, eso era raro, las jornadas en la ferretería eran maratonianas pero le gustaba ponerse guapo como al que más. Lo que no era tan extraño es que su camisa venía teñida de sangre. Pedro se levantó como un resorte del banco donde estamos todos sentados, y con una voz amarga y venenosa preguntó a Bote con el más absoluto cariño.
      –Bote, por favor, no me digas que te ha vuelto a pegar. –Había chicas delante, agachó su cabeza, ya no le quedaban ánimos para sonrojarse. –Bote, por favor..., por favor amigo mío.
     –Pedro... –Quería hablar, la garganta estaba trenzada, los ojos llenos de lágrimas, la boca desfigurada y lo que era peor, el silencio culpable de todos los que estábamos presentes asistiendo durante años a la tortura del niño que nunca sería hombre.
      Pedro lo abrazó fuertemente, –tranquilo compañerito, tranquilo. –Trataba de susurrarle pero todos los presentes oíamos al padre que siempre debió tener ese niño, –no te preocupes yo te ayudaré, esto se acabó.
      Durante el otoño del mismo año, en la hora de la siesta, un incendio asoló todo el edificio donde estaban la vivienda y la ferretería de Serafín, él estaba dentro, falleció debido a la inhalación de humos según un informe oficial. Bote tuvo suerte, no estaba en el pueblo ese día.

    Jon Barcam


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