Felipe y Maco tenían a Serafín
sujeto contra la pared del Ayuntamiento, Serafín no se enteraba de nada, solo
se reía. Pobre idiota. Bote, estaba a mi lado. Era el hijo de Eusebio el
ferretero. Cuando era chico, me pasaba horas con Bote en la trastienda de la
ferretería, le hacíamos el inventario a su padre, lo colocábamos todo de forma
meticulosa- el secreto de un buen ferretero es saber dónde está hasta el último
clavo- el padre de Bote tenía muy malas pulgas, cuando no encontraba algo, lo
pagaba con Bote. Un día me lo encontré con un brazo escayolado. Se había caído
de la escalera de la ferretería al intentar coger una caja demasiado pesada.-
Ya sabes Andrés. -Ya sé Bote.
Bote
se abalanzó sobre Serafín; le apretaba el cuello contra la pared. Todos nos
reíamos. Serafín empezó a llorar, pero no se le oía. Sus lágrimas se vertían
sobre la cara, no paraban. Todos nos reíamos. Maco le dio una patada en la
entrepierna. Serafín cayó al suelo, encogido. Todos miramos a Maco.
-¡Joder
Maco, te has pasado!. La cara de Maco era como la se esos soldados en combate a
los que se les va la cabeza. Felipe ayudó a levantarse a Serafín. Le limpiaba
el traje, sacudía los pantalones. Agarré a Serafín por los hombros y lo apoyé
contra la pared.
-Tranquilo
Serafín, sólo ha sido una broma. El muy tonto, paró de llorar y empezó a
reírse.
-Agmigo,
agmigo miog. Fue la primera vez que entendí lo que decía aquel pobre
desgraciado, después de tantos entierros y una patada en la entrepierna.
Jon Barcam.
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