Salí
a la calle, se presentó otro momento para haber fumado. No me
atreví a ir más allá de las dos escaleras de acceso de la oficina
de mi padre. Un muro invisible me impedía ir más allá. No podía
ir más allá. Me vinieron a la cabeza las últimas palabras de mi
padre, – por favor … dame mi última oportunidad--. Qué era todo
aquello, mi padre poco más que suplicándome. El hombre que no me
había dado un beso en su vida. Me estaba volviendo loco, sólo
quería ser una persona normal.
Decidí
darme la vuelta y volver, no podía dejar escapar su última
oportunidad y quizás la mía.
Al
entrar vi como mi padre miraba hacia su mesa. Con un lápiz
garabateaba de manera compulsiva. Era como una de esas impresoras que
van a toda velocidad. Al principio, rayas, círculos, más rayas.
Se adivinaba algo majestuoso, precioso en todos sus matices. A
medida que iba pasando el tiempo, la compulsión se tornó en suavidad, en ternura con aquel dibujo, como si tratase con pura seda.
Finalmente,
mi padre levantó su cabeza, me miró a los ojos. Con su mano
derecha, manchada de carbón, me arrojó la cuartilla.
– Hijo,
busca a esta mujer, necesito que le entregues esta carta.
Jon
Barcam
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