La verdad es
que estaba intrigadísimo, mi padre no era sentimental, sólo me dio un consejo
en mi vida- hijo tienes que ser honrado con todo el mundo, pero sobre todo,
contigo mismo-. Nunca lo entendí, quizá ahora sea el momento. Entre tanto, mi
padre se levantó de su silla, iba despacio, arrastrando los pies hacia la
puerta del local. Hasta ahora no me había fijado en su forma de andar, ¿estaba
realmente enfermo? Dio la vuelta al cartel y cerró la puerta con llave. ¡Madre
que raro! Mi padre jamás había cerrado la oficina antes de las siete de la
tarde. En ocasiones no aparecía por casa ni tan si quiera para comer, siempre
había algún cliente con el que tomar chatos de vino para engancharle con algún
seguro o para solucionar los papeles del paro de algún pipiolo primerizo. Bajó
las persianas de los grandes ventanales, casi estábamos a oscuras. Volvió
arrastrando sus enormes pies, y se dejó
caer sobre la silla. Enseguida se dio cuenta de la falta de luz y me
mandó encender la del local. Volvió a sacar otro cigarrillo Ducados del primer
cajón de la mesa, me ofreció uno, sabía perfectamente que yo no fumaba. Me arrepentí
de no haber fumado nunca, otra oportunidad perdida. Cayó en la cuenta y en
seguida me pidió disculpas. Sacó el
mechero, hizo girar la rueda que raspaba la piedra, prendió el gas.
Muy despacio, muy sonoro. La primera calada, honda, muy honda, una fuerte
respiración acompañaba; los ojos cerrados, después, el humo, siempre bien dirigido. Todo un
ritual de deleite para mi padre. Cruzó sus manos sobre la mesa, los codos
apoyados, la cabeza parecía que colgaba de sus hombros. Finalmente, se rearmó y
me miró. Me pareció percibir una leve sonrisa, quizá era solo deseo. Mi padre. Ese
par de segundos de silencio me hubieran bastado para abrazarlo fuerte, tocarle
su pelo, besarle la cara, agarrarlo como al compañero herido. De nuevo, ganó la
parte de mi mente cobarde.
-Hijo, ¿cómo
definirías mi profesión?, quiero decir, ¿tú cuál crees que es mi profesión?-
Andrés pensó que la enfermedad está muy avanzada y que su padre empezaba a delirar.
-No sé padre,
supongo…- Me quede pensando unos instantes, no quería herir sus sentimientos,
dada la situación. Empecé a pensar en su pregunta e imagine que era ese tipo de profesional oscuro que arregla
los problemas de los demás, del que nadie se acuerda a la hora elogiarlo, que
es necesario para la vida cotidiana, pero una vez muerto nadie hablaría bien de
él y, lo que es peor, tampoco mal.- Padre usted es un empresario de los seguros
y además se dedica a la gestión de los diferentes problemas administrativos que
tienen los paisanos del pueblo-. Una vez que me oí pronunciar estas palabras me
parecieron más horribles todavía que la primera opción. Mi padre era tan
oscuro, tan triste, como la definición de su trabajo.
Suspiró
profundamente, volvió a recostarse sobre la silla y me miró, esta vez sí que
sonrió. Se reincorporó y dobló el espinazo hacia la derecha. Sin dejar de
mirarme abrió uno de los cajones de su mesa, creo que era último por el
esfuerzo y sobre todo porque su mejilla tocaba el borde de la mesa. Se iba
incorporando con dificultad. Todo parecía tan lento, hacía años que no estaba
tanto tiempo junto a mi padre, tenía la necesidad de disfrutar cada momento. En
su mano, una vieja carpeta, de esas de cartón, sujetada con pequeños lazos. Dejó
de mirarme y se quedó mirando la vieja carpeta. ¿Qué podría contener? Su mirada
era inexpresiva. Con su dedo pulgar acariciaba las viejas solapas. Se acercó la
carpeta a su cara y se dio pequeños golpecitos sobre su frente. No pude ver su
cara, sólo oí su respiración, parecía que tratase de captar la esencia, pero ¿de
qué? Volvió a recostarse sobre la silla y con los ojos cerrados agarró la
carpeta con fuerza, pegada a su pecho. No le importó que yo estuviese allí,
no le importaba el resto del mundo.
Finalmente,
volvió a enseñarme sus ojos azules, y me sonrió, esta vez era real. Me ofreció la carpeta. No
dijo nada más. Yo no dije nada. Me quedé mirando a mi padre y la abrí.
Mi primera
impresión me hizo pensar que aquel hombre se había vuelto loco, me había dado
una vieja carpeta llena de dibujos desgastados por el paso del tiempo.
Traté de centrarme en la situación, todo aquello
obedecería a un propósito, pero se me escapaba. Como siempre, no quería
defraudarle. De las primeras cuartillas apenas quedaba nada, todo estaba
demasiado borroso. Miré a mi padre, intentando que me diese algún tipo de explicación,
pero él estaba en otro lugar, en otro tiempo. Pensé que aquellos folios
guardaban algo extremadamente importante para mi padre y yo, todavía, no lo
había conseguido ver. Puse la carpeta sobre
la mesa. Tomé el foco de la lámpara para tener toda la luz posible
Al principio,
manos, en diferentes posiciones; bocas grandes, pequeñas, abiertas; pies,
muchos pies; narices en forma de gancho, narices perfectas. Seguí pasando las
páginas y pude descubrir como los dibujos iban ganando en riqueza y calidad,
primero un paisaje, después unos niños riendo, flores, muchas flores. Se notaba
que aquellos dibujos habían sido creados por manos expertas. Ya no podía parar,
quería ver más. Llegué al primero que me hizo temblar en mi silla. Era el rostro de una mujer. Una mujer bellísima.
Miré a mi padre, el sentía lo mismo que yo. La era mujer joven, su pelo negro, no lo tenía muy
largo, rizado, algunos de los rizos le tapaban
la mejilla izquierda. Sus pómulos sobresalían lo justo. No era una cara
plana, no era de esas caras chinas de porcelana, era la cara perfecta, la cara
de la mujer que todo hombre desea. Nariz pequeña, respingona, sin pretensiones.
Sus labios carnosos, grandes, sin ser excesivos, pero delataban erotismo por
todas partes, labios para ser besados toda una vida. Sus ojos. No paraba de
mirarme, me intimidaba, el dibujante supo atrapar el instante, el preciso
instante en el que aquella mujer iba a decir o hacer algo. Era justo el momento
que sólo los grandes pintores saben captar.
Mi cuerpo se
estremeció de nuevo cuando mis ojos vieron la firma, al principio no entendí su
significado. Las iniciales L.H., Leopoldo Hurtado. ¡Mi padre! No podía ser un artista. Mi padre era el ser más carente de sentimientos que
había conocido jamás. Levanté la vista, le miré, ansiaba preguntarle qué era
todo aquello. Quería saber porque un hombre que había sido capaz de dibujar
aquellas maravillas, no había sido capaz de mostrar su amor por mí. Él se
percató enseguida y agarró con fuerza una de mis manos. Yo la retiré enseguida.
Ya no valía, ya estaba endurecido, encallado como él. Furioso, arrojé la
carpeta sobre la mesa y me levanté.
-Pero, ¿qué
esto padre?, ¿qué quiere usted de mí? Quería largarme de allí, todo aquello no
estaba ocurriendo. Mi padre se levantó.
-Hijo, por
favor, siéntate, dame sólo mi última oportunidad.
Jon Barcam
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