-Tienes
que hablar con el de la funeraria, me ha dicho que necesita la firma del
familiar más cercano al difunto. El muy desgraciado no me ha dejado firmar a mí
y eso que soy su hermana. En los momentos de dar la cara frente a los demás mi
ti era la más llorona, la más querida, la más falsa. Cuanto la odiaba. Pronto
se acabaría la promesa de mi padre para con ella, pensé que, al menos, que
debía hacerlo mientras mi padre estuviese de cuerpo presente, después, se
acabó.
Salí
del ayuntamiento, tenía ganas de fumar un cigarrillo, de estar solo. A cada
paso que daba, me cruzaba con alguien que me daba el pésame. Ya no sabía si era
buena idea. Me fui a la parte de atrás del edificio, allí estaría tranquilo, no
tenía ganas de aparentar nada. Apoyado sobre la pared, cerré los ojos y recosté
mi cabeza sobre el frío muro. Me acordé de mi madre. Teresa Beltrán. No la
echaba de menos, apenas tengo recuerdos agradables, se murió cuando yo tenía
doce años. Seguramente sufrí un trauma o algo así. No la quería. Mi madre solo
quería a su madre y a sus hermanas. No sé por qué se casó con mi padre; supongo
que al final se quedó embarazada, o algo así, y tuvo que aguantarse conmigo. Me
pegaba a menudo, siempre estaba nerviosa, todo le hacía saltar y perder los
estribos. Supongo que no era feliz con la vida que le había tocado.
Yo creo
que tampoco soy feliz. Pero lo peor es que no sé por qué. Imagino que la vida
es así. No hay nada más. A veces veo la televisión, esos anuncios donde salen
familias felices con los niños y los abuelos, y me pregunto si eso es real o
sólo es algo que el gobierno nos quiere vender para que no les demos problemas
y seamos más dóciles. No lo sé. Llegados a este punto, siempre me pregunto qué
hago en este mundo y aquí es donde siempre me digo lo mismo, no valgo para
morir, sólo quiero vivir, pero no sé cómo hacerlo.
Jon Barcam
No hay comentarios:
Publicar un comentario